Sorpresa

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Alerta
La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Sorpresa
Baile


SORPRESA


Entre los oficiales de la montonera había un capitán medio literato y que sabía latín. No cargaba borlas de doctor, pero componía coplas y además adoraba al Imperio. Las cargas de Murat le sonaban á poema. De los libros que en pipas sedicentes de vino y sal traían a Buenos Aires los contrabandistas, algunos le cayeron á mano. Fueron allá con las carretas que echaban seis meses de viaje, en petacas y almofrejes clandestinos.

Aquellas caballerías de la Francia que como las nubes en el cielo tempestaban en la tierra; aquellas águilas, aquellos sables, lo mareaban; pues el capitán, como buen poeta, tenía algo de héroe y aun por tal se jactaba sosteniéndolo á sablazos. Gran proclamista además, con doble razón lo querían los montoneros. Gallardeaba asimismo anacrónicos boatos, luciendo sobre galoneado chupetín un antiguo falucho a lo Carlos IV que confeccionó con los colores nacionales.

Sus treinta y cinco años conservábanse esbeltísimos; y como se afeitaba el bigote, parecía un adolescente. Su puño casi femenil blandía con noble donaire una lanza cuya arandela de plata parecía, de tan pequeña, un apagador; pero cuyos botes encomiaban con legendario renombre la pujanza de su dueño.

Aquel oficial desempeñaba á pesar de sus dotes una misión subalterna: cortar las comunicaciones del ejército realista aprisionándole sus correos, con cuyas escoltas combatía á diario.

Declarada la guerra á muerte, inventó un método que excluía la ejecución de prisioneros inermes. Proponíase al maturrango en desgracia un combate singular con cualquiera de los insurgentes. Si aceptaba, moría peleando; si no, se le ahorcaba por cobarde. De morir, á lo menos, con gusto; y de luchar, siempre á la iguala, decía el capitán; y si la montonera aminoraba un poco en ello, su honor no perdía desde luego, mientras por otra parte sus filas se depuraban de lo peor.

En tales duelos ocurrían peripecias terribles. Cierta vez cayó un godo á la trampa. El capitán hallábase con tres hombres solamente, dispersos en exploración los restantes; pero no vaciló por ello y el adversario aceptó la partida, comunicada que le fue. Era un húsar formidable, casi puro pelo la frente, cavo el ojo, enarcado en alero el bigote — lindo animal de guerra.

Arraigado en su empaque con una macicez de cubo, esperó a su contrario. Y fue cosa de un instante. No más que al comenzar le volteó una quijada de un hachazo. Mismo golpe para el segundo. En cuanto al tercero, de un revés lo despabiló como una vela.

Sucedía eso por primera vez, más no extrañaba al capitán. Desde el principio, el hombre aquél le llenó el ojo. Pero costaba demasiado, y además precisaba combatir, cumpliendo la palabra.

El capitán desenvainó envidando con una ojeada; mas, apenas los sables se tocaron, saltó el suyo en un desarme maestro. Una llamita le empurpuró los pómulos, con la natural angurria de rajar en dos al soldado. Este no se inmutó. Conservaba exactamente su guardia, medio enterrados los talones, sorbiendo el aire con anhelación profunda, la frente partida por una raya de sudor.

Desarmado por tercera vez, el oficial permanecía incólume. Contenía quizás al húsar el respeto del grado o alguna inexpresada simpatía que emanaba de aquella mocedad. Entonces el capitán con un dedo en que la irritación del fracaso vibraba, le señaló el camino. Qué hacerle! Se había ganado su libertad y luego le perdonaba la vida. Que se marchara, pues, á propalar su victoria en detrimento de la patria. El hombre se quedó con él.

Semejantes episodios lo afamaron, comentándose su historia por los campamentos. Pronto á un viaje para arreglar cierto mayorazgo en España, había sobrevenido la Revolución: y, aunque de familia opulenta se empobreció por la causa, reservando como único patrimonio los papeles que narraban cosas del Emperador.

Sus cojinillos, tanto como los huecos de los árboles, servíanle de armarios; y nunca rehusó un folleto para tacos de carabina; pero entre los bagajes del español hallaba libros de cuando en cuando. Constituían su botín, y los gauchos se lo privilegiaban reverentes. El capitán era buen católico. Alguna vez trajéronle un volumen que resultó misal de campaña y él lo devolvió con una escolta.

Lo único que lo mortificaba era carecer de un clarín con qué pregonar sus cargas. En vano lo había pedido; en vano disputó a sus hombres más hábiles para que se apoderaran de uno en cualquier forma; en vano realizó proezas capaces de inmortalizarlo, en el intento de arrebatar uno al enemigo. No tenía clarín, y sin música no hay guerra, suspiraba quejoso.

Cuidaba mucho sus cabellos, apartándolos sobre las orejas en dos bucles castaños. Trasuntaba abolengos su aquilino rostro. Prócer su estatura, acrecíala con la marcial costumbre de mirar por encima del horizonte. Durante sus diálogos paseaba frente al interlocutor, pero sin darle nunca la espalda, como los felinos, ezquerdeando elegantemente. Los montoneros prendados de él, se hacían matar porque los viera morir.

Su espíritu abrupto jamás llegó á disciplinarse en la táctica, incomodándole como una bajeza todo disimulo ante la muerte. Él lo entendía en romance: por palestra la montaña y el firmamento por bandera. Una lanza, una vidalita, un caballo, el bosque, componían sus posibles. Empero, su independencia no comportaba necedad. Al contrario, poseía todas las reglas como el mejor; y mientras se deprimía el uso de la lanza, su partida de lanceros refutaba soberbiamente la aserción. Pero, eso sí: él reglaba las cosas a su gusto, y la muerte como una perra gruñona, no se atrevía con su temeridad.

Dejáronle, pues, aquella capitanía con que sus hombres lo invistieron, sin conferirle despachos aunque sin desconocérsela tampoco.

—No sólo me han nombrado capitán, sino que me han casado, explicaba él sonriendo á su lanza. La mujer del capitán, decían los hombres. Y, en efecto, no se le conocía más afición en femenino.

Sus cóleras embellecíanlo con una especie de interna luz. En la dilatación de su pensamiento su frente semejaba la hoja de un sable. La ira le encrespaba el cabello como una brisa eléctrica, vibrando en la dilatación de sus narigales y en la chispa de sus ojos: — ojos de batalla que embravecían con magnetismo sagital su jaspe verde.

Pronto la calma, una paz en la que se refundía cierto vapor de tristeza, amparaba su exaltación como una grande ala. Sus coplas se plañían de amores. Desvivíase por las criaturas y los caballos.

Una ahijadita suya peligraba de sarampión. Inmediato á la choza donde yacía, acampaba un retén enemigo; pero el capitán reflexionó que el estruendo de un combate dañaría á la paciente. Su posición le aseguraba el triunfo y abandonola no obstante, alejó al enemigo á costa de una pantorrilla baleada. Fuera de aquella cicatriz contaba nueve y ni una sola condecoración. Odiaba á los puebleros más que los gauchos mismos. Decíase que cuando operaba sobre el ejército español, en el mismo real enemigo dormía noche por medio, con la querida de un coronel.

Relajábase en un largo asueto la disciplina de aquel grupo; sus exploradores nada traían; mientras continuaba la invasión. El capitán, falto de órdenes, distribuía el tiempo entre la atención de su caballo y la escansión de sus trovas. La selva tornaba a la quietud anterior de sus verdores. Un laurel muerto servía de caballete á las monturas. Chuzas y sables, suspendidos de los gajos, criaban velozmente el orín de la holganza. Los caballos convertíanse en raciones; sus cueros en toldos. Los restantes pacían cerca de un manantial cuidados por un solo hombre; y el del capitán se les reunió abandonando su pesebre, cuando fue necesario emplear todo el maíz en el mote de la tropa. Ésta ociaba á su gusto y el jefe, en una crisis de descuido ó contagiado quizá por la confianza y la inacción, se emperezaba igualmente. Por toda precaución conservaban su orden de pernoctar con las tercerolas a la cabeza.

Los días enervaban con su largura; pasábanlo, aunque algo hambrientos, demasiado bien, y aquello, si no irritaba, aburría.

En eso ocurrió un incidente que vino á divertirlos en su abandono. Al cabo de muchos días, los exploradores volvieron con presa. Tratábase de un ciego que desde Tucumán se dirigía a Jujuy buscando su familia. Cómo llegó hasta esos parajes, por los despoblados, sin lástima ni socorro, nadie lo supo. Por alimento, según dijo, agenciábase algarrobas y mistoles; por bebida, tragos de lluvia en las huellas de los caballos. La miseria se atareaba en sus pingajos revejidos por los soles y aguaceros. Contaría como sesenta años. Una mecha blanca se hispía a través de su sombrero; y tal para cual la barba, esparcía un ralo brote sobre el perigallo senil. Traía a la espalda, por todo haber, una alforja con bayas del bosque y un violín rabón de cuerdas. Comúnmente silencioso, mamullaba su mate de la noche tarareando suaves tonadas en un recogimiento evocador; y cuando una de ésas, sus dedos sarmentosos vagabundearon sobre la guitarra del campamento, y largó su voz de opaca dulzura, casi como un vagido, los más herejes sintieron una falla en el corazón. Cantaba el viejo los estribillos aldeanos, el romance de algún famoso bandolero, con octosílabos enredados en el rasgueo como pájaros en el ramaje, titilando una lucecita sobre el agua de sus ojos. Por las noches, cuando al amor del fogón contaba cuentos — la historia del niño que salió a rodar tierras en un potrillo de siete colores, o la de los hechiceros que se transformaban en tigres capiangos — cada cual le reconocía rasgos de padre. Si bostezaba, su leñosa faz llenábase de arrugas concéntricas, como un sirle; y ésta era su única mueca, pues jamás reía. De aquí que lo sospecharan indio, acertando tal vez, porque refería cosas del tiempo de Tupac-Amarú — una representación del Ollantay, el drama quichua de las rebeliones, así como la ejecución de los revoltosos.

Habíanle encordado el violín cuyo arco no muy desvalido de clines funcionaba aún; y a su compás sorprendiolo el capitán una tarde cerdeando las cuerdas con un nuevo son. Era la marcha de la patria aprendida a las bandas militares; toda la música, pero sólo la primera estrofa.

El capitán la sabía también, mas nunca habíalo impresionado como aquella tarde. Cundía algo de religioso en esa canción entonada por un hombre tan viejo, cual si de las razas en ruinas reverdeciera una esperanza secular erigiéndose por su boca en árbol de música. Y como si adentro se les iluminase la mirada, vió la sorda voluntad con que los árboles y cumbres asentían a la evocación del verso.

Veneró desde entonces al mendigo, en tanto que hondos escrúpulos remordieron su corazón. Mientras él urdía coplas que sus hombres cantaban, la Canción no se oía á la hora de la muerte. Mas, si semejante conducta importaba un sacrilegio, él la remediaría; y la voz de la patria levantaríase sobre aquellas cumbres llevándose a la gloria espíritus y fervores.

Esa misma noche se realizó la escena. Los hombres, de pie ante el fogón, atendían; y cuando el viejo entonó las primeras palabras, instintivamente, como ante una presencia superior, se descubrieron. La llama a pincelazos bruscos iluminábales las barbas. Cabizbajos cual si los rozara un aire del otro mundo, cruzadas las manos sobre el tirador, escucharon en silencio. Las fisonomías permanecieron impasibles, pero poco después una voz pensó en la sombra:

—Parece un rezo!...

El capitán se inspiró. Enseñarles la marcha, creándose una banda de tragaderos que reemplazaran al ausente clarín. Formar con el último verso del coro el estribillo de la victoria y la antífona del peligro. Así redimiría su pecado de lesa patria, sustituyendo con el himno sus vidalitas baladíes. Bronco un tanto, quizá aquello beligeraría como un arma.

Y qué colaboraciones! Bordarlo á lanzadas, ritmarlo á sable, con la galopada tierra por tambor y los jarretes por baquetas. Cargas de hierro y cargas de música entre el tumulto de mandobles brillando como las rayas de un aguacero:


¡...O juremos con gloria morir!


Por toda disyuntiva, un juramento de gloriosa muerte. Nada más para las arremetidas al compás galopante del decasílabo; ese solo verso bramado, suspirado, reído en la familiaridad de la muerte, mientras reservaríase la estrofa para las solemnidades a modo de una suprema diana.

Y el capitán suponíase ya, jineteando al frente de sus hombres en la fresca mañana, las lanzas diagonales al firmamento, joyante el sol en las pieles de los caballos, recto sobre el enemigo, al trote, al galope, á la carrera, remolineando la carga sobre erizamientos de bayonetas. Y en tanto el verso belísono espoleando los corazones, pordelanteando á los regimientos enemigos, repicándoles la muerte sobre las nucas. Y los hombres, alegres de rugir aquello, echados al costillar del caballo tras el tundido guardamontes, zambulléndose en la descarga y reapareciendo — ¡ah hijos de una! — con un godo ensartado en cada chuzo.

En su táctica singular, ese arbitrio entraba seriamente, dado que ella limitábase á dos términos: cuando la partida abundaba lo suficiente, bastaba para triunfar; cuando no, sobraba para morir.

Comenzaron, pues, las lecciones. El ciego coreaba, el capitán dirigía, y con esto los hombres, que lo adoraban ya, lo santificaron. Era su cura, puesto que les enseñaba las oraciones de la patria. Algunos se confesaron con él.


La siesta ardía como una roncha en el ambiente. Semejando grumos de azúcar, se desleían cirros en la profundidad del firmamento. Sobre los collados que amurallaban el horizonte con sus lomos vacunos, cruzaban sombras de nubes. Crudamente lavado por el sol, el paisaje se descoloraba en una tremulación de vidrio neutro. El polvo reflejaba visos de albayalde. En la napa de luz de la siesta rielaban largos temblores. Minúsculas trombas bailaban en los caminos. El silencio pesaba como un bloque. En el manantial que abrevaba hombres y bestias, el agua corría silenciosa como el tiempo.

Alrededor del claro donde acampaba la montonera, erguían su columnata los árboles por entre cuyas hojas atigraba el sol la tierra. Las aves guarecidas en el follaje cotorreaban apenas, sobresaltándose con bruscos volidos entre rupturas de ramitas. Asomaba tal cual ardilla confianzuda, mirábalo todo, y azorándose desaparecía en un parpadeo. Avispas rojas encendíanse como chispas al cruzar extraviados haces de sol.

Más alto aún, el techo del bosque desarrollaba su arquitectura, enramándose con ojivales entrelazamientos de glorieta.

En puro azul los jacarandáes, los lapachos en ramilletes rosa, en borra dorada los garabatos, fingían su florescencia primaveral zarazas y felpas. Algunos ya con su traje de estío, esponjaban verdores profundos, trasudaban otros sus resinas. Destacábanse entre aquella vegetación las breas, satinados de verde sus troncos glabros. Con esbelteces de cucaña lanzábanse los cebiles: los cedros tendían como nadadores, brazos gigantescos á través de la maraña; los nogales como que protegían con doméstica paternidad, y los palos santos recelaban en su corazón fragancia y fortaleza. Aquí y allá un palo borracho de tronco oval que parecía tachonado de pernos, prodigaba al sol sus florones crema. Algún quebracho pregonaba corajudas longevidades, tenacidad de fibras cauterizadas por el tanino como jamón magro. Las flores de ceibo purpureaban con una carnalidad de mucosas. El tronco de laurel, aderezado de caballete, desaparecía casi bajo un ropón de enredaderas por entre cuyos resquicios se agrietaba su forro paquidérmico; parecía una madrépora constelada aquí y allá por el azuloso lucero de las pasionarias, adormecíanse los cuchicheos del follaje; la tierra sudaba frescura, y mientras el sol, afuera, se deshacía en brasas como un tizón, la partida sesteaba.


Junto á las monturas algo se movió en el silencio. Una víbora se descolgó á lo largo del tronco con la suavidad de una bordona, al mismo tiempo que el mendigo alzaba la cabeza.

Nada!...

Así transcurrió un minuto hasta que todo se durmió otra vez. Agitáronse de nuevo las hojas; el cañón de una carabina apareció entre las monturas, y sólo el mayor silencio advirtió que andaba gente en el bosque.

El simultáneo estruendo de treinta tiros convergentes, despertó á los dormidos, raleándolos con seis bajas; y los más, requiriendo sus tercerolas; los restantes sin advertencia ni para esto, á gatas, á saltos, en una agazapada confluyeron.

Mas el bosque retumbó con nuevos estampidos y nuevas bajas aportillaron el grupo. Dos se pararon espalda con espalda, mientras los otros corrían cazados de todas partes, una puntería sobre cada uno, la muerte sobre todos: ése abalanzándose á las ramas como postrer recurso, éste trotando en torno de los cadáveres sin ningún objeto, sordos á las voces del oficial, acorralados, irremisiblemente perdidos, cuando entre el estrépito de la carnicería se elevó un canto.

Era el mendigo, que llorando de miedo tentaleaba hacia la muerte, implorándolos en el trance supremo con la voz misma de la patria. El capitán aprovechó ese momento. Su voz, ronca de angustia, increpó:

—Canallas!... Puercos!... Así nos dejan solos!...

Y pistola en mano, los alineó en torno del viejo. Uno se dio vuelta todavía y de un balazo lo dejó tendido. El cobre de los semblantes advino a bronces. Era su modo de palidecer. Alguien, oculto entre las ramas, intimó rendición. Los hombres se atiesaron con un estremecimiento, y el capitán, avanzando al frente, respondió:

—Viva la Patria!

Un instante...

—Fuego!

Tronó otra descarga, mas ahora respondía la montonera. El tiroteo se generalizó de parte a parte, pero los godos elegían á mansalva precipitando la circuición. Entonces el capitán codeó al ciego que se prendía de sus ropas, gimiendo, y el himno brotó otra vez en un sollozo.

Ya no era el estribillo de los combates, sino la diana de reserva para los grandes días, la que nunca se entonó hasta entonces, atraída por augusta corazonada a los labios del ciego:

¡Oid mortales!

—Rendíos!

—Viva la Patria!

—Fuego!

—.......

Quedaban quince. Blancas humaredas surgían de los matorrales. Oyose crujir, al montarse, los gatillos de los fusiles.


Libertad! Libertad! Libertad!


Espontáneamente las bocas se abrieron, y fue como una avenida de música arrollando el aire. Ahora ya nadie huía. Cantando se animaban; y cubiertos de humo, flotaba el himno sobre ellos a la manera de un solemne pabellón. Alternado con las descargas, irrumpía incesante. De imprecación se volvía salmo y de salmo despedida. Más bajo cada vez, rasgábase ahora en una endecha de heroísmo, lanzada al desamparo contra la montaña, contra el bosque, contra la muerte que diezmaba desde la oscuridad; y dos o tres agonizantes se alzaron sobre las rodillas para entonarlo también.

Ya sin esperanza, sorprendidos, justificábanse muriendo. Queríalo así su capitán y así lo aceptaban, identificándose más con él en ese honor de la última hora. El enemigo no atacaba, hería de lejos, contenido por la exaltación de coraje que suscitaba el canto. Y éste mecíase cada vez más solemne sobre la erupción del tiroteo. Los talantes se agrandaban a palmos en su vibración. Como águilas salían de las barbas los versos. Y mascados por esas bocas feroces, golpeaban contra los pechos enemigos acorazados con árboles.

Desde el bosque primitivo, su clamor de esperanza decía a los mortales cuál se levantaban las naciones y se rompían las cadenas de la evocación de semejantes moribundos. Un mendigo y diez insurrectos descamisados a quienes la tumba les subía por las piernas, flacos de gazuza, peludos como animales, cantaban así su propio holocausto, foscos anunciadores de una aurora que no verían. El sol bajaba. Un escalofrío les indicó que ya apuntaban sobre ellos otra vez:

Y á sus plantas rendido...

—Fuego!

El verso se cortó como una cuerda, pues el mendigo cayó otra vez. Varios tiros convergieron a su cabeza tirándolo boca abajo como en el revolcón de un corcovo.

Aquella muerte decidió la catástrofe. Sobrecogidos de pavorosa estupidez, estrecháronse unos contra otros como las hebras de un nudo. Un vago deseo de acabar pronto sustituyó al entusiasmo del sacrificio, y la pelea degeneró en un fusilamiento.

Las mandíbulas se desencajaban; algunos se cubrían el rostro. El capitán comprendió también que el fin llegaba. Caído el anciano, su clarín, y un poco su abuelo también, ya no les quedaba media docena de suspiros.

Con clarividencia especial su mente minuciaba nimiedades y deseos, locos deseos de gritar le venían, pero no encontraba qué.

El canto, aquel delirio de un minuto, acababa de pasar como un trago de vino. De sus devaneos imperiales no conservaba ni el recuerdo. Una bala le voló el falucho, y entonces acudió el grito buscado para retar al último plomo:

—Hijos de puta!... Metan fierro!

Fuego! aulló por última vez el bosque, y bajo la humareda acuchillada de fogonazos cayó el resto de la banda.

La tarde diluía en su frescor las fragancias silvestres. Un rayo de sol, regando de luz el soto, se estiró hasta el capitán, y bajo los árboles oscuros, como besándolo, le alumbró la frente...