El Tempe Argentino: 22

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


Capítulo XX[editar]

El sepulturero, el cáustico, el crepitante, el éntimo y los luminosos


Al lado del mante religioso, dedicado piadosamente, según la creencia popular, a la vida contemplativa debemos colocar al sepulturero, insecto exclusivamente consagrado a enterrar los muertos.

Los necróforos, o escarabajos sepultureros, parecen destinados por la naturaleza para purgar la tierra de los despojos que la ensucian y cuyas emanaciones contribuyen a viciar el aire, pues no tienen más ocupación que la de enterrar los restos animales y aún los cadáveres enteros de pequeños mamíferos y reptiles. Organizados para llenar este objeto, están dotados de un olfato tan delicado, que al instante se reúnen en gran número al olor lejano de la carne mortecina; y apenas se puede explicar cómo unos animalitos tan pequeños (de media pulgada) puedan sepultar en pocas horas una rata, o una gallina entera. Cavan con afán debajo del cadáver, de modo que éste se va hundiendo por su propio peso, hasta que llegando a suficiente profundidad, los enterradores terminan su obra cubriéndolo con la tierra extraída del hoyo o sepultura. Dudo que este escarabajo, en su estado perfecto, se alimente con las materias pútridas que maneja; las enterrará para asegurar la empolladura de sus huevos y la nutrición de sus crías. A los pocos días nacen las larvas: que son unos gusanos blancos, provistos de patas cortas y poderosas mandíbulas. Para pasar al estado de ninfas, ellos mismos se entierran más profundamente; se fabrican con tierra amasada con su saliva una celda oval, y después de algún tiempo de encierro, salen transformadas en escarabajos para seguir el ejercicio de sus predecesores.

El color fúnebre del sepulturero coincide con su oficio; y es notable como, a pesar de una ocupación tan sucia, pueda este insecto conservarse siempre limpio y sin olor.

Aunque el mamboretá y el necróforo no recrean nuestra vista por sus formas ni colores, dan pábulo a la meditación del filósofo y despiertan la atención del vulgo con sus singulares facultades y habitudes, y son, asi mismo, animalillos útiles que se acercan a la habitación del hombre para prestarle sus servicios. No así las pintadas mariposas y tantos coleópteros, que nos seducen con su belleza, superando en brillo y variedad a las mismas flores; pues, aunque generalmente inofensivos en su nueva existencia aérea, son ellos los que producen los innumerables gusanos, orugas o isocas, rastreras y voraces que deshojan los árboles; talan las huertas, taladran nuestros muebles, roen nuestros vestidos y enferman a los ganados.

Las mariposas del delta, son lindas y variadas, vestidas de plata, oro y terciopelo de todos los colores; aunque no para formar colecciones tan hermosas y ricas como con los espléndidos lepidópteros de latitudes más elevadas. Podemos incluir entre los elegantes, por su figura y sus libreas matizadas, varias especies de carábicos, de las cuales dos merecen especial mención por la singularidad de sus propiedades: el cáustico o bicho moro y el crepitante. El primero, es fitófago muy voraz, de color cenizo, punteado de negro; cuando se le agarra, vierte por la boca y trasuda por todas las coyunturas un licor amarilloso, acre y cáustico, que causa ardor y rubefacción en las personas de cutis delicado. Nuestros farmacéuticos parece que lo emplean como equivalente de la cantárida; y tiene la ventaja de no ser ponzoñoso. [1].

El crepitante, insecto análogo al cárabo petardo de Europa, tiene una arma semejante a la del zorrino o mofeta; cuando se ve perseguido produce por el ano una explosión o estallido, lanzando un gas como humo, de un olor fuerte, parecido al del álcali volátil; y puede repetir la descarga muchas veces seguidas.

Los coleópteros del género cárabo nos hacen grandes servicios devorando las babosas y muchos insectos y orugas que atacan las plantas. Los cárabos se distinguen por su forma prolongada, por sus patas largas y fuertes, siempre dispuestas para la carrera, y por sus antenas delgadas. Entre los coleópteros, hay esmaltados coprófagos o acatangas, capricornios de vivísimos colores, y crisomelas o vaquitas de cuerpo redondo y deprimido, tan preciosas, que algunas son como esmeraldas, y otras parecen de puro oro.

Me limitaré a describir un coleóptero del género éntimo, como digna muestra de nuestra fauna entomológica, y por la circunstancia de haber sido yo su primer descubridor en las islas del delta, único punto donde se le encuentra, al menos en estas latitudes. Este éntimo no cede en tamaño y hermosura al imperial y otras especies del Brasil, de las que difiere la nuestra en que tiene las patas lisas, y no vellosas como las de aquellas [2]. A este género pertenecen las especies más notables de la entomología, por el brillo de sus colores y la belleza de sus formas; como que por eso la ciencia los ha particularizado con el nombre estimados (que es el significado de la voz griega éntimo), distinguiendo con los epítetos de imperial, noble, espléndido, las diversas especies conocidas. Si el éntimo del delta fuese de una especie nueva, convendría llamarlo platense o argentino. Es bastante grande, como de una pulgada; su cuerpo se asemeja a una navecita inversa; es sólido y todo teñido de un color verde muy brillante, recamado de oro y azul.

El éntimo argentino es una verdadera joya forjada por la naturaleza, que puede figurar al lado de las obras más acabadas y primorosas del arte, aunque tengan por materia el oro y las piedras más preciosas; con la diferencia que en el artefacto más perfecto y pulimentado se notan groseros defectos si se les mira al través de un lente, al paso, que en el insecto se descubren nuevas y más admirables perfecciones. Pero ¿cómo dar una idea exacta de este objeto peregrino, sin emplear el pincel para ofrecer siquiera una tosca semejanza de su forma y de su ornato? Aun así sería imposible imitar la brillantez y tornasol de sus tintas vigorosas, que se conservan invariables después de muerto el insecto. En la necesidad de compararlo con algún otro viviente conocido, yo no encuentro sino aquel primoroso pajarito, obra maestra de la creación. El éntimo, sin disputa, tanto por la belleza de su figura, como por la riqueza de sus galas, debe ocupar entre los insectos alados el mismo rango que el picaflor entre las aves.

El vivo colorido de las pedrerías y el esplendor de los metales bruñidos relucen en el cuerpo del éntimo como en las plumas del picaflor; igual es el fulgor, igual la vivacidad de sus colores y cambiantes; e igual es nuestro encanto al contemplarlos. Aunque no puede haber semejanza en su estructura, por ser de naturaleza tan distinta; mas si el uno hechiza nuestros ojos con los mórbidos y tornátiles perfiles del ave, también el otro nos embelesa con la bella disposición de su cuerpo, de forma navicular sin ángulos ni líneas rectas que interrumpan la suavidad de sus contornos: y el éntimo tiene con el picaflor del delta una semejanza de colorido que no deja de ser reparable, pues ambos son de un hermoso verde con reflejos azulados. Las seis patas esmaltadas del insecto son igualmente verdes, dominando el azul turquí en su cabeza y en toda la parte inferior de su cuerpo. Los élitros estriados del éntimo, multiplicando en sus relieves y nacelas las refracciones de la luz, hacen estincilar en todas direcciones su ropaje de esmeraldas y zafiros, todo salpicado de chispas de oro.

El reposo, la apacibilidad, la inocencia del éntimo platense cautivan a la par de su belleza. No huye de la mano que lo aprisiona; no hace el menor esfuerzo para evadirse, ni tiene armas para su defensa; su único ardid al verse en peligro, es dejarse caer al suelo y hacer la mortecina. Apacible, silencioso, pausado en sus movimientos, parece un ser apenas animado: no es sino una alhaja, dotada de un tenue aliento vital, lo indispensable para su conservación y procreo; una alhaja que parece brindarse a la tímida y delicada mano de la beldad, para que confiadamente la coloque entre sus más lindas preseas, como lo practican las Brasileñas con el éntimo imperial haciéndolo engastar en aros y prendedores. El éntimo platense nos recuerda también la mansedumbre e inocuidad de los cocuyos o tucus, con que las jóvenes Argentinas y las Peruanas suelen realzar su tocado y su hermosura en los saraos y paseos nocturnos, adornándose con estos insectos luminosos, que cual si fuesen joyas de diamantes refulgentes, dan en cierto modo realidad al fabuloso carbunclo.

El cocuyo o linterna es indígena de la América muy diferente del insecto fosforescente conocido en ambos mundos con los nombres de lampiro, luciérnaga, luciola, marmóa y bicho de luz. Nuestro cocuyo es el piróforo descripto por Mr. Lacordaire, su tamaño varía según la especie; los hay hasta de pulgada y media de longitud. Su caparazón es fuerte, de color negro, forma oblonga; es de lento andar, toma el vuelo con dificultad; es fitófago y enteramente inofensivo. Su luz es perenne y no intermitente o relampagueante como la de la luciérnaga; ni alumbra como ésta por el vientre, sino por los discos que tiene en la espalda, y también por la juntura del pecho y el abdomen, cuando despliega las alas. Un solo cocuyo ilumina la obscuridad de la noche hasta una distancia considerable, y es suficiente para leer en las tinieblas. Los Indios se lo atan a los dedos de los pies para andar de noche por los senderos del bosque y también se alumbran en sus chozas colgando del techo una jaulilla llena de cocuyos.

La química no ha podido todavía descubrir la naturaleza de la sustancia luminosa de los insectos fosforescentes. Sólo se sabe que la luz es producida por la combustión lenta de una secreción particular, que en la luciérnaga ocupa los últimos anillos del vientre, y en el cocuyo se halla dentro de tres vejiguillas; dos situadas en los ángulos posteriores del corselete y otra debajo del pecho, sin niguna comunicación entre sí. Cuando el insecto duerme o se ve molestado, apaga o cubre sus luces con una membrana opaca, o por otro medio desconocido. Si por acaso llega a caer de espaldas, da un salto vertical para caer sobre las patas; pero no se sirve de ellas para saltar, sino que, apoyando en el suelo las dos extremidades de su cuerpo, lo arquea y cimbra para arriba. Parece que el nombre de tucu que se le da en este país es por imitación del traquido de su cuerpo cuando salta. Vive al parecer tranquilo y contento cuando se le tiene cautivo en un vaso con alguna fruta para su alimento.

Hay en el delta otro insecto luminoso que por su belleza considero sin par en la entomología. Refiere Azara que "vio en el Paraguay un gran gusano de cerca de dos pulgadas de largo, cuya cabeza por la noche parece un carbón ardiente, y tiene además en todo el largo del cuerpo de cada lado una hilera de agujeros redondos, semejantes a ojos, de los que sale una luz débil, amarillenta". El que he visto yo es una oruga del mismo tamaño, pero toda luminosa. Su cuerpo se compone de siete artejos que son otras tantas luces permanentes; la que corresponde a la cabeza es rojiza, y las demás son verdosas. No se puede dar un objeto más precioso y admirable, visto en la obscuridad de la noche. Si se presentase una joya de luces tan bellas y de tan suave brillo, no tendría precio.

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  1. 1. "En la colección de insectos (dice D. Ramón de la Sagra), recientemente traída a Madrid por la expedición científica al Pacífico, se halla una especie de cantáridas de Montevideo, también vejigatorias, pero que no ofrecen el inconveniente de ser venenosas como las de Europa".
    "Señalaremos entre las cantáridas que pueden sustituir a la común, "la cantárida punteada" de Montevideo, "cyta adspersa" Klug., "epicauta adspersa" Dej. Reveil. — Formulaire raisonné des medicaments nouveaux.
  2. Tal es el aserto del Dr. Burmeister, que examinó el primer "éntimo" que encontré en las islas y lo dediqué al Museo de Buenos Aires. Poco después encontré un casal de ellos, y tuve el gusto de regalárselos, todavía vivos, al señor D. Bartolomé Mitre (siendo Presidente de la Eepública) para su rica colección de insectos del país.