Sancho Saldaña: 18

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Capítulo XVIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Salen con tanto silencio
que ni las nocturnas aves
sienten sus secretos pasos,
ni los veladores canes.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Sacan los alfanjes fieros,
derriban los capellares,
y tíranse fuertes golpes
con pensamientos mortales.
Crece la rabia y desdén,
la fuerza, rabia y coraje,
y saltan vivas centellas
de los duros pedernales.
Romancero


La campana de la iglesia principal tocaba a maitines cuando Usdróbal, que en vano había tratado de descansar, salió a la explanada del castillo con la misma impaciencia que si mil chispas hubieran caído sobre él y le abrasaran en todas partes a un tiempo. El camino del desierto no se le hace más lejos al caminante fatigado y sediento, el día de fiesta no le parece más tardo en llegar al jornalero holgazán ni camina tan lenta la eternidad para el condenado como le habían parecido perezosas las horas al impaciente Usdróbal. No así al paje. Su alma de hielo y estragada por un amor propio insufrible y su mal corazón estaban muy acostumbrados a ver sufrir y a sentir una complacencia secreta en los padecimientos ajenos.

Criado desde niño al lado de Saldaña y educado en el crimen, ambicioso por naturaleza y astuto, traidor y maligno por instinto, sabía tomar cuantas formas exteriores le acomodaban y encubría bajo la lindeza de su rostro y la flexibilidad de sus facciones la más refinada perversidad. Sin duda nació ya inclinado al mal, y su educación acabó de completar su carácter; su amor propio le hacía querer dominar dondequiera, y sobre todo a las mujeres, a quienes, aunque parecía mirar con desprecio, trataba siempre de rendir, siendo éste el triunfo que más lisonjeaba su vanidad. Su amor propio producía en él los mismos efectos que la pasión más desenfrenada, no perdonando medio alguno para lograr su intento y satisfacer su orgullo o su venganza. Su ambición lo hacía mirar con odio a cuantos eran más que él, y él sólo era paje de lanza; en fin, sus dotes eran dignas de cualquier proteo político de nuestros días.

Llegaba ya el término de su venganza y habían pasado las tres horas que tan pesadas habían parecido a Usdróbal gozándose en sus planes futuros y embriagado en los sueños de oro con que halagan la malicia y la perversidad, igualmente que la virtud y la inocencia. Dormía Saldaña; su hermana, llena de cuidado, había venido a asistirle, y salió a buscar a Usdróbal.

Todo estaba callado en el castillo, y sólo tal vez se oía el ladrido lejano de algún perro o el canto sordo y monótono del centinela, que entretenía el tiempo cantando o paseando. La luna se había ocultado ya, y los celajes negros con que había entrado la noche habían vuelto a velar con su fúnebre manto el horizonte. Todo era oscuridad y silencio y sólo tal cual amortiguada luz se veía ondular a lo lejos, tal cual estrella, casi oscurecida, vibraba de cuando en cuando sus trémulos destellos sobre la tierra. Usdróbal se paseaba lentamente cuando oyó junto a sí pasos y una voz de allí a poco que le nombraba.

-¡Usdróbal, Usdróbal! ¿Estás ahí?

-¿Eres tú, Jimeno?

-Silencio -respondió éste, cuya era efectivamente la voz-. Sígueme.

-Déjame me coja a ti para atravesar esas galerías, que debes tú conocer mejor que yo.

-Aquí está mi brazo. ¡Silencio!

Diciendo así le presentó el brazo derecho, de que asió Usdróbal el izquierdo, y echaron a andar.

Al entrar en la galería sacó el paje su linterna sorda, y enviando la luz contra la pared, dijo:

-Aquí es: entremos.

Y llegándose a ella luchó un momento con un resorte que muy disimulado estaba, y al punto se abrió la puerta.

-Este es el camino, entremos; ya podemos aquí usar sin peligro de mi linterna.

Era un callejón oscuro y estrecho que se formaba en el centro de la pared, y que volvía a un lado y a otro, según torcía el corredor o la sala a que sus paredes servían de muro.

-Pues si habíamos de venir por aquí -preguntó Usdróbal-, ¿qué más daba que esto se hubiese hecho dos horas hace?

-Habla bajo -repuso el paje después de haber vuelto a correr la puerta, que sonó como si fuera de hierro-. Importaba separar un centinela que debía estar en cierta parte por donde tenemos que pasar por fuerza, y no se podía hacer antes.

No preguntó más Usdróbal, ni el paje habló más palabra; sólo sus pasos resonaban en aquella estrecha bóveda, y cualquiera, al sentirlos transitar a aquella hora sin verlos desde cualquiera de las habitaciones contiguas, habría creído que hacía aquel rumor sordo alguna alma en pena. No dejó tal vez de pensarlo alguno y de santiguarse.

-Da ahí tres golpes -le dijo el paje a Usdróbal cuando llegaron, después de muchas vueltas y revueltas, a un ángulo saliente que formaba el extremo de alguna sala.

Usdróbal respondió:

-Si esto es piedra, mal podrán oírme.

-Dalos sin miedo, que aunque parezca piedra no es sino hierro.

Diólos, pues, con mucha pausa, y al punto resonaron otros tres en respuesta.

-Es ella -se dijo a sí mismo, y se estremeció involuntariamente.

-Déjame abrir -le dijo el paje, y habiéndose hecho atrás para darle paso, Jimeno se adelantó, procuró hallar el resorte, y luego que lo hubo encontrado se abrió allí otra puerta semejante a la primera por donde ellos habían entrado.

-Usdróbal -dijo una voz suavísima que vibró en el corazón del aventurero, y Leonor entró en el corredor toda trémula y asustada.

Marcharon los tres en silencio aún algún tiempo, y Usdróbal tomó el lado de Leonor, más cuidadoso de ella que una madre puede estarlo del hijo de sus entrañas. Abrió el paje otra puerta y salieron a una escalerilla de caracol que Usdróbal reconoció por una de las muchas que salían de las torres de la fortaleza. A lo lejos la vista descubría en montón y confusamente el campo, las empalizadas y las demás obras del castillo; de cerca no se veían los dedos de la mano. Al llegar allí paróse el paje, y echó una mirada maligna a Usdróbal, bañándole en luz el rostro.

-Puesto que vienes armado, toma la izquierda de la escalerilla, y ve con cuidado. No os asustéis, señora, no es nada, pura precaución.

-Colocaos así detrás de mí -dijo el aventurero a Leonor-, que si alguno sube tendrá que pasar por mi cuerpo para llegar hasta vos.

-Y yo le deslumbraré con mi linterna; pero no hay miedo.

-Con la espada en la mano no lo tengo yo a nadie -repuso Usdróbal desenvainándola.

Usdróbal iba delante, seguíale Leonor sin respirar apenas, y el paje bajaba detrás alumbrando con su linterna. De repente la luz falta, suenan dos palmadas, y dos o tres espadas caen sobre Usdróbal, cuyos golpes se repiten sobre su armadura cada vez con más furia.

-¡Traidores! -gritó el aventurero, y mil golpes resonaron de nuevo, y volaron mil chispas a un tiempo por todas partes.

-¡Dios mío! -gritó Leonor-, nos han vendido.

Y cayó desmayada, al mismo tiempo que se sintió asir con fuerza y arrebatar por el aire.

El combate seguía, todo estaba a oscuras, y no se oía una voz ni un quejido. El martilleteo de las armas continuaba cada vez con más furia. No sabía Usdróbal cuántos le acometían; pero sus enemigos a su parecer se multiplicaban. La escalerilla era muy estrecha, y nadie podía subir mientras él defendiera el paso, y a pesar de esto siempre hallaba enemigos detrás y delante de él. Crujía el hierro, retumbaban los golpes, y sólo se oía alguna vez el bramido sordo de los combatientes. De pronto se oye un golpe en el suelo, como el que pudiera hacer un hombre armado al caer, y un ¡ay! en seguida. Después retumbó con estrépito rodando las escaleras, sonó otro quejido en el mismo instante, y otro golpe, y la pelea pareció como suspendida.

-Por vida del Cid -dijo uno-, gracias a Dios que ese demonio ha muerto.

-No he visto gato con más vidas -añadió otro a tiempo que por sus pasos se conocía que se retiraban-, era un alano de buena presa.

-Quizá no esté todavía bien muerto.

-No hay hueso en su cuerpo que no esté hecho polvo. ¿No has sentido cómo rodó por la escalera?

Siguieron hablando, sin duda, pero su voz fue poco a poco perdiéndose en la distancia, hasta que otra vez todo volvió a quedar en silencio.

Aquella misma noche, poco después, dos hombres atravesaron la explanada del castillo.

-¿Es éste -preguntó el del farol alargando la cabeza a mirar abajo, y sirviéndose de su linterna, que iluminó la superficie del foso-, es este el sitio más hondo?

-¡Por Santiago!, ¿tienes miedo todavía que se escape? -repuso el otro, que habiendo echado al suelo la carga dejó ver un cadáver horriblemente descoyuntado y quebrantados todos sus huesos, cubierto en parte de una armadura no menos magullada y hecha pedazos.

Cogióle por los pies uno de aquellos hombres, mientras el otro le suspendía por los brazos, y habiendo tomado vuelo le lanzaron al foso, que estaba lleno de agua, cuyo pacífico curso alborotó su caída.


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