Un lazo (Lugones)

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Dianas
La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Un lazo
Talión


UN LAZO


Salieron de Salta y haciendo por cuatro á la derecha, tomaron para el faldeo del San Bernardo.

Esas compañías del Gerona que llevaban las mulas á forrajear, abreviaban camino porque la montonera iba estrechando su cerco. Aún quedaba pasto en aquel sitio y lo defendían á sangre y fuego, necesitando más que nunca los animales. Día a día la montonera les arrebataba algunos, escaramuceando hasta en las calles; y como según los exploradores la travesía de regreso implicaría una desolación sin fin, toda perspectiva de un viaje á pie inquietaba.

El cielo ligeramente anieblado como el hueco de una perla, enternecía la aurora. El ambiente almibaraba desganos. Como pereceando desembozábanse las cumbres, y el día se aletargaba en una dormición rosa. Los ramajes asperjados de rocío disimulaban cristalinas garzotas. Afluían de los bañados vecinos tufaradas de frescura.

Los forrajeros resguardábanse en una estribación del monte, característico galayo que avanzaba sobre la ciudad como una enorme rodilla. Su izquierda se apoyaba en el cerro mismo. A la derecha declivaba el valle, entre el cual y la cumbre extendíase la pradera donde ramoneaban los animales. Algunos de los soldados paseaban en parejas manos a la espalda, chocando los sables —chis... chas...— con las botas. Otros vigilaban montados. Las mulas, paso ante paso, pastaban desparramándose poco á poco. Quietud y silencio.


Entre un matorral de garabatos, muy próximas, acechaban dos partidas. Durante varios días abstuviéronse de toda acción para no ahuyentar la presa, y desde la noche antes esperaban sin moverse. Junto con la carga en que se estrellasen, otros impedirían la protección agolpándose sobre la ciudad.

Los chapetones ya no podían con sus huesos. Sitiados en la plaza, de donde y de los contornos se desprendían sus inútiles destacamentos, carcomíalos la impotencia. Percibíase claramente el final. Se retiran los godos! Y a punta de sable los acuciaban, arruinados ellos también por cinco años de combates.

Desde su sitio los divisaban. Aquel enfaldo del monte, protegiéndolos al parecer, ahondábase en un verdadero buitrón al fondo del cual los rempujarían.

Inferíase por el traje que esos insurgentes formaban una legión selecta. Poseían un clarín, sables y tercerolas de ordenanza. Vestían chiripá negro ó punzó, camiseta y gorra de manga azules; algunos llevaban coletos de cordobán. Adornaban a sus caballos testeras de lana carmesí. Todos calzaban botas, si bien muchos habían remontado y solado de cuero crudo las suyas.

Eran de los Dragones Infernales. Conocían preceptos tácticos. Aguerríanse á son de trompa. Los más idóneos acaudillaban montoneras distantes. Soldados de carrera, más de uno lo abonaba, ostentando en girones la capona azul y blanca de Tucumán. Llevaban ya seis años de patriada y procedían de todas partes.

Un cordobés cuya tonada le valiera no pocos duelos á facón; un santiagueño que se alababa de brujo; un vejancón porteño que conocía la mar...

La patria les debía cinco de esos seis años, mas no por ello asqueábanle á la muerte. La mujer, sí, la extrañaban; pero aquella empresa ecuestre no permitía calaverada alguna. Foscos célibes de la guerra, ni eso les aportaba por botín el combate.

En los últimos ejércitos, al fin, cada cual se adquiría un peor es nada. Y las pobres! Qué aguante en el peligro y en las penurias! Durante las marchas de diez y doce leguas, bajo el sol que planchaba los lomos como una lata caliente, el soldado no sufría otro peso que su rifle y fornituras; pero ellas, con su cargamento de cacharros, el hijo á la cadera ó bien prendido del pezón, aguantaban sin una queja. Cuando se acampaba, quién sino ellas disponía el mate y ensartaba el churrasco en la bayoneta, mientras el cachorro se desgañifaba por allí... Algunas malparían con el cansancio; pero al día siguiente, en cualquier mancarrón, le pegaban de firme. En las noches frías, como las arrojaban del campamento, amontonábanse junto al rescoldo de sus vivaques con sus crías y sus perros.

No se aseaban mucho — claro! — pero eran campechanas, eso sí. Algunas empezaban con los oficiales, sabían bordar en fino, pues no pocas fugaron de los conventos; después iban admitiendo á los cabos, rebajábanse con la tropa, habituábanse á las sobas, á la mugre... Pero los días de combate, había que verlas acarreando bajo el fuego sus cántaros, mientras los chicos gateaban entre las cureñas. Y qué me cuentan de aquella moza loca, que habiendo perdido su amante en una acción, vagabundeaba por los campamentos, peleando como una leona los días de combate, sólo para tener el gusto de pintarse con sangre y andarse después felicitando á los jefes en el regocijo de esa coquetería atroz!...

En las partidas, nada de eso. Desamparo por todas partes. La gente alzada, el lomo del caballo por campamento y la muerte á la grupa. Pero al fin de cuentas se divertían con utilidad, aquí cayendo, allá levantándose. Tejos de oro en Potosí, dieta en Macha. Vuelta á vuelta aplausos y maldiciones. Algunos quedaron panza arriba por ahí. Otros agitaban el Chaco, entre las tribus bravías y el español, hondeando a falta de fusiles y falsificando artillería con troncos. Llegaron hasta á ganar batallas; pero así les iba en las derrotas!

Pasaban de ochenta los jefes ejecutados á piedra y garrote, como perros. No se veía encrucijada sin una cabeza de patriota en un cadalso. A algunas encanecíanles las barbas...


El nublado se reducía aclarándose, y la aurora reinaba ya en solemnes colores. La tibieza ambiente tornábase pesadez. El santiagueño confidenciaba en un grupo.

—Aquella sería la última! Desde tres días atrás, una mosca le zumbaba al oído: —la mosca de la muerte. Pero no se acoquinaba por tan poco, no. Lo que sí, como despedida, les reservaba un regalo.

Reputábanlo entendido en animales, siendo verdaderamente polimático en toda suerte de veterinaria rústica. Para el moquillo, sangrar en la nariz... Para los orines atajados, un galope al animal y que éste oliera después la camisa del jinete... No enfrenar en día nublado al redomón, porque babea... Y variados linimentos é infusiones.

De esto cada cual sabía un poco. Pero su presente significaba algo más serio. Quería enseñarles a curar con palabras la embichadura.

Los hombres se acercaron curiosos, dándose cuenta de que por ahí andaba la fama del embaidor. Tantas veces le habían preguntado el secreto, sin sonsacárselo nunca; porque todo era comunicarlo y perder el depositario la virtud.

Bueno; averiguada la querencia del animal, su sexo y su pelaje, poníase el curandero para el lado de aquélla, a cualquier distancia que fuese; y si se trataba, por ejemplo, de un caballo cebruno, decía:

«Caballo cebruno, tienes nueve gusanos — siempre se comenzaba por nueve — tienes nueve gusanos; te saco un gusano y quedan ocho gusanos. Caballo cebruno tienes ocho gusanos... Y así repitiendo hasta no dejar ninguno.»

Agradecieron gravemente, pidiendo de paso sus encargos para la familia, y hasta le prometieron responsos. Nadie pensó en argüir sobre sus presagios para desvanecerlos ó disuadirlos. Aquello era tan natural! Día más ó menos, de uno por uno les tocaría; y á ése dábanlo ya por muerto. Cuando les entraba el hormiguillo de morir, tirábanse al fuego sin escrúpulos, sobrando herederos para el sable y la tercerola.

Llegó en ese instante un mocetón que frisaría en treinta años: — el sargento. Tiesierguido; con un poco de papera; vivarachos ojillos; cara lampiña, de un solo relieve, como pan leudo. Lo querían mucho, cantaba bien y era vivo como un tajo.

—Precisaba aprontarse, pues llegaba el momento. Cargarían con él por derecha e izquierda. Una descarga, no más; y bajo el humo, á facón y sable. Sobre todo, no engreírse a destiempo si repelían al español. Perdieran cuidado; él iría á la cabeza.

Nadie le ganaba á temerario y á dicaz. Siempre con las espuelas flojas para que "llorasen", tremendo en sus sopapos, muy enquillotrado con sus campañas. Tambor en la del Año Doce; dragón en Sipe-Sipe... Era, además, domador y ambidextro, así como fullero sin hiel para florearse una baraja cuando caía á la carpeta...

Una ocasión lo atacaron cinco Infernales; rompiósele el puñal y no llevaba poncho. De un golpe calculó, sentose tranquilo, cruzando las piernas. No le habían de pegar inerme, los conocía bien, y los otros atestiguáronlo con retirarse maldiciendo.

Tenía una daga en cuya hoja se leía este dístico:

Quien a mi dueño ofendiere
De mí la venganza espere;


y un pegual de cuero maturrango. Desde chico haraganeaba por los cerros; y pronunciándosele así la afición cimarrona, en el primer ejército se enroló.

Atribuíanle mal ojo para el jabón, pues con sólo verla cortaba la mezcla en la olla. Y eran los apuros de las mujeres, si no la tapaban á tiempo; el pedirle que no la fuese á dañar. Futilizando recelos, prometía; pasaba como abstraído al abdicar su onerosa prebenda... De golpe miraba al descuido, y zas! — al fondo de la legía precipitaban los chicharrones, bellaqueando su risa entre un aluvión de reniegos. Era reputado la florcita de los Infernales.

Los hombres, con la izquierda en el arzón delantero, recibían sus instrucciones. Si los maturrangos no se acobardaban, desmontar y sostenerse por parejas, espalda con espalda; mientras el otro grupo depredaba en las mulas. Éstas, divagando, se acercaban; y sin advertirlo, en la confianza de esa serenidad, sus custodios también.

Mucho recomendaba el sargento los toques de clarín trocados por astucia bélica. Botasilla significaba ataque y calacuerda dispersión. Así adecuaban cómodamente sus operaciones, y con gran solicitud íbalos él verificando, hasta canturrearles en voz baja la letra de cada cual:

A quién quieres más
A quién quieres más,
Al negro Faustino
O al pardo Tomás...


para el de asamblea; y para el de retreta, se acordaban, no?

Don Juan de Arana
Tiene una hermana...


Entre tanto, qué demora! Ya picaba el sol y nada todavía. Las sierras ampliaban manchones blanco-verdosos y turquíes; la vegetación del contorno profundizábase en palios sombríos. Un haz de sol barría por momentos los colores, aguándolos en una flotación etérea. Grandes azules empastábanse en el horizonte, y del simado paisaje vacilaban aun sus jorobas de piedra en la vaguedad del ambiente. Volvía después el nublado, luchaba un instante; más los limpiones crecían y por último triunfaba el celeste.

Los montoneros iban encorajándose con la espera. Diez veces infibularon las correas, revisaron las caronas, recorrieron empuñaduras y gatillos. Algunos guardaban sus sombreros en las quiebras, otros se arremangaban. El sargento como que dormía, derramados los ojos en un claro de cielo...

Un hombre a pie apareció de repente entre el ramaje, cambiando con aquél algunas palabras. Cada minuto iba ahora a acelerar el trance. Los corazones se ponían a trote largo; y relamiéndose con el pregusto de la sangre, uno gruñó:

—Me jiede á cuchillo!

Dos mulas empinaron las orejas... Volóse un instante... Sonó un tiro...

Arriba!

Descargaron sus armas, metieron espuelas, y bajo el humo, palmeándose la boca, salieron á la planicie.

Los realistas, aislados, hicieron pie cada cual donde pudo, mientras tocaban sus clarines generala de alarma. Los dos escuadrones patriotas uniéronse sobre la marcha en un semicírculo; adelantó aquella ola, flotantes al costado de los brutos como llamaradas los chiripaes rojos. Ya estuvieron encima, a cien pasos, á cincuenta. —Viva la Patria! — y con un refucilo, ochenta sables se desnudaron.

Reventó en desorden el tiroteo. De á tres, de á cuatro se agrupaban impeliéndose á encontrones. En bruscos volidos tajaban los sables. Los del segundo escuadrón baladraban, imitando a la vez gemidos de aves agoreras. Abandonábase el sable por el puñal y silbaban algunos pares de boleadores.

En la plaza coincidían rumores de ataque. La montonera cumplía por allá, interceptando la protección.

Sobre el campichuelo cebábase la lucha. Por un instante, dos se apartaron frente á frente en singular torneo. El maturrango resplandecía de galones. El insurgente lucía á modo de yelmo un cráneo de pollino con las orejas empinadas.

Lidiaron los sables un momento; intrigaron más su esgrima los jinetes; erró el montonero dos ó tres pernadas por desarzonar á su enemigo.

En un encuentro, los brutos encabritáronse. Realista y patriota se midieron, altos en el aire. Atacó el primero, cejó éste esquivándose con una reparada de su corcel, y en contracambio cercenó al godo la cabeza.

Un poco á retaguardia gesticulaba el jefe. Varias veces habíalo embestido el sargento, sin resultado. Entonces, al paso que los escuadrones concurrían en un movimiento definitivo, entre la alharaca, los sablazos, los corcovos — el trajín del entrevero a punta y hacha que erigía sobre el faldeo sus encrespaduras — el insurrecto desprendió su lazo para insistir otra vez.

Cruzó sobre las cabezas el serpenteo de la "armada", cogió al realista, y en un cimbrón salió éste peloteando como un rollo de trapos. Un vítor consumó el incidente que decidía por los montoneros la victoria. Ni uno solo de los forrajeros capituló. Y en tanto que algunos vencedores conquistaban las mulas, otros iban recogiendo los sables, las tercerolas, clavados de punta en la persecución para que no se perdieran entre los pastizales. Luego la selva se interpuso. Apagáronse en la lejanía dianas y vítores...

No quedaban sobre el campichuelo más que los cadáveres desnudos, negreando sus mentones con la pólvora de los cartuchos mordidos. La barba de uno flotaba sobre su pecho, y en la quietud que la muerte implica, el hombre aquel parecía vivo.


Con rico botín concluían su jornada los patriotas. Quién las costillas al aire, quién vendada la cabeza, pero todos congratulándose. Hasta un cinto lleno de onzas se mencionaba.

El cordobés llevaba en el bolsillo una de sus orejas para enterrarla en sagrado: al fin era carne humana. Únicamente el sargento no volvía. Recordaban que apretó á correr con su godo, pero después nada advirtieron en la confusión, imputándolo por fin á algún rodeo y confiando que en él los esperaría.

Una lástima!... Mozo tan merecedor! Su crédito, solía decir el jefe! Malograrse cuando más lo ligaba su proeza á los Infernales!... En fin, si no llegaba hasta la noche, investigarían desde el amanecer.

El incidente enfriólos un tanto; pero ya, en torno de los fogones, habían improvisado tertulias.

Intervinieron los naipes, tan pringosos que para barajarlos debían echar ceniza entre ellos. Tallaban su monte sobre prendas de los difuntos, sin que faltaran ni los heridos; pues los más, calavereaban también.

Uno, con el rostro partido al sesgo, dilapidó su capital en dos copos; pero obstinándose con una quimérica combinación de sotas, importunaba por una peseta de barato para buscar desquite. Y no dejaba su lugar, así le recordasen lo convenido: el que pierde sale. Aquél fue el que durante la lucha degolló de un revés al oficial godo.

En otro grupo, dos azarados por la suerte, pulseaban, cruzándose apuestas sobre su pugilato; y á la luz del fogón, desnudos de medio cuerpo como estaban, resalíanles los tendones como flejes bajo la piel morena. Cristianos viciosos! Que hasta pulseando habían de jugar las prendas de los muertos!

Y á propósito, comentarios. Duros los godos! El campichuelo quedó como arado, con los cepellones al aire. Y qué enemigos! Celebraron á uno que despachurrado y á pie, sostúvose contra dos dragones, pisándose las tripas hasta que de golpe abrió los brazos y espichó sin una boqueada.

Ahí estaban, cuando un perro que dormía se puso de pronto a husmear. Tropel!...

Cuatro hombres cercioráronse, oído al suelo. Era un solo animal y montado, por lo rítmico de su galope. Apenas se distinguía su paso, pero uno insinuó:

—El tostao!...

El caballo del sargento!

Ya se oía bien. Un relincho, un vítor estentóreo, y á poco, en el círculo de luz, entró el jinete.

Durante un rato la curiosidad fracasó entre las exclamaciones. Callaron por fin y el hombre entró á narrar su peripecia.

Había franqueado el campichuelo, remolcando aquel bulto, que al atascarse, imprimía a su lazo vibraciones de bordona. Cortose éste con el esfuerzo, y fustigándolo en la cabeza lo aturdió...

Anochecía cuando se rehízo, consiguiendo á mucho costo cabalgadura y cadáver. Éste no era más que un lío de huesos, todavía con un pie engargantado en el estribo. Y decidió amputarle la cabeza para memoria.

Entonces la vieron. A la falda de la montura, suspensa de los cabellos se zangoloteaba.

Barbuda, lonjeada por las asperezas, con un híspido copete que conglomeraba la sangre. Un ojo vaciado escurríasele por la mejilla como una larva.

La degolladura era un masacote de coágulos entre los que sobresalían dos anillos de tráquea. Y qué cepejón No se concebía mayor destreza para decapitar maturrangos.

Pasó de mano en mano la achura goda. Consideraron la algidez de sus orejas que parecían de loza; su nariz laminada por la muerte.

Intimidaba la quietud de sus párpados. Y qué pesada era!...

El reflejo del fogón teñíala con vacilantes toques; y á cada uno, las comisuras labiales contraíanse en un gesto.

—Si gritara! indicó uno; y á semejante ocurrencia, un escalofrío estriduló en sus médulas. Otro le entreabrió la boca con el pulgar, para ver los dientes. Su frialdad y su peso impresionaban más que todo; horripilándolos á través del cabello su nuca helada, con una especie de superstición.

Mientras, los enteraba el mozo. Cuando la diseminación de los grupos en el combate singularizó las fisonomías, hubo de reconocer en el militar á uno de los juramentados en Salta el Año Doce. Así abusaron de la patria los perversos! No merecían compasión. De aquí su interés por la cabeza que izarían en una lanza, frente á la ciudad, con el cartel correspondiente.

Ya nadie la tocaba. Perjuro! Y aunque la charla se interrumpió, el grupo engrosaba con nuevos hombres. Concurrían á la novedad. Examinando el trofeo aquel con rencor acérrimo. Dos ó tres chanzas abortaron entre murmullos.

En tanto, un montonero garabateaba á la vislumbre, sobre un trozo de guardamonte y con cierta untura de sebo y carbón, romos caracteres. Su dedo industriábase con trabajosa lentitud, y poco á poco las letras decían:


POR... PE...R...JURO...