El nuevo libro del general Mitre

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El nuevo libro del general Mitre.


Con el título Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, recibimos, en Agosto del presente año, con destino á la Biblioteca Nacional, tres volúmenes en 4.º, con más de 2,000 páginas de texto, edición de gran lujo, hecha en Buenos Aires, en la imprenta de La Nación. El primer tomo trae la siguiente dedicatoria, manuscrita:

A la Biblioteca Nacional del Perú fundada por San Martin, fundador de la libertad del Perú.El autorBartolomé Mitre.

Así por la galantería del autógrafo cuanto por la curiosidad que en nuestro ánimo despierta todo trabajo sobre Historia americana, dimos de mano á otras lecturas para engolfarnos en la de la interesantísima obra de nuestro ya viejo amigo el erudito y laborioso escritor argentino general don Bartolomé Mitre.

El nuevo libro del general Mitre encarna más que el muy plausible propósito de levantar imperecedero monumento á la memoria del compatriota, el de historiar, con imparcial y justiciera pluma, los magnos días de la homérica lucha por la Independencia. Copioso archivo de documentos inéditos ha tenido á su disposición el autor, para rectificar no pocos errores sustanciales en que, desde los prodromos de la revolución sudamericana hasta su triunfo providencialmente definitivo, han incurrido los historiadores contemporáneos.

Nuestro fin al borronear este artículo, no es emitir un juicio autoritario, que nuestra incompetencia no consiente, sino dar á nuestros lectores una idea sucinta (y clara á la vez) de la obra: evitando así el que pudiera decirse que, sobre un libro tan trascendental como el dado á luz por el señor general Mitre, se ha hecho, en Lima, la conjuración del silencio.

Los tomos primero y segundo son íntegramente consagrados á los móviles y hechos que dieron por consecuencia la libertad de Chile y de la gran República del Plata, al par que á hacer patente la redentora influencia de San Martín.

—«No era San Martín (dice Mitre) un político en el sentido técnico de la palabra, ni pretendió nunca serlo. Como hombre de acción, con propósitos fijos y voluntad deliberada, sus medios se adaptaban á un fin tangible; y sus principios políticos, sus ideas propias y hasta su criterio moral, se subordinaban al éxito inmediato, que era la Independencia.»

Estas líneas sintetizan magistralmente, á nuestro juicio, la personalidad de San Martín hasta los días de la campaña sobre el Perú.

El tomo tercero, y para nosotros el más importante de la obra, está consagrado al Perú y á las Repúblicas de Colombia. Sin que Mitre lo trace, el lector se ve obligado á hacer un paralelo entre los dos libertadores de Sud-América, paralelo en el que no siempre queda muy arriba la personalidad de Bolívar.

Después de la capitulación de Miranda, en San Mateo, (1812) encaminóse éste á la Guayra para embarcarse á bordo de un buque inglés, considerando perdida la causa de la República, por la derrota que en Puerto-Cabello había sufrido su teniente Bolívar. Este, que también se hallaba en la Guayra, y habitando la misma casa en que se alojó Miranda, esperó á la media noche y á que estuviese profundamente dormido para, personalmente, apresar á su jefe y hacerlo entregar á los españoles. En tal situación Bolívar, que se-había ocultado en Caracas, solicitó por intermedio de un español, amigo suyo y del realista Monteverde, un salvo conducto para alejarse del país. Copiemos literalmente á Mitre:

«Su protector lo presentó á Monteverde diciéndole:

—Aquí está don Simón Bolívar, por quien he ofrecido mi garantía.—Monteverde contestó:—Está bien: y volviéndose á su secretario, añadió:—Se concede pasaporte al señor (mirando á Bolívar) en recompensa del servicio que ha prestado al rey con la prisión de Miranda.—Era la marca de fuego puesta por la mano brutal del vencedor.—Según uno de sus biógrafos, Bolívar repuso que había preso á Miranda por traidor. Si hubiese sido traidor, habría merecido favores, y no martirios, de parte de los verdugos á quienes él contribuyó á entregarlo. Bolívar decía confidencialmente á sus amigos hasta el fin de sus días, que su ánimo había sido fusilar á Miranda, y que sin la oposición de Casas lo habría ejecutado. La defensa es tan siniestra, como tremenda la acusación. Los más grandes admiradores de Bolívar jamás han pretendido negar este hecho, que ha quedado como una sombra que todas las luces de la gloria no han podido disipar.»—Montenegro, Baral, Larrazabal y Ducoudray, entre otros, son las autoridades en que se apoya la narración de Mitre, que, aun para los más entusiastas adoradores del dios Bolívar, no pueden ser sospechosas.

Dejemos á nuestros lectores las apreciaciones sobre estas páginas, que todo comentario de nuestra pluma (que nunca fué fervorosa por la figura histórica de Bolívar) podría estimarse como fruto de personal pasión.

Desde el desembarco de San Martín en Pisco, hasta su alejamiento del país, no hay detalle que no sea consignado por el historiador argentino, y rigorosamente comprobado. Sin embargo (y perdónenos el señor Mitre nuestra petulancia) nos atrevemos á indicarle un pequeñísimo error de fecha en que, por distracción, ha incurrido. Dice el señor Mitre (página 205. tomo 3.º) que la noticia de la aproximación de Canterác la recibió San Martín el 4 de Septiembre, hallándose en el teatro: que desde su palco la anunció á los espectadores, llamando al pueblo á las armas, y que el público, en medio de gran entusiasmo, cantó el Himno Nacional. No hay exactitud en lo último. El Himno Nacional no era aún conocido por el pueblo, y la primera vez que se cantó en el teatro fué veinte días después del 4 de Septiembre. Este dato lo tuvimos del mismo maestro Alcedo, autor de la música del himno, y á fe que no puede ser más autorizada la fuente. En fin, tan ligera equivocación de fecha nada significa en substancia.

Véase lo levantado del criterio del general Mitre por estas frases en que, hablando de San Martín, después de jurada la Independencia, dice:—«La gloria de San Martín había llegado al grado culminante de la declinación de los astros que han recorrido su curva ascensional. Era, como fundador de tres nacionalidades (la argentina, la chilena y la peruana), por sus grandes planes de campaña continental, por sus combinaciones estratégicas y por sus victorias, el primer capitán del Nuevo Mundo. De todos los sud-americanos, hasta entonces nacidos, era el más grande y el más genuinamente americano. Para ser más grande, sólo le faltaba completar su obra. Su medida histórica, en los sucesos contemporáneos, únicamente podía compararse con la de Bolívar. Bolívar había sido aclamado Libertador, y este título lo investía de la dictadura revolucionaria en su patria. San Martín, sin punto de apoyo en la patria propia, se nombró á sí mismo; pero al asumir la dictadura fatal que las circunstancias le imponían, se inoculó el principio de su decadencia militar y política.»

Estos juiciosos conceptos del señor Mitre, vienen á dar más tarde el por qué de la abdicación de San Martín y su retiro de la vida pública.

Las tendencias monárquicas de que, juzgando con ligereza, se hace capítulo de acusación contra el héroe de San Lorenzo, las disculpa Mitre con estas palabras:—«Si buscaba la monarquía constitucional, era sin ambición personal, anteponiendo sus convicciones republicanas á lo que consideraba relativamente mejor para coronar la Independencia con un gobierno estable, que conciliase el orden con la libertad y corrigiese la anarquía.»

Siempre hemos opinado que el plan monárquico de San Martín era hijo de una conciencia honrada y de verdadera sensatez. El Perú de 1821, aunque nos duela confesarlo, para todo estaba preparado menos para la vida republicana. Verdadero centro de las tradiciones monárquicas, con una gran copia de títulos de Castilla, que daban á la capital del virreynato el boato y exterioridades de una pequeña corte regia, mal podía romper en un instante con su pasado y hábitos de tres siglos. La transición era demasiado brusca.

Capítulo muy notable que encontramos en la obra de Mitre es el que consagra á la entrevista de Guayaquil, entrevista que ha dado campo á infinitas conjeturas y á versiones de todo punto inexactas ó fantásticas. Muy bellas son las líneas que sirven de introducción á este capítulo, y no queremos dejar de darlas á conocer á nuestros lectores.

«El encuentro de los grandes hombres que ejercen influencia decisiva en los destinos humanos, es tan raro como el punto de intersección de los cometas en las órbitas excéntricas que recorren. Sólo una vez se ha producido este fenómeno en el cielo. La masa de un cometa penetró una vez en el otro, y al dividirlo lo convirtió en una lluvia de estrellas que sigue girando en su círculo de atracción, mientras el primero continuó su marcha parabólica en los espacios. Tal sucedió con San Martín y Bolívar, los dos únicos grandes hombres sudamericanos por la extensión de su teatro de acción, por su obra, por sus cualidades intrínsecas, por su influencia en su tiempo y en su posteridad. Son los únicos hijos del Nuevo mundo, después de Washington, que dió al mundo la nueva medida del gobierno humano, según la vara de la justicia, y legó el modelo del carácter más bien equilibrado en la grandeza que los hombres hayan admirado y bendecido. Bolívar y San Martín fueron los libertadores de un Nuevo Mundo republicano, que restableció el dinamismo del mundo político, por efecto de la revolución que hicieron triunfar. Su acción fué dual como la de los miembros de un mismo cuerpo; y hasta su choque y antagonismo final responde á su acción dupla, que se completa la una por la otra. Los paralelos de los hombres ilustres, á lo Plutarco, en que se buscan los contrastes externos y las similitudes para producir un antítesis literario, sin penetrar, en la esencia de las cosas mismas, son juguetes históricos que entretienen la curiosidad, pero que nada enseñan. El paralelismo de San Martín y Bolívar está en su obra, y su respectiva grandeza no puede medirse por el compás del geómetra ni por las etapas del caballo de Alenjandro, al través del continente que recorrieron en direcciones opuestas y convergentes. Se ha dicho, con más retórica que propiedad, que para determinar la grandeza relativa de los dos héroes americanos, sería necesario medir antes el Amazonas y los Andes. El Amazonas y los Andes están medidos, y las estaturas históricas de San Martín y Bolívar también, así en la vida, como acostados en la tumba. Los dos son intrínsicamente grandes en su escala, más por su obra común que por sí mismos; más como libertadores que como hombres de pensamiento. Su doble influencia se prolonga en los hechos de que fueron autores ó agentes, y vive y obra en su posteridad. Hasta ahora, el tiempo que aquilata las acciones por sus resultados, dando á Bolívar la corona del triunfo final, ha dado á San Martín la de primer Capitán del Nuevo Mundo, y la obra de la hegemonía por él representada vive en las autonomías que fundó, aunque no como lo imaginara, mientras el gran imperio republicano de Bolívar y la unificación monocrática de la América, se hizo en vida y se ha disipado como un sueño. Si se compara la ecuación personal de los dos libertadores, vése que San Martín es un genio concreto con más cálculo que inspiración, y Bolívar un genio desequilibrado, con más instinto y más imaginación que previsión y método. Si la conciencia sud-americana adoptase el culto de los héroes, preconizado por una moderna escuela histórica, resurrección de los semi-dioses de la antigüedad, adoptaría por símbolos los nombres de San Martín y de Bolívar, con todas sus deficiencias, como hombres, con todos sus errores como políticos.»

Con admirable acierto y escrupuloso análisis pasa el señor Mitre, después del inspirado preámbulo que acabamos de copiar, á ocuparse de la conferencia de Guayaquil que, hasta aquí, se nos presentaba rodeada de misterios y de accidentes caprichosos. Lo que pasó, y aun lo que no pasó, está relatado por el escritor argentino, con todos los caracteres de la más severa verdad, utilizando, no sólo los documentos ya conocidos, sino muchos que permanecían ignorados.

No es menos importante la manera como aprecia el historiador bonaerense los planes de presidencia vitalicia que, en mala hora para su gloria, concibiera y pretendiera desarrollar el Libertador Bolívar. Cedamos la palabra á Mitre:

«Bolívar debía tener una idea muy exagerada de la imbecilidad de los pueblos, cuando pretendía engañarlos con apariencias que no lo alucinaban á él mismo. El sabía, y todos lo sabían, que su imperio sólo duraría lo que durase su vida, cuyos días estaban ya muy contados. Tan es así, que en el pacto entre Bolívar y el Perú, se agregó este artículo:—Muerto el Libertador, los cuerpos legislativos quedarán en libertad de continuar la federación ó disolverla.—El mismo auguró el fin trágico de su gobierno personal, cuando exclamaba:—¡Mis funerales serán sangrientos como los de Alejandro!—Tenía la conciencia (y esto lo hace más responsable ante la Historia) de que era un imperio asiático el que prentendía fundar, sin más títulos que la gloria del conquistador, ni más sostén que el pretorianismo. Es Bolívar uno de aquellos grandes hombres de múltiples faces, llenas de luces resplandecientes y de sombras que las contrastan, á quien tiene que ser perdonado mucho malo por lo mucho bueno que hizo. Aun en medio de su ambición delirante, sus planes tienen grandiosidad y no puede desconocerse su heroísmo y su elevación moral como representante de una causa de emancipación y libertad. No quería ser un tirano, pero fundaba el más estéril de los despotismos, sin comprender que los pueblos no pueden ser semi-libres ni semi-esclavos. Así, en todo lo que se relaciona con la posesión del mando, sus vistas son cortas, sus apetitos son groseros, y hasta las acciones que revisten ostensiblemente abnegación, llevan el sello del personalismo, por no decir del egoísmo. La Constitución boliviana era el falseamiento de la democracia con tendencias monárquicas. El plan de la monocracia era una reacción contra la revolución misma y contra la independencia territorial de las nuevas Repúblicas, que violaba hasta las leyes físicas de la geografía. La insurrección americana había tenido por principal causa el absurdo de un mundo gobernado automáticamente desde otro mundo, bajo régimen autoritario y personal. Era la vuelta á otro sistema colonial con otras formas, pero con inconvenientes más graves aún. Colombia sería la metrópoli y Bolívar el soberano. Para esto no merecía la pena el haber hecho la revolución. El dominio del rey de España, afianzado en la tradición y la costumbre, era más tranquilo y paternal. Mejor se gobernaba á Bolivia y al Perú desde Madrid, pues la monarquía daba más garantías que la vida pasajera de un hombre que no ve más allá de ella que anarquía y sangre. Bolívar había anatematizado varias veces la monarquía en América, no en nombre de la República precisamente, sino fundándose en la razón de hecho de no poderla establecer con solidez, y había rechazado con ruidosa ostentación la corona que alguna vez se le ofreció.—Yo no soy Napoleón, ni quiero serlo (dijo): tampoco quiero imitar á César ni á Itúrbide: tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria.—Y ofreció en cambio la Constitución boliviana; es decir, la cosa sin el nombre; la realidad de la monarquía sin sus vanos atributos. Con este poder real y absoluto durante su vida, bien podría despreciar las cuatro tablas cubiertas de terciopelo del trono de Itúrbide, cuando tenía ó creía tener en sus manos lo que valía más que un cetro de rey: el bastón de dictador perpetuo. César con una corona de laurel, que aceptó para ocultar su calvicie, no necesitó hacerse emperador para serlo. Cromwell no se atrevió ó no quiso declararse rey, y al investirse con el título de Lord Protector, hizo llevar delante de sí una Biblia y su espada.—Bolívar, como César y como Cromwell, era más que un rey, y con su corona cívica llevaba delante de sí, por atributos de su monocracia, su espada de Libertador y su Código boliviano, que era la Biblia de su ambición personificada.»

Nunca, con argumentación más vigorosa, habíamos visto combatida la vitalicia de Bolívar. Esa página parece escrita con la pluma de Gervinus, el inmortal historiador del siglo xix.


Abusaríamos de la generosa hospitalidad acordada á estos renglones, si nos ocupásemos de la parte narrativa. El cuadro de las batallas de Junín y de Ayacucho es verdaderamente pintoresco, y ni aun los episodios han sido olvidados. Todo extracto que hiciéramos resultaría pálido ante la solemne grandeza del original. El libro del general Mitre, como narración, no se extracta: se lee y se admira. Lo correcto y fácil del estilo, hace de las dos mil páginas de la obra, una lectura nada fatigosa, y sí muy deleitable é instructiva.

Como era natural, las últimas páginas son, en síntesis, el juicio definitivo del autor sobre la personalidad política de su héroe. Y como estas páginas son también el resumen de la obra, terminaremos reproduciendo algunos fragmentos:

«El triunfo final de los principios elementales de la revolución corresponde á San Martín, aunque la gloria de Bolívar sea mayor; porque si el uno llena mejor su misión activa de Libertador, el otro es moral, militar y políticamente, más grande por su ciencia y conciencia, y por los resultados ulteriores que responden á su iniciativa. En la vida pública de San Martín y Bolívar, se combinan y distribuyen igualmente, los dos elementos de que se compone la Historia: uno activo y presente, que forma la masa de los hechos: otro pasivo y transcendental, que constituye la vida futura. Bolívar representó uno de éstos, y San Martín el otro. La vida política de Bolívar, en el orden nacional, ha muerto con él, y sólo queda la heroica epopeya libertadora al través del continente por él independizado. La obra de San Martín ha sobrevivido, y la América del Sur se ha organizado según las previsiones de su genio, dentro de las líneas geográficas trazadas por su espada.»

«San Martín concibió grandes planes políticos y militares que, al principio, parecieron una locura, y luego se convirtieron en conciencia, que él convirtió en hecho. Tuvo la primera intuición del camino de la victoria continental, no para satisiacer designios personales, sino para multiplicar la fuerza humana con el menor esfuerzo posible. Organizó ejércitos que pesaron con sus bayonetas en la balanza del Destino, no á la sombra de la bandera pretoriana, ni del pendón personal, sino bajo las austeras leyes de la disciplina. Fundó repúblicas, no como pedestales de su engrandecimiento, sino para que vivieran y se perpetuaran por sí. Mandó, no por ambición, y mientras consideró que el poder era un instrumento útil para la tarea que el Destino le había impuesto. Fué conquistador y libertador sin fatigar á los pueblos, por él redimidos de la esclavitud, con su ambición ó su orgullo. Abdicó concientemente el mando supremo, sin debilidad y sin enojo, cuando comprendió que su tarea había terminado, y que otro podía continuarla con más provecho para la América. Se condenó deliberadamente al ostracismo y al silencio, no por egoísmo ni cobardía, sino en homenaje á sus principios morales y en holocausto á su causa. Pasó sus últimos años en la soledad, con estoica resignación, y murió sin quejas cobardes en los labios, sin odios amargos en el corazón, viendo triunfante su obra y deprimida su gloria. Es el primer Capitán del Nuevo Mundo, y el único que haya suministrado lecciones y ejemplos á la estrategia moderna, en un teatro nuevo de guerra, combinaciones originales inspiradas sobre el terreno, al través de un vasto continente, marcando su itinerario militar con triunfos matemáticos y con la creación de nuevas naciones que le han sobrevivido.»

«El carácter de San Martín es uno de aquellos que se imponen á la Historia. Su acción se prolonga en el tiempo, y su influencia se transmite á su posteridad. Como general de la hegemonía argentina primero, y de la chileno-argentina después, es el heraldo de los principios fundamentales que han dado su constitución internacional á la América, cohesión á sus partes componentes, y equilibrio á sus estados. Con sus errores y con sus deficiencias, con su escuela militar, más metódica que inspirada, es el hombre de acción más deliberada que haya producido la revolución sud-americana. Fiel á la máxima que regló su vida—fué lo que debía ser—y antes que ser lo que no debía, prefirió—no ser nada.—Por eso vivirá en la inmortalidad.»

En suma, el señor general Mitre, con su monumental obra, ha prestado á la Historia Americana servicio de inconmensurable valor. Su San Martín no es de los libros llamados á morir con el siglo. El será siempre gloriosa corona del veterano soldado de las letras, á quien nos honramos en tributar el homenaje de nuestro humilde, pero muy sincero y entusiasta, aplauso.