Sancho Saldaña: 23

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Capítulo XXIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda



CAPITÁN
Este bastón, por quien todos
unánimes te obedecen,
es la respuesta que traigo;
ya nuestro caudillo eres.


DUQUE
Gustoso, amigos, lo admito,
y tanto me desvanece
el mandar soldados tales,
que a las vuestras y a mi frente
el verde desdón de Dafne
aun no fecunda laureles.


Todavía no empezaba a amanecer cuando el sonido de una trompeta anunció la llegada al castillo de las tropas que se aguardaban, y, el centinela habiendo dado el aviso, bajaron algunos hombres de armas a reconocerlas. Comunicada la seña con que se entendían los conspiradores, se echó el puente levadizo al momento, y de allí a poco resonó el patio del castillo con las armas y estrépito de hombres y de caballos que traía, en número de doscientos y otros tantos de a pie, el joven señor de Toro, que, descontento del rey, había abrazado el partido de los de la Cerda.

Otros varios señores fueron llegando asimismo, ya con más, ya con menos número de tropas bajo su mando, de suerte que el castillo se transformó en poco tiempo de un lugar de retiro, guarnecido de algunos pocos veteranos, en una ruidosa plaza de armas llena de soldados de todas partes y donde todo era entusiasmo, voces y preparativos de guerra. Colocáronse todos lo mejor que pudieron en las anchas cuadras del fuerte, (que por el corto número de la guarnición estaban desocupadas), con grande alegría de todos, que, aunque la mayor parte sin saber fijamente por qué era aquel movimiento, presumían que iba a haber guerra, y esto bastaba para tenerlos contentos.

Luego que amaneció dejó el judío la cama en que haría dos horas que se había acostado, y después de recorrer las cuadras e informarse del número de tropas que había venido, pasó al cuarto del enfermo, a quien halló tan convalecido que le dio permiso para que se levantase cuando quisiera. No aguardó don Hernando a que se lo repitiese segunda vez, sino que saltando en el mismo instante del lecho, empezó a vestirse al momento tan alborozado y alegre como un niño que va a estrenar un vestido.

Cuando hubo acabado tomó el brazo del Cantor, y razonando con el judío, que le acompañaba, salieron juntos del cuarto y se dirigieron a otra sala, en donde estaban reunidos los jefes de las tropas recién llegadas. Todos se pusieron en pie, en cuanto entró, para saludarle; su rostro noble y su marcial continente le daban cierto aire de superioridad dondequiera que se presentaba. Añadíase a esto su palidez y la fama del combate que había sostenido con Saldaña, y en que había peleado con tanta igualdad con un hombre que tan nombrado era por sus fuerzas y extraordinario valor, todo lo cual aumentaba el respeto y el interés que su gallardía y noble ánimo podían inspirar por sí solos.

-Caballeros -dijo, después de sentarse en un sillón que un paje le había acercado-, a grande honra tengo que mi castillo haya sido elegido por punto de reunión de tan intrépidos capitanes. Nada tengo que deciros de la justicia de nuestra causa ni de las grandes ventajas que puede prometerse Castilla si la victoria protege, como es de esperar, nuestros estandartes y estando determinados a vencer, que así será sin duda con poco que ayude la suerte nuestra osadía. Paso en silencio los grandes recursos que nos ofrecen el rey de Aragón y el de Francia, con cuya amistad y alianza sé que podemos contar fijamente, porque no hay necesidad de dar ánimo a corazones tan generosos como los vuestros, y sólo creo que debemos determinar cuándo y con qué hecho de armas hemos de dar principio a empresa de tanta gloria. Vosotros, entre quienes veo con gusto capitanes cubiertos de canas y cicatrices, ilustres guerreros llenos de valentía y de experiencia, vosotros debéis decidir en materia tan ardua, puesto que del principio de nuestras operaciones depende, sin duda, el buen éxito de nuestros planes.

En diciendo así tendió la vista a su alrededor, miró después al judío, que, a un lado, parecía muy pensativo, y aguardó a que alguno diese su parecer sobre la cuestión que les había propuesto. El primero que tomó la palabra fue el judío, y dijo:

-Valientes capitanes, generosos defensores de la orfandad desvalida, si mi barba blanca como la de nuestro padre Abraham...

Todos hicieron un gesto de desagrado, y el judío prosiguió:

-Si mi carácter de enviado de los dos poderosos reyes de Aragón y de Francia me da derecho para hablar delante de vosotros y dar mi parecer acerca del primer paso que ha de darse al estallar nuestra conspiración, faltaría yo a la confianza que hacéis de mí si os ocultase mi opinión o la disfrazase por miedo de disgustaros. Empero, cuando contemplo delante de mí tantos y tan ilustres campeones criados en las armas, maestros en ardides de guerra y tan famosos por su valor como por su experiencia, no puedo menos yo, un pobre judío, que ha dedicado toda su vida al retiro y al estudio de las ciencias, que por su religión y su clase no puede jamás compararse con el más ínfimo de vosotros...

Los ojos de todos se volvieron a él con desprecio.

-No puedo menos, repito, de turbarme, y me faltan palabras con que expresarme, asombrado yo mismo de mi atrevimiento. Pero como el bien de la causa que defendéis es sin duda el único móvil de mi temeridad, paréceme que me siento con fuerzas bastantes para superar tamañas dificultades, así como el joven David se halló súbitamente con bastante espíritu para luchar con el gigante filisteo. Est Deus in nobis, puedo yo decir ahora como el poeta. Cuán apreciable cualidad sea la del valor no hay para qué decirlo, y mucho menos cuando no se trata de animaros, sino, al contrario, de contener vuestro brío y dirigirlo por el camino más seguro, aunque no tan recto, de la prudencia. Los grandes varones de la antigüedad, como Escipión...

Aquí el señor de Toro no pudo reprimir por más tiempo el desprecio que le inspiraba el judío.

-Perro hebreo -le dijo-, saca ejemplos cristianos y no me vengas ahora a contar lo que hicieron esos paganos.

El señor de Iscar y algunos otros no pudieron menos de reprender en voz baja al caballero que así interrumpía y faltaba al respeto a un enviado nada menos que de dos reyes tan poderosos, y el judío, sin mirarle ni inmutarse, continuó:

-En todos tiempos la astucia ha ganado más batallas que el valor, y es seguro que aquélla sola puede mucho y éste por sí solo puede muy poco, así como el triunfo es indudable si una y otro caminan juntos. El mayor enemigo nuestro en este país y el que, sin duda, se opondrá a nuestra marcha decididamente es el conde de Saldaña, señor del castillo de Cuéllar. Este castillo, inexpugnable a mi entender por la fortaleza de sus murallas, cuenta, además, dentro de ellas con más de ocho a diez mil hombres de armas que le guarnecen, y puede, en caso preciso, contener otros tantos en pie de guerra si su señor quiere armar a los jóvenes de la ciudad. Ya veis, señores, que apenas contamos nosotros con la mitad, pero no creáis que esta razón y otras muchas que por ahora callo las presento con intención de que retardéis vuestro alzamiento; al contrario, sé muy bien que tal demora, lejos de estar en nuestro provecho, estaría en el de nuestros enemigos, que así tendrían más medios de prepararse; y no se me oculta que es ya demasiado pública nuestra conjuración para volver el pie atrás o hacer alto en nuestro camino. Conozco, además, nuestro riesgo si, como se suena, es verdad que Sancho IV ha despedido las Cortes en Sevilla, noticioso de nuestros intentos, y ha emprendido su marcha a Valladolid; pero todos estos peligros, lejos de desalentarnos, deben inspirarnos más ánimo. Sólo es preciso que la astucia supla nuestra falta de fuerza. Ver de introducirse en el castillo de Cuéllar, a lo cual yo mismo me ofrezco, no para contar los soldados ni el número de troneras que hay en él, sino para buscar allí dentro aliados que nos lo entreguen si puede ser sin el menor riesgo de nuestra parte, buscar amigos en la corte del mismo don Sancho, entre los que más le parezcan suyos; en una palabra, socavar sigilosamente el alcázar de la tiranía para levantar sobre sus ruinas el templo de la libertad; tal me parece que debe ser nuestro primer objeto. Nuestras tropas entonces hallarán auxiliares en todas partes, los triunfos que sin duda se han de alcanzar reforzarán el espíritu del soldado y nuestros enemigos, peleando en un terreno en falso, se hundirán y serán raídos de la haz de la tierra como las espigas desaparecen en montón bajo la hoz de los segadores. Este, a mi entender, debe ser el primer paso que ha de darse, y que facilitará cuantos en adelante se den, y para esto deben buscarse hombres de resolución y que merezcan nuestra confianza. Yo el primero, a despecho de mi edad y de mi natural pacífico, tomo a mi cargo introducirme en el castillo de Cuéllar, en donde, a riesgo de mi vida, desempeñaré mi comisión y os probaré que un judío sabe, tan bien como un caballero, arrostrar el peligro con serenidad.

Admirados quedaron todos, más de la resolución del judío que de su discurso, y aunque muchos pusieron mala cara a la última fanfarronada, todos unánimemente aprobaron su parecer.

Trataron en seguida de algunas disposiciones militares los puntos que habían de acometer, si habían o no de dividir sus fuerzas y si habían de esperar hasta reunir mayor número de tropas para el alzamiento. Los más de ellos fueron de opinión de no hacer nada hasta que todos los conjurados estuviesen reunidos, a despecho del de Iscar, que, deseoso de libertar a su hermana y vengarse de su robador (lo cual aumentaba la natural impetuosidad de su genio) quería romper al momento sin esperar más, y se valió de cuantas razones supo para atraerlos a su parecer.

Estando todavía en esta disputa llegó un propio de Valladolid con la noticia de que el rey acababa de llegar de Sevilla, sabedor acaso de la revolución que se tramaba, lo cual puso a la mayor parte de los caballeros en mucho cuidado y algunos de ellos cambiaron de color; sólo don Hernando vio un motivo más para apresurar el rompimiento, y el judío, con su acostumbrada sangre fría, apoyó entonces su proposición.


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