Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo XXIV

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 Capítulo XXIV
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo don Quijote, Bárbara y Sancho llegaron a Sigüenza, y de los sucesos que allí todos tuvieron, particularmente Sancho, que se vio apretado en la cárcel


En amaneciendo Dios, se despertó don Quijote, que el caos que tenía en su entendimiento y confusión de species de que traía embutida la imaginativa le servían de tan desconcertado despertador, que apenas le dejaban dormir media hora seguida. Púsose, en despertando, en pie, dando gritos a Sancho, que apenas podía despegar los ojos; pero fuele forzoso hacerlo, por la prisa que su amo le daba. Con ella, pues, ensilló a Rocinante y jumento, mientras don Quijote pagaba la cuenta y cena de todos. Hecha esta diligencia y salidos juntos de la posada, se despidieron de don Quijote el ermitaño y Bracamonte, y lo mesmo hicieron también de Sancho Panza, el cual andaba ocupado en subir a Bárbara en una borrica vieja del huésped, que se la alquiló don Quijote hasta Sigüenza, juntamente con una ropa, asimismo vieja, de su mujer, que lo era harto. Y, habiendo caminado los cuatro desta suerte lo más del día, llegaron a la ciudad y se fueron a un mesón, al cual les encaminó su huésped, que les guiaba, entrando en él bien acompañados de muchachos, que iban detrás diciendo a gritos:

-¡Al hombre armado, muchachos, al hombre armado!

En apeándose, don Quijote pidió al mesonero tinta y papel, y, encerrándose con ello en un aposento, escribió media docena de carteles para poner en los cantones, que decían desta manera:

CARTEL
EL CABALLERO DESAMORADO, FLOR Y ESPEJO
DE LA NACIÓN MANCHEGA, DESAFÍA A SINGULAR
BATALLA AQUEL O AQUELLOS QUE NO CONFESAREN
QUE LA GRAN ZENOBIA, REINA DE LAS AMAZONAS,
QUE CONMIGO VIENE, ES LA MÁS ALTA
Y FERMOSA FEMBRA QUE EN LA REDONDEZ
DEL UNIVERSO SE HALLA; QUE SERÁ DEFENDIDA
CON LOS FILOS DE MI ESPADA SU RARA
Y SINGULAR BELLEZA, EN LA REAL PLAZA DESTA CIUDAD,
DESDE MAÑANA A MEDIODÍA HASTA LA NOCHE;
Y EL QUE INTENTARE SALIR EN BATALLA CON DICHO
CABALLERO DESAMORADO, PONGA SU NOMBRE
EN EL PIE DESTE CARTEL.

Hechas las copias dél, llamó a Sancho, diciéndole:

-Toma, Sancho, estos papeles y busca un poco de engrudo o cera, y ponlos en las esquinas de la ciudad de manera que puedan ser leídos de todos. Y advierte con toda diligencia en cuanto los caballeros que llegaren a leerlos dijeren, y en si se meten en cólera, volviendo por sus amantes damas, y en si dicen algún improperio (porque la virtud siempre es envidiada), o en si se alegran por la honra que ganan de sólo entrar conmigo en batalla, y, finalmente, en si te preguntan dónde estoy o dónde está la reina mi señora. Ve volando, Sancho mío, y por tus ojos que lo adviertas y notes todo, para que me sepas dar, cuando vuelvas, cumplida cuenta y razón dello. Que yo, si fuere necesario, no haciendo caso de la cena, iré luego a la hora a castigar su sandez y atrevimiento, para que de aquí adelante no le tengan otros tales como ellos ara decir semejantes desvaríos contra quien tan bien sabe castigarlos.

Sancho estuvo un rato con los papeles en la mano pensativo, porque hacía él esto de hincar carteles de desafío de muy mala gana, y quisiera más que don Quijote le inviara por una pierna de carnero, porque traía razonable apetito de cenar; y así, con la cabeza baja, le dijo:

-¡Válganme las parrillas del señor San Lorenzo, mi señor don Quijote! ¿Es imposible que, pudiendo nosotros vivir en haz y en paz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, gustemos de meternos, de nuestro proprio caletre, en pendencias y guerreaciones necias que no nos va ni nos viene y sin para qué? ¿Quiere vuesa merced que salga algún Barrabás de caballero que, habiendo estado muy descansado y regalado en esta ciudad él y su caballo, y queriendo her batalla con nosotros, que venimos cansados y con Rocinante que de puro molido no puede comer bocado, permita la misericordia de Dios que nos venza, y demos con toda nuestra caballería en casa de Judas? ¿No será mejor, ya que tal intenta, pedir licencia al alcalde deste lugar para poner estos papeles? Puesto me veo ya, deste hecho, en cuatro mil peligros, desastres y desventuras.

Don Quijote le dijo:

-¡Oh necio, oh pusilánime, oh cobarde! ¿Y eres tú el que piensas recebir el orden de caballería en Madrid con público honor, en presencia de la sacra, católica y real majestad del rey nuestro señor? Pues sábete que no es la miel para la boca del asno, ni el orden de caballería se suele ni puede dar sino a hombres de brío, animosos, valientes y esforzados, y no a golosos ni perezosos como tú. Ve luego, y haz lo que te digo sin más réplica.

Sancho, que vio tan enojado a su amo, calló y fuese, maldiciendo mil veces a quien con él le había juntado. Y compró en casa de un zapatero un cuarto de engrudo y, llevándole puesto sobre la suela de un zapato viejo, se fue a la plaza, en la cual, como era sobretarde, estaban algunos caballeros y hidalgos y otra mucha gente tomando el fresco con el corregidor. Llegóse Sancho sin decir palabra a nadie a la Audiencia, y comenzó a pegar en sus mismas puertas un papelón de aquéllos; pero un alguacil que estaba detrás del corregidor, viendo fijar a aquel labrador en la Audiencia un cartel de letras góticas, pensando que fuesen papeles de comediantes, se le llegó diciendo:

-¿Qué es lo que aquí ponéis, hermano? ¿Sois criado de algunos comediantes?

Respondió Sancho:

-¿Qué comediantes o qué nonada? Esto que aquí se pone, majadero, no es para vos, que más alto pica el negocio; para aquellos de las capas prietas se hace, y mañana lo veréis.

Leyó el cartel el alguacil confuso, y, volviéndose luego a Sancho, que estaba allí junto poniendo otro en un poste, le dijo:

-Ven acá, hombre del diablo, ¿quién os ha mandado poner aquí estos papelones?

Respondió Sancho:

-Llegaos vos acá, hombre de Satanás; que no os lo quiero decir.

A las porfías y voces que Sancho y el alguacil daban, se volvieron el corregidor y los que con él estaban, y, preguntando qué era aquello, llegó el alguacil diciendo:

-Señor, aquel labrador anda fijando por la plaza unos carteles en que desafía no sé quién a batalla a todos los caballeros desta ciudad.

-¿Desafíos pone? -dijo el corregidor-. Pues ¿estamos ahora en Carnestoliendas? Andad y traednos un papel de aquéllos; veremos qué cosa es; no sea algún dislate que llegue a oídos del obispo antes que tengamos acá noticia dél.

Llegó el alguacil y quitó el primero que halló fijado en un poste para llevarle al corregidor; lo cual visto por Sancho, se encendió en tanta cólera, que se fue para él con un guijarro en la mano, diciendo:

-¡Oh, sandio y descomunal alguacil! Por el orden de caballería que mi amo ha recebido, que si no fuera porque tengo miedo de ti y dese rey que traes en el cuerpo, te hiciera que pagaras con la primer pedrada todas las alguacilerías que hasta aquí has hecho, para que otros tales como tú y la puta que te parió no se atrevieran, de aquí adelante, a semejantes locuras.

Como vio el corregidor aquel labrador con la piedra en la mano para tirar al alguacil, mandó que le prendiesen y llevasen allí en su presencia. Llegaron media docena de corchetes a hacello, y él, con su guijarro en la mano, no se dejaba asir de ninguno. Pero cuando vio que el negocio iba de veras, y que ya desenvainaban las espadas contra él, soltó la piedra y, puesta la caperuza sobre las dos manos, comenzó a decir:

-¡Ah, señores!, por reverencia de Dios, que me dejen ir a decir a mi amo cómo unos follones y malendrines no me dejan poner los papelones del desafío; que verán cómo viene hecho un cisne encantado y no deja ningún pagano dellos a vida.

Los corchetes, que no entendían aquel lenguaje, tenían a Sancho agarrado delante del corregidor mientras acababa de leer el papel; y, cuando lo hubo leído, le comunicó con todos los circunstantes, que le celebraron infinito; y, vuelto a Sancho, le preguntó:

-Vení acá, buen hombre. ¿Quién os ha mandado poner estos papelones en la Audiencia? Porque a fe de hidalgo que os ha de costar a vos y a quien os ha enviado a fijarlos más caro que pensáis.

-¡Ah, desventurada de la madre que me parió y de la ama que me dio leche! -dijo Sancho-. Señor, mi amo, que mal siglo haya, me los ha mandado poner; y bien se lo decía yo, que no tuviésemos guerreaciones en esta tierra hasta que primero hubiésemos muerto aquel gigantonazo del rey de Chipre, adonde habemos de llevar a la señora reina Zenobia. Suéltenme; que les juro, a fe de Sancho Panza, que iré a decirle corriendo lo que pasa, y verán cómo se viene él aquí por sus pies o por los de Rocinante, a hacer una carnicería tal, que jamás otra como ella se haya oído ni visto.

Preguntóle el corregidor:

-¿Cómo se llama tu amo?

Sancho le respondió que su proprio nombre era Martín Quijada, y que el año pasado se llamaba don Quijote de la Mancha y, por sobrenombre, el Caballero de la Triste Figura; pero que hogaño, porque ya había dejado a Dulcinea del Toboso (ingrata causa de la excesiva penitencia que había hecho en Sierra Morena, si bien después mereció en premio della la conquista del precioso yelmo de Membrino), se llama el Caballero Desamorado.

-¡Bueno, por Dios! -dijo el corregidor-. Y vos, ¿Cómo os llamáis?

-Yo, señor -respondió él-, hablando con perdón de las barbas honradas que me oyen, me llamo Sancho Panza, que no debiera, escudero infeliz del referido caballero andante, natural del Argamesilla de la Mancha, engendrado y nacido de mis padre y madre y bautizado por el cura.

-¿Cómo lo fuera si dijérades que erais hijo de asno y bestia? -respondió, lleno de risa, el corregidor, mandando juntamente al alguacil y corchetes que le llevasen a la cárcel y echasen dos pares de grillos hasta que se informase de todo el caso, y, hecho esto, fuesen luego por todas las posadas del lugar y buscasen el amo de aquel labrador y se le trujesen allí.

Llevaron al desgraciado Sancho al punto a la cárcel; y las cosas que hizo y dijo por el camino y cuando se vio en ella y que le echaban dos pares de grillos, no hay historiador, por diligente que sea, que las baste a escribir; pero, entre otras muchas simplicidades que se cuentan dél es que, cuando se los hubieron echado, dijo:

-Tórnenme, señores, a quitar estos demonios de trabas de hierro; que no puedo andar con ellas, y no tenían para qué ponérmelas, porque yo las diera por muy bien recebidas sin que tomaran ese trabajo.

En dejándole en la cárcel, se le llegaron tres o cuatro pícaros que allí habían presos con ciertos cañutillos de piojos en las manos; y como le vieron simple, pareciéndoles sano de Castilla la Vieja, y viendo, por otra parte, que a cada paso daba de ojos con los grillos y que de ninguna manera sabía andar con ellos, le echaron por lo descubierto del pescuezo más de cuatrocientos piojos, con que le dieron bien que rascar y sacar todo el tiempo que en la cárcel estuvo; y, como ellos y los grillos le daban tanta pesadumbre, no hacía sino lamentarse de su fortuna y de la hora en que había conocido a don Quijote.

Mesábase las barbas, despidiéndose ya de su mujer, ya del rucio, ya de Rocinante; y obligado de la grande pesadumbre que los grillos le daban, dijo a uno de aquellos mozos:

-¡Ah, señor pícaro! Así Dios le dé la salud cual el contento que muestra de mi trabajo, que me quite estas cormas, que no me dejan remecer; y si esta noche las tengo en los pies, no podré de ninguna manera pegar los ojos.

Llegó un mozo del carcelero que le oyó, y le dijo:

-Hermano, como vos deis un real a mi amo, os los quitará por esta noche, por haceros placer y buena obra.

En oyendo esto, sacó Sancho de la faltriquera una bolsilla de cuero, en la cual tenía seis o siete reales para el gasto que aquella noche se había de hacer en el mesón; de la cual sacó un real de plata y se lo dio al mozo, con que al punto le quitó los grillos.

Cuatro o cinco de aquellos presos, que eran águilas en hallarse las cosas antes que las perdiesen los dueños, mirando bien a donde habían visto poner la bolsa a Sancho, se concertaron, y, llegándose uno dellos a él, le abrazó, diciendo:

-¡Ah, buen hombre, y cómo nos holgamos que os hayan quitado aquellos malditos grillos! Por muchos años y buenos.

Y con esto guió la mano con tanta sutileza camino de la faltriquera, que, sin errar el golpe ni ser sentido, le sacó della la bolsa. Pero procedió, hecho el lance, como liberal y honrado, pues le convidó a su misma costa a dos barquillos, fruta y vino, en que gastó el dinero. Mas, volviendo a don Quijote, como viese que Sancho tardaba tanto en poner los papeles por los cantones, sospechando lo que podía ser, se entró en la caballeriza y con toda presteza ensilló a Rocinante, y, subiendo en él con su adarga y lanzón, caminó para la plaza. Y, como entrase en ella muy paso a paso, bien acompañado de muchachos, y fuese visto por el corregidor, y todos los que con él estaban se admirasen de ver aquella fantasma armada y circuida de gente, llegándose todos para ver su pretensión o lo que hacía, oyeron que don Quijote, concibiendo que estaba rodeado de príncipes, sin hacer cortesía a nadie, fijando el cuento del lanzón en tierra, les comenzó a decir con mucha gravedad:

-¡Oh, vosotros, infanzones, que fincastes de las lides, que no fincárades ende! ¿Non sabedes por ventura que Muza y don Julián, maguer que el uno moro y el otro a mi real corona aleve, las tierras talan por mi luengo tiempo poseídas, y que fincar además piensan en ellas? Tan cuellierguidos están con las vitorias que asaz contra razón han ganado, fugiendo nosotros de sus airadas faces, non faciendo la resistencia que a tales infanzones y homes buenos atañen, non considerando las cuitas de nuestras fembras, ni los muchos desaguisados y fuerzas que aquestos malandantes, con infinitos tuertos, cuidan facer en pro de Mahoma y en reproche de nuestra fe, fablando cosas non decideras, llenas de mil sandeces. ¡Erguid, erguid, pues, vuestras derrumbadas cuchillas! ¡Salga Galindo, salga Garcilaso, salga el buen Maestre y Machuca, salga Rodrigo de Narváez! ¡Muera Muza, Zegrí, Gomel, Almoradí, Abencerraje, Tarfe, Abenámar, Zaide y la demás gente galguna, mejor para cazar liebres que para andar en las lides! Fernando soy de Aragón, doña Isabel es mi amantísima esposa y reina; desde este caballo quiero ver si hay entre vosotros alguien tan valiente que me traiga la cabeza de aquel moro renegado que delante de mis ojos ha muerto cuatro cristianos. Fablad, fablad; non estedes mudos; que quiero ver si en esta plaza se topa entre vosotros home que, teniendo sangre en el ojo, sepa volver por su dama contra la grande fermosura de la reina Zenobia que conmigo traigo, la cual por sí sola es bastante, como yo sé por luenga experiencia, a daros bien que hacer a todos juntos y a cada uno por sí. Por tanto, dadme luego la respuesta; que uno solo soy y manchego, que para cuantos sois basta.

El corregidor y cuantos con él estaban, que semejantes razones oyeron decir a don Quijote, no sabían a qué las atribuir ni qué responderle a ellas. Mas quiso Dios que, estando en esta confusión, llegasen a la plaza dos hidalgos mancebos de la ciudad, y, viendo el estado y corrillo que hacían al hombre armado toda aquella gente y el corregidor, llegándose a ellos, el uno le dijo:

-Han de saber vuesas mercedes que el armado que miran ha días que me causó la misma admiración que a todos les causa; porque habrá como un mes, poco más o menos, que pasó por aquí con el mismo traje que le ven, y posó en el mesón del Sol, do, viéndole yo y aquí el señor don Alonso, a la puerta, llegamos a hablarle, y de sus palabras colegimos que es loco o falto de juicio; porque él nos dijo tantos dislates y con tales afectos y visajes, ya del imperio de Trapisonda, ya de la infanta Micomicona, ya de las inmensas heridas que en diferentes batallas había recebido y de quien había salido curado por el milagroso bálsamo de Fierabrás, que jamás le podimos acabar de entender. Pero, informándonos de un labrador harto simple que traía consigo y él le llamaba su escudero, nos dijo cómo su amo era de un lugar de la Mancha, hidalgo muy honrado y rico y muy amigo de leer libros de caballerías; y, por imitar los antiguos caballeros andantes, había dos años que andaba de aquella manera. Y con esto nos contó muchas cosas que le habían sucedido a él y a su amo en la Mancha y Sierra Morena; de lo cual quedamos maravillados sin saber a qué poderlo atribuir, sino sólo a que el triste se habrá desvanecido leyendo libros de caballerías, teniéndolos por auténticos y verdaderos. Así que, de cuanto aquí dijere, no hagan vuesas mercedes caso; antes, si quieren gustar dél, preguntémosle algo, y verán cómo habla con tal reposo, que parece algún gran príncipe de los antiguos. Y lea vuesa merced, señor corregidor, las letras que trae en la adarga, que son tan ridículas, que confirman bastantemente cuanto he dicho.

Oyendo esto el corregidor, volvió la cabeza, y llamando a un alguacil, le mandó fuese volando a la cárcel, y que sacando della y de las prisiones en que estaba aquel labrador que poco ha había llevado a ella por su orden, se lo trajese suelto a su presencia. Y, volviéndose a don Quijote, que estaba aguardando la respuesta lleno de coraje, le dijo:

-Señor caballero, yo el emperador y todos estos duques, condes y marqueses que conmigo están, agradecemos mucho a vuesa merced su buena venida a esta Corte, pues merecemos tener en ella hoy la flor de la caballería manchega y el desfacedor de los agravios del mundo. Por tanto, respondiendo a la su demanda, decimos que ninguno se atreve a entrar en batalla con vuesa merced, porque su valor es conocido y su nombre es manifiesto en este imperio, como lo es en todos los del universo; y así, nos damos por vencidos y confesamos la hermosura de esa señora reina que dice. Sólo pedimos a la su merced sea servido de nos la hacer quedándose en esta Corte quince o veinte días, en los cuales toda ella le servirá y regalará no conforme vuesa merced merece, sino según nuestra posibilidad permitiere; y tenga vuesa merced por bien que yo y todos estos príncipes vamos a ver a su casa esa señora reina, para que, mereciendo besarle las manos, le ofrezcamos nuestras vidas y haciendas.

Don Quijote le respondió:

-Señor emperador, de hombres sabios y discretos es arrimarse siempre al mejor y más sano consejo; y así, vuesas mercedes, como tales, reconociendo el valor de mi persona, la fuerza de mi brazo y la razón que llevo en defender la grandísima fermosura de la reina Zenobia, han dado en la cuenta y caído en el punto de la verdad; no como otros fieros jayanes, que, fiándose del furor de sus indómitos corazones y de las fuerzas de sus brazos y de los filos de sus cortadoras espadas, han presumido como locos entrar en batalla conmigo. Pero ellos han llevado, y llevarán cuantos los imitaren, el justo pago que merecieron sus sandeces y locas arrogancias. Por tanto, respondiendo a lo que vuesa serenidad y esos potentados me piden, de que les honre con mi persona esta Corte por quince días, digo que no lo puedo hacer por agora de ninguna manera, porque tengo aplazada una fiera batalla para la Corte del rey católico contra el arrogante y membrudo gigante Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre, y se acerca el plazo de ella. Pero, en acabándola, doy palabra a todas vuestras altezas que, no estorbándolo otra alguna importante y nueva aventura, como suele suceder muchas veces, volveré a visitarles y a ennoblecer este grandioso imperio con mi persona.

Estando en estas pláticas, llegó el alguacil con el bueno de Sancho, el cual, como viese a don Quijote en medio de tanta gente, se llegó a él, diciendo:

-¡Ah, señor don Quijote!, ¿no sabe, ¡cuerpo non de Dios!, como vengo de pasar una de las más terriblísimas aventuras que el preste Juan de las Indias ni el rey Cuco de Antiopía, ni cuantos caballeros andantes se crían en toda la andantesca provincia pueden haber pasado? Ello es verdad que unos estantiguos o picaranzones que estaban allí presos me han hurtado la bolsa por arte de encantamiento y echado por el pescuezo abajo, invisiblemente, más de setecientos mil millones de piojos; pero a fe que quedan buenos, pues los dejo acomodados como ellos merecen para que otros tales no se atrevan a tal de aquí adelante con escuderos tan andantes y de estofa como yo, sino que tomen ejemplo, y, viendo la barba de su amigo remojar, echen la suya a quemar.

-¡Oh, mi Sancho! -dijo don Quijote-, ¿qué has habido y qué te ha sucedido con esos malendrines y ladrones que dices? Cuéntamelo, con el castigo que les has dado. ¿Dístesles acaso a todos de palos?

-Peor -dijo Sancho.

-¿Cortástesles las cabezas?

-Peor -respondió él.

-¿Partísteslos por medio?

-Peor hice -respondió.

-¿Hiciste sus carnes tajadas muy pequeñas para echar a las aves del cielo?

-Peor -replicó Sancho.

-Pues, ¿qué castigo -dijo don Quijote- les diste?

-El castigo -añadió Sancho- que les di (¡ah, pobres dellos, y cuáles quedan!), que comenzamos a jugar al qué es cosa y cosa y cuando hubieron dicho todos, les pregunté yo: «¿Qués cosa y cosa que parece burro en pelo, cabeza, orejas, dientes, cola, manos y pies y, lo que más es, hasta en la voz, y realmente no lo es?». Y no me supieron jamás decir que era la burra. ¡Mire vuesa merced si les paré buenos, pues de corridos quedan hechos unas monas, sin saber qué les ha sucedido! Y aun si no me llamara tan por la posta aquí el señor alguacil, yo les dejara como nuevos con otra pescuda que tenía ya en el pico de la lengua.

Riéronse todos los que la simpleza de Sancho oyeron; pero don Quijote, sin hacer caso della, haciéndoles señas con las manos, les dijo que cuantos quisiesen ver y besar las hermosísimas manos de la reina Zenobia se fuesen tras él. Hiciéronlo todos así, yendo siempre por el camino el corregidor hablando con Sancho y riendo mucho de las boberías que decía.

Llegaron, pues, al mesón del Sol; y, entrando delante don Quijote, bajó de Rocinante, y llamando a Bárbara por su nombre de invictísima reina Zenobia, salió luego ella de la cocina, donde estaba, con una capa vieja del huésped por saya; porque, como arriba queda dicho, había quedado la pobre en el bosque en camisa, y faltábale el reparo que le había hecho el manto del ermitaño, y después el de la ropa vieja de la mujer del mesonero, que hasta allí la había traído. Apenas la vio don Quijote, cuando, con grande mesura, le dijo:

-Estos príncipes, soberana señora, quieren besar las manos a Vuesa Alteza.

Y, entrándose tras esto con Sancho en la caballeriza para hacer desensillar y dar de comer a Rocinante, salió ella a la puerta del mesón con la figura siguiente: descabellada, con la madeja medio castaña y medio cana, llena de liendres y algo corta por detrás; la capa del huésped, que dijimos traía atada por la cintura en lugar de faldellín, era viejísima y llena de agujeros y, sobre todo, tan corta que descubría media pierna y vara y media de pies llenos le polvo, metidos en unas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban razonable pedazo de uñas sus dedos; las tetas, que descubría entre la sucia camisa y faldellín dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara, trasudada y no poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salía; y hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se le atravesaba; en fin, estaba tal, que sólo podía aguardar un galeote de cuarenta años de buena boya.

Apenas hubo salido a la puerta, obligada de las voces de su bienhechor don Quijote, cuando, viendo en ella al corregidor, caballeros y alguaciles que le acompañaban, quedó tan corrida, que se quiso volver a entrar; mas detúvola el corregidor, diciéndole, disimulando cuanto pudo la risa que le causó el verla:

-¿Sois vos acaso la hermosa reina Zenobia, cuya singular hermosura defiende el señor don Quijote el manchego? Porque si sois vos, él anda muy necio en esta demanda, pues con sola vuestra figura podéis defenderos, no digo de todo el mundo, pero aun del infierno; quesa cara de réquiem y talle luciferino, con ese rasguño que le amplifica, y esa boca tan poco ocupada de dientes cuanto bastante para servir de postigo de muladar a cualquier honrada ciudad, y esas tetas carilargas, adornadas de las pocas y pobres galas que os cubren, y descubren que más parecéis criada de Proserpina, reina del estigio lago, que persona humana, cuanto menos reina.

Turbada la triste Bárbara de oírle, y sospechando que la querría llevar a la cárcel, porque acaso habría sabido el mal trato de hechicera que, como abajo diremos, había usado en Alcalá, le respondió, llorando:

-Yo, mi señor corregidor, no soy reina ni princesa, como este loco de don Quijote me llama, sino una pobre mujer natural de Alcalá de Henares, llamada Bárbara, que, siendo engañada por un estudiante, me sacó de mi casa y, a seis o siete leguas de Sigüenza, me dejó desnuda y desvalijada como estoy, atada de pies y manos a un árbol, y me llevó cuanto tenía. Y quiso Dios que, estando en tal conflicto, pasaron por junto de aquel pinar este don Quijote y el labrador que le sirve de escudero, y me desataron, trayéndome consigo y prometiéndome volver a mi tierra.

Como el corregidor le oyó decir que era de Alcalá, llamó a un pajecillo suyo que detrás dél estaba, y dijo a Bárbara:

-¿Veis aquí este muchacho que ha venido de allá no ha un mes?

El paje, mirándola bien, la conoció y dijo:

-¡Válate el diablo, Bárbara de la cuchillada! ¿Y quién te ha traído a Sigüenza?

Su amo le preguntó si la conocía, y él respondió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bodegones, de Alcalá, con fama de harto espesa y que había dos meses que la habían puesto a la puerta de la iglesia en San Juste, en una escalera con una coroza por alcahueta y hechicera; y que se decía por Alcalá sabía bravamente de revender doncellas destrozadas por enteras mejor que Celestina.

Como ella oyó lo que el paje decía, y vio que se reían todos, le respondió con mucha cólera diciendo:

-Por el siglo de mi madre, que miente el pícaro desvergonzado, que si me pusieron en la escalera, como dice, fue por envidia de unas bellacas vecinas que yo tenía; cuanto y más que, por hacer bien a ciertos amigos que me lo rogaron, me vino todo ese mal. Pero a fe que no podrán decir de mí otra cosa, pues no estuve allí por ladrona, como otras que sacan a azotar cada día por esas calles; por hacer bien, sea Dios alabado.

Y comenzó a llorar tras esto, al compás que los demás a reír. Salió luego don Quijote; y, como la vio llorando de aquella manera, la asió de la mano, diciéndola:

-Non vos cuitades, fermosísima e poderosa reina Zenobia; que asaz sería yo mal andante caballero si non vos ficiese tan bien vengada de las sandeces de aquel estudiante y de las alevosías que vos han fecho, que podáis decir sin reproche que si sois fermosa fembra, que también el caballero que desfizo tal tuerto es uno de los mejores del mundo.

Y, volviéndose al corregidor y a los que con él venían, les dijo:

-Soberanos príncipes, yo me parto mañana para la Corte; si por algún tiempo, como suele suceder, algún caballero tártaro o rey tirano viniere a quereros perturbar la paz, cercando con su fuerte ejército esta vuestra imperial ciudad, y llegare a teneros tan apretados y puestos en tal estremo, que os viérades compelidos por la grandísima hambre y falta de bastimentos en el duro cerco a comer los hombres los caballos, jumentos, perros y ratones, y las mujeres sus amados hijos, enviadme a llamar donde quiera que estuviera; que os juro y prometo por el orden de caballería que recebí, de venir solo y armado como veis, y entrar por el campo del pagano de noche, haciendo, en dos o tres dellas, en él una espantosísima riza, pasando en la última dellas, a fuerza de mi brazo, por medio de todo el ejército del contrario y entrando, a pesar de sus centinelas, escaramuzas y armas, en la ciudad, de la cual luego saldréis todos con mucha alegría, al son de una suave música, a recebirme, acompañados de muchas hachas y estando las ventanas llenas de luminarias y de asombrados serafines de mi valor, más hermosos todos que las tres bellas damas que vio desnudas el venturoso Paris en el monte Ida, siendo imposible contener sus regaladas voces y dejar de decirme: «¡Bien venga el valentísimo caballero!». Y, porque no sé si será entonces mi apellido del Sol, o de los Fuegos, o de la Ardiente Espada, o del Escudo Encantado, no asiguro el que me darán; pero sin duda sé que al que me dieren añadirán: «Bien venga el deseado de las damas, el Febo de la discreción, el norte de los galanes, el azote de nuestros enemigos, el libertador de nuestra patria y, finalmente, la fortaleza de nuestros muros». Tras lo cual me llevará el rey a su real casa, do, regalándome él y sirviéndome sus grandes y, sobre todo, recuestándome importunamente su hija, única en sucesión y más en beldad y prudencia, dando ejemplo al mundo y a los caballeros andantes que en él me sucedieren de continencia, cortesía y fuerzas, emplearé las mías en atropellar los nuptiales deleites que toda la Corte y la misma infanta me ofrecerán, obligado de algún benévolo planeta que para mayores y más grandiosas empresas me llamará, en gloria de los dichosos coronistas, y más de mi grande amigo Alquife, uno de los mayores sabios del mundo, que con ellos merecerá en los siglos dorados que están por venir historiar mis invencibles hechos.

Salió en esto muy aprisa de la cocina Sancho, diciendo:

-Venga vuesa merced, señor, pesia a cuantos historiadores han tenido todos los caballeros andantes, desde Adán hasta el Antecristo (que mal siglo le dé Dios al muy hijo de puta), que es tarde, y dice el mesonero que tiene, para vuesa merced y la reina Zenobia, asada a las mil maravillas, con ajos y canela, una hermosísima pierna de carnero; y si se tarda, temo no se vuelva en pierna de cabrón, según se va poniendo ya dura, de cansada de aguardarnos.

Fuéronse, en oyendo el recado, el corregidor y los que con él venían, llenos de risa y asombro, unos de oír los dislates del amo y simplicidades del escudero, y otros de ver el estraño género de locura del triste manchego, efeto maldito de los nocivos y perjudiciales libros de fabulosas caballerías y aventuras, dignos ellos, sus autores y aun sus letores, de que las repúblicas bien regidas igualmente los desterrasen de sus confines. Pero de lo que más se fueron admirados era de ver la facilidad que tenía don Quijote en hablar el lenguaje que antiguamente se hablaba en Castilla en los cándidos siglos del conde Fernán González, Peranzules, Cid Ruiz Díaz y de los demás antiguos.

Cenaron don Quijote, la reina Zenobia y Sancho con grande gusto, los dos por la buena cena y hambre con que llegaron a ella, y don Quijote por la vanagloria con que quedó de ver el aplauso con que a su parecer le habían recebido los príncipes de aquella ciudad. Y, después de cena, llamando al mesonero, dijo le trajese allí un ropavejero, porque quería comprar luego un curioso vestido para la reina Zenobia; y, diciéndole el mesonero que era imposible hacerlo entonces, por ser ya muy tarde, pero que en amaneciendo se levantaría y le iría a buscar, se fueron a acostar cada uno en su aposento.

Aquí da fin la Sexta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


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