Una cristiana: 02

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Capítulo II
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Una cristiana Emilia Pardo Bazán


Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada ser prefiere su elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la posada bohemia. Mi nuevo paradero estaba sito en la calle del Clavel: un cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan angustiosas como suelen ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras, al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes saldaban sus cuentas o salían pitando.

En la casa de doña Jesusa -por ser de edad madura, le aplicábamos el doña- las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas, la criada argandeña hacía sábado a menudo, en el pasillo, delante de la cocina, cantaba enjaulado un jilguero, la noche de Navidad se comía sopa de almendra y besugo, y no faltaban en suma ciertos toques de humilde bienestar y paz doméstica. Verdad que todo andaba muy apurado y justo: de ordinario los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado de ladrillo, ni de la tortilla coriácea, ni de las manzanas y peras del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de los sentenciados a muerte, pasas y almendras», decía mi paisano Luis Portal, que era, a lo serio, bastante guasón. Pasaré también por alto la eterna monotonía de la sopa de pasta calificada por Luis de «alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas. Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de mi garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se engullese las de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado, ni las Placideces de la carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y la gula den mucha guerra. Por otra parte, los días del santo de cada pupilo o de fiestas muy señaladas y de repique gordo, doña Jesusa nos obsequiaba con algún guisote en que había puesto los cinco sentidos, y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa los días clásicos y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando las gratas alternativas del hogar doméstico.

Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas; por los mismos medios agenció un molinillo; procurase del mejor café tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje. Si pudiésemos llegar a la media copita de fine o de mono... Pero ahí nos estrellábamos; ahí no bastaban nuestros recursos. El coñac era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un dedalito; y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le vimos el fondo a la botella.

Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra patrona regañaba a la criada; pero este ruido familiar y previsto no alcanzaba a distraernos. Cada cual según la extensión de sus facultades, empollábamos todos, procurando no tener que excusarnos cuando los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba un poquillo de miedo, por su gran afición a salir de pesca, o sea a alterar el orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que yo no sobresalía entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni Luis Portal tampoco: ambos nos dábamos maña para poner en ejercicio el entendimiento, sacándolo a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo el peso de la memoria, porque temíamos la depresión especial que causan estos estudios áridos y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos chicos de los que vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda de esta facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte cubre las faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre que no se preciase discurrir, poner ni quitar al texto, se presentaba con admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción, la interrupción más leve, cualquier circunstancia de esas que obligan a apelar a la inteligencia, le mataban; aturullábase todo y no había manera de que contestase al derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido, de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante fantasía, toda luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas y fuegos fatuos. En boca suya, la frase más vulgar revestía forma poética; rimaba sin sentirlo y, al sonsonete; era capaz de estarse una hora hablando en verso bien medido y armonioso; pero el satírico Portal decía que los versos del cubano tenían exactamente tanto valor artístico como la música que componemos y tarareamos al extender distraídamente por los carrillos el jabón para afeitarnos, y que hacían el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo arriba. «Vamos a llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que el cubano nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía ocurrir después que se atiborraba de café.

El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso magín, huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de una abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluidos los estudios y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una energía silenciosa y feroz. Así como el cubano empollaba con la memoria, el zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteíto con novias, ni nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento, sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo que ya el estómago no rige. Claro, ni hacer ejercicio, ni una triste distracción... Salustiño, bueno es salir avance, pero también hay que mirar por el número uno».

Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer estrecha amistad, aunque nuestras ideas y aspiraciones eran muy diferentes. Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se marca y consolida la complexión moral de individuo. No diferíamos totalmente en nuestro criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba partidario del self-help; aborrecía tutelas e imposiciones; creía que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad viril. «No parecemos gallegos -me decía a veces- por la actividad que desplegamos en todo». Yo oponía a su observación el espíritu emigrante y aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá. «Desengáñate -repetía con obstinación-: tenemos más de catalanes que de gallegos, chacho». Si en el modo de entender la dirección de la vida nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando moscas. Trataré de ganar dinero para reírme del mundo. Pasarse los años entre escaseces y privaciones, es una bronca. Mi papá es don Alejandro en puño, no suelta cuartos: y yo ignoro a estas horas el sabor de muchas cositas buenas que hay por ahí. No sé si por las vías de la profesión estoy en camino de catarlas; se me figura que en cuanto a sacar partido, los políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos: verdad que lo uno está declarado incompatible con lo otro, y que Sagasta es ingeniero. En fin a mí que me dejen los brazos libres, y me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre». Aplaudiendo la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de porvenir se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas buenas» el comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios tabacos, acaso sostener a una bella pecadora, quizás casarse con una señorita linda y bien acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no aspiraba concretamente a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad, presintiendo que con ella vendría algo muy hermoso y merecedor de ser saboreado y gozado, pero no en el sentido material y positivo: algo que podía ser gloria, celebridad, pasión, aventura, millones, mando, hogar, hijos, viajes, lucha, hasta infortunio, pero que al fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer toda la escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. Yo no podía definir en qué consistían mis esperanzas; pero me parecería que las rebajaba si las redujese a algo positivo y sensual, como mi amigo Luis. Y no por esto me creía un visionario, un entusiasta ni un soñador. Comprendía, al contrario, que si mi frente se alzaba a veces hacia la región de las nubes, mis pies permanecían firmes en la tierra, y que todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a abrirse camino sin dejarse distraer por la sirena del entusiasmo.

Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto, en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista, casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo radical, de los de Pi, convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto con lo pasado, al contrario debemos entrar resueltamente y de una vez por la senda de la transformación honda y, progresiva. «Esas transacciones nos pierden, son funestas -objetábale yo-. Y la palabra transacción, en este caso, equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir capitulación y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada del 12 al 40, hubiesen transigido y andado con paños calientes y contemplaciones, bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo, y se producen perturbaciones en la economía, pero el lobanillo extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer, con la España absoluta y fanática. Tu ilustre jefe -a Castelar le llamábamos así- es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las testas coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería. Por fortuna, ni los franceses en 93 ni nosotros más adelante hemos seguido ese método. Déjame de historias. Al paso que vamos, dentro de pocos años España volverá a poblarse de conventos. Es absurdo tolerar semejante artimaña, y hasta protegerla, como nuestro liberalísimo gobierno hace. Los jesuitas tienen vuelta a tender la red; a cada rato aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les importa un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que decía aquel peine de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada eso de que para debilitar y desarraigar una institución como la monarquía se empiece por afianzarla, halagarla, implantarla suavemente en el corazón del pueblo. Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A mí que no me vengan con ese choyo.

Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente:

«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan como tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús volvíamos a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero de motines y de trifulcas. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón gallego, ni los rabos: todos hablamos de querer mandar y nadie obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos de una nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la Revolución de septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo. Esto es la minoría de una república, no la de un rey. Que nos caiga la república por su peso, como una perita madura...».

«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario que lo resucitemos, créeme...».

«Déjame de ideales y de monsergas -replicaba Portal enojándose-. Por los ideales nos vienen a nosotros todos las daños. No hay más ideal que la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».

Otra ocasión de disputa era la del regionalismo. Yo no me andaba con chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca monarquía, y asentir a la «federación ibérica».

-No sé qué diera porque pudieseis ver realizado ese cochino ideal por espacio de veinticuatro horas -exclamaba Luis-. Lo que es en Galicia, como se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa: en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea, un millón... Afortunadamente, hablar de la independencia galaica es como que si hablásemos de la mar con peces y arenas.

-¡De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir como los individuos cada cual para sí?

-Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que su nieto la usurpa el trono. En política racional no hay derechos ni mojigangas, hay lo que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo desacertado, hay un olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en qué consisten, pero que se manifiestan en los resultados. Con las ideas radicales se va a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a la política. Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible la patria española, aunque tú creas que no.

Irritado por esta contradicción, solía exclamar:

-Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.

-Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre. Si suprimen poco a poco los resortes porque se ha movido siempre la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia, que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables, y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre. Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos. Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras raras; todos los que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...

A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes voces, de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo regular nos infundían estas disputas mayor afán de comunicación y roce intelectual; insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el uno al otro, por el convencimiento de que aún profesando opiniones distintas, éramos capaces de entendernos y de darnos mutuamente un poquillo del alma. Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio; paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos filarmónicos, todos nos perecíamos por la Africana o los Hugonotes, especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver, haciéndole tararear la ópera enterita.

-Trinidad -le decíamos, porque el cubano se llamaba así-, anda, cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.

-Trinidad, los puñales.

-Trini, el o paradiso.

-Trinidad, aquello del coprefuoco.

-Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo...

El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último, cansado ya, nos decía en tono suplicante:

-Déjenme acostar, que esto ya parece songa.


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