Sancho Saldaña: 22

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Capítulo XXII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


E llegado al puerto de Alejandría,
el físico astrólogo en ella salía,
e a mí fue llegado cortés con amor.
ALFONSO X, El lib. del Tesoro.


El judío subió a un salón del castillo acompañado de Nuño, adonde a poco rato le sirvieron algunos refrescos y varios manjares que satisficieron su apetito y apagaron su sed. Hecho esto, pidió ver al señor de la fortaleza, de cuya enfermedad le había informado ya Nuño mientras comía, dando rienda suelta a su deseo de hablar en la detenida pintura que le hizo del estado peligroso de don Hernando. El judío le había escuchado en silencio, y luego que hubo acabado Nuño, salieron del cuarto y se encaminaron a la habitación del herido.

Acababa éste de salir de uno de aquellos delirios que le sacaban fuera de sí, y estaba entonces con bastante razón para responder acorde y tomar parte en cualquier conversación, por lo que el sabio hebreo se acercó sin temor a su cama, y después de las generales de entrada, palparle la frente y tomarle el pulso, se sentó junto a él a la cabecera.

-Tu mal -le dijo- proviene más de la agitación en que está tu espíritu que de ninguna indisposición física, y lo primero que hay que hacer ahora es cortar la calentura, para acudir después a los remedios que necesita tu alma.

-El remedio único es la venganza -respondió el enfermo-, y no hay médico que me cure si no puede proporcionarme los medios de satisfacerla.

-Quizá te traiga yo ese remedio -replicó el judío-, y tal vez tengo en mi mano el darte lo que tú más deseas.

-¿Sí? -repuso el señor de Iscar, incorporándose en el lecho-. Pues devuélveme el honor y haz que lave el borrón que sobre mí tengo con la sangre de mi enemigo.

-Sosiégate y no pienses por ahora en eso -respondió el médico-; primero es curarte, y después veremos lo que hemos de hacer.

Y habiéndole traído uno de los criados una copa con agua, sacó de un bolsillo de su gabardina un pomito de barro oloroso que destapó, y echó en la copa dos o tres gotas de algún elixir que contenía, hecho lo cual lo revolvió algunos minutos con una pluma y se lo dio a beber al enfermo. Mandó en seguida que le arropasen bien y cerrasen las puertas sin dejar entrar a nadie, encargando sobre todo que no se metiese ruido por allí cerca, pues el herido iba a hacer un sueño, que si no era interrumpido le daría la salud.

Obedecieron todos sus órdenes y salieron cuantos allí estaban, menos Nuño que se encargó de velar a su amo por si despertaba o necesitaba de alguna cosa.

Pasáronse así cuatro horas, que don Hernando durmió de un tirón, y cuando Nuño salió a avisar a don Abraham que viniese, halló al enfermo fuera de todo peligro, recobradas en parte las fuerzas y deseando saltar de la cama.

-Voto a Luzbel -dijo cuando vio entrar al médico-, que cura más milagrosa no se ha hecho en la vida; voy a levantarme de la cama ahora mismo, y mañana creo que ya podré montar a caballo.

-Y en seguida mandar que te abran la sepultura -respondió con mucha calma el judío-. Si tal hicieras creería que lo habías hecho por quitar la fama al médico y que eras hombre desagradecido.

-¿Conque todavía tengo que estarme aquí un mes? ¡Cuerpo de Cristo, que más quisiera en ese caso haberme muerto y estar ya comido de los gusanos!

-Sosiégate -repuso Abraham-, que pronto te has de alegrar de estar vivo, más de lo que tú crees.

-¿Y mi hermana? ¿Y el ladrón de Saldaña? ¿Y mi venganza? ¿Qué medios son, judío, esos que me prometiste para vengarme de mi enemigo?

-Ya veo -replicó Abraham- que tu enfermedad ha degenerado en locura, y en ese caso es inútil hablarte de la comisión que me ha traído a tu castillo.

-¿Una comisión? -preguntó el señor de Iscar con extrañeza-. ¿Una comisión? Tú, un médico, ¿para mí? ¿Tal vez de Aragón? Acaso... Pero no, el que yo esperaba no es médico.

-Hay muchos que son más de lo que parecen -replicó el judío- y otros que parecen lo que no son. Con todo, lo esencial ahora es que recobres tu juicio, y hallarás tal vez en mí al que aguardabas.

-¿Eres tú el judío don Abraham, mensajero del rey de Francia y del de Aragón, y a quien me dijeron habían encargado que se avistase conmigo?

-Ciertamente, el mismo -respondió el judío-, y aquí tienes -añadió, alargándole unos pergaminos que traía enrollados en la mano izquierda- los títulos de mi embajada.

-No, te excusas de dármelos -replicó el caballero-, porque no sé leer y, además, te creo como si lo leyera.

El judío le echó una mirada entreverada de desprecio y lástima, como apiadado de su ignorancia.

-Así es -le dijo-; vosotros, los caballeros cristianos, desdeñáis cultivar la parte más noble y en que más semejanza tiene el hombre con la divinidad, y os ejercitáis en juegos de fuerza y en los demás oficios en que más relaciones tiene con los animales.

-Palabras son esas -respondió el caballero mirándole- que si no las hubiese dicho mi médico y mi aliado le había de haber costado a otro cualquiera una hinchazón de pescuezo; pero las has dicho tú y te perdono, además, por lo poco entendidos que sois los judíos en lo que nosotros llamamos honra.

Dicho esto, Abraham, sin responder palabra, empezó a leer, traduciendo del latín, los encargos principales de su comisión, que reducidos y compendiados venían a ser los siguientes: «Primero, verse con los conocidos por enemigos de Sancho el Bravo; segundo, hablarles de los Lacerdas, hijos del príncipe don Fernando, y obligarles a tomar las armas en su favor contra don Sancho, a quien se debía destronar, proclamando por su rey al mayor de los dos hermanos, sin duda por aquello de que no nos ha de faltar nunca rey que nos mande ni Papa que nos descomulgue; y tercero y último, encomendar el mando de las tropas leales al que eligiesen los principales caudillos, haciendo de modo que esta elección cayese en don Hernando de Iscar, a quien seguramente mirarían todos como a su jefe.»

Todas estas determinaciones y otras varias estaban tomadas por dos reyes al parecer en paz con don Sancho, puesto que su nombre no andaba, como se suele decir, de oficio en ninguna de ellas, y ellos podrían echar el cuerpo fuera cuando todo saliese mal, lo que hacía algo peliagudo el cargo del diplomático.

Tal era esta intriga, que prueba lo antigua que es en el mundo esa tan poderosa ciencia de la mentira, la tramoya y la desvergüenza, que ha valido tanta fama a un príncipe alemán de nuestros días y a otros varios manufactureros de protocolos.

Era nuestro judío uno de aquellos hombres a quien, si hubiera vivido en nuestro tiempo, hubiéramos honrado con el título pomposo de grande hombre, y que no habría dejado de dar que hacer últimamente y de medírselas con el veterano Talleirand (o por otro nombre el embrollo personificado), a haber tenido la dicha de vivir en este siglo y la sobre todas digna de envidia de ser miembro de la conferencia de Londres. Sabía perfectamente la cuenta que le esperaba s su empresa probaba mal, en cuyo caso tanto Su Majestad Monsieur rey de Francia como su alteza el de Aragón le dejarían en las astas del toro, sacrificándole, si era preciso, para que no se interrumpiese en ninguna manera la buena armonía que reinaba entre estos dos monarcas y el de Castilla.

Figurábase, además, el astuto hebreo que su amo, el de Aragón, quería mejor hacer mal al de Castilla que proteger a los de la Cerda, a quienes tenía encerrados en Játiva, más en calidad de presos que de príncipes aliados, y así por esto como por no exponerse había tomado sus medidas para complacer al que le enviaba y no perder la cabeza en caso de que estallase a mala hora la proyectada conjuración.

Muchos eran, no obstante, los partidarios, ya ocultos, ya declarados, de los nietos de Alfonso el Sabio, particularmente en Castilla, donde había de romper la revolución, por lo cual y las buenas tropas que podían aquéllos poner en armas, así como el populacho, en todos tiempos amigo de alborotos y mudanzas, que sin duda engrosaría sus filas, era dudoso a cuál de los dos partidos daría razón la victoria.

Mucho tiempo había pasado desde que comenzó esta trama, y las promesas hechas por segunda mano en nombre del rey de Aragón, ya de ayudarles a mano armada, ya de protegerles en caso de algún revés, habían producido el efecto que se deseaba, animando a los indecisos, fortaleciendo a los tímidos y dando materia a los animosos para que inspirasen confianza a todos y extendiesen voces y noticias que tenían alborotada la gente.

Era el de Iscar, como puede suponer el lector, uno de los primeros y más intrépidos conspiradores contra don Sancho; su valor, y sobre todo la nombradía de su padre, no sólo le habían atraído a la mayor parte de los señores castellanos descontentos de Sancho el Bravo, sino también la atención de los dos reyes sus protectores, que preferían entenderse mejor con él que con ningún otro, y habían comisionado para llevar el ultimátum al sabio judío, no quedando ya otra cosa que hacer que enarbolar la bandera de la rebelión y reunir al momento a los conjurados. Todos ellos estaban dispuestos y prontos para el día que se señalase, y el punto de reunión, siendo el castillo de Iscar, la guerra debía empezarse por la toma del fuerte de Cuéllar, cuyo dueño era el único enemigo temible que había en aquellos contornos.

Cuando Abraham concluyó su lectura y manifestó al de Iscar los muchos recursos con que se contaba, así de dinero como de pertrechos de guerra, la ambición y el deseo de vengarse animaron de tal modo el corazón del intrépido caballero que la alegría le rebosaba por todo su cuerpo, sintió duplicarse sus fuerzas y exclamó lleno de entusiasmo:

-Mañana mismo es preciso romper. Voto a tal que no esperaba yo que fuese tan pronto; pero, en fin, ya llegó el día en que nos veamos segunda vez a caballo.

-Tranquilízate -respondió el judío- y ten más juicio y prudencia si has de encaminar tu empresa a buen fin, porque de lo contrario creeré que no vales para mandar, sino para obedecer, y se lo escribiré así a mi rey.

-Por vida del Cid, maldito judío, que si no mirara a Dios, estoy por hacer en ti un ejemplar castigo -repuso el caballero con ira-; pero...

-Cuanto vas diciendo -replicó Abraham, sin alterarse- prueba más cada vez tu inutilidad para el mando, y ya veo que tus razones desmienten la fama que te reputa de hombre capaz.

El caballero hizo un movimiento incorporándose sobre la cama como si intentara arrojarse al atrevido hebreo, pero reprimiendo su cólera lo mejor que supo, no pudo menos de avergonzarse de sus arrebatos al ver la impasibilidad del judío, cuyos penetrantes ojos, clavados en él, le hicieron bajar los suyos y cambiar de color.

-Tienes razón, Abraham, mi carácter es muy precipitado y a veces injustamente colérico -dijo, después de un largo silencio-. Tú eres más apto que yo para mandar; dirige tú esta empresa, que yo seguiré tus consejos.

-La docilidad en ciertos casos equivale al talento, y en éste servirá para que yo temple con la nieve de mi avanzada edad el ardor natural de la tuya. Conozco tu entusiasmo por la justa causa que defendemos, tu valor y los motivos particulares que te punzan para desear que llegue cuanto antes la hora de la venganza, pero ni tú estás en disposición de calarte el casco, ni están todavía reunidas las fuerzas con que contamos; y no es de tan poca monta el bienestar de la patria que así se arriesgue nuestra causa a perderse completamente y sin esperanza para el porvenir, cuando puede ser casi seguro el triunfo si tenemos paciencia por unos días.

-¡Paciencia! -exclamó, mordiéndose los labios, Hernando-. ¡Cómo ha de ser! Prosigue.

-Paciencia, sí, señor, paciencia -prosiguió el judío-. En primer lugar, es preciso aguardar a que se reúnan los aliados y sepamos así por nuestros mismos ojos la fuerza con que contamos; y en segundo, esperar la respuesta del de Lara, que por costumbre o por gusto no hay año que no se rebele dos veces contra su rey, y a quien el rey de Aragón ha escrito, sabedor de sus disgustos con el de Haro, prometiéndole mil mercedes y el castillo de Albarracín si se pone de nuestra parte. Por lo demás, como nuestro primer objeto debe ser reunir mucha gente, no será malo al mismo tiempo que se trate con el Velludo.

-¿El Velludo? -preguntó el de Iscar con ceño.

-Sí; el Velludo es un capitán de ladrones -prosiguió el judío, sonriéndose-, pero tiene mucho nombre en este país y puede poner de dos a tres mil hombres sobre las armas cuando se ofrezca. Además, es valiente y...

-Por la Virgen -gritó Hernando, sin poder contener su cólera-, que no me habléis de semejante canalla, y juro a Dios que no me meta yo en nada y eche todo a rodar si tal bribón ha de venir a alternar conmigo. ¡Infame! Que le he de ahorcar a él y a todos los demás de su cuadrilla o me he de borrar el nombre que tengo. Abraham, mira bien lo que dices, porque esa gente ni tiene ley ni rey, y en cuanto a valientes, el caballero de menos ánimo es capaz de hacer correr en campo abierto mil juntos de esa villana ralea.

-Tienes razón -replicó el judío, luego que Hernando desfogó su cólera-, y sé también que tienes motivos muy justos para aborrecer al Velludo; sé, además, que cierta clase de gentes hacen más daño que provecho en cualquier partido a que pertenezcan; pero, sin embargo, la mucha gente es necesaria cuando se trata de pelear, y el Velludo, aunque a la verdad sea un ladrón, no deja de tener cualidades bastante raras en los de su oficio. Es valiente, sagaz, y yo tengo una prueba reciente de la bondad de su alma.

-No me hables más de ese hombre o reñimos -repuso el señor de Iscar con ímpetu-. Por vida de... ¿reunirme yo con un bandido? ¡Oh! Es demasiado exigir, cuanto más que, aunque por mí no fuera, no habría un noble que no se apartase de nuestro partido en cuanto supiese que semejante canalla componía parte de nuestro número.

-Muy equivocado estás -respondió el judío sonriéndose-; al contrario, ellos mismos han sido los que me han probado la necesidad que tenemos de él.

-Pues entonces digo que tales caballeros no lo son y que no hay que contar conmigo -replicó don Hernando con entereza.

-En ese caso -repuso el judío- quiere decir que abandonas tu propia causa y te olvidas del testamento de don Alfonso, que dejando a sus nietos por herederos os obliga a los grandes a sacrificar todo en defensa de sus derechos legítimos.

-No es eso, no me separo; pero quiero decir que yo solo tomaré las armas y me declararé contra don Sancho sin necesidad que nadie me ayude.

-¿Y tu venganza?

-¡Mi venganza! -exclamó Hernando-. ¡Cómo ha de ser! La tomaré yo solo o moriré.

El tono con que pronunció estas palabras dio a conocer al judío el carácter duro y tenaz del hombre con quien trataba, por lo que sin hacerle más reflexiones cambió de conversación.

-Paréceme -dijo- que dentro de quince días a lo más tendremos reunida toda nuestra gente de guerra. Es preciso empezar cuanto antes, porque o don Sancho está ya en Valladolid, o debe llegar hoy mismo, pues creo que tiene algunas noticias de nuestra trama.

-Ya he dicho -dijo el de Iscar- que si por mí fuera saldríamos a campaña mañana mismo. Esta noche debe llegarnos algún refuerzo y varios nobles de las cercanías con la tropa que han reclutado. Don Sancho tiene entretenida la mayor fuerza de su ejército en Andalucía, donde andan revueltos los moros, y la guarnición del castillo de Cuéllar, aunque bastante numerosa, ni es temible ni tiene un buen jefe, a no ser que Sancho Saldaña saliese menos herido de lo que yo creo de nuestro desafío.

-Calma en determinar y mucha expedición y presteza en la ejecución es lo que nos es ahora más necesario -repuso el hebreo-; sobre todo yo es preciso que vea esta noche a esas gentes que aguardas, y tú que descanses y que tu espíritu se sosiegue, si has de tener parte en nuestras deliberaciones.

-Pienso que no dejaría de ser útil enviar un expreso a los otros que han de venir mañana a fin de que apresuren su marcha.

-Estoy en ello. ¿Pero tienes algún hombre de tu confianza que...?

-Mi fiel Nuño, por quien pondría las manos en el fuego, seguro de no quemármelas.

-Me parece un poco hablador -replicó el judío-, y podría quizá charlar más de lo que fuera conveniente.

-No temas por eso -respondió el caballero-, que yo salgo fiador de su silencio. Tú que sabes escribir le darás por escrito los mensajes que ha de llevar a los que yo te diré que saben leer, que creo son dos o tres, y en cuanto a los otros, él tiene buena memoria y se los dará de palabra.

El judío meneó la cabeza en señal de que convenía, y Hernando llamó a su fiel Nuño, cuya voz se percibía en otra sala, como si mantuviese alguna disputa muy acalorada con un enemigo no menos testarudo que él. Los gritos eran tales que hubo de llamarle su amo dos o tres veces antes de recibir ninguna respuesta, hasta que por fin se le vio entrar todavía sudando, sin duda de lo mucho que había gritado.

-Hay una comisión que desempeñar, mi buen Nuño -le dijo Hernando-, y de aquellas un poco arriesgadas que a ti te gustan.

-Así es, señor; vuestro padre siempre me escogía cuando se trataba de algo en que hubiese peligro. En el año de mil...

-¿Hay algún tintero en el castillo? -interrumpió el de Iscar.

-¿Tintero? -repitió con mucha extrañeza Nuño-. Por vida mía que es instrumento de que he hecho muy poco uso en mi vida. Tengo cerca de setenta años y creo que no he visto más que uno, que es el que tiene nuestro capellán.

-No hay para qué buscar tintero -replicó el judío-; yo traigo aquí el mío, que gracias a que es de cobre no se me ha estropeado en mis últimas aventuras. Voy al cuarto donde he comido y escribiré; tú puedes dar los recados de palabra a este hombre -continuó, dirigiéndose a don Hernando-. La oscuridad va entrando, y a mi ver ha de ser ya cerca de prima noche a lo menos. De aquí a una hora podrá ponerse en camino, que ya tendré yo escritas las cartas.

Dicho esto salió de la habitación, dejando a Nuño con su señor, quien le enteró de todo con mucha satisfacción del buen viejo, que casi lloraba de gozo al ver cuán cerca estaba el día de volver a enristrar lanza, y al mismo tiempo muy pagado de la confianza que su señor le hacía encargándole tan importante misión.


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