Recuerdos de Francisco O'Connor

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RECUERDOS DE FRANCISCO B. O'CONNOR


Coronel de los ejércitos de Colombia, General de brigada de los del Perú, y General de división de los de Bolivia.


Pocos libros de Historia despiertan más vivo interés en el espíritu del lector que aquéllos de carácter subjetivo ó autobiográfico, en que los hechos son relatados por quien fué actor en ellos, y los personajes culminantes apreciados con el criterio de persona que los trató con familiaridad íntima. Lectura tal es como amena conversación de sobremesa entre camaradas, paladeando á sorbos una taza de exquisito caracolillo y siguiendo las caprichosas espirales del humo de un riquísimo habano.

A solaz de ese género he consagrado los dos últimos días, y dejo el libro para consignar, palpitantes aún, las variadas impresiones que su lectura me ha producido, y las observaciones, ligeramente críticas, que á los puntos de mi pluma han de acudir. El libro se ha publicado en Bolivia, hace cuatro meses, por el distinguido periodista don Tomás O'Connor d'Arlach, en homenaje á la memoria de su ilustre abuelo el general.

Mister Francisco Burdett O'Connor nació en Irlanda, por los años de 1791, y pertenecía á familia rica y aristocrática. Su padre, sir Rogerio O'Connor, fué uno de los que encabezaron la revolución de 1798, malogrado esfuerzo del pueblo irlandés para romper la cadena que, hasta hoy, lo aherroja á Inglaterra. En 1819 vino el joven O'Connor á defender la causa de la Independencia americana, acompañándolo en el viaje más de doscientos compatriotas, los que, en playas de Colombia, se organizaron, nombrando, por aclamación, á O'Connor como su comandante. Bolívar aceptó los servicios de la legión irlandesa, reconociendo al jefe en la clase de teniente coronel. Con el ascenso inmediato, llegó, cuatro años más tarde, al Perú, y se encontró en las batallas de Junín y de Ayacucho. Marchó á Bolivia con Sucre, allí formó su hogar, y allí murió en 1871, á los ochenta años de edad.

Fué en 1869 cuando principió á escribir sus Memorias, bautizándolas con el nombre de Recuerdos, y que sólo alcanzan hasta 1840. La muerte venía de prisa, y no concedió al noble anciano que historiase los treinta años posteriores.

En estilo llano, extremadamente llano, escribe el general O'Connor sus Memorias, estilo que cuadra al soldado ajeno á galas y refinamientos literarios. En la manera como relata los hechos hay cierta sinceridad que raya en infantil, y de vez en cuando nos deleita con espirituales añoranzas de la verde Erin donde se meció su cuna. Aunque el libro no tuviera otras condiciones atrayentes, como tiene, bastarían las apuntadas para que recomendásemos su lectura.

Lo que no podemos aplaudir en la pluma del general O'Connor es sus prejuicios sobre el Perú, su ninguna simpatía por el Perú y los peruanos. Así, apenas incorporado, en el Norte, al ejército libertador, y pocos días antes de la batalla de Junin, asistió á un banquete que en Huánuco se ofreció a Bolivar, y el brindis de O'Connor fué una injuria á nuestro patriotismo. No fué, pues, para mi una sorpresa encontrar en las páginas que posteriormente consagra á la época de la confederación Perú-boliviana, más acentuada su injustificable é injustificada prevención contra nosotros. No necesitaba agraviarnos para enaltecer su bolivianismo, que yo aplaudo sinceramente. De espíritu noble y levantado, de corazón agradecido, era identificarse con el pueblo en donde formó familia y en donde sus merecimientos, honradez y servicios, fueron recompensados con distinciones, honores y fortuna. Y á extremos tales lleva la pasión, al general O'Connor, que, al describir la batalla de Junín, niega que la victoria se debió á los esfuerzos de los Coraceros de Lambayeque, y estampa que si Bolívar lo declaró así en la orden general, cambiándoles su nombre por el de Húsares de Junín, lo hizo sólo para estimular á los peruanos.

Cuando describe batallas á las que concurrió, tiene O'Connor la debilidad senil de aspirar á que la Historia lo coloque sobre Bolívar y sobre Sucre. Sin O'Connor, Junín y Ayacucho habrían sido, no dos victorias, sino dos desastres. En Junín fué O'Connor quien, viendo la confusión en que se había envuelto la caballería de Brawn, guió á Miller para que salvase la ciénaga ó mal paso. En Ayacucho, después de no quedarse corto en críticas sobre las aptitudes estratégicas de Sucre y de desconocer el mérito de La Mar y de Gamarra, fué O'Connor quien designó el sitio en que debía darse la batalla, costándole mucho trabajo convencer á Sucre y á sus generales. En un arranque de fatuidad suprema, nos refiere el bravo irlandés que Sucre le dijo:—No sé qué hacer... ¡estoy loco!—Entonces fué cuando O'Connor reforzó sus argumentos para persuadirlo, como al fin lo consiguió. Por eso los patriotas esperaron en el llano á que los españoles descendieran de las alturas del Condorcunca.

Especial complacencia revela el general O'Connor en hacer resaltar que ningún cuerpo de la división La Mar era mandado por jefe peruano; y para poner sello á sus colosales ínfulas de estratégico, cuenta que cuando el general don Jerónimo Valdés vino á rendirse prisionero, su saludo fué:—Nos han fundido ustedes: sus posiciones habían sido una trampa número cuatro.—«Y esto fué justamente (continúa el escritor) lo mismo que yo dije al general Sucre la tarde en que colocábamos el ejército en las posiciones por mí elegidas, y de las cuales él no se mostró contento.»

Para aceptar á cierraojos la oración pro domo sua, que no otra cosa es el relato que de ambas batallas nos hace O'Connor, sería preciso rehacer la Historia, empezando por negar la veracidad de los partes oficiales, y concluyendo por rechazar el testimonio de todos los escritores, así españoles como americanos, que concurrieron á ambas acciones de guerra. El general García Camba, español, y el general López, colombiano, entre otros historiadores que podríamos citar, quedarían por dos grandísimos embusteros. Aníbal Galindo, en su precioso libro Batallas de la libertad compulsa, con hábil y severo criterio, los documentos y juicios históricos, haciendo resurgir de los campos de Junín y de Ayacucho un nimbo de gloria para Sucre. También mi queridísimo Aníbal quedaría en mal predicamento como historiador concienzudo.

Muy leal, honrado y justiciero fué el general Sucre para haber dejado al coronel irlandés, jefe del Estado Mayor del ejército colombiano, sin el premio de un ascenso, si los méritos contraídos por éste hubieran sido de la magnitud decisiva con que aparecen en su libro Recuerdos. El coronel O'Connor fué ascendido á general de brigada del Perú por el presidente Orbegoso, once años después de la batalla de Ayacucho, en recompensa á su comportamiento en la acción de Socabaya; otro combate en que, de paso sea dicho, no se debió el triunfo según el autor de las Memorias, á la dirección de Santa Cruz, sino á la iniciativa y serenidad de O'Connor, que en las postrimerías de su existencia, adoleció la neurosis de creerse el Deus ex machina que manejara á los prohombres y á los acontecimientos. Y que los primeros síntomas de dolencia que llegó á ser crónica, se revelaron en él desde 1836, nos lo comprueban estas palabras de Santa Cruz:—Sepa usted, general O'Connor, que en el campo de batalla no tolero dos capitanes generales. Para capitán general, basto yo solo.

Para explicar el por qué no fué ascendido en Ayacucho, nos refiere, con flema de buen inglés, que el mariscal Sucre le ordenó formase un estado general del ejército, considerando como presentes á los dispersos de Matará, pues Bolívar se disgustaría de saber que la mayor parte del batallón Rifles, cuerpo favorito del Libertador, no había entrado en acción. Dice O'Connor que le contestó:——Mi general, yo no puedo firmar una falsedad—palabras de rigidez más que catoniana, á las que Sucre no dió otra respuesta que tomar la pluma y borrar el nombre de O'Connor, que figuraba, en primer lugar, en una propuesta para ascenso á generales.

Toda esta es la parte en que el libro del señor O'Connor se parece (para mi pobre criterio, se entiende) á la carne de oveja, que ó se come ó se deja. Lee uno, sonriendo, esos desahogos de la vanidad ó del amor propio, y dobla la hoja.

No cabe en mí por cierto desconocer que el general O'Connor fué un militar culto, inteligente, previsor, rígido, leal y bravo, ni mucho menos poner en tela de juicio su caballerosidad. Lejos de eso: hasta sus excentricidades y sus frecuentes arranques de insubordinación, nacidos de la altivez cerril de su carácter, me son simpáticos. Habría deseado encontrar en el soldado un poco de modestia; y en el escritor menos causticidad é injusticia; y así mi pluma no habría tenido motivo para expresar sino conceptos halagadores sobre el libro y sobre su autor. Pero, ¿qué hacer? Ni hombre ni obra humana se encuentran sin lunarcillos que afean, y sin pequeñeces que obligan á la murmuración.

Y basta; pues para que el volumen de las Memorias de O'Connor no sea víctima de la conjuración del silencio, sobra con este articulejo.