Doña Milagros: 03

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Capítulo II
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Creo que ha llegado el momento de decir cuál era el estado de mi familia, o más bien la de mi tribu, cuando bajó del desván la ya arrumbada cuna. Me vivían entonces diez retoños; seis estaban en el cielo. Por mandato de Dios, y ejecutando sus inescrutables designios, la muerte se había cebado en los varones, dejándome casi todas las niñas. Para nueve damas, sólo tenía un galán. Aunque en el curso de estas páginas irá apareciendo mi prole, trazaré una especie de índice cronológico de sus individuos.

Debe decir en elogio de mi hija mayor, Gertrudis o Tula, que poseía las dotes de gobierno de su madre, y aun aquella misma índole suspicaz y algo avinagrada. En lo físico era también muy semejante a Ilda, pero faltábale la beldad correcta y majestuosa que me había hechizado algunos lustros antes. Tenía de mi Ilduara la curva nariz y los ojos grises, el talle recto y las formas angulosas, y su rostro ofrecía semejanzas con la agorera y meditabunda faz de una lechuza. Clara, la segunda, a quien Tula llevaba lo menos cuatro años, ofrecía el mismo tipo, que, según oí decir a un amigo entendido en ciencias de estas de moda, es el de la raza sueva, de la cual se conservan en Galicia muy caracterizados ejemplares: rubia, alta, seria, nariz de caballete, ojos claros, bastante linda; pero no tanto como la que la sigue, María Rosa, en la cual (sin vanidad) prevalecía el tipo paterno; y con no ser el papá ningún Adonis, ella había salido una muchacha notable, fresca como las flores -por lo cual la llamamos Rosa a secas-. Dentro de la diversidad de gustos que inspira los juicios humanos, podía no obstante discutir si la palma de la hermosura, en mi descendencia, tocaba a mi tercer hija o a la cuarta, María Ramona. Rosa tenía en su abono el esplendor de la tez, la perfección y la irreprochable plástica de su cuerpo pero la belleza de María Ramona llegó a ostentar un carácter tan expresivo y tan dramático, que era imposible mirarla con indiferencia. Para especificar el mérito de María Ramona, diré con qué mote la conocíamos. Siendo niña aún, el Penitenciario de Lugo, admirado de su cara pálida y perfecta como la de una imagen, y de sus ojazos guarnecidos con una rejilla de pestañas que parecían plumas de cuervo, la llamó Argos divina, nombre que un librote del siglo pasado da a la Virgen del camarín de la Catedral, más conocida por Nuestra Señora de los ojos grandes.

Estas cuatro, Tula, Clara, Rosa y Argos divina, y la quinta, Constanza, eran las que ya gozaban del fuero de mujeres hechas y derechas. Las demás estaban en la categoría de niñas aún. Después de estos cinco pimpollos femeniles venía el varón, Froilancito, llamado así por devoción al santo patrono de Lugo (excuso decir que en Froilancito tenía yo cifradas mis esperanzas todas). Seguía a Froilán una niña muy revoltosa y diabólica, extravagante, mimosa, a quien conocíamos con el nombre de la primera de las virtudes teologales, Fe; por lo cual sus hermanas, empeñadas en hacerla rabiar siempre, no la llamaban más que Feíta (y la verdad es que no se pasaba de hermosa). Había luego dos chicuelas, Rosario y Mizucha (diminutivo de Mercedes), y, por último, el grupo de mi familia remataba, como esos racimos humanos que en los circos forman los gimnastas, en un saladísimo angelón la hembra de cinco años, que por haber caído su venida al mundo días antes o después de las Candelas, respondía al bonito y comprometido nombre de Pura. Los intervalos entre estos retoños los habían llenado diferentes malos partos, y los ángeles que perdí.

Del trabajo que costaba al familión encontrar casa donde alojarse, no hablaría aquí si no fuese por observar de paso que uno de los ramos más caros en Marineda es el de alquileres. Cuando por última vez bajo del desván la cuna, habitábamos una de las casas acabadas de construir en el Páramo de Solares, que unía al barrio de Arriba con el de Abajo y ya iba trocando el antiguo nombre por el de Plaza de Marihernández, pues tenía los lados de su rectángulo casi guarnecidos de construcciones, entre las cuales se contaba la casa de Correos, con su esquinal siempre helado, siempre barrido por la ventolera furiosa. Pertenecen las casas nuevas del páramo a esa clase de edificios que, pactando secretamente con el genio de la molestia y de la mezquindad, levantan el bienestar de oropel y el engañoso lujo moderno. El portal, embaldosado con rombos de mármol negro y blanco, ostentaba una portería ilusoria, pues no había ocurrido jamás que el infeliz visitador pudiese averiguar en ella dato alguno que le ahorrase la ascensión de los seis pisos. Estos se contaban con las falaces y sutiles distinciones madrileñas, destinadas a halagar la vanidad de los inquilinos haciéndoles tragar que viven en un segundo cuando realmente habitan un sexto. Para fomento de la susodicha vanidad, no faltaba mucho medallón de yeso, mucho rodapié pintado, mucho barniz, mucho chinero en el comedor, mucho papel estampado, mucha alcoba estucadita, y, en fin, mucho de todo eso que remeda la comodidad y aun la elegancia. En cambio, la distribución era lastimosa; los dormitorios estaban sacrificados al quiero y no puedo de la sala y el gabinete; los tabiques, mejor que a salvaguardar la independencia y el aislamiento que aun en el seno de la familia reclaman el pudor y la dignidad del individuo, parecían llamados a servir de conducto acústico, de tal manera se oía todo al través de ellos; en la antesala tenía que pedir permiso el que entraba al que abría la puerta, por no caber los dos juntos, y los pasillos, más que pasillos, semejaban intestinos ciegos. De las estrecheces de otras piezas muy necesarias, nada quiero decir sino que eran ocasionadas a percances harto ridículos. En lo que se había corrido el arquitecto, era en la altura de techos, haciéndola tan disparatada y fuera de proporción con la importancia de la vivienda, que yo pensaba para mí la gran lástima que era no poder tumbar nuestro piso dejándole de ancho lo que tenía de alto, y lamentaba que las camas de los niños no pudiesen ponerse como jaulas de pájaros, colgadas de las paredes.

Dos resultados daba esta altura de techos descomunal: el primero, que no había cortinas que alcanzasen y a todas fue preciso añadir una especie de volante o faldamentas; el segundo, que la cantidad de escaleras que subíamos para llegar a nuestro domicilio era capaz de poner enfermo del corazón a quien más sano lo tuviese. ¡Ah! Esto de la casa me había dado y siguió dándome mucho en qué pensar. Imaginé mil veces que la angostura en que vivíamos tuvo bastante culpa de habérsele agriado el genio a Ilduara. No hay nada que impaciente como vivir estrecho, físicamente comprimido. Y ese malestar lo habíamos de sentir doble los que veníamos de un pueblo como Lugo, más atrasado y barato que Marineda, y donde por ínfima renta se podía disfrutar de un caserón. Si mis hijas se conformasen con irse a vivir al Barrio de Arriba, la parte antigua y aristocrática de Marineda, podríamos encontrar refugio en algún edificio viejo, más o menos destartalado -pocos van quedando ya, pues Marineda se reconstruye toda de unos treinta años a esta parte-. ¡Pero váyales usted con eso a las niñas; impóngales usted que habiten en aquellos barrios desiertos, en la melancólica zona que comprende el Hospital militar, las iglesias románicas y el triste Jardín de amarillentas flores, colgado sobre el mar como un nido de gaviota y adornado, en vez de fuentes y estatuas, con un sepulcro! No hubo más remedio sino ir acercándose al Barrio de Abajo, centro del comercio, de las distracciones y de la vida marinedina. Lo que decían las pobres muchachas: -Si una no puede salir, al menos se asoma a la galería y ve pasar la gente-. Para complacerlas, nos apretamos y nos desprendimos de los pocos muebles que aún recordaban los esplendores de la casa solariega. ¡Ay! ¡Qué desplumado se iba quedando el aguilucho aquel de nuestro blasón!

Así vivíamos, como sardina en banasta. Para mí, la civilización, los adelantos de la edad moderna, tomaron desde el primer distante forma... ¿cómo diré? forma asfixiadora. En Villalba y Lugo, sobrábale a nuestro cuerpo espacio donde moverse, aire que respirar, alimentos con que sustentarse y leña para quemar durante el invierno. En Marineda todo venía con estrecha medida y tasa, todo mermado por la angustia del bolsillo, que se echaba a temblar ante las cuentas. Ilduara solía repetir: ¡tiento!, ¡mucho tiento! Ninguna de estas circunstancias era a propósito para reconciliarme con la nueva vida. Mas si a todo me avenía con tal que no se alterase la paz doméstica, en un punto no supe allanarme a las circunstancias, y si en este punto me contrariasen, capaz sería de dar al traste con mi condición bonachona y de lanzarme a la revolución. Este punto era... convengo en la puerilidad del caso... que yo no quise, no pude, no supe acostumbrarme al pan marinedino, amasado con harinas de afuera, importadas de Santander. En balde me objetaban que peor era aún el agua que el pan; que este, en suma, si no por exquisito, pasaba por tolerable; yo lo declaraba un asco, un veneno, y le echaba la culpa de todas las enfermedades novísimas -tuberculosis, difteria, reblandecimiento, diabetes-. No me dijesen a mí: ¿pues quién oyó, veinte años hace, mentar semejantes padecimientos? Cuando se comía el honrado trigo mariñán y el no menos honrado centeno montañés, nadie padecía de esas enfermedades solapadas y traidores. Fiel a mi convicción, todos los miércoles y sábados, que son en Marineda los días de mercado, una panadera rural, venida desde la inmediata aldeíta de la Erbeda, a lomos de ágil borriquillo, entregaba en mi casa un reverendo mollete, cortezudo, bazo, a medio cocer, para que pesase más; y al hincarle el diente, no me trocara yo por el rey de España. Sería un capricho mío esto del pan de la Erbeda, pero también podría ser el instinto del propietario territorial, que en la introducción de las harinas forasteras presentía la quiebra de nuestros míseros cereales.

No fue este el único alarde de independencia, la única manifestación de personalidad que me permití, a riesgo de concitar las iras de mi Ilduara. A la verdad, tampoco quisiera que se creyese que Ilduara no me consentía, con su cuenta y razón, hacer mi gusto. Yo había contraído el hábito de entretener parte de la noche en la Sociedad de Amigos de Marineda. ¡Sombra de mi Ilduara, no te vuelvas hacia mí, ceñuda y destellando indignación! Lo que me llevaba allí era el profundo e inefable deseo de libertad.

¡Oh nombre dulce entre todos, qué música misteriosa encerrarán tus tres sílabas para que así hechices nuestra alma! Es evidente, y lo afirmo con sinceridad de hombre de bien, que yo no tenía ni quería tener pensamiento, palabra ni obra cuyo último fin no fuesen las cuatro paredes de mi hogar; que al encerrar en él mis aspiraciones encerré también mi ternura; que por cuanto oro hay en el mundo, no rompería un solo eslabón de la sagrada cadena que me echaban al cuello mis deberes de esposo y padre. Pues con ser esto tanta verdad, no lo es menos que la cadena que no quería romper, me encantaba levantarla un ratito y no sentir su peso; que ese hogar donde tenía depositado acendradísimo amor, me hacía feliz perderlo de vista dos o tres horas; y que, fanático de mi casa, me gustaba la Sociedad de los Amigos porque... porque no era mi casa, precisamente.

Reflexionando sobre los casinos, círculos y sociedades, he caído en la cuenta de que, con mis gravísimos defectos ¡vaya si son graves!, tienen ventajas suficientes para que no se deba pensar en suprimirlos, (al menos mientras no se perfeccione bastante la institución matrimonial); y entre ellas, la de hacerlo a uno olvidar las penalidades domésticas. A los pobres diablos como yo, que ni se pueden solazar con las grandes concepciones del arte ni chapuzarse hasta la coronilla en las hondas corrientes de la ciencia, y tampoco han de buscar en el trabajo manual la fatiga que trae la sedación del sueño, quíteles usted esta válvula, y capaces son de pegar un estallido. ¿Quién sabe? Si las mujeres pudiesen gozar del mismo desahogo, quizá no tomase nunca su carácter la acritud y displicencia que desgraciadamente adquirió el de mi esposa. El encierro atiranta los nervios. La familia, foco dulcísimo de calor, pero que a veces tuesta y sofoca, para los hombres tiene una ventanita que da aire respirable. Sin ese aire, la atmósfera se carga, la electricidad se condensa y la tormenta es inminente.

Con anuencia tácita de mi esposa, pasaba yo en la Sociedad de Amigos unas horitas algo retasadas, pero entretenidas, aperitivas, excitantes hasta por el estímulo de la oposición y contrariedad entre mi genio y el de la mayor parte de los concurrentes a aquel Centro, -el que en Marineda reunía más gente granada por lo cual tenía sus ínfulas y se preciaba de no admitir a cualquiera-. Yo allí me sentía bien, aun cuando experimentaba, en lo moral, una impresión parecida a la que en lo físico me causaba el ponerme delante de un espejo: encontrábame algo anticuado, retrasado en ideas y gustos, y muy distante del aplomo, resolución, dogmatismo de opiniones y arrojo en la lucha por la existencia que creía notar en los demás. Por eso en las discusiones me mostraba tímido: apenas me atrevía a meter cucharada, prefiriendo los apartes en la sala de lectura o en algún sofá, a las grandes polémicas en que terciaban, hablando a voces y sin entenderse, más de una docena de socios.

En aquellas grescas cotidianas, que siempre tenían por origen cualquier futesa, -pues no he visto discutir sobre la punta de un alfiler como allí se discutía- no dejaba de divertirme el papel de escucha; y más si se discutiese con modo, y no tan aturdidamente, que no valían argumentos ni razones y se llevaba el gato al agua quien vociferase más. Gimnasia de pulmones y derroches de laringe. Otra cosa desagradable: allí se hablaba con libertad excesiva, por no decir con soberana desvergüenza. Todas las interjecciones y palabrotas del idioma español salían a relucir; el anfiteatro de disección estaba siempre abierto, siempre preparadas las mesas y afilados los escalpelos y bisturíes. Allí se contaba, se comentaba y se exageraba cuanto ocurría en Marineda: las honras se hacían añicos, las más veces sin dañino propósito, bien como las olas del mar, por la sola virtud de su maquinal embate, minan los cimientos de una torre. Falta de miramiento es lo que había en la Sociedad de Amigos de Marineda y en otros muchos centros análogos. Y entiéndase que esta palabra miramiento, que yo empleo muy a menudo, encierra multitud de conceptos; es la fórmula del respeto a infinidad de cosas respetables, que la gente moderna propende a desacatar: honra de la mujer, creencias religiosas, principio de autoridad en las sociedades y las familias... sacras ideas en las cuales se funda muestra vida moral. Lo confieso: si generalmente procuraba oír como quien oye llover las atrocidades que se decían en la Sociedad, a veces también montaba en cólera y protestaba indignado. Y estos breves momentos de enojo (véase qué extraña es la condición humana) eran de lo que más me apegaba al salón de los Amigos. En mi hogar sólo tenía el derecho de enfadarse mi dulce costilla. Siquiera en la Sociedad me dejaban derramar la bilis. En tales momentos me creía más hombre. ¡Qué descansado me quedaba después, y con cuánto alivio subía las escaleras de mi casa!

Sí; la Sociedad de Amigos había llegado a serme tan indispensable como el aire que respiramos. ¿Dónde sino allí encontraba yo a los cuatro o seis conocidos que ayudaban con su amena conversación a disipar las sombras que acumulaban en mi espíritu las inevitables preocupaciones caseras? ¿Cómo evaluar la suma de bien que me hacían las sensatas razones de Mauro Pareja, a quien propios y extraños conocen por el Abad; las lucubraciones profundas de Arturito Cáñamo, lumbrera de la ciencia penal española; las graciosas chifladuras del insigne matemático Díaz del Alimón; la inspiración irrestañable del frondoso poeta Ciriano de la Luna, y las donosísimas humoradas de Primo Cova, siempre oportuno y regocijado, capaz de extraer el bálsamo de la risa de las tablas de un ataúd? ¡Oh caros contertulios, cuánto os ha debido de consuelo mi atribulado espíritu durante los momentos de angustia que sobran en este valle de lágrimas!

Aunque no aparezca bullicioso, soy sociable, amigo de la conversación y de la broma; desde mis tiempos de estudiante me acostumbré a la pandilla, al compañerismo, a vivir de prestado sobre la alegría, la cháchara y el buen humor ajeno, y nunca se ha apoderado de mí la negra misantropía, el tedio de la humanidad. Y no omitiré, entre los encantos que para mí tenía la Sociedad de Amigos, la relativa anchura de sus salones, comparada con la exigüidad de mi vivienda. Por último... en la Sociedad de Amigos yo satisfacía un hábito vicioso, el único, según creo, que se ha aposentado en mi alma: mi afición al tresillo.


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