Sancho Saldaña: 08

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Capítulo VIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


¿Mas qué será consuelo a un desdichado?
Todo le cansa, aflige y le acongoja,
fuego es el agua, el céfiro pesado,
aunque vaya saltando de hoja en hoja:
sierpes las flores, áspides el prado,
del claro arroyo el murmurar le enoja,
que cuanto por el campo alegre suena
sospecha que murmura de su pena.
LOPE DE VEGA


Más perlas pendían de su hermosísimo
cuello, orejas y cabellos, que cabellos tenía
en su cabeza.
CERVANTES


Sancho Saldaña volvió a su gente melancólico y silencioso, y mandándoles que le siguiesen llegó a su castillo harto desesperado y de mal talante. Arrojóse a tierra de su caballo, que entregó a un escudero, y llamando a su paje favorito subió a una sala del primer piso, donde sin hablar palabra le hizo señas que le desarmara.

Quitóle la cota de armas y el casco, y tirando Saldaña la espada sobre una mesa salió del cuarto, pasó a otro y corrió varias salas distraído y cabizbajo, echando a un lado y otro miradas torvas, puesta la barba sobre el pecho, los brazos caídos, y, por último, se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba junto a una gran mesa de mármol. Puesta la mano izquierda en la mejilla y apretando el puño derecho casi sin advertirlo, ya parecía colérico, ya reposado, ya, a veces, amargamente se sonreía. Hablaba solo, ya entre dientes, ya a voces, palabras interrumpidas: «¡Leonor! Sí... -decía-; el infierno... ¿Y qué importa?... ¿No somos ya todos unos?... ¡El infierno! ¿Que la robe el infierno o yo?... ¿No soy yo un infierno?... Aquí (señalándose el corazón), ¡demonios! -gritaba-, yo... sí... tentaré las almas por vosotros. Soy peor que vosotros. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -y soltaba una carcajada histérica y espantosa, capaz de poner grima a los mismos que él invocaba-. ¡Ah! -continuaba precipitadamente-, si en el infierno pudiese yo vivir con ella... ¿Vivir con ella? Allí, allí -añadía, clavando los ojos en tierra-, sería mi cielo, sí, mi cielo. Ella... es un ángel. ¿Qué haré? ¿Dónde huiré de mí?... ¿Dónde descansaré? No, mientras viva, jamás... ¿Y después? ¿Después? ¡Qué horror! Un abismo inmenso de penas; en fin, la mayor de todas, la vida misma que detesto eterna, eterna en la agonía de los condenados. Yo no moriré nunca... Tal vez... para volver a vivir. Yo soy réprobo de Dios, sentenciado a vivir toda una eternidad, a respirar fuego, a ser execración de los hombres, mofa de los demonios... Ya rechinan sus dientes de alegría; helos, helos allí... ¡Oh!, no, no, ¡piedad! ¡Maldición! ¿Qué oigo? Sí, la maldición de mi padre.»

A esta última parte de su discurso se levantó con los ojos desencajados, fuera de sí, frenético, preguntándose y respondiéndose a sí mismo, como si oyera otras voces, rechinando los dientes, sus cabellos erizados y corriendo acá y allá como si alguien le persiguiera, con muestras de espanto y gestos a veces suplicantes y a veces desesperados. Duró un momento el delirio, y como si se hubiesen poco a poco desvanecido a sus ojos las sombras que le creaba su imaginación y le asombraban a su entender, arrancó un suspiro de su fatigado pecho, y arrojándose en la silla segunda vez, quedó algún tiempo con apagado aspecto y sombrío ademán en la misma actitud de antes: enajenado.

Largo rato permaneció así, sin dar otra señal de vida en sus movimientos que su agitada respiración, manteniéndose inmóvil como una estatua, sin mover pie ni mano ni mudar la vista. Por último, dando un suspiro, exclamó:

-¿Qué haré? ¡Tengo que vivir por fuerza! Veamos si hay algo que me distraiga. ¡Qué! No habrá. El mal está en mí mismo, no en lo que me rodea. He oído decir que la lectura divierte; seis años ha que no leo. ¿Y qué he hecho en todo este tiempo? Nada. En fin, probemos. Leeré.

Y alargando la mano a algunos libros, bastante voluminosos, que estaban sobre la mesa, forrados en vaqueta encarnada con molduras de oro en los extremos y cerrados con broches de lo mismo, miró los títulos que sobre pergamino blanco estaban, abriéndolos uno tras otro y deteniéndose un rato para leerlos.

Era el primero que tomó un tratado de astrología de Don Alfonso el Sabio, soberbiamente manuscrito con letras de tinta encarnada sobre pergamino vitela; miró su título, y arrojándolo con desabrimiento tomó otro escrito, encuadernado con la misma riqueza, y dijo:

-Veamos qué es éste, y si engaña menos y sirve para más que la astrología. «Cantigas et trobas sagradas en alabanza de Dios, et vidas et fechos de caballeros, compuestos por el famoso Nicolás de los Romances, trovador del muy noble, muy grande rey D. Fernando III, conqueridor de Córdoba et de Sevilla, etc., etc.» Libro es éste que me entretuvo mucho en mi juventud. ¡Ah, entonces yo trovaba también, yo canté mis amores a Leonor, y ella me oía! Pero no soy ya el mismo; entonces yo era un hombre, yo amaba, yo vivía; ahora lo aborrezco todo, a mí mismo, a Leonor... Sí, la aborrezco, pues trato de sacrificarla haciéndola partícipe de mi fastidio. No, este libro no lo leeré; su lectura me atormentaría; aquí se celebra la gloria y el amor; aquí se alaba a Dios, y yo no soy digno de darle alabanzas, ni me atrevo a rezarle ni a suplicarle, y la gloria y el amor son ya plantas estériles en mi alma. Veamos otro -continuó, echando el Romancero a un lado y tomando otro más voluminoso, forrado en blanco, encuadernado con riqueza y escrito asimismo en caracteres latinos y con tinta encarnada como los otros.

-¡Ah! La Sagrada Escritura -dijo, después de haber leído el título-, éste es el libro de Dios. ¿Será un aviso del cielo que, compadecido de mis miserias, querrá mi arrepentimiento? Ya es tarde; no hay arrepentimiento tan grande que baste a lavar mis culpas. Ya es tarde, y yo he sido sentenciado hace tiempo. Pero, en fin, leamos -añadió, como resolviéndose a poner término a los encontrados sentimientos que le agitaban; y tomando el libro y abriéndolo sobre la mesa se sentó en una silla, y después de haber hojeado un momento, parándose de tiempo en tiempo como para repasar el principio de las materias y, al parecer, buscando algo determinado, halló el libro de Job, empezó a leer muy despacio, aunque sin torpeza y con bastante claridad para aquel tiempo, el versículo de Isaías, que dice de esta manera: «Debajo de ti se tenderá la polilla y te cubrirán los gusanos.» ¿Y es este el premio de mi arrepentimiento? -exclamó, cerrando el libro con ira y dándole con fuerza para arrojarlo a un lado sobre la mesa-. Otra maldición. ¡Oh! Es demasiado, es demasiado; mi alma está llena de remordimientos, mi corazón de hastío, y en mi oído sólo resuena el eco de las maldiciones que me persiguen. Es demasiado. ¡Oh! Salgamos fuera de aquí -continuó, levantándose con precipitación-. El aire de esta sala está infecto, me ahoga; yo necesito más aire, y aquí no puedo respirar siquiera. A más, ¿qué tiene de extraño que me fastidie? -prosiguió como deteniéndose y queriendo él mismo inspirarse la esperanza que no tenía-. Estoy solo, y la soledad fatiga y no ofrece ningún pasatiempo ni diversión. ¿No soy el señor de este pueblo? Pues que vengan mis vasallos a divertirme. ¡Hola! ¡Jimeno! ¡Duarte! ¡García!

Jimeno, su favorito, fue el primero que respondió a sus voces y entró en la sala a ver lo que deseaba.

Llegó a su amo con un aire de alegría y familiaridad que, a la verdad, no parecía propio del privado de un hombre tan tétrico como Saldaña; pero esto mismo era precisamente lo que le había valido su confianza.

Era este favorito de mediana estatura, y su rostro sin barba, su color blanco, sus facciones delicadas, ojos azules vivos y sus cabellos rubios y rizados hacían de él lo que se llama una miniatura. Su boca, cuyos labios coloreaba el más vivo carmín, tenía un corte malicioso, que, aunque podía decirse que le agraciaba, habría hecho, no obstante, a un buen observador desconfiar de su honradez, y tanto armado como en farseto su traza era fina y afeminada, sus movimientos sueltos y acompañados de un descaro y una desfachatez extraordinarios. Traía el manto galanamente colgado del hombro izquierdo, calzón de seda roja, medias de seda y zapato blanco con un madroño de hilo de oro en cada uno y un puñal guarnecido de piedras preciosas en la cintura. En fin, era el dechado de la moda, el mimo de las damas y la envidia de los galanes.

Había logrado la privanza del conde por su indiscreción que rayaba a veces en desvergüenza, y habiéndole conocido el humor, cuando le veía de mal temple lo dejaba entregado a sus reflexiones, y siempre sabía coger la ocasión para presentársele. Había oído sus últimas palabras, y haciendo como que le adivinaba el deseo:

-Paréceme -dijo- que vuestra señoría podría mandar se le presentasen las jóvenes del pueblo (que no deja de haberlas bastante agraciadas) y divertirse en verlas bailar. Yo sé la historia de todas ellas, y podría, mientras danzaban -prosiguió maliciosamente-, entreteneros contándoos sus pasatiempos.

-Está bien -respondió Saldaña con sequedad-; ordéname tú una fiesta, y cuenta con mil alfonsís de oro si logras distraerme de mis pensamientos.

-Yo daría mi buen humor -repuso el paje- con tal de separaros para siempre de ellos, pero no tomaré premio ninguno nunca por cumplir con el deber que me impone vuestro servicio y el afecto que os tengo.

-Ve, pues -dijo el conde-, y...; pero no, no vayas, no me dejes solo; llama algún otro y dale tú las órdenes que gustares.

-¡Duarte! ¡García! -llamó Jimeno entonces, con el permiso de su señor, y dos escuderos, viejo el primero y el otro de mediana edad, se presentaron al momento a su voz, murmurando, sin duda, entre sí de verse obligados a obedecer a la Niña, que así llamaban a Jimeno los del castillo. A pesar de esto callaron y recibieron sus órdenes con respeto, aunque al salir no pudo contenerse el más viejo y dejar de decir en voz baja a su compañero:

-Vaya el tono que usa ese títere con nosotros, que, por San Cosme, que si le cojo que le hago dar más vueltas en mi dedo meñique que las aspas de un molino de viento.

-Tienes razón, amigo Duarte, que nacimos antes que él y debería tener con nosotros más miramientos; pero en cuanto a eso de cogerle, que dices, trabajo te había de costar, porque es suelto como un gamo y valiente como un mastín.

Apenas dijeron esto se fue cada uno por su lado, refunfuñando entre dientes y maldiciéndole, a dar cumplimiento a lo que había mandado.

La sala en que quedaron Saldaña y el paje era de forma cuadrilonga, muy espaciosa y adornada con toda la elegancia y lujo que podía dar de sí la época en que pasaba esta nuestra historia; su techo acanalado, con vigas dadas de blanco, tenía el fondo azul celeste labrado de mil molduras doradas de mucho gusto, las paredes pintadas a la morisca, varios sillones de respaldo, la mesa de mármol blanco que ocupaba el testero de la sala, el suelo escaqueado de azulejos y a trechos vestido de alfombras y algunos cojines de damasco acá y allá a usanza árabe, de varios colores y con pasamanos de oro. Encima de estas almohadas se había reclinado Saldaña mientras su paje instruía a sus escuderos de su voluntad, distraído ya de lo mismo que deseaba, olvidado de su paje y cargado de pesadumbre. Miróle Jimeno un momento, y viendo que su amo no le veía ni hacía más caso de él que si estuviera a cien leguas, no atreviéndose a despertarle de su letargo, quedó a un lado entretenido en arreglarse y estirarse elegantemente la gola mientras le duraba su distracción.

Volvió en sí Saldaña de allí a un instante y pasándose la mano por la frente, como si quisiera ahuyentar de aquel modo algún pensamiento fatigoso, mandó a Jimeno que se acercase.

-Ven -le dijo- y háblame algo que me divierta.

-Estaba pensando -respondió Jimeno- que debíais ir a la corte. El rey os quiere, y no faltará allí una dama que se apiade de vuestros pesares y tratara de aliviarlos con sus caricias.

-¿Adónde dices? ¿A la corte -replicó el de Cuéllar-, a oír chismes, a fastidiarme con las intrigas de Haro, con las quejas de los Laras, a hastiarme de aquellas mujeres frívolas, que vistas una vez cansan al otro día? Quita allá, Jimeno, háblame de otra cosa.

-Pero, ¿qué puede atraeros tanto a este desierto -repuso el paje, donde no se oye la voz del heraldo que anuncia las fiestas, ni se sabe de una moda hasta que han pasado dos o tres en Toledo y ya es tan antigua como los usos del tiempo de don Pelayo?

-¿Y qué me importa a mí la moda ni los torneos, frivolidades que atraen la atención del hombre feliz en su mocedad? Hubo un tiempo en que yo deseaba parecer bien, Jimeno, en que me gustaba agradar porque me agradaba todo, pero ahora que todo me cansa, ¿qué me importa a mí desagradar a todos? ¡Ah! Yo ya, aunque quiera, no podré nunca parecer agradable.

-Vos decís eso -contestó Jimeno- porque os apegáis demasiado a un amor solo. Si fueseis como yo, que soy una mariposa... La mujer que más se resiste tarda un mes en rendirse, y entonces otra al puesto. A mí me gusta vencer, y no me contento jamás con una victoria. Ellas, generalmente dóciles, se dejan llevar por donde se las dirige, y ninguna se mata por verse abandonada del que la amó. A más, que no se me haría cargo de conciencia que se matase una mujer por mí. Al contrario, mejor, sería yo entonces el Cupido de las damas, y todas me señalarían con el dedo. Si vos hicierais así, veríais las intrigas de una para descubrir vuestros pasos, os divertirían, os entretendrían las caricias de la otra con quien fingís, y reiríais de aquella cuyas tramas conocéis y que está persuadida de que os engaña. No estaríais entonces consumido de ese fastidio que os devora, de esa inquietud, de ese no saber qué haceros. Aquí me tenéis a mí, que no tengo una hora de descanso... ¿Pero qué, no me oís?

-Sí, te oigo y te envidio -repuso el conde-; no me hables más de amores; tú eres feliz y yo ni lo soy ni lo podré ser nunca en mi vida.

-Y bien -repuso el paje, si desdeñáis el amor, ¿por qué no buscáis los laureles y los honores con que debe halagar la gloria a un hombre de vuestro linaje? ¿Acaso don Lope de Haro, con su carácter falso y su genio de víbora, tiene más mérito que vos a los ojos de nuestro rey? Lara, inconstante y rebelde a cada paso, ¿acaso os aventaja en nobleza y valentía? ¿Y por qué vos no habíais de ser su igual, y aun superior a todos ellos, y al lado del trono, punto menos que el rey, recibir los tributos de Granada, disponer de la paz o de la guerra a vuestra voluntad, humillar el orgullo y las pretensiones de vuestros enemigos, engrandecer a vuestros fieles servidores y, por último, ser el ídolo de toda la monarquía? ¿Por qué?...

-Tú tienes ambición, Jimeno -respondió Saldaña-, y por eso te expresas con tanto ardor y deseas tanto tu engrandecimiento. No es extraño, eres un niño..., y quizá tienes razón -continuó después de un momento de reflexión, yo debería ir a la corte. Tal vez la confusión, las tormentas de aquel mar de discordias y la continua zozobra que a todas horas agita el ánimo del cortesano... quizá... ¿quién sabe?... acaso me distraerían. Pero no, no, yo ya he estado en la corte; he tenido, esta segunda vez cuando estuve a prestar homenaje a Don Sancho, los títulos a mi voluntad, y todo me fastidiaba y nada bastó a llenar nunca el vacío de mi alma; ni siquiera un momento me distrajo el bullicio de la corte ni un instante disipó mi melancolía. Conozco tu mérito y tu disposición para cortesano, Jimeno, y puedes estar cierto que, aunque yo no esté en la corte, tú harás en ella tus adelantos.

-No me ha movido a lo que os he dicho -replicó el paje, disimulando su deseo bajo la máscara de la lealtad- mi propio bienestar ni lo que mi ambición me aconsejaría; sólo, en lo que os he dicho, he querido poner remedio a vuestra tristeza, porque en verdad que es lástima que un caballero como vos viva como los padres del Yermo. De mí sé decir que, si fuera señor de Cuéllar, conde de Saldaña y capitán por el rey, no pasaría mi vida encerrado en este castillo.

-No envidies mi poder, Jimeno -replicó el de Cuéllar-; cuando yo envidio tu alegría, cuando yo me tendría por feliz, no con ser quien tú eres, sino el último de mis vasallos con tal de poder estar como tú y poder mostrar una frente tan tersa como la tuya. Tú no puedes comprender mi congoja, la angustia con que late mi corazón, la tristeza, el luto que me rodea... ¡Ah!, tú eres feliz, Jimeno; tu alma es nueva, y la mía, la mía... yo la cambiaría por el alma de un condenado.

Pronunció estas palabras Sancho Saldaña con tan íntimo sentimiento, que su paje, a pesar de su indiferencia natural por las penas de los demás, quedó sin saber qué decirle, bajó los ojos y se puso a contar los pliegues de su jubón y a alisarlos con su mano derecha a guisa de pensativo. Saldaña frunció las cejas, miró a Jimeno con aire torvo, envidioso de su alegría, y estremeciendo sus miembros súbitamente, como deseoso de apartar de sí su último pensamiento, continuó, volviéndose a su paje:

-¿No sabes tú alguna trova alegre que cantarme? Allí hay un laúd -añadió, señalando a un ángulo de la sala-; tómalo y ve si te acuerdas de algo que me divierta.

-Con vuestro permiso -respondió el paje-, mientras esos gansos de Duarte y García arreglan la fiesta, os cantaré la última cantiga que compuse a una dama, a quien dejamos el otro día tres galanes a un tiempo cuando ella creía que todos la idolatrábamos.

Y tomando el laúd se sentó gentilmente en los almohadones, enfrente de su señor, y después de haber recorrido suavemente sus cuerdas preludió un acompañamiento y entonó en agradable voz de esta manera:


Dueña de rubios cabellos,
tan altiva,
que creéis que basta el vellos
para que un amante viva
preso en ellos
el tiempo que vos queréis;
si tanto ingenio tenéis
que entretenéis tres galanes,
¿cómo salieron mal hora,
mi señora,
tus afanes?

Pusiste gesto amoroso
al primero;
al segundo el rostro hermoso
le volviste placentero,
y con doloso
sortilegio en tu prisión
entró un tercer corazón.
Viste a tus pies tres galanes,
y diste, al verlos rendidos,
por cumplidos
tus afanes.

¡De cuántas mañas usabas
diligente!
Ya tu voz al viento dabas,
ya mirabas dulcemente,
o ya hablabas
de amor, o dabas enojos;
y en tus engañosos ojos
a un tiempo los tres galanes,
sin saberlo tú, leían
que mentían
tus afanes.

Ellos de ti se burlaban;
tú reías;
ellos a ti te engañaban,
y tú, mintiendo, creías
que te amaban.
¿Decid, quién aquí engañó?
¿Quién aquí ganó o perdió?
sus deseos tus galanes,
al fin miraron cumplidos,
tú, fallidos
tus afanes.


La expresión irónica y maliciosa que tomaron todas las facciones de Jimeno mientras entonó esta trova y la bulliciosa música con que había acompañado su canto habrían puesto de buen humor a cualquiera otro que no hubiera sido Saldaña. Pero éste, en lugar de divertirse del gracejo de la canción, había estado entre tanto comparando la dicha del buen paje con la amargura de su corazón; así que al acabar el canto, y cuando Jimeno aguardaba por aplauso al menos alguna leve sonrisa, su amo tenía los ojos fijos en él con muestras de envidia, y dando un suspiro le dijo:

-Jimeno, vete, vete; yo soy ahora más desdichado que nunca; vete, porque no puedo ver a mi lado un hombre tan feliz como tú.

-Señor -repuso el paje, cambiando al punto de fisonomía y aparentando el mayor dolor-, si mi alegría os ofende, yo vestiré un cilicio, comeré tierra y me ofreceré a vuestros ojos como el hombre más miserable para daros un punto de comparación en vuestro favor.

-No, ni aun así -exclamó el conde- serías tú tan infeliz como yo. En fin, basta. ¿Qué ruido es ése?

-Son las jóvenes de la fiesta que vienen a entreteneros -respondió Jimeno.

-¡Oh! ¡Oh! ¡Qué fastidio! ¿Y para qué se ha ordenado esa fiesta? Vendrán a ensordecerme con su estrépito, veré en sus ojos la alegría y la inocencia, y la envidia me devorará. No; que se vayan, que se vayan; no quiero verlas siquiera, ya me han cansado.

-Pero, señor -repuso Jimeno-, vos mismo me lo habéis mandado...

-¿Yo? ¿Yo?... Puede ser, sí; pero no importa, que se vayan.

-Pero, señor, ya llegan -respondió el paje.

-Y bien, yo me iré, y luego da tú orden de que se retiren.

Dicho esto se levantó precipitadamente, y como si alguien le persiguiera salió del cuarto.

Quedó Jimeno mirándole atónito de su repentina determinación y dudando si le seguiría o no, temeroso de incomodarle.

-Daría -dijo- la mitad de mi vida por ser dueño de sus secretos; sólo he podido saber que está enamorado de la de Iscar. Si no es más que eso, no comprendo cómo un hombre, estando las mujeres tan de sobra en el mundo, se da por una sola tan mala vida. Yo... también yo estoy enamorado; esta Zoraida parece al castillo de Albarracín, que no se sabe cómo tomarlo; pero... y qué importa; divirtámonos, y ya que aquí no ha de haber baile, lo habrá fuera de la plaza del castillo; vámonos.

Y arreglándose la gola, después de haber echado una mirada de arriba a abajo, enderezó su cuerpo con elegancia y salió de la sala gallardeando.

Entre tanto, Sancho Saldaña siguió rápidamente atravesando salas y corredores hasta que dejó de oír el ruido del tamboril, los cantos y la bulla de los bailarines, que muy a pesar suyo se retiraban, tachando a su señor de hombre de poco gusto y alabando a su gentil paje, que calmó su enojo proporcionándoles la explanada de la fortaleza para que allí saltasen y cantasen a su voluntad. Pero su señor no era extraño que los arrojara y despidiera sin hacer caso de su habilidad, siendo su mayor tormento, en el estado en que se hallaba, la dicha y el júbilo de los demás.

Paseaba entonces silenciosamente por un oscuro corredor, que separaba los cuartos y el tocador de Zoraida de las otras habitaciones. La soledad y la oscuridad de aquel sitio parecía agradarle sobremanera, y sin duda convenía con sus sentimientos. Su cielo angular de arquitectura gótica, su longitud, su estrechez, la tibia luz de la tarde que débilmente entraba por algunas claraboyas abiertas acá y allá en el techo, más apagada aún por los vidrios de colores que la quebraban, amortiguándola, y el eco que resonaba sordamente sus pasos, todo hacía aquel sitio a propósito para que allí Saldaña se embebiera a su placer en sus siniestras meditaciones. Llegaba a un extremo del corredor, y volvía siguiendo su taciturno paseo hasta el otro, midiendo sus pasos con los ojos y seguido de su sombra, que ya alargándose y creciendo desmesuradamente, ya disminuyéndose y achicándose en el delirio de su imaginación, le hacía a veces pararse y estremecerse, como si viese en ella el mal genio que le perseguía De repente, el eco melancólico de un laúd suave y lánguidamente vibrado hirió su oído con tan armoniosa música y melodía, que suspendiendo a deshora sus pensamientos, creyó que un ángel, apiadado de él, le divertía y regalaba trasladándole a la morada del Paraíso. De repente se abrió una puerta que daba a una sala de tocador adornada de espejos de Venecia, ricas alfombras y cojines a la morisca, con rejas a un delicioso jardín, donde brillaba el último rayo de sol poniente, y mil olorosos perfumes y voluptuosos aromas se esparcieron, como de una encantada mansión, alrededor de Saldaña.

Una mujer se apareció entonces a sus ojos, reclinada en los almohadones, llena de hermosura y resplandeciente en galas y pedrería. Llevaba en la cabeza un turbante de riquísimas telas, blanco y carmesí, con pasamanos de oro y perlas, y su cabello, negro y luciente como el azabache, le caía en rizos sombreando a trechos la nieve de la más airosa espalda que puede pensar la imaginación. Traía en su cuello, blanco como el alabastro, un collar de finísimos rubíes, y así las pulseras que coronaban sus manos como los carcajes que engalanaban la garganta del pie eran de oro con mil piedras preciosas allí embutidas.

Todo su traje era a la usanza mora, blanco y carmesí, como su turbante, lo que la hacía sobremanera bellísima, aunque en sus ojos negros y penetrantes se veía el ánimo y el orgullo, en vez de la dulzura propia de los ojos de las hermosas. Con todo, en este momento se dejaba ver en los suyos la expresión del dolor al través de la que le era natural, y en su enérgica y hermosísima fisonomía se mostraban claramente las señales de su tristeza.

Estaba de perfil a la puerta que había abierto para respirar el aire de la tarde, y sentada junto a la reja, a la que se enlazaban algunas ramas de árboles, con el laúd se entretenía en vibrar dulces sonidos acordes con su melancolía. Puestos los ojos al cielo, y acaso alguna lágrima solitaria bañando lentamente el lirio de sus mejillas, parecía la imagen de la hermosa Druida llorando al son de su lira en su sagrado bosque su funesto amor por el prisionero que va a perecer en las llamas, víctima de la superstición.

Saldaña la contempló un momento, mirándola con ojos en que se traslucía aún parte del amor que le había tenido y de las furiosas pasiones que le inspiraba, acercándose a la puerta sin ruido, entre deseoso de irse y de oír los acentos de su laúd. La había amado, como hemos dicho, con frenesí; pero ahora, quedándole aún algunos restos de su pasión, la aborrecía cuando recordaba que su amor por aquella mujer era causa de sus pesadumbres.

-He aquí -se dijo a sí mismo- la mujer que he adorado con todo mi corazón, aquella en cuyos ojos veía yo amanecer mi sol y el encanto de mis sentidos, el principio de mis desaciertos, el motivo de mis crímenes. Hela allí. ¿Por qué ahora no la amaré? ¿Por qué ella no podrá hacer mi felicidad?

Estaba en estas imaginaciones embebecido cuando una voz dulce como el primer amor y melancólica como su recuerdo vino a disiparlas de nuevo con un dulcísimo sonido, que hubiera dado sentimiento a un mármol, y Zoraida cantó blandamente, acompañándose de su laúd:


Canción de la cautiva

Ya el Sol esconde sus rayos,
el mundo en sombras se vela,
el ave a su nido vuela,
busca asilo el trovador.
Todo calla: en pobre cama
duerme el pastor venturoso,
en su lecho suntüoso
se agita insomne el señor.

Se agita, mas ¡ay! reposa
al fin en su patrio suelo,
no llora en mísero duelo
la libertad que perdió;
los campos ve que a su infancia
horas dieron de contento,
su oído halaga el acento
del país donde nació.

No gime ilustre cautivo
entre doradas cadenas,
que si bien de encanto llenas
al cabo cadenas son.
Si acaso triste lamenta,
en torno ve a sus amigos,
que, de su pena testigos,
consuelan su corazón.

La arrogante erguida palma
que en el desierto florece,
al viajero sombra ofrece,
descanso y grato manjar:

y, aunque sola, allí es querida
del árabe errante y fiero,
que siempre va placentero
a su sombra a reposar.

Mas ¡ay triste! yo cautiva,
huérfana y sola suspiro,
en clima extraño respiro
y amo a un extraño también;
no hallan mis ojos mi patria;
humo han sido mis amores;
nadie calma mis dolores,
y en celos me siento arder.

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo,
ni ceder a mi tristura,
ni consuelo en mi amargura
podré jamás encontrar.
Supe amar como ninguna,
supe amar correspondida;
despreciada, aborrecida,
¿no sabré también odiar?

¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!,
la infeliz Zoraida ahora
sólo venganzas implora
ya condenada a morir.
No soy ya del castellano
la sumisa enamorada
soy la cautiva cansada
ya de dejarse oprimir.


Aquí dio fin a su canto la hermosa mora, y exhalando un suspiro dejó el laúd tristemente sobre una almohada, se levantó y acercó a la reja, comparando el silencio, la calma y la serenidad de la noche con la tormenta y la inquietud de su corazón. La hora, la soledad, la magia de su voz y, sobre todo, la melancolía de su canto penetraron de tal modo el ánimo de Saldaña, que arrimado a la puerta había estado oyendo, que largo rato quedó suspenso en el mismo sitio y acongojado, comparando la memoria de los días pasados con la amargura y fastidio de los presentes.

Entretenido en esto hizo ruido sin saberlo ni volver de su distracción, y la mora, volviendo la vista, halló a su amante, fijo a la entrada de su cuarto, inmoble como una estatua. Sorprendida de verle, cuando ya no esperaba nunca que la visitase, impelida del amor que ardió repentinamente en su alma a la vista del que se lo hacía sentir y combatida de su altivez, quedó parada un instante, dudosa de si le hablaría primero o si debería retirarse. Por último, fijando en él sus ojos llenos de fuego y mirándole con orgullo, sin dar un paso a recibirle, le dijo:

-Raro se me hace que el señor de Cuéllar venga a visitar a su cautiva.

Detúvose aquí un momento para aguardar su respuesta, pero viendo que Saldaña la miraba sin hablar palabra, continuó:

-Digo que se me hace raro, porque aunque en otro tiempo no le fuera desagradable mi compañía, hace ya mucho, muchísimo, que me ha dejado abandonada y entregada a mí misma, sin cuidarse de mi persona.

-No me hagas reconvención ninguna -respondió Saldaña- de lo que yo no tengo la culpa. Zoraida, te he amado como nunca se amó, tú lo sabes, pero ahora...

-¿Ahora qué? Dilo, acaba -prosiguió Zoraida con impaciencia.

-No, déjame -replicó el de Cuéllar-; mi vista para ti es un mal, la tuya para mí... ¡Ah!, me trae a la memoria mis vicios, mis desórdenes, mis crímenes, y, sobre todo, me hace conocer que soy infeliz y que lo seré eternamente. Tú me has dejado sin alma, has agotado en mí el sentimiento, y si alguno ha quedado ahora en mí, es sólo el del egoísmo. ¡Ah! ¿Por qué, si fue un sueño mi felicidad contigo, no expiré yo antes de despertar?

El acento de la desesperación vibra y se corresponde en el corazón de los desesperados, y las palabras de Saldaña resonaron en el de Zoraida hiriendo su sensibilidad.

Veía delante de sí triste y abatido al que, a pesar de todo, ella idolatraba con frenesí, le oía que echaba de menos los placeres que había disfrutado amándola, y esto le trajo a su memoria los que ella había gozado a su lado y le hizo olvidar de su ingratitud.

-Saldaña -le dijo, acercándose a él y mirándole con ternura-, yo te amo, yo te adoro más que nunca; ámame como antes, ten esperanza; sí, tú serás feliz todavía, yo, con mis caricias, distraeré tus pesares; créeme, serás feliz.

-¡Feliz! -repitió Saldaña como un eco de sus palabras-. ¡Jamás! ¡Jamás! Tú te engañas, Zoraida; ni en vida ni en muerte podré ser ya nunca feliz. Tú, sí; olvídame, huye de aquí; tu eres libre, huye y olvida al que ya no conoce otras sensaciones que las de la envidia, al que aborrece a cuantos le rodean sólo porque los cree felices; huye de mí te digo.

-No, jamás -le contestó Zoraida-. Nunca me separaré de ti; aquí viviré dichosa si me amas y cariñosa contigo; desdichada si me aborreces, y no te lo oculto, no, meditando planes para vengarme. Yo no he amado más hombre en el mundo que tú, yo he vivido sólo por ti, he respirado por ti, sólo te he visto a ti en el universo; si me dejas, si me echas de ti, tiembla, Saldaña; soy una mujer, no puedo medir mis fuerzas contigo, no tengo campeón ninguno que me defienda; tú eres un señor poderoso, tienes mil lanzas a tu servicio, un brazo que temen los más valientes guerreros de mi país; yo soy sola, sola, mi brazo es débil, pero mi furia es la del huracán, la de cien tormentas, y mi venganza se cumplirá, porque yo querré que se cumpla. Pero si tú me vuelves tu amor -continuó, cambiando el tono enérgico con que hablaba y modulándolo dulcemente-, entonces yo te idolatraré, yo seré tu esclava. Mírame, Saldaña, a tus pies, vuélveme tu cariño.

Bajó Saldaña los ojos y la vio arrodillada, encontrando en los suyos todo lo que el amor puede expresar con más fuego, pero su corazón helado no sintió al verlos movimiento alguno, insensible ya a todo excepto para fatigarse con dolorosas memorias y atormentarse con remordimientos.

-Mujer, levántate; levántate y olvídame para siempre; te he hecho tan desgraciada ¿y aún puedes amarme? Levántate, y sea ésta la última vez que nos encontremos.

Zoraida se levantó con dignidad, y echándole una mirada de indignación:

-¡Ingrato! -exclamó-, tú quieres que te olvide, no por generosidad, sino porque tú me has olvidado a mí ya. Lo sé, sé todo lo que meditas; pero Leonor de Iscar no será tu esposa mientras yo viva.

-¿Qué dices? ¡Leonor! -repuso prontamente Saldaña-. ¿Sabes tú de ella? ¿Dónde está? ¿Acaso tú?... Habla... Di, ¿dónde está?

-¡Desgraciado! -gritó Zoraida con una sonrisa sardónica-. ¡Ah! ¿No la posees todavía? ¿Se malogró tu intento? ¡Qué placer! ¡Qué placer!

-Mujer infernal, ¿la has robado tú? Di, ¿dónde está? Sí, tú has sido, sola tú eres capaz de entenderte con un espíritu del infierno.

-¡Ah! ¡No la posees, no la posees! -continuó entre tanto la mora en un acceso frenético de alegría, gritando fuera de sí como enajenada- ¡Oh! ¡Bendita, bendita la mano que lo estorbó! ¿Y un señor como tú no ha podido robar una mujer?

-Calla -gritó Saldaña, asiéndola fuertemente de un brazo y tirando de su puñal-; di dónde está o te asesino.

-No lo sé -replicó Zoraida sin turbarse-; pero, aunque lo supiera -continuó con sarcasmo-, ¿crees tú que te lo diría? Todo tu poder, todas tus amenazas, mil tormentos no bastarían a arrancarme el secreto que yo quisiera guardar.

-¡Mujer! -exclamó Saldaña, tirándola fuertemente hacía sí y acercando el puñal a su pecho-, di dónde está, dónde, y si lo sabes no me precipites; di dónde está: te amaré... dilo o, por Santiago -continuó, rechinando los dientes- ¡te hago pedazos el corazón!

-Sí, asesíname -gritó Zoraida-, y mi maldición te perseguirá como la del sacerdote que hiciste perecer en las cárceles de este castillo, como la de tu padre al que abandonaste en su lecho de muerte.

-¡Mi padre! ¡Oh Dios! -interrumpió Saldaña.

Una voz resonó en aquel momento en el corredor que lo nombró al mismo tiempo, y Saldaña, dejando de pronto el brazo que tenía asido a Zoraida, salió del cuarto cerrando violentamente la puerta y atravesó a largos pasos el corredor. La voz que le llamaba seguía siempre tras él, y pasado el primer terror volvió la cabeza y reconoció a su paje, que le buscaba para entregarle una carta.

-¿Qué me quieres? -le preguntó con aspereza, avergonzado de su sorpresa- ¿A qué diablos vienes ahora?

-Señor -repuso el paje-, un escudero ha entregado a la puerta del castillo esta carta diciendo que era un asunto importante y que se os remitiera al punto, y yo...

-Está bien -interrumpió el de Cuéllar-; vamos a ver qué es.

Y entrando en la sala, donde ardían sobre la mesa dos lámparas de plata, se acercó a la luz, abrió la carta y leyó:

«Si el señor de Cuéllar es digno del nombre de caballero, mañana, a las cinco de la mañana, se presentará solo y armado de todas armas a la orilla del Cega, donde encontrará un caballero que desea medirse con él sin ventaja. Si teme alguna emboscada, puede hacerse acompañar de alguna gente de armas.»

-No trae firma -dijo Saldaña, sorprendido del mensaje- ¿Conoces tú al escudero?

-No, señor -respondió el paje-, no le he visto nunca en mi vida.

-¿Está aún ahí? ¿Dijo si aguardaba respuesta?

-Lo mismo fue entregar la carta -replicó el paje- que desapareció a todo el galope de su caballo.

-¿Quién será? ¡Pobre caballero! Mucha gana tiene de morir cuando desea medirse con un hombre desesperado. En fin, mañana se le cumplirá el gusto. Oye Jimeno -continuó-, di a Duarte que para mañana a las cuatro y media esté a punto mi caballo de batalla, el Morillo, ¿entiendes? Y tú me prevendrás mis armas. Veremos quién es ese que aborrece tanto su vida.

El paje salió a cumplir sus órdenes al momento, y él continuó hablando consigo mismo.

-Ojalá hallase yo en su lanza el término de mi vida. ¡Leonor! ¡Leonor! ¡Oh! El infierno entero está junto en esa mora, que trajo mi mala suerte a este castillo. Poco me costaría librarme de ella... pero ¿sabría yo entonces en dónde tiene a Leonor? Jimeno es astuto, quizá podría averiguarlo. Veremos, vamos a ver si puedo descansar esta noche. Esta hora es cruel. ¿Y cuál hay para mí que no lo sea? ¿Hago yo diferencia del día a la noche?

Dicho esto, y habiendo vuelto a entrar Jimeno en la sala, después de haberle dado parte del cumplimiento de sus encargos, se retiraron, y el señor de Cuéllar pasó la noche tristemente, agitado de pesados sueños y con la misma zozobra y pena que le quitaba el descanso y ahuyentaba a todas horas la paz de su corazón. Tan cierto es que una conciencia turbada es el mayor castigo del criminal.


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