Sangre torera: 9

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Sangre torera - Capítulo IX de Arturo Reyes



La fecha en que había de celebrarse la corrida se aproximaba; ya en los quioscos y en los cuadros anunciadores veíanse los carteles rojos y amarillos donde en letras de a tercia destacábanse los nombres de Antonio Heredia el Cartulina y el de Pepe Fajardo el Bienvestío.

Ambos novilleros no se cansaban de ver sus nombres en los carteles, y no pasaban una vez delante de uno de ellos que no se detuvieran a contemplarlos como en éxtasis; además, la afición no se ocupaba de otra cosa. Todos se sentían profetas; el papel de Antonio subía como la espuma; Antonio iba a quitarle la mar de moños a la mar de gente; indudablemente con el capote no estaba en condiciones todavía de eclipsar los resplandores del Gallo, pero matando, ¡Dios de los cielos! Matando no había quién le hiciera inclinar la cerviz ni besarle la porrilla.

Antonio había conseguido encontrar un terno. Gracias a la protección del Marimoña, que recordando su amistad con el señor Paco, un recobero de Triana, tío segundo del Canguelo, consiguió que éste, que tenía la misma estatura que Antonio, le prestara uno de los suyos, y algunos días después de haber escrito al recobero recibía el Marimoña por paquete postal uno grana y oro, vestido con el cual pavoneose durante casi una hora el Cartulina delante de un espejo que al objeto le hubo de prestar la señora Dolores, la casera.

Todas estas alegrías no consiguieron, no obstante, hacer desarrugar el entrecejo a Antonio ni desentenebrecer su espíritu más que a ratos. Antonio no podía olvidar a Maricucha; el no verla iba haciéndosele cosa intolerable; cada noticia que llegaba a él de sus coqueteos con don Paco le hacían pasar horas de suprema angustia; los celos se le enroscaban al corazón como serpientes venenosas; el amor y la vanidad seguían batiéndose en su alma con silencioso forcejeo; durante las noches el amor se imponía a la vanidad; en todas ellas decidíase a, en la siguiente mañana, dirigirse en busca de la mujer querida para decirle que él no podía vivir sin su cariño, y a pedirle que por Dios no le cerrara con su terquedad las puertas del porvenir glorioso que quería compartir con ella; todas las noches se decidía -repetimos, pero al conjuro de la luz solar, tornaba a flaquear en sus propósitos; indudablemente Maricucha ya no le quería como antes, y el haberle puesto en aquel dilema no obedecía más que a sus deseos de romper aquellas lazadas que la unian a él desde niña, y seguramente al verle llegar a ella humilde y suplicante, se crecería llena de arrogancia y le volvería las espaldas, para comentar después sabrosamente con don Paco, con aquel aborrecido rival, su actitud de súplica. ¡No, y cien veces no! La suerte estaba echada; además, él estaba casi comprometido con Lola; ésta sí que le quería..., es decir, le quería a juzgar por sus miradas ardorosas, por su hablar anheloso, por las atenciones de que le hacía objeto; mientras él estaba en la taberna no había que pensar en que ella tuviese una mirada para otro hombre, pero...

En la víspera de la corrida vio Antonio a Maricucha. Se celebraba en el barrio el bautizo de un hijo del Trompeta, el carnicero; éste colgó la casa para celebrar la solemnidad. Numerosas lámparas eléctricas iluminaron la planta baja del edificio; ésta fue aligerada de muebles para que las gentes pudieran bullir con todo desahogo; cuando llegó la hora de que los padrinos reintegraran al regazo materno el Trompetita en pañales, ya estaba puertas adentro lo más florido del barrio.

En la puerta del patio formaban animado corrillo el Cartulina, el Cardenales, Pepe Fajardo y el Niño de la Portera, en torno de los cuales apiñábase un tropel de mocitos por cuyas actitudes y galas adivinábanse sus aficiones taurómacas.

Antonio estaba elegantemente ataviado; el sastre del barrio habíase confiado en su palabra honrada, y merced a su ayuda lucía nuestro mozo, con elegante desenvoltura, un elegante marsellés, y pantalón que dibujaba sus caderas armónicas y caía graciosamente abotinado sobre el calzado pulido de charol; la pechera de la nívea camisa era el bizarro alarde de una bordadora privilegiada...; un ceñidor azul aprisionaba su talle elástico; un broche dorado cerraba el cuello bajo de la camisa, una cadena de fino metal adornaba el entreabierto chaleco; su cabello limpio y reluciente anillábase a un lado y otro de la raya a usanza casi femenil.

-Sabes tú que está Antoñuelo pa que le chillen? -dijo Mariquita la Clavija a Lola, que jadeaba a consecuencia de la tremenda tiranía del corsé, que poníale casi a nivel de los labios el arrogante seno y en cuyas mejillas parecía pronta a saltar la sangre.

Lola, que no apartaba sus ojos de Antoñuelo, sonrió oyendo a Mariquita; se aproximó a aquél como si temiera que fuesen a arrebatárselo, la inquietud no la dejaba sosegar. Habíanle dicho que Maricucha estaba invitada a la fiesta, y esto le traía a mal traer; sentíase intimidada por la belleza de su rival y por el largo historial de aquellos amores.

La animación crecía por momentos; la madre del recién nacido tuvo necesidad de ampararse en una de las habitaciones más retiradas para que no turbase la alegría de la concurrencia el sonoro berrear del infante, que parecía haber venido al mundo con dos cornetines por pulmones; el padre, orgulloso, paseaba su vanagloria por entre sus amigos y camaradas.

La entrada de Maricucha fue un éxito. Maricucha penetró acompañada de Pepita la Picúa y de Mariquita la Chacona, dos chavalillas de gitanesco abolengo, cuyos encantos palidecían ante los de aquélla, que avaloraba los suyos con una falda de percal azul, corpiño de igual urdimbre y un gran pañuelo de Manila en el que fulgía sobre la delicada curvatura de su seno un relicario de plata. Su gran cabellera relucíale cayéndole sobre la nuca y partida en dos bandas sobre la frente y lucía en la castaña dos clavelones y una peineta de argentina labor cordobesa, igual que la de las grandes arracadas que abrumaban con su peso sus orejas diminutas.

Un rumor lisonjero para ella acogió su entrada. No las prendas humildes que vestía, sino aquel cuerpo suyo espigado, flexible, ondulante, aquel talle prodigioso, su cuello grácil y tornátil que distanciaba armónicamente el rostro del seno; sus piernas cuyo robusto dibujo delataba lo dúctil de la urdimbre; sus brazos largos y bien modelados; su pie arqueado y breve; el perfume a limpieza y a juventud que manaba de todo su ser y la expresión dulce y picaresca de su rostro a la sazón pálido, hicieron que todos los hombres dejaran escapar, en honor suyo, unos, resonantes suspiros; otros, una exclamación; otros, algún que otro ardiente piropo.

Este rumor hizo volver el semblante a Antoñuelo, el cual al ver a Maricucha tembló todo, y olvídándose de que a pocos pasos de él estaba Lola, posó sus ojos llenos de ansiedad en la hembra de sus pensamientos.

Ella también vio a Antonio; le vio en el instante en que aquél ponía en ella su mirada. Pareció como que los ojos del torero hurgaban los suyos acariciándoles; un punto parecieron dispuestos a saludarse, pero a la par ambos se replegaron instintivamente. El espíritu de la discordia arrojó un nuevo haz en la hoguera por ambos encendida al ver que amenazaba con extinguirse, y Maricucha recordó los incipientes amoríos del Cartulina con la Marimoña, y Antonio los coqueteos de Maricucha con don Paco, y ambos se aprestaron a continuar la enconada lucha convirtiendo la casa del Trompeta en misterioso campo de batalla.

-¡Ay, Toño, y qué ganitas que tengo de que pase er día de mañana y le vea a usté entrar en mi casa a hombros de sus amigos! Porque yo supongo, primero, que le sacarán a usté en volandas del reondel y, segundo, que su primera visita será pa mí y pa mi tío, ¿verdá usté?

Y al decir esto oprimía dulcemente con el suyo el brazo del torero, en que apoyábase con dejadez retadora a la vez que acercaba su rostro congestionada por el calor, por las copas de manzanilla que habíanla hecho beber y por el deseo que le resecaba los labios, al par que las fauces al de Antonio, que ardía al conjuro de aquel hálito juvenil de mujer hermosa y enamorada y procuraba embriagarse en él para no mirar el coqueteo de Maricucha con don Paco, que había sacado a relucir, para con la gitana, todo su vasto repertorio de habilidades y tunanterías de hombre ducho en tales andanzas y aventuras.

Antonio no contestó a la pregunta de Lola; en el momento en que ésta se la hacía había visto él, sin mirarla, pasar por su lado a Maricucha perseguida por el Musiquero, que decíale a media voz y con acento amartelado:

-Por los ojitos de su cara, martirio, que me permita usté que vaya, yo mañana por la noche a morirme de alegría delante de su ventana.

Antonio no pudo oír la contestación de Maricucha, pero sus manos se crisparon y sin darse cuenta fue a seguir tras la gentil pareja que se alejaba riendo. Pero en aquel instante el brazo de Lola le contuvo, y ya se disponía, irritado, a echar por las calles de las imprudencias y de la descortesía, cuando la mirada de reproche que en él pusiera la Marimoña hízole detenerse; en verdad, Lola no merecía aguel pago. Lola no tenía ojos para mirar más hombres que él, ni oído para oír más palabras que las suyas.

-Conque será pa mí su primera visita, ¿verdá? -volvió a preguntarle la muchacha con voz persuasiva y acariciadora, transcurridos que fueron algunos instantes.

-Pos naturalmente que sí -repitiole Antonio con voz iracunda, con voz que parecía querer clavetear cada una de sus palabras en los oídos de la moza-. Pos de juro que la primera visita será pa usté. Pa usté mi primera visita y pa usté mi...

-Para mí ¿su qué?...-le preguntó ansiosamente Lola, estremeciéndose de gozo al pensar que Antonio se aprestaba a franquear la linde que aún le separaba de ella.

Antonio enmudeció irresoluto; él no debía, él no podía contraer con mujer alguna un compromiso que pudiera pesarle en lo sucesivo, y replegándose al pensar esto rápidamente, balbució hurtando su mirada a la ávida de caricias de Lola:

-Y la mar de agradecimiento por el cariño con que usté me trata.

El rostro de Lola retrató su desencanto, pero dominándose al punto,

-Pero irá usté a mi casa cuando arremate la corría, ¿verdá? -le preguntó con acento mimoso, y sus ojos se posaron con honda expresión de ansiedad en los del gentil novillero.


Capítulo IX