Viaje a la Patagonia Austral/X

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LLEGADA AL LAGO

Febrero 1.º Resolvemos continuar viaje a la madrugada. La inmensa vuelta hacia el sur no nos ofrece grandes probabilidades de adelantar mucho al oeste, lo que nos obliga a levantar campamento, antes de la hora ordinaria, para poder llegar a otra meseta, cuyos flancos se inclinan a cierta distancia, anunciándonos que allí corre el río, antes de torcer para formar la gran curva.

Al principio encontramos tropiezos, porque las piedras agitan demasiado el agua y además es necesario conocer la profundidad del río en este punto, para lo cual debemos cruzar a la otra orilla, largando la sonda en medio del cauce.

Concluída esta operación, dejo que la gente continúe con el bote, y emprendo la cruzada a pie para acortar camino y conocer ligeramente la llanura.

El aspecto de la comarca es bastante variado y las lomas no son planas, imitando mesetas, sino onduladas, como si hubieran sido levantadas por fuerzas internas, y forman bajos bastante pronunciados al llegar a la meseta alta que es coronada por el basalto negro.

Todo es más fértil; la vista del paisaje es más risueña y los pájaros más abundantes; los guanacos ascendiendo las pequeñas colinas retosan alegres, sin recelo del hombre que, a pie, cruza cercano, espantando bandadas de pechos colorados o de patos que se alimentan con la exquisita fruta del calafate. El río corre por el lado sur, pero las mesetas del norte se han aproximado más, siempre con las ondulaciones ya señaladas, lo que impide distinguir una larga distancia desde la costa.

He descansado durante la siesta al resguardo de un pequeño matorral, hasta que Isidoro llega con la caballada a este punto, pero el bote no se divisa y varios cóndores que revolotean lejanos entre las colinas inmediatas al curso del río, me hacen pensar que alguna desgracia ha acontecido a su tripulación; retrocedo a pie siguiendo la orilla, y recién a las tres millas doy con él y comprendo la causa que motiva el retardo; el camino que ha hecho es engorroso y además ha sido necesario demorar para cargar un guanaco que han cazado y que es la presa que atrae a los cóndores.

Recién a las diez de la noche llegamos al matorral paradero, no sin grandes esfuerzos, sobre todo en la última parte, donde el borde del río es en extremo fangoso, y donde la noche obscura nos oculta los buenos trechos para llevar la sirga. Pasamos agradable noche, después de habernos alimentado bien con fariña guisada con grasa de avestruz y excelentes beefsteacks de guanaco.

Febrero 2.—La corriente no es tan rápida en este punto, pero la inundación nos retrasa mucho en la marcha; hay parajes en que el río tiene 400 metros de ancho y donde las aguas han ocultado matorrales sobre los cuales vara el bote y que nos maltratan cruelmente al echarnos al agua para desligarlo de las ramas. El cauce del Santa Cruz se dirige ahora al norte; y estos zig-zags van siendo tan numerosos y tan espaciosos que poco ganamos al oeste. A mediodía se levanta un fuerte viento, que acrece la velocidad de la corriente de tal manera, que nos obliga a parar antes de entrado el sol, entre un bajo inundado, cubierto de matorro blanco y de calafates. Es el paraje más montuoso que he encontrado hasta aquí; lo cubren médanos grandes, que ocultan los peñascos negruzcos desmoronados de la capa basáltica que lo domina y con la cual el río, que desciende rugiendo al pie, forma un cercado natural, casi completo, para nuestra caballada. Este es el punto donde el almirante Fitz-Roy estuvo a punto de perder una de sus embarcaciones; el ruido que las aguas hacen al chocar en los peñascos derrumbados que hay en el fondo en una boya profunda circundada por otras piedras, es grande: es una enorme caldera que bulle y cuyo hervidero siembra de blanca espuma todo el ancho del canal. Un trueno siniestro aunque no fuerte, se siente continuamente y nos avisa el peligro que vamos a arrostrar si tentamos salvar ese infierno de rocas y de olas. El río está sembrado de islas formada por la inundación que va invadiendo el valle y me encuentro perplejo sobre cuál de los canales debo seguir, pues por todas partes vemos piedras o matorrales cubiertos, pero denunciados por los penachos que el agua forma sobre ellos.

Febrero 3.—Nuestro campamento ha sido instalado ayer entre unas matas abrigadas, que la casualidad nos ha mostrado.

Aun en el abrigo en que nos encontramos todavía hoy, pues dura el temporal, hemos sentido los efectos de las inclemencias patagónicas. La maleza que me recuerda días agradables pasados en las salinas catamarqueñas, durante mi expedición a las ruinas de las calchaquíes, ha sido débil reparo; la lluvia ha descargado sobre nosotros y nos ha mojado completamente, a pesar de las cuevas que cada uno ha formado en los intrincados troncos de los arbustos, precaución que no olvidamos cada vez que el tiempo nos amenaza. Al despertar, cada uno se encuentra convertido en isla, rodeado completamente por el agua y apenas podemos levantarnos, pues nos encontramos sumidos en la tierra guadalosa.

El viento continúa con fuerza cada vez mayor, levantando remolinos de arena que recorren, caracoleando, la llanura y elevando columnas de polvo sobre los peñascos basálticos, lo que nos produce la ilusión del humo de la lava, aún incandescente; el bote balancea con el viento y la corriente, y a pesar de sus buenas amarras, nos infunde serios cuidados su situación.

No hay posibilidad de movernos; si tratáramos de cruzar a la orilla opuesta, seguramente iríamos a tomar la costa, frente al paradero de donde salimos ayer de mañana; más vale permanecer tranquilos entre tanta intranquilidad y aguardar, para continuar la marcha, que los elementos se apacigüen. El señor Moyano, Isidoro y Patricio salen a cacería y vuelven a la tarde con los excelentes resultados de la excursión, la que ha proporcionado un guanaco, un avestruz y una ardea, en cuyo buche encuentro pequeños pescados.

Todas estas presas, aumentadas con un gordo pato de carne sumamente agradable, se convierten en pródigo banquete con que mi expedición festeja el aniversario de la caída del tirano.

Es el apéndice forzoso al bautismo que he hecho del cerro basáltico inmediato y donde truenan las rompientes. Acabo de recorrer sus pedregosas faldas; he rebuscado en sus peñascos sombríos, en medio de ruinas geológicas inmensas, a las que los elementos han dado la apariencia de devastaciones humanas y por una de esas evoluciones del pensamiento, que sin quererlo, unen en una misma idea sensaciones bien opuestas, he encontrado analogías entre esta creación de las furias volcánicas y las sangrientas obras del hombre odiado, cuya caída tuvo lugar hace hoy 25 años.

He mirado el espantoso remolino que gira vertiginoso, puliendo los negros cantos del basalto, que se ven renegridos entre la blanca espuma; he visto los desplomes del borde arenoso, que la creciente labra y desprende de la orilla a pique y que pulverizan las veloces corrientes, que debemos tratar de vencer, siguiendo nuestra marcha adelante, y esos obstáculos físicos me han recordado obstáculos morales que produjeron los malos días; dando impulso al cuerpo al mismo tiempo que a la mente, me he internado entre las peñas y los matorrales espantosamente sombríos por la tormenta que oscurece el cielo y el fuerte viento que hace temblar los tupidos arbustos en las empinadas y angostas quebradas, y al llegar a una de éstas, cauce de un pequeño pero profundo torrente, seco hoy, he visto un gran puma que destroza los sangrientos despojos de un indefenso guanaco que acaba de sacrificar, saltándole al cuello desde el escondrijo volcánico que le sirve de guarida. Esa escena, aquí, dominada por esos cerros negros que para alejar las fieras he coronado de llamas que serpentean ascendiendo y asaltando la cumbre que queda envuelta en denso humo, impone y fortifica más el recuerdo triste evocado al entrar en la quebrada obstruída: y para perpetuar el aniversario de la caída de Rosas, hombre, pero puma de instintos, doy a este paraje el nombre de «Cerro 3 de Febrero».

He encontrado rastros del paso del hombre salvaje; desiertos hoy, estos parajes han debido ser sumamente frecuentados en épocas lejanas. Conforme con la opinión de Fitz-Roy, creo que la naturaleza del terreno no incita a que los que usan caballos atraviesen estas regiones donde hay tan poco alimento para ellos, y tan mal terreno; pero para el hombre a pie, necesitado, nada le presenta serios estorbos, y la prueba de que han pasado por este punto rocalloso no consiste sólo en cuchillos y rascadores, con los cuales las mujeres preparan las sencillas vestiduras de esos nómades Nemrods australes; en la cima del basalto he encontrado esta mañana un pequeño túmulo o cairn, muy antiguo, casi destruido completamente y donde sólo he hallado un fragmento de antebrazo humano, señal de que aquello fué el sepulcro de un indígena, y cuyos despojos trataron sus deudos de preservar de esa manera.

Febrero 4.—Apenas aclara, Isidoro, que ha pasado casi toda la noche en vela a causa de haberse alejado la caballada alborotada por algún puma, y que se halla impaciente por salir de este sitio, nos despierta con un buen jarro de café bien fuerte, según lo he dispuesto anoche. Vamos a atacar el mal paso; energía no nos falta, pero juzgo conveniente cierta excitación artificial para llevar adelante la marcha, donde el terreno nos ofrece tantos obstáculos. La principiamos, pero por más tentativas que hacemos, es imposible vencer el remolino; avanzamos hasta él, pero la corriente poderosa nos arranca la cuerda de las manos y hace girar el bote, alejándolo aguas abajo y exponiéndolo a zozobrar contra las piedras.

Tres ataques seguidos y enérgicos no nos ayudan y resolvemos emprender la tarea del remolque por el sur, que es bien ruda y la más penosa que hemos efectuado hasta hoy. La anchura del río es grande, pues la inundación va ganando terreno y no es posible ir por ladrilla, porque los arbustos son numerosísimos y los rápidos que la corriente forma sobre ellos son casi invencibles; la velocidad es tal que el agua ondula en los canales formados en los desplayados, y los matorrales cubiertos sólo están denunciados por los penachos del agua que choca contra ellos. Todos nos lanzamos al agua y no ya tirando sino arrastrando el bote, unas veces tendiéndonos, otras enredándonos en las matas sumergidas, avanzamos así hasta que por entre ese intrincado archipiélago de islas, piedras y arbustos sueltos, podemos llegar con grandes precauciones al cauce del río, y haciendo esfuerzos para no dejarnos arrastrar demasiado por la corriente, arribamos a la orilla norte, donde Isidoro nos espera con la caballada. El sitio en que varamos solo queda a cien metros del torbellino y para salvar ese espacio hemos necesitado cinco horas de trabajo continuo.

Después de almorzar, continúa la marcha del bote, remolcándolo con el caballo hasta el punto donde desemboca una quebrada, y allí, como la barranca es a pique, e imposible de salvarla por su falda y presentando al lado sur, orilla cómoda para continuar a pie, hago cruzar el bote y me dirijo con Isidoro y los caballos por la quebrada mencionada. Esta, en su borde derecho, se presenta coronada de basalto; a la izquierda el cascajo glacial reposa sobre la arenisca terciaria. Las capas de esta última formación no se encuentran aquí en estratas horizontales; hállanse inclinadas hacia abajo, en dirección al este.

La formación basáltica cesa aquí, y bordea la quebrada en dirección noroeste, hasta mesetas altas, que se divisan hacia ese lado y cuyas cimas onduladas no presentan la horizontalidad de las líneas que caracterizan las regiones que ha cubierto la lava submarina luego de solidificada. La meseta terciaria sobre la cual cruzamos se dirige al sur, sin indicar el menor rastro de sábana basáltica. Curioso es el fenómeno de estas colinas, tan próximas unas de otras, unas coronadas de negra lava, otras de arena y cascajo, sin que estas últimas conserven señales que puedan inducir a pensar que en otro tiempo, fueran cubiertas por el liquide ígneo, aún cuando éste después de solidificado, se hubiera descompuesto. Los fragmentos de esta roca son raros sobre ellos.

Al ascender por un cañadón la quebrada despojada de basalto, hallamos que sus laderas están cubiertas de un pasto amarillento, con pequeños manantiales profundos, rodeados de lujosas gramíneas, donde los caballos gozan aprovechando esta yerba tierna que hace ya tiempo no comen. Un león espanta la caballada que huye despavorida, y mientras Isidoro lo corre con sus perros me encargo yo de dirigir la tropilla y el carguero en busca de descenso fácil por la abrupta ladera.

Las yeguas y potrillos se asustan al mirar al abismo, caracolean y echan a disparar por la inmensa pampa alta; el carguero siembra la llanura de los despojos de su carga desarreglada, y el picaso tuerto y cojo, se convierte aparentemente en estatua de piedra, al borde de la meseta, al mirar cómicamente, de reojo, la profundidad árida del valle. Sólo después de largo rato y de repetidas tentativas, consigo que la caballada se arriesgue por los empinados senderos de los guanacos, que serpentean en la falda.

Mientras trabajo en las vueltas y revueltas espantando los caballos que por cualquier piedra grande que se desprenda o cualquier matorral que se les interponga al paso, vuelven hacia atrás, diviso algo más al norte, en el bajo de la meseta, enormes rocas pardas y amarillentas de fisonomía extraña a las demás y que atraen mi atención. Llegado al paradero del bote, donde Isidoro ya me ha adelantado llevando a la grupa el león que nos proporciona buen asado, hago atar el caballo a la sirga, pues el camino se presta para ello, y me dirijo en seguida a esas rocas curiosas.

En el trayecto examino los primeros grandes trozos erráticos; inmensos peñascos pulidos, suavizados por el enérgico rozamiento de los hielos, se ven sepultados entre el cascajo, y con más generalidad, al borde del río, donde van a aumentar con los matorrales, el número de los rápidos, y por consiguiente, el de los inconvenientes del viaje. Esos enormes fragmentos transportados, de granito, basalto y traquita, muestran sus faces negras blancas y grises sobre la superficie del suelo. Son páginas imperecederas, donde encuentra el geólogo, que lee en el gran libro de la naturaleza, la prueba evidente de uno de los fenómenos más grandiosos de los últimos tiempos geológicos. Al verlos, la imaginación retrocedo en las edades e imagina el gigante ventisquero que sembró con los destrozos de las montañas el valle triste por donde serpentea el Santa Cruz, que se alimenta hoy de las frágiles ruinas de sus hermanos menores, las sábanas heladas de las cordilleras, y que salta bullicioso sobre los antiguos testigos de la pasada actividad del líquido elemento congelado.

Las rocas amarillentas, que había distinguido desde la meseta, se encuentran a un kilómetro de la orilla del río. Es la parte más compacta del terreno terciario, que por la desagregación de las superiores más deleznables avanza, en peñascos macizos y de grandes dimensiones, al pie de la meseta, medio ocultos por matorrales de ropaje bastante lujoso, si se les compara con los que brotan en la planicie. Cubos enormes, grupas rodeadas de inmensos monstruos, escalinatas, aún bien conservadas, vestigios de labor humana en los tiempos de su grandeza brutal, créese ver en esos trabajos del tiempo, que semejan productos de creaciones antiguas del hombre.

Este rincón aislado que escapó a la observación de Darwin, qué inmenso interés hubiera tenido para el ilustre naturalista! La historia de generaciones pasadas yace sepultada en las entrañas arenosas de este gris zócalo de meseta. La superposición de las capas ha conservado entre ellas restos de seres que la naturaleza ha colocado en ese lecho, unas veces enteros otras en pequeños fragmentos, para atestiguar a los otros organismos generados por la incansable progresión de sus fuerzas, la genealogía de los que le precedieron en el teatro de la vida, preparando su aparición en esta escena. Esos animales cuyos restos han hecho rodar las aguas marinas y las fluviales hasta dejarlos sepultados bajo la superficie del suelo patagónico, muestran la riqueza y la variedad de seres que ostentaban sus curiosas formas en los paisajes terciarios.

El período eoceno, no denunciado aún en Patagonia, me ha asombrado con la extraña forma de alguno de los seres que vivieron durante él y que han cumplido su evolución, sin dejarnos descendientes próximos, en que imaginarnos la figura de los que cesaron. Incrustados en la dura piedra, mi feliz estrella me hace encontrar grandes osamentas, el colmillo de un poderoso paquidermo desaparecido, y ascendiendo la escalinata geológica de blancas, amarillas y grises fajas, mi colección palenteológica se enriquece con los despojos de variadas formas vivientes en los distintos períodos del terciario; marsupiales, roedores, carnívoros, paquidermos y hasta los desdentados, que habíamos creído hasta ahora pertenecer al cuaternario. Diez formas distintas de seres vivientes en épocas en que la tierra patagónica estaba distante de tener la disposición orográfica de la actualidad, han encontrado un nuevo reposo en mi maleta, después de haber, en su duradero yacimiento, cruzado los grandes cataclismos; han reposado en el fondo del mar; han sido arrastrados por perdidos ríos, han vuelto a las profundidades del océano, han sentido quizás el calor de la ardiente lava que cubre hoy las mesetas, luego el frío glacial representado por la capa de detritus de esa época, hanse sentido humedecidos por las lluvias diluvianas, y hoy el cierzo seco y el sol halos acariciado antes de ser admirados por el hombre.

A la entrada del sol, acampamos en la márgen norte en un retazo fértil, al pie de un gran calafate de aspecto arbóreo y que por su tamaño se divisa desde una distancia considerable, destacado sobre el azul del agua, que dominada al sur por una barranca casi a pique, corre, sombría, por la hora, cubierta aquella cumbre por la lava basáltica a la que la fantasía de los elementos ha dado el aspecto de una imponente fortaleza.

El sol ha descendido enrojeciendo el horizonte pequeño que dejan ver dos negros peñones volcánicos y el cielo azul oscuro con la tenuidad de la declinación del crepúsculo, nos muestra lánguidos los grandes astros aislados. Gozando del fresco de la noche que reemplaza al calor sofocante del día, alrededor del fogón, que mirado de lejos parece una llama desprendida de la lava que lo domina, comentamos las fatigas del día, y contentos con haber cumplido nuestro deber, nos dormimos todos.

Febrero 5.—Desde el momento en que salimos hoy las piedras entorpecen nuestra marcha; un promontorio basáltico se adelanta hasta el mismo cauce y forma innumerables rápidos, a lo que contribuye el menor ancho del río.

Encontramos aquí extensos pastizales verdes, alegres, alimentados por preciosos y ligeros manantiales que nacen en la base del basalto. El viento fresco hace ondular los penachos de las gramíneas, entre las cuales de vez en cuando se destaca un montuoso calafate que las domina con sus obscuras hojas; los juncos abundan en los parajes pantanosos y los berros prosperan en las orillas del manantial poco profundo que los alimenta. Cruzamos cuadras y cuadras refrescándonos los pies en esta agua fría y en el césped, pero encontramos pasos tan barrosos que es imposible cruzar por allí tirando a pie el bote; hay que hacerlo por el sur.

Estos sitios son los preferidos por los pumas y los cóndores; sobre todo, en las dos mesetas basálticas que dominan las márgenes del río, borrando su vista, la alegría que comunican los fértiles matorrales. Entre las peñas blanqueadas por sus escrementos, se ven los gigantes del aire chillando lúgubremente, persiguiendo a veces algunos loros incautos mientras no se le ofrece a su aguda vista otra presa más importante. En la llanura, donde los avestruces y los guanacos vienen a solazarse en estos oasis, situados en el centro de tanta desolación, los pumas huyen de nuestro tropel y de nuestros cuatro perros. Miran asombrados la tropilla; que un momento creyeron ser de guanacos y dando grandes saltos se alejan a buscar refugio entre los peñascos y los tupidos matorrales.

Paramos a medio día en las inmediaciones de un buen matorral y en la pequeña península que forma un río seco.

Mientras descansan los marineros salgo a caminar por el cauce seco, y encuentro un puma, el más grande, visto hasta ahora, y que Isidoro enlaza momentos después. Estaba en acecho esperando la oportunidad de arrojarse sobre uno de los potrillos, pero lo descubren los perros y el gaucho vaqueano poco tarda en alcanzarlo; lo ha enlazado de una mandíbula al ir a incar sus colmillos en uno de los cachorros que lo acosaban, y que ha herido con sus garras. Al irle a colocar bien el lazo y concluirlo de matar, se abalanza sobre mí, y casi me hubiera despedazado si Isidoro no da un buen tirón del lazo y lo arrastra. Vi su garra a pocas pulgadas de mi cabeza. Patricio guarda las manos, con las uñas, para hacer tabaqueras que regalará a sus amigos en Buenos Aires, como prueba de la veracidad de las aventuras de viaje que contará. Los demás nos contentamos con comer un buen costillar y con guardar el resto para los días venideros.

A las tres de la tarde continuamos: el río corre con menos fuerza y considero fácil ganar el extremo de la vuelta que hemos nombrado «de los Tres Cerros» por algunos mamelones glaciales que distinguimos sobre la meseta norte.

Este punto era en otro tiempo uno de los preferidos por los indios para efectuar el paso del río y en sus márgenes he encontrado pedazos de palos de toldos. Le llaman «Yaten-huajen»; conjeturo que haya sido elegido por la facilidad que presenta el menor ancho del río, su corriente menos veloz a causa de la pila poco pendiente, los buenos pastos para los caballos cuando llegó el tiempo que los indígenas los tuvieran, y por la abundancia de caza en los manantiales, cuando cazaban a pie.

Los hielos flotantes antiguos han depositado en este valle inmensa cantidad de rocas amontonadas, que forman pequeñas colinas, como si hubieran sido depositadas por un inmenso ventisquero en distintos puntos de descanso, aunque me inclino a creer en lo primero. La ondulación del terreno es cada vez más pronunciada en el bajo, cuando se adelanta hacia el interior y las mesetas se elevan a 1150 pies; se nota más variedad en la disposición de las cumbres lo que hace cesar la perspectiva uniforme hasta ahora de la región por donde corre encajonado el Santa Cruz.

Cruzando el valle a caballo para alcanzar el extremo de la vuelta he encontrado en el camino un elegante zorrino, que aprovechando la tarde hacía caminar sus pequeños hijuelos; esta preciosa escena que se desarrolla alrededor de la cueva, en cuya boca los esperaba la madre amorosa, fue interrumpida por mis acompañantes, los perros, que dieron muerte a esos bonitos pero asquerosos habitantes de la antigua Morena.

Paramos la caballada en la falda de los Tres Cerros, entre unos médanos que bordean el río. La abundancia de piedras erráticas es muy grande y los vientos han levantado la arena que las rodeaban, formando profundas cavidades, en medio de las cuales se hallan esos trozos. De nuestro paradero situado en una de esas hondonadas no se distingue nada, sólo el río que ruge al saltar de unos peñascos que se divisan al pie de la opuesta barranca a pique, pero he subido al primero de los tres cerros y desde allí he experimentado un gran gozo. ¡Los Andes están en el fondo del horizonte! Sus atrevidas moles azules se destacan severas, coronadas sus cumbres de blanca nieve, pues ninguna nube los oculta. Encuentro compensadas todas las fatigas y sólo siento no tener la tripulación a mi lado para admirar juntos el grandioso respaldo de nuestra gran patria.

Nuevos trapiezos detienen el bote que no se avista y recién en la noche avanzada distingo una hoguera lejana en el oscuro fondo sur, inmediato a la meseta; dejo a Isidoro en el paradero y temeroso de que algo haya sucedido a mi gente, cuando vamos tan cerca de ver coronadas de éxito nuestras fatigas, me dirigo hácia la luz, sin preocuparme de llevar armas, y con sólo una caja de fósforos para ir anunciando mi aproximación.

Aseguro que más de un rato amargo he pasado en el trayecto que separan ambos campamentos. La noche es sumamente oscura y los pozos en los médanos tan numerosos que no comprendo cómo no he muerto al caer a ellos por entre los arbustos espinosos que cubren sus bordes; pero esto no ha sido el mayor peligro. Sólo quedaba un fósforo y faltaba la mitad del camino que hacer, cuando escucho el ruido producido por un animal que se mueve en la oscuridad; el instinto de conservación me anuncia un enemigo, enciendo ese fósforo último y veo delante un puma listo a lanzarse sobre el hombre, que ha equivocado con el guanaco y que al reconocer el error huye saltando. Cómica escena, que hubo de convertirse en sangrienta, pero bastó la luz del fósforo, destello de la inteligencia humana, para hacer comprender a la fiera la inmensa distancia que existe entre la víctima que creyó tener delante y la que encuentra.

Recién a media noche llegué al paradero del bote que había sido sorprendido por la obscuridad al dar la vuelta al norte.

Febrero 6.—Un fuerte viento andino no nos permite caminar; además, la enfermedad que me han producido las ablaciones físicas y morales, sobre todo en los últimos días de trabajo, me ha abatido hoy, de tal manera, que me es imposible moverme. Con bayetas calientes desaparecen momentáneamente mis dolores y una fuerte dosis de sulfato de quinina calina la fiebre; esto me permite recorrer a la tarde las alturas de los tres cerros, para volver a ver la cordillera.

Moyano caza un guanaco y Estrella solícito conmigo, se convierte en excelente cocinero y me obsequia con un exquisito beefteack del puma cazado ayer, que me hace olvidar por un momento mi triste posición.

Febrero 7.—Cruzamos a la orilla opuesta con el bote, porque los rápidos aumentan del lado este, y los médanos inundados se han vuelto tan pantanosos que hay peligro de vida en ir por dicha orilla del río; al concluir la vuelta, vemos que éste desciende ondulado, pero casi recto del oeste, lo que nos promete adelantar gran camino hoy; muchas de las barrancas son a pique, en otras el basalto inclinado llega hasta el agua, formando inmensos remolinos, pero siempre una de las dos costas nos permite el paso, y además, la gente ha visto los Andes; estos ejercen atracción sobre ellos, y hacen grandes esfuerzos.

Pasado el terreno volcánico, el valle se ensancha a ambos lados; colinas suaves preceden a las mesetas basálticas que se han alejado hacia los costados; el campo mejora; la vista tiene para admirar un horizonte más vasto y más alegre; los arbustos tienen mayor amplitud y más verdor; los cañadones son más fértiles y toda la comarca aumenta el contento que procura al ánimo entristecido por la sombría lava el lejano panorama de la cordillera.

La llanura está cubierta de matorrales de matorro blanco, que le dan un bello aspecto y la arena que cubre el cascajo pequeño permite galopar con gusto. Se respira libremente aquí. Todos tiramos la sirga con placer y vamos amontonando castillos sobre castillos, que se desmoronan en los primeros rápidos que encontramos al llegar a un zanjón que se dirige del noroeste. Dormimos en él.

Febrero 8.—El camino continúa por bañados extensos donde no se puede sirgar a caballo, siéndolo sumamente molesto a pie, pero en los parajes donde la inundación ha abarcado gran parte del valle, podemos marchar ayudando los remos con el bichero. Las vueltas son sumamente rápidas en ciertas partes, y en otras el cauce del río adquiere un ancho normal, mayor que en la región que hemos recorrido. El valle es muy pobre de vegetación, pudiéndose decir que casi son tantos los trozos erráticos, como los arbustos; así el país vuelve a revestir su triste carácter patagónico. En la costa del río hemos encontrado los primeros troncos de árboles, mayores que los inciensos o calafates, los que nos anuncian los bosques de la cordillera.

Febrero 9.—Anoche los pumas han alborotado la caballada, lo que no nos ha permitido dormir; uno de ellos se ha atrevido hasta llegar a nuestro campamento, causando gran pánico a Patricio y llevándose un avestruz que Isidoro boleó ayer.

El camino es pésimo y el calor insoportable; la creciente es terrible y hace difícil la continuación de la marcha; cuando no hay que cruzar por sobre matorrales sumergidos, los vueltas nos desesperan. Algunas barrancas a pique, que se desploman nos ponen a riesgo de zozobrar.

Con peligro emprendemos el paso de la barranca, habiendo estado los dos marineros y yo, que somos quienes tiramos, a punto de perecer desplomados, pero a mitad de camino, se aumenta tanto el trabajo, que decido cruzar al sur, exponiéndome a estrellar la embarcación contra una barranca de piedra dura, o zozobrar en el centro del río sobre una isla medio sumergida.

Patricio se resiste a marchar a pie tirando el remolque, porque ha visto en las orillas ciertas señales que le demuestran que los pumas han andado por allí; tanto más cuanto que oímos los ladridos de los perros, que en la ribera opuesta persiguen a uno de estos animales.

Lo que ha alarmado al brasilero son las impresiones de las patas de los avestruces que se han refrescado en la arena humedecida.

Debo ponerme en la punta de la cuerda y tirarla por dentro del agua ayudado por el correntino, porque Estrella y Patricio, desde adentro, dirigen el bote. El señor Moyano ha quedado en la orilla del norte.

Llegados al punto que Fitz-Roy señala como segundo «Paso de los indios», encontramos huesos de caballos y un fragmento de cuchillo, lo que prueba la veracidad de la observación del marino inglés; y habiendo cruzado a la margen norte, acampamos en el mismo punto que lo hizo él, alrededor de las osamentas que menciona en su diario.

Los picos de la cordillera están más definidos, y nos orientamos con la aguja, tomando como punto de observación el «Castle Hill» de Fitz-Roy. La apariencia de esta tarde es espléndida y nos compensa el mal día. Una nube celeste y blanca oculta el agudo pico de un atrevido cerro muy elevado, cubierto de hielo, eterno, y la ilusión del deseo me dice que es la gigante bandera patria que flamea gozosa saludando nuestra llegada. ¡Qué alegres ensueños voy a tener esta noche! ¡Qué agradables recuerdos va a evocar mi alma, mientras el cuerpo descansa de la marcha penosa del día!

Febrero 10.—Peor camino que ayer; no hemos hecho en todo el trayecto marcha más penosa; encontramos puntos en que el río parece tener una milla de ancho; tal es la gran inundación. Las orillas del norte son bajas, preciosas, con pastos excelentes, con abras, que son cauces de ríos de invierno, y cuyos horizontes extensos y amarillentos dejan ver a lo lejos, en el noroeste, las capas basálticas que van retirándose a ambos lados, formando un valle más ancho; en el sur, barrancas a pique, tristes, cubiertas de piedras, limitan el valle, por ese lado. En el fondo los Andes van definiéndose cada vez más, y algo nos dice que pronto estaremos a la vista del ansiado lago. Una gran quemazón oculta la región del S. O. y una cadena casi recta E. O. de colinas elevadas de 1400 pies, con grandes quebradas y que sirven de escalones para llegar a otros cerros más elevados, limitan el valle en el sur. Al oeste de nosotros y al este de «Castle Hill» se divisa una quebrada grande a cuyo pie me parece que debe correr un río. Vamos, pues, a entrar en la parte más interesante del viaje, en la región desconocida, en lo que Fitz-Roy llamó «Llanura del Misterio».

En el cauce actual del río hemos encontrado un gran trozo errático que mide fuera del agua 4 pies de altura.

En este día alcanzamos el paraje donde suspendió su exploración Fitz-Roy, pero no hemos podido hallar el menor vestigio porque la creciente lo oculta todo; hubiera sido una dicha, para nosotros, obtener algún resto de aquella tentativa, de desvelar las misteriosas fuentes del Santa Cruz. Sólo la falta de elementos, pudo hacer que retrocediera el marino inglés; tantos esfuerzos, tantas fatigas, se estrellaron contra la falta de provisiones, y tuvo que dejar sin concluir la expedición, que realizada en todas sus partes, hubiera tenido magnífico resultado.

La rápida vuelta del río hacia el sur y un gran bajo que sigue en esa dirección, en este punto, fué la causa por la cual suspendiera Fitz-Roy el trabajo de los botes para proseguir un día más a pie, hacia el oeste. Al principiar esta vuelta, hay, en el norte, una laguna bastante bonita, casi circular, la cual no fue vista por Fitz-Roy, y que se alimenta con las aguas del río, que penetran a ella por un pequeño canal.

Hemos tenido que tirar el bote a pie, durante casi todo el día, y esto dentro del agua, a causa de los arbustos y de la inundación, pero lo hacemos con gusto, deseando llegar cuanto antes al famoso lago Viedma, que es donde, nos dicen, nace el Santa Cruz. El valle está formado aquí por cascajo y arena traída por los hielos; la cantidad de los trozos erráticos es inmensa y vemos colinas de pedregullo, exclusivamente, a 200 pies sobre el río.

El bote ha tenido que parar en el centro del cauce y fondear en medio de un matorral casi sumergido porque no ha sido posible llegar a tierra a causa de los guadales, donde, a pisar en ellos, gran trabajo hubiéramos tenido para salir.

La corriente velocísima aquí, lo devasta todo y habiéndose desviado en parte el curso del río, este está sembrado de rápidos. Su aspecto desde la barranca, casi me ha desalentado en un principio, pero esos penachos blancos que saltan sobre las matas, con ruido que abruma, esas líneas de corrientes blancas, que van arrastrándolo todo y que debemos resolvernos a atacar, so pena de suspender la marcha, no nos han arredrado y hemos emprendido la tarea de combatirlas con la pala, el remo y la sirga, exponiéndonos a perdernos antes que retroceder.

Un espectador impasible, que mirara la escena que se desarrolla en el centro de esta vuelta, dominada por barrancas a pique de las cuales se desploman grandes fragmentos al venir las avalanchas de la corriente, y donde el bote y sus tripulantes tratan valientemente de vencer los obstáculos, hubiera creído empresa de locos, el trabajo que estamos haciendo; desnudos, con el medio cuerpo en el agua helada, con la cabeza calentada por el ardiente sol, arrastramos la blanca embarcación sin nombre, que lentamente avanza, gracias a los esfuerzos que trae consigo una pequeña ambición de gloria.

A la noche, el mismo espectador, atónito, hubiera visto la misma embarcación, inmóvil, fondeada en el centro del río, iluminada por rojas hogueras, fantásticas luminarias con que alumbramos el veloz Santa Cruz, encendiendo las copas de los arbustos a mitad inundados. Es un mágico espectáculo el que nos proporcionan esta noche los rayos que serpentean sobre las aguas que bajan.

Febrero 11.—Entre las bancadas del bote o entre los arbustos, encogidos como aves de rapiña, dormimos esta noche pasada, sin acordarnos que el menor cambio de la corriente nos hubiera arrastrado a la muerte.

Hemos dejado atrás las huellas de las canoas de Fitz-Roy y vamos siguiendo las del guigue de Feilberg, quien más feliz que yo, no tuvo que luchar con esta gran inundación, y esto es consuelo grande; los colores argentinos son los únicos que han flameado en estos parajes, pero es deber nuestro llevarlos aún más adelante y con provecho.

Esta vuelta del Santa Cruz, prolongada en apariencia por un gran bajo que a primera vista parece ser el cauce del río, pues la bordean barrancas escarpadas que se internan al sur hasta perderse entre elevados cerros, fue, como ya he dicho, lo que indujo a Fitz-Roy a no continuar el viaje por agua; a nosotros también nos ha desconsolado durante todo el día, hasta que en un momento en que podemos atracar a la costa sur, distinguimos desde lo alto de la muralla el curso del río, que a pocas cuadras de allí desciende rápidamente desde el oeste, por entre barrancas muy aproximadas, lo que nos indica que el gran bajo que nos ha alarmado es solo un antiguo cauce. En esta vuelta, inmensa S. bordeada de barrancas escarpadas unas veces, otras de pantanos, es donde mi tripulación demuestra su resistencia tenaz y no desmaya en el penosísimo trabajo de diez y seis horas consecutivas, durante las cuales sólo adelantamos a rumbo cuatrocientos metros. Pasados estos, nos encontramos en la «Llanura Misteriosa», próxima al lago, que debe estar ocultado por las grandes humaredas producidas por incendios de bosques andinos. Esta inmensa hoguera de leguas, nos oculta hoy toda la falda sud-oeste de la cordillera y no nos permite orientarnos con sus montañas.

Febrero 12.—Continúa el trabajo para concluir la vuelta, lo que conseguimos a mediodía, acampando en la margen norte, en el paraje donde el río desemboca, descendiendo casi recto del oeste. En el gran bajo hemos encontrado un arroyo angosto, muy correntoso, que corre en el centro de un pequeño valle bastante fértil que se alterna con médanos y grandes extensiones de cantos rodados por donde el agua salta bulliciosa. Este bajo, como ya lo he dicho, es el cauce de un gran río antiguo aunque menos profundo que el Santa Cruz. Debió ser alimentado en lejanos tiempos por las aguas y las nieves de las montañas terciarias y basálticas que se elevan al sur a una altura mayor de tres mil pies, negras, pardas y todas áridas. Llamo a este pequeño curso de agua «Arroyo del Bote» en recuerdo de la embarcación que tripulamos.

Ni ayer ni hoy hemos comido carne, y sí, sólo algunas galletas y dos cajas de sardinas con fariña frita en grasa de avestruz.

Salgo a pie a recorrer las inmediaciones y a contemplar otra vez más la vuelta que nos ha costado gran trabajo en salvar; la llanura alta está sembrada de gruesas piedras y hay puntos en que parece que la mano del hombre ha contribuído a elevar los montones que el hielo ha formado. Más de una vez me he engañado creyendo tener delante un cairn, donde Fitz-Roy y Darwin hubieran dejado testimonio de su llegada hasta aquí. En las cumbres de algunas colinas se ven inmensas piedras erráticas, que semejan monumentos sepulcrales, tumbas de antiguos héroes que la idea transporta desde las Galias heroicas al despoblado desierto austral. En el paradero he hecho repetidas observaciones termométricas, para averiguar por medio del grado de ebullición del agua la altura del terreno sobre el nivel del mar, las que me han dado un término medio de 392 pies, altura que concuerda bastante con la observada en estas inmediaciones por Fitz-Roy, y que, comparándolas con las que he verificado en otros puntos, me dan la creencia de que el río no es uniforme en su descenso gradual, sino que hay puntos en que la diferencia de nivel, en un espacio dado, es menor o mayor. Esto también puede corroborarse por la variación en la velocidad de las correntadas.

Febrero 13.—Caminamos; el río desciende por un cauce angosto con barrancas bastante elevadas, algunas de ellas a pique. Al principio es un verdadero rápido, pero poco a poco la corriente disminuye en velocidad hasta alcanzar a lo más cuatro millas, tanto que nos permite adelantar con los remos y el bichero, durante gran parte del trayecto. Paramos después de caminar unas seis millas a rumbo, habiendo encontrado sólo pequeñas vueltas. Nuestro campamento se instala en un pequeño desplayado donde abunda el pasto suficiente para la caballada, y donde, en las orillas, encontramos muchos trozos de madera de los bosques de la cordillera, que pueden servirnos para arreglar las carpas, pues el tiempo amenaza.

Luego que queda arreglado el campamento de manera que la tormenta no nos ocasione perjuicios, monto a caballo y sigo al oeste en busca del lago, del cual debemos encontrarnos próximos a juzgar por el aspecto de las montañas. A ambos lados el triste valle está limitado por mesetas escalonadas que se elevan hasta cerca de mil metros, pero a cierta distancia, al N. O. se distingue un claro al pie del descenso de una colina, lo que me hace presumir la presencia, allí de un río. Más al oeste, las montañas vuelven a aparecer, más rugosas, hasta Castle Hill, y en el fondo, anteponiéndose a la cordillera, limitan el horizonte grandes macisos de cerros menos elevados que ella; al S. O. hay mesetas semejantes a las del norte y en el centro, un gran bajo, envuelto en el humo de los incendios, denuncia el lago.

Me parece que este es el punto donde Fitz-Roy, en su última excursión a pie, hizo su observación de altura, y llamó a la comarca que en la estación de nieblas se desarrollaba, desconocida frente a él y la cual no podía desvelar, «Llanura del Misterio».

Mirando hacia el oeste, sobre el montón de rocas, me imagino que tristes reflexiones harían y con qué disgusto retrocederían los infatigables exploradores de 1834, al verse obligados por la necesidad a suspender la marcha adelante; me impresiona el pensar a qué corta distancia del lago almorzaron Fitz-Roy y Darwin, seguramente bien tristes, tratando de indagar con la mirada los nebulosos horizontes del oeste antes de volver hacia atrás.

Estos recuerdes y presunciones atenúan bastante mi contento al encontrarme en el último paradero de mis predecesores ingleses y con mayores elementos que ellos, para seguir adelante.

De este punto continúo recto al oeste; el camino mejora aunque el terreno es en extremo pedregoso y los trozos erráticos innumerables, habiendo alguno de extraordinario tamaño.

Las colinas glaciales que forman el valle del Santa Cruz y algunos mamelones terciarios que en otro tiempo fueron islas, se acercan más unas de otras y van descendiendo gradualmente hasta un bajo lleno de graneles médanos, semejantes a los que ocupan las orillas del Atlántico en la provincia de Buenos Aires; unos tienen sus flancos desnudos, otros son sombreados por inmensos matorrales de berberis, en fruta, la que se halla en tal abundancia qué hace tomar a las matas un color azul-morado, y en las cuales sacio mi apetito bastante sensible. Esta fruta es excelente y en extremo agradable y los indios que van a los bosques de la cordillera a cortar palos para los toldos, se alimentan únicamente de ellas, cuando la carne les falta.

Entre estos médanos se ven pequeñas playas, desnudas y cubiertas de cascajo o pobladas de pasto amarillento felposo que le comunica un reflejo pintoresco, aumentado con la presencia de tropas de guanacos que pastan en ellas, mientras los avestruces atacan gozosos, sin piedad, las moradas guindas del calafate, sin fijarse que un hombre los mira de cerca, contemplándoles en su natural libertad. Mi presencia alarma las bandadas de rojos pechos colorados, que vuelan chillando, a mi aproximación; alborotan a los tranquilos dueños del arenoso anfiteatro y un relincho del caballo llena de espanto a la temerosa cuadrilla de guanacos que cruza y recruza delante de mí, sin atinar a alejarse mientras los avestruces desplegando vaporosos sus pequeñas alas, describen curvas y círculos en sus raídas gambetas, hundiendo sus patas en la arena, al tiempo que un piche calmoso, trata de huir, escalando en vano un médano.

El aire ha refrescado; hay olor de agua, y un ruido cercano, halagador en extremo y que revela olas que baten contra rocas, me hace olvidar todo lo anterior.

Nada puede expresar mi entusiasmo en estos momentos en que el caballo asciende y desciende jadeando, la cadena de médanos, aguijoneado por la espuela, hasta caer extenuado en un pozo o embudo formado por el remolino de viento entre la arena movediza. El ruido es mucho más sensible, pues parece que detrás del médano choca el agua, ya se oye el ruido del cascajo que rueda a su impulso; trepo la oleada de arena y encuentro al grandioso lago, que ostenta toda su grandeza hacia el oeste. Es un espectáculo impagable y comprendo que no merece siquiera mención lo que hemos trabajado para presenciarlo — todo lo olvido ante él. Las aguas azules-verdosas, penacheadas por las corrientes, vienen ondulando a desparramarse sobre estas playas. Moviéndose a la distancia vese un cristalino témpano que balancea, fantástico, su blanco castillo, en las profundas aguas del centro que minan su base, mientras que el sol radiante, derrite manchones de nieve nueva sobre la elevada cumbre de «Castle Hill», inmensa fortaleza geológica destruída por el tiempo.

Un día más de trabajo y veremos flotando nuestro bote en las aguas de este mar interior, dulce, claro y profundo, alimentado por los derrites de los grandes ventisqueros.

Es deber mío ir a denunciar a los compañeros la buena nueva, y arrancándome a la contemplación que me absorbe, desde el médano árido, ante el espléndido panorama que se desarrolla frente a mí, me alejo, no sin haber penetrado en el agua a caballo, mojándome todo lo posible; pueril satisfacción de un deseo largo tiempo arraigado.

Siguiendo la costa medanosa encuentro la naciente del Santa Cruz, en la que, por un ancho canal, descarga el lago sus siempre aumentadas aguas, por entre grandes trozos erráticos, sobre los cuales las corrientes se estrellan con ruido atronador, pero que sin embargo, halaga mi oído.

En la entrada del lago he encontrado, elevado sobre un médano, un remo que conserva en su extremo restos de una bandera. Es el pabellón argentino que dejó flameando el subteniente Feilberg en el punto más lejano que él alcanzó en su exploración. Atada al remo recojo una botella que contiene el documento que demuestra la feliz realización de la primera expedición nacional llevada a este punto. Con su lectura espero dar un gran gozo a mi tripulación, pues es la prueba, irrefutable por ella, de que está cerca el punto donde terminarán las fatigas del remolque por el Santa Cruz para lanzarse en medio de las aguas desconocidas del anchuroso lago.

Al regresar por sobre la barranca, elevada de más de doscientos pies sobre el río, en una pequeña rinconada formada por una vuelta rápida, encuentro grandes trozos erráticos, los mayores que he visto hasta ahora, uno de los cuales, desde lejos, parece un edificio arruinado. Esa inmensa mole de roca cuarzosa situada a esa elevación, en medio de una meseta terciaria y cascajo extraña a la formación petrográfica del citado trozo, es una de las pruebas más evidentes que se encuentran en estas regiones de la antigua inmersión del valle, entonces inmenso río y donde flotaban témpanos tan grandes que podían transportar monolitos de más de quinientos metros cúbicos, como el que me ocupo.

A la tarde llego al campamento donde la buena nueva es recibida con gran gozo. Isidoro ha boleado un avestruz el que llenamos de piedras, asamos y devoramos contentos. La tormenta que nos alarmó se ha disipado sin causar daño al campamento, habiéndose reducido a un simple chubasco.

Febrero 14.—La aurora pálida del día nebuloso nos encuentra ya levantados y listos para continuar la marcha que se vuelve difícil porque la corriente ha aumentado y encontramos barrancas a pique, donde infinidad de cóndores que anidan en sus grietas inexpugnables, chillan cuando pasamos al pie de ellas.

La vuelta que he mencionado ayer, en el punto donde están los trozos transportados, nos detiene algún tiempo por estar casi inundada y por formar el río una curva tan pronunciada, que aparentemente desciende del este. A las doce la cruzamos y a una milla de distancia al oeste, nos detenemos para tratar de cazar unos guanacos que se presentan en la orilla sur, y que, muy confiados, nos miran con curiosidad. Herido uno de ellos, nos da gran trabajo para agarrarlo y cuando no puede disparar más que los que lo perseguimos a pie, se arroja al río y puede cruzarlo, muriendo frente a la barranca del norte.

A las cuatro de la tarde, los que vamos tirando de la cuerda que remolca el bote, divisamos el lago, en momentos en que hacemos grandes esfuerzos para cruzar un rápido producido por el derrumbe de un barranco elevado. La alegría rebosa y se refleja en nuestras caras. Rozando las piedras donde las aguas furiosas se estrellan, adelantamos por entre enmarañados matorrales hasta un pequeño remanso, donde al cuidado de los marineros, dejo amarrado el bote, mientras Moyano, Estrella y yo, vamos por tierra en busca del punto por donde debemos hacer nuestra entrada al lago.

Todo nos halaga: el día baña con luz nítida, las aguas tranquilas o agitadas contra las rocas; el sol brilla en todo su esplendor purpureando las quebradas lejanas y dorando las crestas con sus rayos. La vista se recrea y el corazón se expande, y para que el regocijo sea completo, encuentro bajo una hermosa mata de calafate, de la cual cuelgan los más exquisitos frutos de esta clase que he conocido, algunos cuchillos de piedra. El antiguo patagón también ha tenido la suerte de admirar este majestuoso panorama; sus cacerías han tenido lugar ante él.

Las corrientes del lago se unen al llegar al principio del desagüe del río, donde creo que hay algún banco escondido, a juzgar por unos trozos erráticos que se distinguen, elevándose de la superficie, bañados y batidos siempre por las olas y forman un solo hilo sumamente veloz, pero de corto ancho. Aprovechamos ese punto para cruzar al norte, lo que conseguimos, no sin habernos balanceado en grande, al llegar a las corrientes, en las que penetramos, dándoles la proa a causa de su potencia. Nuestra buena suerte nos hace entrar en un gran remanso, que nos lleva hacia el lago en vez de alejarnos de él, tanto que, casi sin necesidad de remos, podemos poner en tierra al Sr. Moyano, que a caballo, debe ir en busca del guanaco muerto, el que, dada nuestra escasez de provisiones, no podemos dejar que sea aprovechado por los cóndores.

Sólo quedamos con el bote, Estrella, los dos marineros y yo, para hacerlo penetrar en el lago, doblando la punta que forma la entrada norte, a la que he bautizado con el nombre de Feilberg.

Después de dos horas de trabajo conseguimos doblar la punta y descansar un momento, bebiendo el agua del lago, y varar el bote en el cascajo fino al pie del médano donde Feilberg elevó la bandera.

El lago está cubierto en parte por el humo del gran incendio de las montañas del sur; las blancas crestas de los Andes muestran, de cuando en cuando, sus nevadas y azules cumbres, sobre el horizonte plomizo; pero es imposible distinguir la gran cordillera en toda su majestad, a causa de las nubes que se han agolpado sobre ella. El cielo se ha convertido en espléndida paleta de la luz artista; los renegridos chubascos que asoman cerca de Castle-Hill contrastan con blancos cúmulus, que se forman y se disipan, cual enormes capullos de nieve, a media altura de las montañas; cirrus purpurinos parecen reflejar en lo alto las ondulaciones del lago, y de vez en cuando, una rajadura entre las estratas, permite ver el azul oscuro del cielo. La esfera que se hunde entre dos picos, cuyas agujas doradas cruzan las nubes, enrojece entre las grandes sombras de los cerros las aguas verde-azuladas del lago, y baña con sus luces la punta donde, sobre un médano cubierto de pasto claro que amarillea ondulando, he elevado la bandera.

Este es un momento que no olvidaré: Moyano, Isidoro y Abelardo han llegado; los dos primeros trayendo la caza sobre el caballo; la tropilla baja gozosa a beber en las aguas del lago, mientras los perros ladran a las olas y a los pequeños palos que ellas arrastran. Los tripulantes, dentro del agua, rodean la ballenera, para sacarla fuera, aprovechando los últimos rayos que destacan la blancura de ella, del azul del lago y de la amarillenta arena vidriada.

El tiempo es de una dulzura inexplicable, en el sitio en que nos encontramos, mientras que a lo lejos los chubascos y el incendio desvastan la región aún misteriosa. Todos estamos impresionados; todo ejerce sobre nosotros una sensación inexplicable de bienestar y gozamos de este espectáculo que por más previsto que nos haya sido, lo encontramos nuevo, pues ninguno de nosotros imaginó la salvaje grandeza del lago, digno de la salvaje aridez del desierto que hemos cruzado. En las provisiones vienen dos botellas de cognac; destapo una de ellas y doy una ración a cada hombre, y todos, sin consultárnoslo, brindamos por la patria, cuyo recuerdo nos ha dado ánimo para llegar hasta aquí.

El pequeño grupo que con la cabeza descubierta, rodea la bandera sobre el árido médano, promete cumplir con su deber y seguir adelante, mientras los escasos recursos lo permitan.

Pasamos el resto de la tarde en festín, regado, no por el vino, sino por el agua del lago, que preferiríamos, a tenerlo, al más exquisito champagne Piche, avestruz, guanaco, fariña frita, y de postre dulce de leche, con un buen jarro de café y dos galletas por hombre, forman este banquete, que nos damos en honor del gran acontecimiento del día.

La misma mata de calafate que sirvió de asilo a Feilberg, nos proporciona cómodo abrigo contra el viento que se prepara y que ya agita el lago que muge sordamente. El cansancio del día no da lugar a soñar, ni a formar nuevos castillos, que la experiencia va demostrando ser cada vez más imposibles, y pasamos una noche plácida, durmiendo sobre la blanda arena, arrullados por las olas inmediatas y por el ruido del cascajo que va y vuelve al impulso de ellas.