Un antecedente de la doctrina de la solidaridad americana

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UN ANTECEDENTE DE LA DOCTRINA DE LA SOLIDARIDAD AMERICANA

Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989.


SEÑOR FERREIRO – Pido la palabra.

SEÑOR PRESIDENTE – Tiene la palabra el señor Senador.

SEÑOR FERREIRO – El Bloque de Senadores a que pertenezco (y que es, señor Embajador, el del Partido Nacional) me ha constituido – honrándome – en su portavoz para esta sesión dispuesta por voluntad unánime del Cuerpo en homenaje de admiración y fraternal simpatía a Chile.

Una circunstancia excepcional, como es la de tener entre nosotros a un ilustre estadista del país hermano, da ocasión propicia para verter en el ademán y en la voz la expresión de esos sentimientos que vienen del fondo del corazón que, si no son ajenos, son distintos a los medidos de la cortesía diplomática y que por falta de oportunidad ajustada para expandirse libremente actúan, por lo común, a la manera de las aguas subterráneas que, sin ser notadas, producen el verdor milagroso del paisaje.

Fuimos con Chile, durante trescientos años, copartícipes de una unidad política que también era unidad de sangre, de religión, de idioma, de costumbres y de ámbito territorial.

La primera se quebró a su hora porque era obra calculada de los hombres, que no sabemos hacer cosa alguna imperecedera. La segunda perdura indestructible y así seguirá por los siglos de los siglos afirmando cada vez más, en sostenido proceso natural, nuestra unión de iguales, afianzada en el común sentido histórico y en la misma vocación republicana – democrática que nos compenetra en concordancia infinita.

De esa unión tan viva como espontánea porque fue sellada en la identidad de nuestros orígenes, quiero evocar una espléndida demostración del lejano pasado que, si es honrosa para todos los orientales, para nosotros, los que pertenecemos al Partido Nacional, tiene una especial significación porque procede de nuestro Fundador y anticipa en cada momento como cláusula de programa nuestra posición solidaria con los demás países americanos frente a cualquier ataque o agravio de que se les haga objeto por una potencia extraña.

Un día de 1846 comenzó a circular en el Continente la noticia de que con el apoyo de determinados Estados de Europa se estaba preparando una expedición dirigida por americanos para venir a Ecuador y Perú a cambiar sus regímenes de Gobierno, estableciendo monarquías.

Ante este hecho alarmante, la Cancillería de Lima se movió rápida para conocer cuál sería la actitud que asumirían los Estados hermanos si se concretase la amenaza.

Y bien; a tal consulta respondió el General Oribe en nota de febrero 5 de 1847, librada por intermedio de su Ministro de Relaciones Exteriores, de la que leo textualmente:

“Por su parte el Gobierno de S.E. el Presidente, no correspondería a sus ardorosos sentimientos americanos si pudiese un solo momento mirar con indiferencia el atentado que se prepara torpemente contra la libertad e independencia de las Repúblicas Sud-americanas. Así es que – continúa – uniendo el suyo al grito del continente indignado, declara sin excitación que mirará como injuria y ofensa propia la que en este case se infiriese a cualquiera de las Repúblicas de Sud América; que pondrá en acción todos sus esfuerzos y recursos para combatir la odiosa invasión y – cierra – que estará pronto a correr con ellos a donde quiera que lo haga necesario el peligro común”.

Pero el antecedente que acabo de señalar debe ser completado con la lectura de otro que en esta sala y en el presente momento, se reviste de interés especial.

Me refiero al comentario que la actitud de Oribe arrancó a la Cancillería de Chile, a cargo entonces del ilustre Camilo Vial.

Aquélla fue dada a conocer al Gobierno de Santiago por oficio del de Buenos Aires y a este mismo respondió Vial en la expresiva forma siguiente:

“Por la comunicación que V.E. me ha hecho la honra de dirigirme con fecha 25 de febrero último, se ha instruido mi Gobierno de la contestación que el Exmo. Gobierno de la República Oriental ha dado a la nota del Exmo. Gobierno de la Confederación Argentina, de 21 de enero, relativa a la expedición agresora que se preparaba en España, Inglaterra e Irlanda contra la libertad e independencia de uno o más de los Estados Americanos del Pacífico.

“En la expresada contestación ha visto mi Gobierno con suma satisfacción una nueva prueba de la unanimidad que prevalece en todas las Repúblicas Americanas cuando se trata de la seguridad de su suelo y de la permanencia de las Instituciones que han adoptado. Los sentimientos que a este respecto ha desplegado el Gobierno Oriental son dignos de la actitud que tiempo hace ha tomado en defensa de sus derechos”.

Son hondos y datan de muy antigua época los vínculos que unen indestructiblemente a orientales y chilenos.

Nosotros no olvidamos y, por el contrario, nos place rememorar que un compatriota, don Juan Albano Pereira, fue el guía en la niñez y adolescencia del libertador Bernardo O´Higgins.

Nosotros recordamos con muy viva satisfacción que fue en Montevideo en donde el Almirante de Chile, Manuel Blanco Escalada, abandonó la causa de Fernando VII para darse por entero a la Patria Americana naciente y que en esa jornada inicial lo acompañó el entonces joven Manuel Oribe.

Nosotros sentimos el orgullo de saber que fue un oriental, Enrique Martínez, el oficial que encabezó el núcleo del Ejército de los Andes que libró el primer combate por la reconquista de Chile en 1817 y no ignoramos por otra parte, que en aquel Ejército formaron decenas de oficiales compatriotas, entre los que destaco por más conocidos, a Hilarión de la Quintana, más tarde Gobernador sustituto de Chile, a Juan Espinosa, llamado por antonomasia “el soldado de los Andes”, a Domingo Torres, después de larga actuación como militar y político en el país hermano, a Ventura Alegre, a Eugenio Garzón, a Antonio Saturnino Sánchez, a Juan y Lino Ramírez de Arellano.

Nosotros sabemos, y de ello nos agrada hacer memoria, que en el remoto pasado muchos compatriotas nuestros fueron a Santiago a recibir sus borlas doctorales en la prestigiosa Universidad de San Felipe; así en el caso de Pedro y Tomás García de Zúñiga, de Bruno Rivarola, de Francisco Llambí.

Estos orientales y otros que renovaron desde la segunda mitad del siglo anterior (recuerdo de entre ellos a Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Berro y Luis Piñeiro del Campo) esa corriente de estudiantes, truncada por la Revolución y los trastornos consiguientes a la organización nacional, cimentaron una tradición, por cierto bien justificada, acerca de la seriedad de los estudios en Chile y atrajeron nuestra atención permanente hacia sus publicistas, especialmente en materia jurídica e histórica.

Es así que nos son familiares los maestros de Derecho Constitucional Chileno, desde Lastarria hasta Izquierdo, pasando por Huneeús, Roldán, Guerra y (con especial placer lo señalo) el señor Embajador Maza, coautor de la excelente Constitución del 25 y de un trabajo clásico sobre Sistemas Electorales.

Es así, igualmente, que en Andrés Bello iniciamos nuestros estudios metódicos y regulares del Derecho Internacional. Y en Chacón los de Civil, que continuamos en Fabres, en Borjas y en Vera y actualmente en Barros Errázuriz, Claro Solar y Alessandri Rodríguez.

Señor Embajador:

Llevad a vuestra ilustre patria, con los votos que formulo por su creciente prosperidad y grandeza, la certeza inconmovible de que entre los orientales ella sólo tiene firmes y fieles amigos.


Discurso en sesión del senado en homenaje al Embajador de Chile, Doctor Maza el 3/3/1943