Sancho Saldaña: 09

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Capítulo IX
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
leal, traidor, cobarde y animoso:
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
huir el rostro al claro desengaño;
beber veneno por licor suave;
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe;
dar la vida y la muerte un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.
LOPE DE VEGA


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .una vieja así enfadada,
que a nadie placer da, ni gusto en nada.
Toda menor que de la mano al codo,
de enfermedades y de horror cubierta,
corto el cano cabello, el cuerpo todo
de flacos pliegues lleno y color muerta,
de raíces hecha. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
VALBUENA, Poema del Bernardo.


Tarde era ya aquella misma noche, cuando a la tibia luz de la luna recorría los corredores de la fortaleza una figura blanca, aérea y nebulosa, entre la luz y las sombras, semejante a un sueño de amor o a una aparición celeste, hollando apenas el suelo, y ágil y ligera como el pensamiento. Ya desaparecía por instantes, ya otra vez brillaba sobre las almenas que plateaba la luna, ya se perdía de nuevo, ya en alguna elevada torre aparecía, sin que la rapidez de su marcha disminuyese ni se pudiese descubrir su rostro. Invisible, tal vez, para los vigías que acá y allá en diferentes puntos velaban, mostrábase siempre en los puntos abandonados, donde apenas se detenía un momento como cuidadosa, cuando se ocultaba en seguida, bien así como si se disipase en el aire. Hubiérase creído que era el genio tutelar del castillo, que por secretos e ignorados caminos recorría todo, veía todo y en todas partes se hallaba, ya desvaneciéndose entre los rayos que destellaba la luna, ya tomando una forma bella y majestuosa al aparecerse. Viósela, en fin, en una de las torrecillas que flanqueaban el edificio, detuvo allí sus pasos, miró a un lado y a otro con ansiedad, y en aquel momento dejóse ver enteramente a la luz. Su blanco ropaje, como el vellón de una nube, ondeaba en pliegues al viento, y entre el rayo de la luna y la oscuridad de la noche se confundía; el aura susurraba en su cabellera tendida, y todo era mágico a su alrededor; pero en su ademán, aunque hermoso, había algo de triste y abatido, y en sus ojos centelleaban acaso algunas lágrimas de tiempo en tiempo, y la inquietud e intensidad de su mirada revelaban las encontradas pasiones que la agitaban. Dos veces miré a un lado y a otro con recelo de que alguno la sorprendiera; dos veces tendió la vista por el espacioso campo, y su ojeada despedía una luz más viva y más ardiente que la que disipaba con su claridad las tinieblas. Parecía como si deseara las alas del águila, la rapidez del huracán, para atravesar de un vuelo el espacio a par de la velocidad de su pensamiento. Allí en alguna parte buscaba algún objeto de odio inmenso, de amor desesperado sobre quien descargar su ira y en quien saciar su rencor, o a cuyos pies volar para pedir piedad y alcanzar el perdón de algún crimen entre sus brazos. Su mirada penetraba como el rayo de la tormenta, volaba al igual de su imaginación, y en sus ojos se retrataban todos los delirios de ternura y de aborrecimiento que a cada instante presentaban diversos cuadros a su fantasía.

Era, en fin, Zoraida delirante, Zoraida celosa, enamorada, cruel, vengativa, lleno su corazón de furia, de celos, guiada por una sola intención. Su fin era averiguar dónde estaba Leonor, morir o asesinarla. Criminal era ya Leonor a sus ojos porque la amaba Saldaña, porque le robaba el único bien que ella poseía en el mundo, porque era, en fin, preciso marchitar la hermosura de aquella mujer cuyos encantos, aunque tal vez contra su voluntad, habían hechizado a Saldaña. La imagen de ella muerta a sus pies, vengando a un tiempo con un solo golpe todos los desaires y desprecios que había sufrido; la idea de ver frustrados los intentos del infiel amante, de verle llorar, padecer y desesperarse, y de ser ella, ella sola, el único agente de su venganza, hacía alguna vez asomar a sus labios una sonrisa diabólica de satisfacción.

¿Y por quién iba a ver torcidos y descompuestos sus planes el caballero más poderoso de Castilla, el temido de los guerreros, el señor de mil lanzas y a quien pagaban pecho tantos vasallos, el hombre a cuya voz obedecían tantos pueblos, tantos soldados y servidores, el señor de horca y cuchillo en su señorío, por quién?

Por una mujer cautiva, sola, sin otro apoyo, sin otro amigo en el mundo que ella misma; por una mujer cuyo sexo, débil por naturaleza, hacíala parecer como sin ánimo y llena de timidez a la vista del guerrero menos intrépido y cuyo brazo apenas podría levantar la espada más ligera de un hombre de armas, y cuyo pecho sofocaría la coraza menos pesada. Por una mujer sin más armas, en la opinión de todos los hombres, que las de su hermosura y sus lágrimas, y a quien su poderoso amante había amado y había dejado tan sin miedo y con tanta indiferencia como un niño toma o deja un miserable juguete. Seguramente que había algo de sublime y de grande, y sobre todo mucho de halagüeño para el amor propio de Zoraida, cuando se comparaba con el hombre cuyos designios iba a contrastar y a desbaratar de un solo golpe, y veía la balanza del poder inclinarse por entonces a su favor.

¡Cómo iba ahora a satisfacer su venganza! ¡Cuál sería el chasco de Saldaña cuando preguntase quién había osado desafiar su cólera, y cuando esperara ver algún señor tan nombrado y poderoso como él, algún amante celoso de Leonor, algún guerrero capaz de sostener a todo trance su temerario arrojo, viese delante de él su cautiva teñida aún en la sangre de su víctima y aguardando impávida todo el torbellino del primer ímpetu de su rabia, alegre con morir después de haber inundado el corazón del perjuro de todo el veneno en que antes había rebosado el suyo!

¡Oh, él presenciaría su triunfo, y al condenarla a morir lograría, sí, una venganza, pero no por eso volvería la vida a su amante; no gozaría por eso de su hermosura ni aun abrazaría su frío cadáver, porque no vería más que a la mujer que despreció, un puñal y la sangre de su Leonor!

Y luego nuevos remordimientos se juntarían a los que ya roían su corazón; nuevos fantasmas turbarían su reposo; nuevos crímenes seguirían a los ya cometidos; dondequiera vería a Leonor, la llamaría, y al llegar a ella sólo hallaría delante de sí su sombra tal vez, y el brazo y el puñal de Zoraida sobre su pecho.

Tales eran los pensamientos de la mora, y tal el porvenir más agradable y más consolador que en su furia se prometía. Los celos la habían hecho dejar su habitación, agitada de una fiebre ardiente, loca, furiosa y desatentada, buscando su rival sin saber dónde hallarla, figurándose en su delirio verla junto a sí, y verse ya en el acto de asesinarla. Pero otras veces la imaginaba muy lejos, fuera del alcance de sus celos, como si una muralla impenetrable se alzase entre las dos, como si un poder invisible la defendiese e hiciese inútiles sus esfuerzos para alcanzarla; y entonces la veía en brazos de su amante, y que ambos la miraban retorcerse las manos y arrojar espuma por la boca de rabia, y de fatiga, burlando con risas de escarnio sus impotentes esfuerzos, señalándosela con el dedo uno a otro, y en paz dulce y en inalterable sosiego haciéndose mutuamente caricias tan suaves, tan tiernas y tan ardientes como el amor que las causaba, viendo uno en otro su cielo y su felicidad.

Y ella entonces comparaba su estado y el de ellos, y se derribaba en el suelo y se arrastraba, mesaba su rostro y lloraba como si realmente sucediera así, y se mordía a sí misma como si quisiera hacerse pedazos.

Y luego corría de una parte a otra, y pensaba que en mudando de sitio se disiparía su fatal ilusión, y no hallaba descanso en ninguna parte, y dondequiera el mismo cuadro despedazador la perseguía. En vano se lanzaba de uno en otro corredor, de una en otra torre; el mal estaba en su corazón, y en su demente arrebato llevaba las manos sobre su pecho como si quisiera arrancárselo.

Y luego tal vez recordaba los días de felicidad que había gozado, las palabras dulces que en tal o cual momento había oído enajenada de boca de su amante, y que habían quedado grabadas en su memoria, y que tantas veces había ella repetido a sus solas con inexplicable delicia. Y ardía con la memoria de sus besos, y aún se estremecía de placer, y recordaba también los días que, mano mano con él, olvidada de todo el mundo, alegre, descuidada, tierna, libre de celos y entregada sólo al amor, había paseado a la fresca sombra de las arboledas, en encantados bosques, al margen de claros y murmuradores arroyos, sin susto, en paz y tiernamente correspondida, y las noches de placer, y el rayo trémulo de la luna, y los besos de fuego, cuyo agradable estallido interrumpía solamente el silencio.

Y veía después al ingrato gallardo en los torneos, cuando la nombrara reina de la hermosura con vergüenza y a despecho de las más brillantes damas que honraban con su belleza el palenque, y con él a todos los valerosos caballeros rendirla homenaje, y al tiempo de coronarle, como a vencedor de la justa, sentía penetrar todavía hasta su corazón la mirada cariñosa y ardiente del impetuoso Saldaña. Y luego le contemplaba en el festín con ella, con ella en la carrera del crimen, de la gloria, de la infamia, de la virtud y del vicio. Y sentía rasgársele las entrañas con tan amargo recuerdo, y desmayar su ánimo y escaldar sus mejillas torrentes de lágrimas abrasadoras como plomo derretido.

Y él, y él y siempre él en su corazón y en su fantasía; y suspiraba por él y por él gemía, y su llanto no parecía tener término.

Y entonces, ¡oh!, de rodillas, inclinada la faz al suelo, imaginando que le besaba humildemente los pies, y le rogaba, le suplicaba, no ya una amorosa caricia, no ya una mirada de lástima, no ya que la amase como antes, sino que no amara a otra alguna. Que se sirviese de ella como de una esclava, que la despreciara, que la insultara, que la aborreciera, que la maltratara, pero que al menos no juntara sus labios a los de otra mujer, no dijera a otra las mismas palabras que a ella, y que la dejase a su lado para únicamente mirarle, cuidarle e idolatrarle.

Que si le enojaba su vista, ella le vería desde donde él no pudiese verla, que nunca más le cansaría con sus amores ni con su presencia, sino que, resignada con su suerte, se contentaría con adorarle en silencio y velar sobre él como un ser invisible.

Pero después resonaban en su oído las ásperas palabras de Saldaña que la arrojaba de sí, y le contemplaba loco de amor por su dichosa rival, buscándola con ansia; y entonces, volviendo los ojos al cielo, rojos de tanto llorar, pero secos ya y con desesperado ademán, blasfemaba de su Dios y de su profeta, y de la horrible fatalidad que la había traído a amar a un engañoso cristiano, a preferir la esclavitud a la libertad, un país extranjero a su patria, y maldecía el brazo de hierro que la tenía allí sujeta en aquel odioso castillo. Y entonces pensaba en los bizarros árabes de Granada, en las damas que rodeadas allí de su familia y mimadas y obsequiadas por sus animosos galanes, disfrutaban de su amor sin zozobra, sin remordimientos, y halagadas de las esperanzas más lisonjeras. Y comparaba su suerte con la de ellas, como un condenado podría comparar el paraíso con el infierno, y sentía un dolor como si le arrancasen con tenazas ardiendo pedazos de carne de su cuerpo, cuando se decía a sí misma que aquella debía haber sido su suerte si no hubiese sido cautiva, si no hubiese conocido a Saldaña, y no habiéndose enamorado de él, hubiese pagado su rescate y hubiese vuelto a su patria. Que no estaría sola como ahora, y tendría quien enjugase su llanto si lloraba, quien sonriese con ella y, en fin, quien la defendiese y la ayudase contra el que intentara ofenderla, y nadie entonces la insultaría ni serían desoídas sus quejas.

Su delirio alejaba de ella todo lo agradable al mismo tiempo que acercaba y engrandecía a sus ojos las imágenes más crueles. Leonor estaba en todas partes, en dondequiera estaba Saldaña, y en la mente de la desventurada mora mil siglos corrían a cada momento que pasaba, porque en cada momento sufría tantas penas, y tantos pesares se agolpaban a su alma y la despedazaban a un tiempo, que los de un solo instante pudieran componer el total de los tormentos de toda la vida humana. Su intento era buscar a Leonor y, salir del castillo y sin saber adónde andaba, andaba y corría aquí y allí, y ya se figuraba lejos del sitio de donde había partido, cuando se encontraba otra vez en él, y otra vez y otra vez atravesaba mil diferentes pasadizos secretos que ella sabía, y nunca acertaba a salir de la fortaleza, turbada toda y perdida en el caos y el laberinto de su imaginación.

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso, y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. Algún centinela que la divisó, ni dio ni hizo señal de haberla visto, y creyéndola algún espíritu no hizo sino persignarse. Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla. Figurábase a Saldaña embriagado en sus sueños de amor, regalado de ilusiones felices que estaba muy lejos, sin duda, de gozar el tétrico castellano, pero que la celosa mora le prestaba en su delirio para atormentarse más a sí misma.

Si contemplaba el castillo, la oscuridad y el rayo de la luna reflejándose débilmente en sus altas y ovaladas ventanas, imaginaba la fortaleza una tumba, y el pálido reverbero de la luz, la llama trémula de las antorchas fúnebres. En cada sombra veía a un ángel de tinieblas que la perseguía y la acosaba, o un motivo de celos, una Leonor enamorada que venía en busca de su amante, y que se iba a encontrar en su camino con ella.

Por fin, el ansia de vengarse, dominando enteramente su alma, sujetó su imaginación, calmó su desvarío, y le hizo tomar un camino recto y seguro afirmándola en un pensamiento único. Entonces, volviendo en sí, su marcha fue más rápida, y con firme paso y decidido ánimo deshizo ya con conocimiento de dónde se hallaba, las vueltas que equivocadamente había dado, y bajando por secretas trampas a escaleras y sitios que sólo ella y el arquitecto del castillo tal vez conocieran tomó el camino más corto para salir al campo.

Llenos estaban los fuertes de aquella época de estas salidas ocultas, de que se servían sus señores, ya para sus empresas particulares, ya para caer inopinadamente, en caso de sitio, sobre sus enemigos, ya para facilitar una o retirada. Ninguno de cuantos secretos contenía aquel alcázar ignoraba Zoraida, que criada en él, había mil veces recorrido todos. Servíase en su camino por aquellos desiertos tránsitos de una linterna sorda de metal, y llena de sobresalto, delirando sin cesar y murmurando entre dientes algunas veces, parecía una maga que en sus furores descendía al infierno a evocar las almas de los condenados.

Entre tanto, cierto rumor llegó a sus oídos, aunque a bastante distancia, que en un principio creyó sería causado por el gemido del viento; pero luego sonó una voz áspera y ronca, como la de un borracho de oficio, que hablaba con otros que contestaban con brindis y carcajadas, y conforme caminaba adelante sintió más cerca el ruido de copas de barro rotas y un estrépito semejante al que produce una orgía desenfrenada.

Era el alboroto en las cuadras de los soldados aventureros, y una luz que ondulando, ya alumbraba unas veces, ya otras al parecer se extinguía, y que a corta distancia reflejaba del cuarto del capitán de este cuerpo, y los desentonados gritos que allí se oían, mostraban la bacanal y el desorden en que pasaban el tiempo. Pero una voz de mujer se oyó acaso en medio de las roncas y vinosas de los varones, y aunque apenas se apercibió débilmente, el oído de Zoraida distinguió el sonido, y su primer pensamiento fue que era la voz de Leonor, que estaba ya en el castillo, y que a la mañana siguiente debía ser presentada a Saldaña. Esta idea, absurda sin duda y que hubiera desechado ella misma si estuviera en su cabal juicio, fue cabalmente la primera y la única que se ocurrió a Zoraida, con tanta obstinación y tan ciegamente, que ni la borrachera de los que allí estaban ni las groseras palabras con que agasajaban a la supuesta rival ni las descaradas respuestas de ella, nada pudo hacerla reflexionar de otro modo.

El estruendo crecía; el estrépito, las voces, las risotadas, los golpes en las mesas, los brindis y las maldiciones, todo lo oía la mora desde su encallejonado pasadizo sin perder una sola sílaba.

Callaron todos de pronto y la misma voz, más ronca y desafinada que las otras, entonó una canción que verdaderamente tenía algo de infernal en su música, haciendo ruido al mismo tiempo con un cacharro contra una mesa para acompañarse:

Pobre diablo Satanás,
bebe vino,
emborráchate y verás
qué divino
se te figura el infierno
en verano y en invierno.

CORO
¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.
Vino largo, una querida,
pelear
y beber, esta es la vida
militar;
y beber hasta caer,
y beber y más beber.


Y otras seis u ocho voces que se distinguían por sus diferentes tonos y su desacuerdo, como de gatos que maúllan unos en tiple y otros en bajo, entonaban el estribillo:

¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.


Y concluían su canto con un grito agudo, lúgubre y prolongado, semejante al que lanza el perezoso Ay en los desiertos de América. Dos voces repitieron este alarido y luego bebieron, vocearon y juraron; cantaban unos, se peleaban otros, se desafiaban aquéllos; las mujeres chillaban, y todo era confusión, alegría, llanto y borrachera.

En la locura de Zoraida, aquella estancia se le figuró más propia de los demonios que de los hombres. La hora que era y el alboroto que traían en un sitio subterráneo daban cierta apariencia extraordinaria al festín, y ella había oído a Saldaña mismo hablarle de una aparición, de un espíritu que había robado a Leonor. Este pensamiento le confirmó en su primera conjetura acerca de la voz de mujer que había oído, y se resolvió a penetrar allí si era necesario y averiguar de cualquier modo si era ella efectivamente.

Pero aunque el amor a la vida no fuese hacía ya mucho tiempo el primer móvil de las acciones de la desconsolada mora, y muchas y poderosas pasiones hubieran sofocado en su corazón este deseo de conservación, innato en todos los animales, el pudor es el último sentimiento que abandona la mujer, y la idea de entrar en aquella especie de perrera, mezclarse con hombres groseros y acalorados con las bebidas y exponerse a una gracia hedionda y desvergonzada, la hacía temblar, sin atreverse siquiera a mirar adentro por una claraboya que adornaban dos hierros atravesados en cruz.

En esto la puerta del cuarto que caía al otro frente se abrió, y entró un soldado que salía sin duda de centinela, que saludando al que parecía ser el jefe, tomó un jarro de vino y se lo echó a pechos de una sentada.

-Juro por la barba del miramamolín del infierno, que en la centinela de esta noche he sentido pasar junto a mí un alma en pena, toda rodeada de fuego.

-A la salud del alma en pena -gritó el capitán; y empinó la bota más de media hora seguida.

-Por la muerte y pasión que hemos de sufrir todos los que aquí estamos -dijo uno con cara de león de piedra y con ademán grave y solemne-, que no hay alma en pena como la mía, que estoy penando con esta cara de vaqueta vieja por que me quiera esta desagradecida.

-Sí, señor; cuando digo que yo la he visto, ¿cómo se entiende?

-Mentira, yo te digo que no es posible -respondía otro muy enfadado.

-Pues, ¿a que sí?

-¿A que no? ¿Y cómo es?

-Es una figura blanca; lleva tras de sí un gato negro.

-Es verdad -respondió otro-, que yo la he visto esta noche pasearse de torre en torre.

-Y volar por el aire a caballo en una serpiente de fuego -añadió el primero.

-¿A que no eres capaz de ir a buscarla? -apostaba uno en otro corrillo.

-Ahora mismo.

-¿A que no?

-¡Ea, muchachos! un buen trago, y mano a la retamalla -dijo, y bebió, y empuñó su espada.

-¡A buscar a la fantasma!

-A buscarla, a buscarla -repitieron todos a un tiempo sin saber lo que iban a hacer ni lo que decían; y con las espadas desnudas salieron de tropel, como un torbellino de demonios vomitados por el infierno.

Pero la fantasma que buscaban era la mora; y ésta, que había satisfecho ya su curiosidad, se había retirado a tiempo, y caminaba entonces por un pasadizo subterráneo, muy segura de que aquella gente trabajaría en vano por encontrarla. Ni era esto tampoco en lo que pensaba: varias veces había oído contar grandes prodigios y milagros hechos de una bruja de las cercanías que tenía amedrentados a los más intrépidos. A ésta, pues, quisiera hablar Zoraida para consultarle y pedirle que le diese un medio terrible de vengarse, o una bebida para Saldaña que le hechizase y enamorase de ella de tal manera que ni aun en la muerte se separaran sus almas, o un veneno de odio para ella sola que le hiciera aborrecerle tanto como le había amado.

El subterráneo por donde caminaba tenía una salida al pueblo y otra al campo en el lado opuesto; tomó Zoraida la segunda, y después de haber andado más de una hora se halló al raso cerca de Torre-Gutiérrez, castillo perteneciente a los señores de Cuéllar. Había andado cerca de una legua sin sentirlo, sin cansarse, y enteramente entregada a su único pensamiento.

Cuando salió al campo, la respiración le faltaba; su cabeza ardía hecha un volcán; el corazón le hervía, y su sangre, como la lava del Vesubio, había hinchado sus venas y hacía palpitar todo su cuerpo.

Había refrescado el aire, y ella, abierta la boca, lo respiraba con ansia y lo bebía, y todavía quemaba a su parecer; gotas de sudor corrían de su frente ardiente como de fuego, y varias veces en algunos arroyuelos que entre juncos allí corrían, refrescaba su seco paladar, que otra vez abrasaba de nuevo el incendio que arrojaba su corazón. Caminaba, no obstante, sin cesar, pero ya sin saber adónde, y sólo detenía el paso y se paraba cuando alguna ráfaga de viento venía un momento a aliviar su ardor. Pero entonces se figuraba que oía en su susurro besos, caricias, palabras dulces en torno de ella, y la voz de Saldaña y la de Leonor. Y luego creía que resonaban voces de maldición o de lástima, y oía en el murmullo de las aguas, y en el gemido de la brisa y en el rumor de las hojas, que Saldaña la maldecía; y lo que era aún más cruel, que Saldaña idolatraba a Leonor. Y huía entonces hacia otra parte toda desalentada, y así, ya suspendiendo el paso, ya caminando con indecible precipitación, se emboscó entre los pinos que están a la derecha de Torre-Gutiérrez, y allí se enmarañó y se perdió entre las sombras como un espectro errante.

Pero no había andado muchos pasos cuando cayó sin aliento y rendida y quebrantada con la fatiga, al pie de algunos árboles tan espesos que impedían entrase la luz de la luna. Allí, ya sin fuerzas y casi exánime, sintió un sudor frío que le helaba hasta los huesos sin cesar; pero era el ardor calenturiento que la abrasaba. Su cuerpo, débil y falto de alimento, no podía ya sostenerse, y el espíritu, trabajado y fatigado ya con tanto sufrir, no podía tampoco comunicarle más ánimo. Cayó, pues, y no hizo ningún movimiento para levantarse, ni para mudar de postura, ni levantó la cabeza, ni gemía, ni podía llorar, y sólo daba a conocer que vivía el incesante movimiento de su pecho que parecía henchido de tormentos vivos, que luchando en su centro unos con otros lo alborotaban.

Una luz a corta distancia que parecía andar sola se descubrió que venía por el bosque hacia ella, ya a veces desapareciendo entre los espesos árboles, ya otras derramando su ondulante reflejo que aumentaba las sombras en vez de desvanecerlas, con un brillo tan pálido y moribundo como el de una vela amarilla. Nadie se veía; no obstante, la luz se acercaba, y en la imaginación de la mora, cuyos ojos había herido su destello una o dos veces, aquella luz a tan excusada hora y en aquel bosque, se presentó como cosa sobrenatural y del otro mundo. Quizá el ángel Azrael, que compadecido de sus pesares venía a cortar el hilo de su vida, quizá... quién puede decir lo que se figuró, pensó y creyó la enajenada Zoraida. Pero no por eso se levantó de donde estaba, sino que fijos los ojos, fuera ya de sus órbitas, en la misteriosa luz, miraba como demente, y tal vez, según las imágenes que en su delirio inventaba, se descubría una sonrisa amarga como la hiel en sus labios trémulos y blanquecinos. La luz, empero, torció a un lado como si cambiara de senda, pero bien pronto volvió a brillar, y una voz se oyó que murmuraba maldiciones entre dientes, y que en tono monótono y como si rezara pronunciaba varias palabras mágicas o tenidas como tales, y que en informes versos puestas, sonaban como el regaño sordo de un perro alano. Callaba en seguida como si esperara que alguno le contestase; pero sin duda no estaba de humor de responder el ser sobrenatural que evocaba o no la oía, y la voz redobló sus conjuros. Tal vez se imaginó el encantador de la luz que había ya recibido respuesta, y volvió a callar.

Volvió entonces a andar la luz hacia donde estaba Zoraida, y un ente informe de estatura raquítica y consumida, imperfectísimo remedo de una mujer, quizá una especie de animal nuevo, una vieja, en fin, de ojos de víbora, tan flaca como una cuerda, tan ruin como un mal pensamiento, y estropajosamente arrebujada en unos harapos, con una larga mecha de brea encendida en una mano, y en la otra una sarta de dientes de hombre, se presentó delante de la mora, capaz con su figura odiosa y repugnante de haber hecho creer que había diablo al más obstinado incrédulo.

Llevóse Zoraida dos veces ambas manos a los ojos, horrorizada de aquella visión que, a su parecer, había salido del centro de la tierra en aquel instante, y prestándole fuerzas el miedo se levantó de pronto con intención de huir. Pero no bien se había puesto en pie cuando, recobrando su natural denuedo, la miró de hito en hito, al mismo tiempo que el esqueleto ambulante, cuyos ojos relucían como los de un gato, la miraba con cierta diabólica malicia y soltó una risotada desagradable, muy semejante al roznido de un mulo.

-¿Qué haces aquí, linda niña? -le dijo con una voz cascada como el sonido de una castañeta: y riéndose de nuevo continuó-: No te asustes, yo soy la abuela Gila, que vivo en Cuéllar, y aunque me tienen por bruja todavía me creo tan buena como la que más.

La sarta de dientes que llevaba en la mano izquierda resonó, a un movimiento que hizo, como el crujido de un hueso al romperse.

-Buena madre -respondió Zoraida-, yo soy la mujer más infeliz que existe, y he venido aquí sin saber adónde iba ni a qué.

-¡Pobrecita! -replicó la bruja con su acostumbrada risa-. ¿Y a mí qué me importa que tú seas infeliz o no? ¡Ojalá que te veas pronto maldecida por todos como yo, y vieja y con arrugas, que yo también fui joven y bonita, y ahora!... ¿No eres tú la mora que quiere el señor de Cuéllar?

-Sí, yo soy la que fue querida -replicó Zoraida con acento melancólico-, yo soy la que fui feliz.

-¡Hola! Conque, ¿ya no te quiere -replicó la vieja- y tal vez te ha echado de su castillo? Se cumplieron por fin las maldiciones que yo te he echado. Pues, hija mía, ¡cómo ha de ser!, ten paciencia y sufre.

Y después de haber echado a Zoraida una ojeada de diabólica complacencia, la vieja infernal volvió la espalda e hizo ademán de alejarse murmurando estos versos:

Feas, lindas, ricos, pobres,
viejas, jóvenes, guerreros,
reyes, nobles y villanos
entran en un agujero
como hormigas
que la muerte con el pie
junta y apiña.


-Mujer -gritó Zoraida con impetuosidad después de una pausa en que el ansia de vengarse y los celos dieron nuevo ánimo a su corazón-, yo venía en tu busca; si te alegras de mis tristezas, ¿qué me importa? Yo no te he hecho nunca ningún mal, ni te he visto hasta ahora; quiere decir que no sólo me aborreces a mí, sino a todo el género humano.

-Así es -replicó la bruja-; odio a los que creo felices, y río y hago escarnio de los que son desgraciados, como otros lo hacen de mí y me persiguen.

-Pues bien, en ese caso yo quiero vengarme como tú, y mi venganza te debe a ti complacer puesto que hará la desdicha de dos personas que tú aborreces. Dime qué tengo que hacer para lograrlo. Nada te detenga; llama a todo el infierno junto, preséntalo delante de mí con tus conjuros, oiga yo sus clamores, véngueme yo de la rival que detesto, y tuya soy desde ahora.

-Mucho fuego pones en tus palabras -replicó la vieja con un gesto que parecía otra vieja en lo desagradable-. Has de saber que desde que se murió la tía Graja, hace ahora diez años, no se ha vuelto a ver el diablo por estos contornos, ni yo he montado en la escoba desde entonces, ni he dado paz al cabrío. Está esto muy mal, y hasta el amo nos desprecia, y van perdiendo su fuerza nuestros conjuros. Ya se ve, se ahorca ahora tan poca gente que es un dolor; toda la noche he tenido que andar por estos pinos buscando ahorcados a quienes arrancar los dientes, y sólo he podido hallar cuatro o cinco, y aun uno de ellos era ya viejo y le faltaban las muelas.

Era entonces costumbre, y lo fue por largo tiempo en España, ahorcar de los árboles a los que la voluntad o la justicia del señor feudal condenaba a muerte si eran villanos, y nadie ignora que las llamadas brujas prestaban ciertas virtudes a sus dientes y a varias partes de su cuerpo, de que se servían en sus supuestos hechizos.

-Pero, en fin, el hecho es -continuó la asquerosa vieja- que tú quieres maleficiar dos personas y vengarte de ellas, y hasta ahí alcanza mi poder, y en eso doy gusto a mi inclinación. Una de ellas sin duda es el señor de Cuéllar.

-No -repuso la mora con prontitud-; yo le amo demasiado para querer hacerle directamente daño. Yo sólo quiero vengarme de mi rival.

-¿Y quién es tu rival? -preguntó la vieja-. ¿No es la hermana del castellano de Iscar?

-La misma -replicó Zoraida-; esa es la que me ha robado su corazón, esa es la que ha llenado mi alma de amargura y desesperación. Sí, sobre ella caigan tus maldiciones; sobre ella sola, para que no la vea jamás en sus brazos el señor de Cuéllar.

-¿Sabes tú dónde está? ¿Tendrías tú un medio para hacerle tomar una bebida que yo te dé? -preguntó la vieja mirándola fijamente.

-Si yo supiese dónde se halla... -contestó Zoraida.

-En su castillo, sin duda -interrumpió la vieja con una sonrisa irónica-; pero no te dé pena; esa mujer no morirá en paz ni en su cama.

-Pero tú -insistió Zoraida-, ¿no podrías llevarme adonde se halla?

-¿Lo sé yo acaso? -replicó la vieja-. Y aunque lo supiera, ¿por qué te lo había de decir? No señor, sufre, que día vendrá en que se cumplan todas las venganzas juntas, y en que los que ahora viven alegres lloren, y aquellos y aquellas que tienen asco de las pobres viejas, y pasan espetadas delante de ellas sin mirarlas, y que se creen infectadas con sólo rozarse con las que son como yo, y las que ahora rebosan en hermosura y salud, día vendrá, y muy pronto, en que salgan con los pies delante para el cementerio.

Diciendo esto la raquítica bruja dio a su rostro una expresión tan repugnante de alegría y de venganza, que al mismo espíritu maligno le hubiera parecido desagradable. Zoraida no contestó sino que dando algunos pasos hacia ella, aunque con repugnancia, le alargó algunas monedas, pensando que este sería el mejor medio de hacer adivinar y poner de su parte a la bruja.

Tomólas ella con avaricia, y mirándolas una tras otra a la luz no parecía sino que nunca había visto junto tanto dinero, lo cual era más que probable. No sabía tal vez en dónde estaba Leonor, y menos aún podía hablar con acierto acerca de los sucesos futuros; pero era menester decir algo, y estaba demasiado habituada a servirse de la credulidad ajena para titubear un momento. Quizá ella misma a fuerza de oír que la llamaban bruja, y acaso poseedora de algunos secretos, había llegado en efecto a creer que tenía comercio con el demonio. Zoraida, crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo, y además agitada de una pasión loca que puede hacer supersticioso al hombre más ilustrado, la miraba como un oráculo y esperaba con ansia saber cuál había de ser su destino. La bruja, pues, le hizo señas de que guardase silencio, y habiendo arrancado algunas retamas les prendió fuego, profiriendo sordamente varias palabras, que no entendía ella misma sin duda, dando vueltas alrededor de la hoguera, con más rapidez que prometían sus años, mientras la llama tomaba vuelo. Paróse en seguida, y sacando del arrugado y cóncavo pecho un bolsillo de cuero que deslió sin dejar de gruñir entre dientes, echó unos pelos al fuego y una especie de saín o gordura de algún animal. Echóse en seguida al suelo, y poniendo contra él la boca, empezó a llamar a algunos, primero en voz baja y después en tono más alto, añadiendo a cada palabra una maldición. Todos sus movimientos eran tan extraordinarios y ridículos que hubieran podido llamar la atención del hombre menos curioso; y su figura maléfica, que se divisaba como un espectro a la luz de la hoguera, el silencio de la noche, la luna, que oculta entre algunas nubes cenicientas teñía el bosque de una especie de color de muerto, daban cierto carácter sobrenatural a aquella singular escena.

La hoguera, sin embargo, se fue consumiendo poco a poco, y cuando ya estaba casi extinguida, la fatídica vieja se levantó y dio una patada con furia sobre las pocas ramas que aún ardían, como si quisiera vengarse de aquella manera del poco efecto que producían sus encantos.

-¡Ea, pues! -dijo volviéndose hacia Zoraida, que había observado cuanto había hecho, y que más de una vez había sentido erizarse sus carnes-: ¡ea, pues!, demonios, ya que desoís mis conjuros, ojalá que se conviertan a Dios y eviten vuestras tentaciones cuantas almas hay en el mundo. Zoraida, el espíritu profético ha huido de mí, y no sé ni acierto adónde está tu rival; sólo sé que un espíritu superior a los que a mí me sirven la protege por ahora. ¡Maldito sea él! Sólo sé que él la libertó de las garras del Velludo. Quizá tú la volverás a ver algún día. Tú también tendrás quien te proteja. Tal vez el de Cuéllar te volverá a amar. Acaso...

La imaginación de la vieja apenas podía ya inventar más, ni suplir con profecías a bulto lo que ignoraba. Por último, y como inspirada de pronto, añadió:

-Puede ser que algún día te acuerdes de lo que has visto esta noche por tu desgracia. Es forzoso que nosotras nos volvamos a ver.

-¿Crees tú que Saldaña me vuelva a amar? -preguntó Zoraida, a quien esta parte de la profecía había conmovido y hecho temblar hasta las entrañas.

-¿La hembra del mastín, no se ayunta con el lobo? -respondió la pitonisa-. Pero guárdate también de que no te devore; guárdate, y teme que no maldigas algún día la hora fatal en que te has hallado conmigo.

Pronunció estas últimas palabras con un eco de voz tan siniestro, y clavando al mismo tiempo en Zoraida una mirada tan fija y horrible, que hubiera podido intimidar al más intrépido. La desdichada mora no pudo menos de estremecerse y sentir sus cabellos tiesos sobre su cabeza.

En vano trató de esforzarse a preguntarle por qué: el temor había helado su voz, y la fiebre que la devoraba le representó en su fantasía, en vez de una bruja, mil que la amedrentaban con sus funestos presagios y que la miraban del mismo modo. Tal vez la intención de la vieja había sido únicamente aterrarla, ya que no había podido convencerla de su mágico poder, pero no obstante, parecía que sólo había verdad en su último presagio, que era una amenaza que debía cumplirse, y que aquella misma mujer había de tener parte en que se cumpliera. El tono de su voz y su mirada manifestaban quizá perversas intenciones para en adelante, quizá estaba ofendida y deseosa de vengarse de la mora que había presenciado la inutilidad de sus conjuros y que podía publicar todo como había pasado, y hacerle perder su fama. De todos modos, había un no sé qué de verdad en sus expresiones.

Zoraida, entre tanto, todo lo daba ya por cumplido, y cuando vuelta en algún tanto de su estupor quiso pedirle algunas explicaciones de lo que había dicho, la inexplicable vieja había desaparecido.

A su entender se había vuelto a sumergir en las entrañas de la tierra, de donde pensó primero que había salido.

Entre tanto ya venía la mañana; el aire, más fresco, halagaba las copas de los pinos, y el color de la aurora empezaba a pintar con su velo de nácar el horizonte. Las aves piaban, los arroyos murmuraban, y se alegraban los campos. Todo respiraba el encanto de una alborada de estío, y el reposo y la paz, aún no alterada por el villano madrugador, podía compararse a la primera sonrisa de un niño. Sólo Zoraida penaba, aterrada aún con el presagio de la impura vieja; pero su fiebre había calmado, y cierta laxitud, producida por su anterior frenesí y lo mucho que había caminado, era lo único que le quedaba de su locura. Parecía que el fuego de su corazón se había enteramente apagado: o, por mejor decir, que su corazón, a modo de un espíritu, se había evaporado, y que ya no le quedaba sentimiento para padecer ni gozar. Sus ojos estaban tristemente caídos; al color encendido de sus mejillas había sucedido una palidez cadavérica; sus miembros flojos apenas obedecían a su voluntad, y en derredor de su boca la herradura de la muerte estaba estampada.

Aún no había recobrado cabalmente su juicio, pero ya no era aquella imaginación llameante la que mezclaba y arrebataba sus pensamientos, y como un herido falto de sangre y lánguidamente débil, sólo veía colores, sombras, oía un confuso rumor, y el cielo y la tierra le parecía que habían cambiado de sitio. Todo a su vista aparecía más alto, más bajo, más lejos, más cerca de lo que estaba realmente. En su memoria se agitaban los sucesos de aquella noche como sueños casi olvidados o como los cuentos de la niñez. Figurábase a veces que eran cosas que había oído contar, que habían pasado hacía mucho tiempo, y allá confusamente oía al mismo tiempo las palabras de la bruja, el canto satánico de los aventureros y el grito de los centinelas.

Examinábase a veces a sí misma en los intermedios que este segundo delirio le concedía, miraba al cielo inundado ya de ráfagas de luz hacia el oriente, consideraba la tranquilidad de los campos, y meditaba en la dicha que disfrutaban sus habitantes. De lejos ya llegaba a sus oídos la voz del leñador que arreaba su asno caminando al monte; el canto monótono de los segadores que aprovechaban la fresca; el grito del labriego en la era, y esta armonía, este bello despertar de la naturaleza, le hacía penar de nuevo y derramar lágrimas hilo a hilo.

-¡Oh -se decía a sí misma-, yo soy la única infeliz entre tantos felices!

Parecíale, al pensar esto, que no era este mundo su morada ni la había sido hasta entonces, sino que, para mayor tormento suyo, una mano fatal la había arrancado de su centro y trasladádola allí para que pudiese comparar la gloria de aquel paraíso con el infierno en que tenía que vivir por fuerza y que llevaba dentro de sí. Hallábase allí en medio del campo, al aire libre, a la luz del día, tan turbada e incómoda como un rústico en medio de un magnífico palacio, o más bien sentía la fatiga del pez que se ve de pronto fuera de su elemento. En su interior oía una voz que le gritaba de volver al castillo; pero el día entraba y aún no se había decidido a obedecerla. Por último, la parte de vida que le animaba venció su irresolución, y la afligida Zoraida tomó la vuelta de la fortaleza.

Los trabajos del campo, propios de la estación, habían despertado ya a los rústicos habitantes, y todo era vida y movimiento en aquella extensa campiña. Hubiera sido un espectáculo agradable sin duda para cualquier espíritu sosegado; pero Zoraida huía de los hombres, hubiera querido no oír sus palabras, y quería ocultar a sus ojos la calma y la hermosura de la naturaleza. Buscaba las sendas más escondidas, los sitios más sombríos, en fin, todo aquello que pudiera tener analogía con su alma.

Cuando llegó a la entrada subterránea que llevaba a las bóvedas del castillo, volvió la cabeza a mirar el sol, que, como un escudo de fuego, se levantaba y teñía el horizonte de mil vivísimos colores. Quiso fijar en él los ojos por un instante, y quedó tan deslumbrada y confusa, que, dando un alarido, se lanzó en la oscura bóveda de repente.

Hubiérase creído que era un ángel de tinieblas que miraba la luz del sol, y despechado de no poder gozar de su hermoso brillo, se arrojaba maldiciendo su suerte en el infierno.

Zoraida, cansada, enferma de alma y cuerpo, llena de visiones, de presagios, de memorias del bien pasado y desnuda de toda esperanza, volvió por los secretos pasadizos por donde antes había salido, y el ruido de las armas, los relinchos de los caballos y las voces de los soldados que barrían sus cuadras, limpiaban sus armaduras y vagaban acá y allá en los patios y corredores próximos al camino que ella llevaba penetraban en su oído mezclados en un son tan confuso y desacorde, que acabaron de trastornar su cabeza. Más de una vez tuvo que apoyarse en la pared para sostenerse, y no supo ella misma el tiempo que estuvo en aquella actitud hasta que recobró sus fuerzas.

Las retorcidas escaleras que subía la mareaban, el castillo se le andaba, y cuando llegó a su cuarto, se encerró allí y se arrojó en su lecho, sintió un placer semejante al de una ave nocturna que, aturdida y ciega por el resplandor del sol, encuentra por casualidad el oscuro nicho que le sirve de asilo.


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