Viaje a la Patagonia Austral/XII

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EXCURSION HACIA EL NORTE—LAS TOLDERIAS

Febrero 23.—Anoche, mientras el temporal azotaba el lago, caía nieve en abundancia sobre las montañas del sud y sobre la derruída torre de «Castle Hill». Hoy tienen blancas sus cumbres.

El viento continúa con mayor fuerza, pero a la tarde disminuye cambiando al oeste, y los chubascos se suceden con rapidez, prometiendo una noche cruda. Conseguimos descargar el bote, vaciando el cascajo que durante la tempestad han depositado las olas dentro de él y podemos llevarlo, arrastrándolo sobre troncos a un punto seguro; entierro la momia, para que no sea vista por los indios.

Nuestra triste situación no ablanda el corazón de los indios; la pérdida de casi todas nuestras provisiones, no les hace olvidar nuestras promesas de Shehuen-Aiken y me acosan sin cesar, pidiendo el cumplimiento de mi palabra; con harto sentimiento, y para satisfacer mis compromisos, hechos en un momento de entusiasmo, tengo que entregarles la mayor parte de las provisiones que poseemos.

Un momento después reina la alegría en el desamparado campamento, cuando de un pequeño órgano que les regalo, hago brotar poco pretensiosas armonías. Singulares sensaciones les produce la música. Estas melodiosas manifestaciones de la cultura humana agradan sobre manera a los tehuelches; los cuatro que están presentes no saben cómo manifestar su contento al escuchar las alegres cuadrillas francesas.

Doy a los indios un poco del aguardiente que he traído para las colecciones y tenemos fiesta. La madre de Losha, que goza de renombre como gran bebedora, no está contenta con la porción que le doy; incitada por el ardiente licor, quiere beber más; se pone frenética, me ofrece todas sus riquezas, y por último, para halagarme, pretende cederme, en matrimonio, a la novia de Juan! La fueguina Ast'elche, repelente en extremo, decide abandonar a su poco envidiado esposo Bera, pues quiere quedarse con nosotros,—tenemos aguardiente. Estas infernales brujas, repugnantes engendros, degradan la danza, saltando borrachas alrededor del brasilero, que en el paroxismo del terror, se ve rodeado por estas mujeres de caras pintadas de negro y de melenas desgreñadas.

La madre de Losha se empeña, luego que la borrachera va desapareciendo, en comprarme al brasilero;—lo considera apropiado para ayudar a llevar los toldos y ofrece tres yeguas por él. Es escusado decir que el infeliz cree posible la venta y que llora para que no lo esclavice. La fueguina me ha prometido mostrarme carbón de piedra en estos alrededores, pero por más que lo buscamos no lo hallamos. No se da cuenta del paraje donde se encuentra, y más bien creo que equivoca este lago con otro.

Febrero 24.—Temprano, al alba, despido a los indios; no quiero demorarlos porque no tenemos carne que comer desde ayer a la tarde y es imposible obtener caza, pues esta se ha alejado.—Llevan orden de hacer fuegos sobre los cerros para mostrarme el camino que debo seguir en la marcha que voy á emprender a la toldería.

El bote queda a cargo de Francisco Gómez, quien tiene orden de no moverse del punto donde se encuentra; le quedan provisiones abundantes, relativamente, para quince días.

Echamos la tropilla por delante y cruzamos el titulado valle del Santa Cruz; vemos que la gran moraina antigua, donde abundan los grandes trozos erráticos, se halla separada por el cauce de un río seco de la meseta alta que limita el valle por el norte. Este ex-río conserva visibles vestigios de su importancia pasada y él fue sin duda el reemplazante de uno de los brazos del gran ventisquero prehistórico. Así, la moraina citada parece haber sido una moraina central. El suelo en este punto es de un color rojizo amarillento, debido al óxido ferruginoso.

A la meseta, que podría llamársela sierra, pues presenta muy ondulada, se asciende por una pendiente bastante notable cubierta de trozos glaciales, que reposan en ciertos parajes, sobre ricos mantos fosilíferos terciarios. Siguiendo por sobre ella, encontramos una quebrada profunda, que muestra su tortuoso fondo a nuestros pies; las laderas desnudas de los cerros, cuyas bases la forman, presentan las macisas carpas terciarias, grandiosas, perfectamente bien definidas, entre las cuales de tiempo en tiempo se notan rojos manchones, que señalan depósitos de los ocres tan estimados por los indios, que los usan como pinturas para adornar sus facciones y sus quillangos. Este paisaje solitario en extremo y en el cual no se oye otro ruido que el monótono andar de nuestra caballada, encajonado a ambos lados por elevados cerros formados de capas basálticas, tiene algo de los panoramas que han dibujado los infatigables exploradores de las Malas Tierras de los Estados Unidos. Como lo diré más adelante, se nota, en la constitución física de la Patagonia, más de una relación curiosa con las de ciertas regiones de Norte América. Este paraje es un Cañón, aunque sus murallas no son tan perpendiculares y probablemente en sus entrañas petrificadas guarda, también, inmensas riquezas paleontológicas, análogas a las que encontraron, en compensación de sus fatigas, los exploradores de las regiones del norte.

Apenas se ve en este desierto uno que otro guanaco y avestruz intranquilo; de cuando en cuando un zorro salta de entre los matorrales y nos observa, azotando su peluda cola; algunos cóndores nos muestran sus altivas figuras en las negras peñas, o al elevarse, sombrean nuestro camino con sus grandes alas extendidas. Costeamos la ladera de la quebrada, a mitad de ella, lo que nos hace algo penoso el trayecto, pues a cada momento hay que cruzar, descendiendo o ascendiendo, continuamente, los derrames de los cerros.

Ninguno de los cañadones que cruzamos tiene agua en esta estación y ya no es sólo el hambre lo que motiva la marcha apresurada que no me permite examinar tanto objeto nuevo: nos molesta la sed de un día de camino continuo, así es que con gozo distinguimos al anochecer, sobre un elevado cerro, verdes manchas que se destacan de las nieblas que van envolviendo las alturas; son los manantiales que nos han indicado los indios. Después de trepar entre la oscuridad largo rato, acampamos alrededor de uno, que contiene el líquido suficiente para atenuar nuestra sed y la de la caballada. Entre el triste paisaje donde se desarrolla esta verde escena, puede considerarse ella como lujosa; los arbustos son espesos y mullidos y una que otra modesta anémona se distingue en los alrededores de mi lecho herbáceo. Estas plantas nos sirven de débil abrigo contra la gran helada que cae, endureciendo el suelo y congelando las aguas del pozo. El hambre clama, pero no es posible satisfacerla.: tenemos que contentarnos con un poco de café amargo.

Febrero 25.—¡Qué bella madrugada es la de hoy! No ha aclarado completamente y las estrellas, con la claridad de la atmósfera, pues las nubes se han alejado, se ven aún en el espléndido cielo austral; la nieve relumbra con suavidad a nuestro alrededor y nuestro fogón esparce tibios rayos sobre el polvo blanco que cubre nuestros quillangos y el escaso pasto de la ladera. Rato después, al aparecer el día, las vaporosas brumas de la mañana nos envuelven en una atmósfera húmeda y fría y luego graniza; son las rápidas transiciones metereológicas que produce la aparición del calor del día, despues del frío de la noche. La luz nos permite ver inmensos trozos erráticos, pero la capa glacial no parece tener aquí gran espesor, comparándola con la que se encuentra en el valle.

A mediodía llegamos a los toldos, que están situados a 50 kilómetros, más o menos al N. del río Santa Cruz. Los indios han elegido un valle hondo y abrigado, con buenos pastos y mejores manantiales, donde han encontrado una manada de cuarenta caballos salvajes, de los cuales han muerto seis. Estos animales, restos de las antiguas tropas de caballos que en siglos pasados, vagaban salvajes en las pampas de Buenos Aires, viven en estas regiones desde los tiempos que los indios recuerdan.

El amor a la querencia, no es solo patrimonio de los animales domesticados; estos caballos, que hace siglos nacen y mueren en estas regiones poco penetradas, nunca se alejan a gran distancia de ellas. Mis datos no me dicen que un caballo salvaje haya sido visto en las inmediaciones del Atlántico, al sur de la bahía Santa Cruz, y por el contrario se les encuentra siempre en las inmediaciones de la cordillera, pero no esparcidos en grandes extensiones de tierra, sino en lugares determinados. Su principal paradero está situado al sur del lago Argentino, en las regiones que domina el monte Stockes; allí los indios desde hace muchos años, van en verano a cazarlos. Estas alturas también son otros oasis de vida caballar; más de una vez en el silencio de la noche, he sentido el lejano relincho de un potro salvaje. En las alturas de la bahía San Julián, hacia el oeste de dicho punto, los indios me han mencionado otro paradero muy frecuentado por los baguales.

La toldería está dominada por un manto de basalto, que reposa sobre una capa terciaria de cascajo pequeño.

María ha llegado esta madrugada y ha anunciado mi visita; al principio los indios no la han creído, pero las golosinas que le he regalado han probado la verdad de ella y también han contribuido a que se me espere con vivos deseos.

El órgano ha entusiasmado la chusma y desde que me avistan descendiendo las lomadas, el gigante Collohue monta a caballo llevando el instrumento que ya ha aprendido a manejar. Me recibe en la cima de una colina, montado sobre un potro, el que por más que desea, no puede encabritarse con el enorme peso del caballero, y se contenta con rascar frenético el suelo, polvoreando al jinete. Este, con la majestad de un Hércules y con la seriedad de un diplomático, no atiende al enojo del bagual; parece sentado sobre un caballo de piedra, medio oculto por el enorme quillango de 15 cueros de revés amarillo y rojo, y con la calma mayor toca las cuadrillas de «Orphée aux Enfers.» Es quizá la centésima repetición en estos lugares de la popular ópera francesa, cuyos aires hoy no se pierden en el estrecho recinto de un teatro, entre el humo de los fumadores y la gritería del alegre público, sino que tienen un eco grandioso en el sonoro basalto. Pollas desiertas mesetas se expanden las armonías, entre el clamoreo de la indiada que alrededor de los toldos golpea las bocas en señal de regocijo.

A pesar de nuestros regalos, principalmente de las mantas que hago sacudir con Estrella para que sus colores animen a las chinas, encuentro muchos obstáculos para conseguir nuevos caballos con que continuar mi marcha hacia los otros lagos. Sin embargo, después de ruegos y promesas, consigo uno.

Resuelvo parar y tentar de ablandar el corazón de los indios, para obtener los otros tres caballos que necesito. También la estación fría avanza; mi gente no tiene abrigo y hay que hacer negocio para procurar algunas mantas de pieles. De a tres mantas rojas, por un buen quillango, logro conseguir cinco de estos.

Por precaución, he traído conmigo el resto del alcohol destinado para las colecciones; la dama juana que lo contiene está casi vacía y sólo hay en ella dos litros de líquido, pero es lo suficiente, sabiéndolo distribuir, para conseguir de los indios todo cuanto ambicionamos.

Hay que tener, para tratar con ellos, el mismo tino que para los muchachos; hay que tentarlos. Así lo hago, después de agregar al contenido de la damajuana igual cantidad de agua, y doy a Collohue, que es el que más caballos tiene, una pequeña dosis del licor bautizado. Le gusta, lo considera puro, fuerte y no desagradable «como el que los chilenos le han vendido en el Río Gallegos». Este que le doy no le produce dolor de cabeza, «porque es verdadera lama, (bebida pura), sin agua!». Según él, la que venden los comerciantes de Punta Arenas está muy mezclada y enferma a los indios. Collohue me dice que no hay peor cosa que el aguardiente impuro; puede matar a un hombre, el puro sólo emborracha. Como todo es empezar, como lo dice el adagio, pronto la bebida ejerce influencia, benéfica para nosotros, en el cerebro de estos buenos amigos y poco a poco piden más cantidad; satisfago sus deseos, pero cuando llega el momento en que la necesidad imperiosa de beber más, se apodera de ellos, guardo la damajuana. ¡No doy ahora, vendo! y héteme aquí convertido en comerciante falsificador.

El licor que contiene la damajuana ya es agua casi pura, pues no tiene una décima parte de alcohol. Primero compro dos matambres de potro, luego, para no dejar de aprovechar nada, hago repartir por Jonjonia, asado que se condimenta largo rato sobre las brazas. Un pequeño cuerno lleno de aguardiente, que doy a beber a la cocinera, hace su delicia; corta a grandes trozos la carne asada y nos la distribuye a los presentes arrojándola de la misma manera que la que emplean los cazadores cuando reparten alimentos a una numerosa jauría. No hacemos caso de este ceremonial gastronómico sui generis y devoramos las delgadas tiras que nos corresponden y que hemos agarrado en el aire, en contra de los deseos de los perros que aúllan, o se lamen los labios, impacientes, detrás de nosotros. Es curioso observar los ardides de estos canes famélicos, para conseguir un trozo de carne o un hueso. Se acercan, aparentan dormirse; no se quejan si son pisados, pero pobre del indio que se descuida con el pedazo que la china le arroja; antes que pueda recogerlo, el perro "dormido" lo ha agarrado y no lo suelta aún cuando lo maltraten.

Conchingan no bebe, pero los demás indios se entusiasman, y me estrujan; recibo seis o siete puñetazos de amistad; Collohue casi me ahoga abrazándome y llamándome su padre, mientras los pelados, quizá de alegría al ver contentos a sus dueños, me muerden las pantorrillas. Acepto todo, pues he alquilado dos caballos y un petizo, tengo carne para un día más y llevo cinco quillangos para la gente. Esto es más de lo que esperaba obtener. Collohue continúa bebiendo y quiere más licor, pero se resiste a darnos un caballo por lo que me resta. Transigimos por un potrillo y le doy en cambio cuatro litros de agua y la damajuana.

La música del órgano completa la fiesta; la noche nos sorprende escuchando esas modestas armonías que entusiasman tanto a los indios, que hacen poco caso de los sonoros relinchos de los baguales que desde los cerros vecinos llaman las yeguas mansas de la toldería.