Tradiciones argentinas/VII

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¡QUÉ BUEN AMIGO!

(tradición del año de judas)

A mi amigo de cuarenta años F. A. B.


I

 ¡Ay, no tener un amigo!

 ¿Para qué sirve pasar una larga vida de honradez haciendo todo el bien posible á sus semejantes, desvelarse por sus hijos, sacrificarse por la patria, trabajar desde venir el dia hasta el último, por cumplir sus deberes, si al fin de la jornada no queda un amigo?

 Así se lamentaba, cual otros muchos que no se lamentan, un antiguo soldado de la provincia de Santiago, puesto en capilla (en las postrimerías del año 1813) para ser fusilado al toque de diana.

 Delito de deserción se le atribuía, al que, en verdad, delito de amor paternal apenas podía llamarse.

 Verdad que él había salido del campamento; pero galopaba, no hacia el enemigo ó por rehuir servicio militar; galopaba hacia sus hijos. Para vigorizar el ejército y evitar escaramuzas de los indisciplinados gauchos de Güemes, que, magníficos guerrilleros en vanguardia, no lo eran tanto en el estricto cumplimiento de Ordenanza, habíase dado la orden que todo soldado alejado del campamento sería pasado por las armas como desertor.

 Agregadas á esto susceptibilidades levantadas entre los jefes de las divisiones que cruzaban las provincias de arriba, en marcha para el Alto Perú, y rivalidades del coronel Borjes con oficiales de Ocampo y Belgrano, no podían los subalternos de aquél perder la oportunidad, sino darse el gustazo de fusilar al primer desertor que caía en sus manos.

 Todos los medios de petición hallábanse agotados. A la comisión de notables siguió desairada la de sus principales señoras, y á ésta la de curas y cofradías, solicitando gracia por tan patriota y valiente soldado como Santiago Neirot.

 Pero el inflexible jefe se mantenía en sus trece. La orden se había dado, y en capilla y confesado, con el práctico á bordo, el pobre reo liaba petates para el viaje que no tiene vuelta.

 — ¡Cómo ha de ser! —repetía.— Lo único que siento es no abrazar por última vez á la patrona y á mis pobres hijitos, pues aunque nadie tiene la vida comprada, no era así como yo debía acabar, sino de un metrallazo al enlazar algún cañón de los maturrangos. Este es el pago que da la patria. Dios ayude á la viuda. ¡Ay, no tener un amigo!....

 Y en esto, interceptando la luz del miserable rancho, el corpanchón de un hombrazo más grande que una puerta asomó agachándose para entrar junto al reo.

 Como en la conversación repitiera á éste lo antedicho, de que no sentía morir, pues que lo mismo era hoy que mañana para quien no ha hecho pacto con la pelada, sino el no poder ver á sus hijos, cuyo techo divisaba, contestóle el amigo, tan noble y abnegado como él:

 — Por esto, no; para eso estamos los amigos, y se me ocurre una cosa. Dígale al padre que lo auxilia, proponga al coronel quede yo de personero hasta su vuelta, consintiendo ser fusilado en su lugar, caso de que usted no regrese á la hora. Si consiente, salte en mi caballo á cumplir su deseo, que ¡á qué diablos sirven los amigos sino para sacar de apuros en trances como éste!...

 Sea que le impresionara tan extraña propuesta, ó que supo el caritativo franciscano tocar el corazón del jefe, ello es que una hora después se divisaba flotando el poncho del gaucho, á galope en dirección al rancho blanqueado, que á lo lejos aparecía como vislumbre de la última esperanza.


II

 Era al caer la oración, en una tarde triste, cuando ya entre dos luces metió la cabeza un emponchado por la ventanita trasera, sorprendiendo cuadro de lástimas, ayes, llantos y gemidos que le partió el corazón, el mismo corazón que no tembló cuando leyeron su sentencia.

 De rodillas ante una tosca imagen de San Santiago, entre dos velas amarillentas, cuyo pábilo ennegrecido humeaba, vio á su hermana con sus cuatro hijitos, rogando al Santo de su pueblo por la salvación del padre en capilla, mientras que en otro rincón más obscuro se ponía su mujer, á quien recién se le anunciaba la tremenda desgracia, el escapulario del Carmen, descolgándolo de la cabecera de la ancha cama de su buen compañero, para llevárselo como único consuelo en su pobreza.

 Oyendo entre llantos y padrenuestros la voz de la mayorcita: «Tata Dios: salva á mi tatita,» al buen paisano, subiéndole el dolor que se liquida con los jugos del alma, dos lagrimones como garbanzos se le cayeron. Luego, reponiéndose un poco, dió vuelta y con disimulada entereza entró diciendo:

 — Aquí estoy con ustedes; todavía soy vivo. ¡Vengan mis pedazos!

 — ¡Jesús! ¡Mi Dios!—gritó la mujer al persignarse toda espantada.

 Ánima bendita que anda penando creyó de pronto. «Lo habrán fusilado ya, y su sombra vagando alrededor de sus hijos viene á reconvenirme no haber corrido en su auxilio.» Acababan de darle la noticia que ya podian contarlo por muerto. Fuése poco á poco disipando el espanto de las criaturas por la impresión del aparecido, reconociendo la sonrisa cariñosa del viejo padre, que avanzaba abriendo los brazos, cual la gallina extiende sus alas para cobijar sus polluelos, y al sentarse sobre la cabeza de vaca, toda una ponchada de criaturas fué oprimida fuertemente, como pocas veces, sobre un corazón honrado.

 Sentando sobre las rodillas á los más chicos:

 — Vengo —dijo— á despedirme de todos y darles el adiós.

 — Yo te ocultaré donde nadie pueda descubrirte —agregó la mujer creyendo que habría logrado escaparse y venía en fuga.

 — No es eso, hija, sino que mañana debo llegar temprano al otro mundo. Lo único que sentía era no despedirme de ustedes, no verlos más. Como la última gracia nunca se niega al sentenciado, me han concedido esta; pero no puedo faltar una hora á la fijada, porque despacharían á mi buen amigo Ciriaco, y tan bueno como no suelen encontrarse dos en la vida, pues que su abnegación llega hasta exponerse á que le fusilen en mi reemplazo.

 Amontonándose esposa, hermana, hijos, le estrechaban con efusión entre lágrimas y abrazos, rogando por todos los Santos se escondiera, que huyera bien lejos; después galoparían hasta el fin del mundo por juntársele.

 — ¡Imposible! Mi palabra está empeñada. ¿No comprenden ustedes lo que es un amigo que se ofrece á morir por otro? ¿Cómo puedo traicionar la confianza de mi compadre, y la misma palabra del capellán que intercedió por este mi último gustazo de venir á verlos?

 — Pero si no se han de animar á fusilar á ño Ciríaco, tan buenazo; no ha hecho nada para que lo maten —decía la viuda, ó casi viuda, ya de rebozo negro.

 — ¿Que no? ¿Y qué he hecho yo, y sin embargo me fusilan? No saben lo malazos que se han puesto ahora con la redota. Cuatro tiritos á mi compadre, bien pegados, sin perjuicio de reservarme otros cuatro para cuando caiga, y la felonía de haber dejado colgado á mi amigo tan generoso, remordimiento que me perseguiría sin poder dormir, llevando la muerte sobre el corazón, por los pocos días que pudiera substraerme á lo inevitable. No, ¡yo no soy felón! Mejor es morir como hombre, que nunca hice asco á la muerte. Vamos, hablemos de otra cosa. No entristezcan el mate, que está muy sabroso, y alcánzame otro verde, mi china.

 Luego de repetirles que no se afligieran y consolarles, él, que más consuelo necesitaba, en lugar de llorar, «encomiéndenme á Dios, les dijo, y vamos á rezar juntos á la Virgen y mi Patrona del Carmen.»

 Hincados padre, madre é hijos ante la ennegrecida imagen de San Santiago, no le pedía un blanco caballo como sobre el que se le representa, más ligero que el pampero, para salvar de un galope hasta más allá del confín de una tierra, en que se colgaba á sus valientes defensores, sino que se encomendaba al Santo de su pueblo para que salvase su alma pecadora.

 Y un poco más tranquilo, después de pedir el auxilio del cielo:

 — Se me ocurre una cosa —agregó mirando al Santo, como si de él le viniera la inspiración.— Yo no puedo faltar á mi palabra; pero si mi Dios me protege y no he de morir aún, oye bien lo que te voy á decir, mi hijo. Mañana tempranito, vos, Perico, como más gauchito, te vas en el parejero de mi compadre y le dejas con la rienda alzada lo más cerca que puedas detrás del banquillo, que si Santiago me ayuda, me salvaré. Pero hasta entonces silencio y entereza, que con lágrimas no se saltan malos pasos.


III

 Y así refieren los viejos de aquellos tiempos no sabían que admirar más: si la abnegación del amigo, exponiendo espontáneamente su vida en un hilo, ó la palabra empeñada del sentenciado, á la que ni un momento pensó faltar.

 Pero este doble ejemplo de nobleza, de abnegación, de amistad, no fué bastante á contagiar en tan generosos sentimientos el empedernido corazón del coronel. Y cuando había impartido la orden de que se llevara adelante el fusilamiento del leal amigo, apareció á todo galope el sentenciado, y desmontando á la puerta del rancho que hacia de capilla, dió un ponchazo al caballo para que enderezara á la querencia, regalándole esa única prenda á su amigo con su último abrazo, y deslizándole tres palabras al oído, se preparó á bien morir.

 Nuevos empeños de frailes, monjas y notables habían fracasado como los de la víspera, y los aplausos de la multitud que se apeñuscaba, con que fué recibido el recién venido, esclavo de su palabra, volviéronse llantos y sofocos del mujerío, viéndole salir entre cuatro sayones y el capellán, exhortándole con el crucifijo en la mano, caminito del banquillo, bien corto para que se creyera que la fusilatina iba de verdad.

 Cual si misteriosa prevención hubiera combinado á los tristes circunstantes, sólo del lado que divisó á poca distancia el parejero había cancha abierta, interceptando grupos de paisanos curiosos los otros costados.

 Y así, mientras solicitaba por el oficial de tiradores al que mandaba el cuadro, que no era cuadro, según los diseminados soldados que lo formaban, que se le concediera como veterano dar las voces de mando en su ejecución, al desprenderse de la chaqueta que daba al sargento, en un momento de distracción, admirando todos la entereza de este valiente, rápido como relámpago corrió hacia el caballo que los centinelas no observaron, y cuando éstos intentaron atajarle el paso salidos de su sorpresa, ya había saltado sobre el parejero en carrera hacia el monte, sin ser alcanzado por ninguna de las balas de unas cuantas carabinas. La mayor parte de los de caballería tropezaban con mirones, que parecían estar en el secreto de abrir cancha al que el pueblo quería salvar, estorbando á los ejecutores de la terrible sentencia.

 De esta suerte escapó del banquillo el que no creía en la amistad, y sin embargo fué el amigo de última hora quien salvara su vida exponiendo la suya.

 El valiente veterano de Salta y Tucumán Santiago Neirot burló así el banquillo, y á milagro del Santo de su nombre, devoción de familia y Patrono del pueblo de su nacimiento atribuyóse, pues que la inspiración del ardid de su fuga le vino cuando, hincado y absorbido en la oración, estaba mirando el caballo blanco de la imagen por su buena madre heredada.


IV

 Pero la persecución siguió. El irascible coronel no era hombrecito de dejarse burlar por ningún santiagueñazo. Y sabiendo que el amor á la familia fué su virtud predominante, le seguía á sol y sombra, rodeando su rancho de espías.

 Algunos años pasaron, y cuando creía el matrero que estaban cansados de perseguirle entre enmarañados algarrobales, atraído por el imán irresistible del cariño, cierta claroscura noche que rondaba la nidada, á galope tendido salió un felón de los que pastoreaban, sin resultado, á la irresistible semiviuda.

 Vuelto á caer por segunda vez, fué condenado á muerte. Lo más granado de la sociedad de Santiago se desgranaba en pedidos, comisiones y empeños. Señoras tan principales como las de Navarro, Rueda, Iznardy, Santillán, Achaval, Iramain, Ibarra, Alcorta, Gondra, Carranza, Taboada, Olaechea, Gallo, Gorostiaga, Meyra, Frías, Orgaz, Lascano y Unzaga, volvían desairadas.

 — De esta no escapa el buen hombre —murmuraban sus amigos.— No hay ya esperanza de salvarle, ni malacara ó plateado tan ligero como el del santo de su devoción.

  Habian apartado de los alrededores todo animal de cuatro patas, excepto el que á tal se parecía, ordenando la bárbara ejecución del veterano de la Ciudadela. El último caballo que partió á escape fué el propio que á la estancia del vecino más influyente despacharan en su busca, tentando el postrer empeño.

 — Pero, coronel —le decía éste,— no es el modo de atraerse popularidad, ni es posible fusilar á un valiente por pena ya prescrita. Usted no puede dejarse dar lección de humanidad del generoso paisano que ofreció su vida por la de su amigo.

 Y en este sentido seguíale trabajando por tocar sus nobles sentimientos.

 Encontrábase ya algo quebrantado por las repetidas súplicas de tanta belleza santiagueña, y media noche era por filo cuando, al sonar la primera del año de la Independencia, rendido al fin y fatigado por tantos empeños, se ablandó un poco el jefe.

 Bueno, amigo —contestó medio retobado;— concederé á la amistad lo que me había propuesto no ceder á nadie, y de este modo seguirá la relajación en la disciplina, y sin ella no hay ejército posible....


V

 Bien se ha dicho que un buen amigo es en la vida la más grande dicha, pues que tan sublime afecto desinteresado que conforta y sostiene, ese otro yo en el que encuentra el hombre complemento de su ser, hace que la amistad de dos hombres de bien sea el vinculo más fecundo en bellos frutos. Los sencillos vecinos de aquellos seculares místoles y patay en que naciera el primero que habló en quichua y en inglés (general Taboada) poco eran dados á lectura de clásicos y poco ó nada sabían de Tirteo y Pritóo, Aquiles y Patrocio, Pelópidas y Epaminondas; pero sí sabían de amistad, que más sincera se usaba por aquellos tiempos de menos engaño.

 En la celebrada fábula de Pacubio ignoraba el rey quién de los dos era Orestes, y Pilades decía que él era, para morir en su lugar, y Orestes aseguraba muy de veras que era él, como asi era cierto. Aplaudían los espectadores, siendo fingido, y comentándolo el elocuente Cicerón, agrega: ¿Qué harían si fuese cierto?

 ¡Llorar!, como lo hicieron sencillos corazones emocionados por espectáculo semejante, pero real aquí. El corazón humano palpita por los mismos sentimientos generosos bajo toda latitud, y lágrimas sinceras fueron el mejor aplauso en esa doble abnegación.

 Tan seguro quedaba Iramain de que su amigo no le dejaría colgado, como Neirot de que este su compadre dejaríase fusilar en su reemplazo. Vencido por tanta hidalguía, el enérgico jefe de la reserva en Santiago, á pesar de su omnímoda autoridad, no pudo contrariar la voluntad unánime de la noble población de esa capital.

 El escéptico poeta inglés, desencantado de la amistad, exclamaba en sus postrimerías, al caer sobre aquella misma ribera del Ática: «¡Amigo! Ven, mi perro.» Pero por ese mismo tiempo. Castor y Pólux tuvieron sus mejores imitadores á través de la inmensidad y de los siglos en Neirot é Iramain, comprobando una vez más estos humildes gauchos, entre los algarrobales de la provincia quichua, que sobre todas las zonas el corazón humano late con igual nobleza.

 ¡Bendita, santa amistad, en época tan versátil, en que si bien todos desean tener un buen amigo, pocos, muy pocos son los que se deciden á serlo verdaderos!