Sangre torera: 8

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Sangre torera - Capítulo VIII de Arturo Reyes


Maricucha había perdido el sueño y el apetito; desde el día en que, quemando las naves, bubo de decirle a Antonio que porra dentro o porra fuera, era su vivir un continuado martirio. Ella había creído que el amor hacia ella era mayor en el mozo que sus ambiciones, pero al recibir el recado que se apresuró a llevarle su madre a casa de Mariquita la Chacona,sintió que el arrepentimiento le retorcía algo en el corazón, y de seguir los naturales impulsos, hubiérase ido en busca de Antonio y a fuerza de caricias y besos le hubiera arrancado el perdón de aquella ligereza suya nacida de su profundo cariño. Pero como no era cosa de dar su brazo a torcer, a la primera de cambio, ocultó sus inquietudes dispuesta a mantenerse firme en tanto no se le saltara uno de los bordones a la guitarra, como ella solía decir en su constante monologar.

Ya iban transcurridos varios días durante los cuales sólo había vuelto a ver al Cartulina más que una o dos veces desde lejos, veces una o dos que estuvo a pique de un repique, pues al verle sintió que se le quitaba la vista, que se le llenaban de lágrimas los ojos y que se le demudaba el bellísimo semblante. Pero al notar que aquél, después de verla, seguía al parecer impasible su camino, hizo de tripas corazón y siguió también el suyo aparentando indiferencia, pero con el llanto en los ojos y con la agonía en el alma.

Pronto una noticia llegó como una bomba a sus oídos convirtiéndola casi en estatua; una mañana díjole la casera con mentido acento de indignación:

-¿Has visto cómo ese charrán de Antonio se arrima al sol que más calienta? Si es lo que le digo yo a mi Angustias, que en er mundo no ha nacío más que uno güeno, y como era Hijo de Dios, pos le crucificaron en el Gólgota.

-Pero ¿qué es lo que está usté diciendo? -le preguntó la muchacha, cuyo rostro había adquirido repentinamente lívidas tonalidades.

-Pos na, que, según acaba de dicírme Mariquilla -la Rabicortona, el mu charrán que, según parece, Jace tiempo venía cimbeleando a la Lola, la sobrina del Marimoña, ha tirao el ancla en aquella badía.

Nunca necesitó Maricucha hacer esfuerzo tan supremo para no caer al suelo como herida por el rayo; ya se explicaba ella la actitud de Antonio. Ella, sin querer, habíale facilitado la retirada, cuya idea seguramente venía acariciando hacia tiempo el mozo.

-Pero, chiquilla, ¿te vas tú a apenar por ese trasto? -le preguntó irónicamente la casera, que no podía olvidar que su Angustias había intentado inútilmente prender en la red de sus encantos al torero.

Maricucha recurrió a todas sus energías, y una sonrisa despuntó en sus labios, y procurando dominar los temblores de su voz, dijo:

-¿Y qué me importa a mí ya el Cartulina?

-Vamos -dijo socarronamente la señora Frasquita-, que no será tan poquilla cosa, que como el panal de la cera se te ha puesto esa carita gitana.

Cuando Maricucha penetró en su sala, se sentó en la mecedora en que solía hacerlo Antonio cuando alguna vez le era permitida la entrada en la habitación, y sus lágrimas corrieron silenciosamente por sus mejillas y tuvo que morderse los labios para refrenar el sollozo.

Realmente, mientras más pensaba en ellos, más y más se convencía de que aquellos amoríos de Lola y el Cartulina eran cosa ya pactada misteriosamente, cuando aún ella no habíale exigido a Antonio seriamente que abandonase el toreo.

Pensando en la ingratitud del mozo, súbitamente se apoderó de ella un ardiente deseo de venganza; ella tenía los hombres a puñados. Por él, por no causarle el más pequeño motivo de enojo, ella había desdeñado a los de más tronío. ¡Pocas veces habían ido en su busca, de modo misterioso, las más famosas protectoras de la hermosura y la juventud desvalida para susurrar en sus oídos las ofertas más tentadoras!

Indudablemente Antonio no merecía su sacrificio, por más que su sacrificio no lo era, porque es que a ella no le tiraba la inclinación; a ella le asqueaban aquéllas, un tiempo sus amigas, a las que veía pasar por su lado renegando de su origen gitano, casi desnudas con arreglo a la moda imperante; poniendo a chavo y cuarto los detalles más recónditos de sus hechizos estéticos, pintarrajeadas los rostros, teñido el pelo, empapadas en esencias. No, a ella no le tiraba aquello; ella prefería la realización de sus ensueños de amor; ella había soñado muchas veces en un porvenir honrado y apacible; con una casa pequeñita y blanca, con muchas macetas y con un mobiliario limpio y modesto; una mesa consola con su tablero de piedra, y encima del tablero una imagen del Cristo adorado por los de su estirpe; un sofá, varias mecedoras, varias sillas, una alfombra, algunos cromos con molduras relucientes, y en la alcoba una cama dorada con su gran colcha azul y con las vueltas llenas de bordados, y además de la cama y de una mesa de noche, un ropero con una gran luna, y...

Y la imaginación de Maricucha no olvidaba detalle alguno para engalanar el nido en que soñaba acubrilarse para toda su vida con aquel mozo que tan adentro habíasele metido en el corazón desde el día en que por defenderla desafiara la tremenda pujanza muscular de Joseíto el Granzones.

La situación de ambos muchachos fue definiéndose de modo más brioso a medida que los días pasaban. Maricucha, ansiosa de venganza y tal vez acariciando la idea de que los celos pudieran ser sus mejores aliados, había dado comienzo a coquetear con don Paco el Musiquero, uno de los tenorios de más renombre de los que-por aquel entonces mariposeaban en los barrios populares, sembrando el terror entre amantes y maridos, con su figura gallarda, con su semblante atrayente y con el buen gusto con que siempre acicalaba su persona, a la vez que con su facilidad en poner a contribución la por su buena fortuna constantemente bien repleta faltriquera.

Don Paco, que hasta entonces había intentado inútilmente adueñarse de aquel castillito de plata fina, como él designaba a la graciosísima vendedora, un día en que viéndola pasar por delante de él, después de haber asestado contra ella la artillería de mayor calibre de sus pintorescos piropos, al verla acoger sus requiebros con una mal reprimida sonrisa,

-¡Te veo! -murmuró sonriendo irónico.

Y media hora más tarde decíale a la señora Paca la Golondrina, a la que acababa de encontrar en la sala en que ésta vivía en el corralón de las Flores.

-Menester es que te dejes caer por casa de Maricucha y que empieces a trabajar la partía, que me parece a mí que lo que es esta vez no vamos a salir con las manos en la cabeza.

-¡Cualquier día me meto yo en esa jaza! Que es mu capaz la Maricucha de dejarme pidiendo a voces un bisoñé y con to er cuerpo dolorío.

-Cuando yo te digo que vayas es porque he visto algo que me ha llenao el cuerpo de esperanza. Ya sabes tú que ese ganao sé yo cuándo está en voz y cuándo no lo está. Pos bien: la Maricucha está más fría que an ajo con la mala partía del Cartulina, y está que muerde por hacerle purgar lo suyo, y al verme a mí se ha dicho pa sus adentros: «Pues éste ha caío como del cielo pa que yo lo arrecoja en los pliegues del capote, y ahora lo utilizo ya pa lo que me conviene, y después, cuando ya me haya hecho el avío, tomo el olivo y que te alivies, moreno!»

-¡Pos si usté comprende eso...! -exclamó mirándole sorprendida la señora Paca.

-Es que si las mujeres no se pasaran, no habría quien pudiese con ellas. Tú haz lo que yo te digo; tú te dejas caer a ver si la pillas sola, y si la pillas sola, empiezas a hablar de mí, de lo mucho que padezco del lao izquierdo por mo de una estrella; que tú no sabes lo que a mí me ha pasao de poco tiempo a esta parte, que no encuentro gachí que sea de mi gusto, que la una porque pía y la otra porque no pía, he perdío de tal modo el punteao que te crees tú que la gachí que me tiene a mí embragao al querer podía convertirme en un carrete y sacar de mí más hilo que to el hilo que se lleve una cometa.

Cuando don Paco concluyó de dar sus instrucciones a la Golondrína, salió del corralón con el semblante sonriente y lleno de esperanzas el corazón y de cálidas visiones el pensamiento.



Capítulo VIII