Una mata de helecho: 11

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



X.[editar]

Generosos y amigos de servir á todo el mundo, han sido siempre los moradores de la costa de Málaga, y Moraima sabia que su hermano Yusef otorgaba de grado á todos la peticion del esclavo. Pero más de una vez habia sucedido, que, por descuido y aun mala voluntad, llegaran los esclavos de otras casas á enturbiar el manantial, de suerte, que era necesario dejar después bastantes horas, para que el agua recobrase la limpidez que antes tenía.

Juan de Silvela, viendo la perplejidad de Moraima, se ofreció á acompañar al esclavo, para que no hiciese más, sino llenar los cántaros y cerrar de nuevo; pero si la bajada, aunque por extremo pendiente, era fácil, no así la subida; y Moraima se negó desde luego á que el Cristiano fuese á la Mina, con el calor que hacía. Quedaba el enviar á la esclava, mas era ya tarde, y habia que estar á la vista de la comida, para cuando volviese Yusef con los trabajadores.

Cierto que Moraima no queria quedarse, punto ménos que sola, pues la anciana Fátima, ya hemos dicho apenas entendía algunas palabras en castellano; mas, por fin no hubo otro remedio, y miéntras la negrita esclava iba á la Mina en compañía del recien llegado, Moraima fué á llamar á su madre.

— Oidme, Moraima, —exclamó Juan de Silvela; — sereis capaz de no querer deteneros, un momento siquiera?

La hermosa jóven permaneció sin saber qué hacer, llevándose ambas manos al corazón, que, en verdad, latia como si se la fuese á saltar del pecho.

Apénas se oian los pasos de los esclavos y el borriquillo, que ya iban camino de la Mina, y Juan y Moraima estaban, mudos de temor, sin acertar á decir una palabra.

Hermosa, cual nunca, Moraima, y encendida como la grana, ponia de vez en cuando tímidamente los ojos en el Cristiano, que, por su apostura y gallardía, era, en verdad, el más apropiado compañero que para la jóven pudiera hallarse. Pálido aún Juan de Silvela, era de alta estatura y cuerpo bien proporcionado; blanco de rostro, los ojos azules y castaño el cabello, que en larga melena le llegaba hasta los hombros, mostraba el Cristiano, aunque jóven y casi imberbe, ser noble prototipo de su raza. Por último, dijo:

— De dia en dia os alejáis de mi, Moraima. ¿Qué daño os he hecho? ¿En qué os he ofendido, para que, de esa manera, huyais de estar á solas conmigo, como en otro tiempo?

Desde el sitio en que ambos jóvenes estaban, se veian varios álamos, en lo hondo de la cañada, inmediato al arroyo. No temblaban más las hojas verdes y blancas de los gallardos árboles, á impulso de la brisa del Mediterráneo, que Moraima ante la presencia y palabras de Juan de Silvela.

— ¿No me contestáis, Moraima? —añadió éste, tratando de asir su mano.

Retiróla al punto la Mora, diciendo:

— ¿Sois, por ventura mi esposo?

— Ojalá, Moraima de mi vida.

— Pero, ¿lo sois? — ¡No!...

— ¿Lo podeis ser?

— Por el Santo Apóstol, cuyo verdadero cuerpo yace en Compostela, ¡qué más podría yo desear que ser vuestro esposo!

— No se trata de vuestros deseos.... ni de los mios.... Se trata de que no pudiendo ser mi esposo, no podeis llegaros á mí sin respeto, ni teneis para ello ningún derecho.

— ¿Ni siquiera el de amigo agradecido, Moraima de mi vida?

— Si lo fuerais, como decís, no habriais hecho lo que acabais de hacer.

— Apenas he hecho otra cosa, sino tocar vuestra mano con la mia.

— Pues, por eso, señor escudero. Soy dama.... aunque Mora y pobre.... y.... en fin se trata, repito, de que no pudiendo ser mi esposo, no podeis llegaros á mi sin respeto, ni teneis para ello derecho.

Y Moraima llamó á su madre.

Mientras tanto, Juan de Silvela puso las armas á un lado, y tomando el capacete, miró su único y por extremo singular adorno, que era, como ya hemos dicho, una rama de helecho, á guisa de pluma, la cual estaba harto marchita, pero no del todo seca. Quitó la graciosa rama de donde estaba, y entrando en la casa, llegóse á Moraima, que se hallaba sentada cabe el hogar, al lado de Fátima:

— Moraima, —dijo el Cristiano,— escudero pobre y honrado, no tuve para adornar mi capellina sino una rama de helecho, que al despedirse, llorando, arrancó mi madre del monte vecino á nuestra casa. Ella misma la puso lo suficiente sujeta para que sirviera de airón. Ni aun al caer yo herido y rodar mi capellina por el suelo, se desprendió el rústico adorno, que á un tiempo me recuerda lo que hasta el presente he amado más en el mundo, mi madre y mi tierra.... Hoy, la rama de helecho me acusa de que amo á otra cosa, mas que á mi tierra y á mi madre.... Hijo soy de caballero, y pienso serlo tambien, con lo que estoy obligado á decir verdad. Por mi Dios y por mi honra, juro sobre esta rama de helecho, sagrado emblema del cariño de mi madre adorada, para quien soy único bien, que Moraima Ben-Lope será siempre la dama de mis pensamientos, y si Dios lo permite, mi esposa. De lo contrario, juro de igual manera, no poner los ojos ni el corazon en mujer alguna, cualquiera sea su clase, hermosura, riqueza ó poderío.

Al oir esto Moraima, se puso en pié, cruzando los brazos, poniendo sobre el corazón la diestra, con gracioso y noble ademan, é inclinando la cabeza, sin dejar de mirar al Cristiano, respondió:

— Señor, habeis hablado conforme al uso de vuestra tierra, donde suele ser, no sé si buena ó mala costumbre, que las doncellas oigan requiebros y juramentos á hurtadillas de sus padres. Mi madre no ha entendido sino la menor parte de cuanto acabais de decir. Esperad, pues, á que Yusef venga, y él os dirá lo que mejor le parezca, á propósito de lo que una doncella no entiende... No prosigais, señor, ni me obligueis á ser descortés, cuando no soy sino prudente!


◄   - IX -
- XI -   ►