El casamiento

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EL CASAMIENTO


 Como nada consigue siendo prudente
del montón de curiosos que han hecho rueda
esperando a los novios, vuelve el agente
a disolver los grupos de la vereda.

 Que después del desorden que hace un momento
se produjo, interviene de rato en rato:
cada cinco minutos cae el sargento
y, con razón, no quiere pagar el pato...

 En la acera de enfrente varias chismosas
que se hallan al tanto de lo que pasa,
aseguran que para ver ciertas cosas
mucho mejor sería quedarse en casa.

 Alejadas del cara de presidiario
que sujiere torpezas, unas vecinas
pretenden que ese sucio vocabulario
no debieran oirlo las chiquilinas.

 Aunque — tal acontece — todo es posible,
sacando consecuencias poco oportunas,
lamenta una insidiosa la incomprensible
suerte que, por desgracia, tienen algunas...

 Y no es el primer caso... Si bien le extraña
que haya salido un zonzo... pues en enero
del año que transcurre, si no se engaña,
dio que hablar con el hijo del carnicero.

 Con los coches que asoman, la gritería
de los muchachos dice las intenciones
del común movimiento de simpatía
traducido en ruidosas demostraciones.

 Una vez dentro, es claro, no se comenta
sino la ceremonia muy festejada,
bien que por otra parte les impacienta
el reciente bochinche de la llegada.

 Como los retardados no han sido tantos
y sobran bailarines en ese instante
se va a empezar la cosa, salvo unos cuantos
que se reservan para más adelante.

 El tío de la novia, que se ha creído
obligado a fijarse si el baile toma
buen carácter, afirma, medio ofendido,
que no se admiten «cortes», ni aun en broma.

 — Que, la modestia a un lado, no se la pega
ninguno de esos vivos... seguramente.
La casa será pobre, nadie lo niega:
todo lo que se quiera, pero decente. —

 Y, continuando, entonces, del mismo modo
prohibe formalmente los apretones:
compromisos,, historias y, sobre todo,
conversar sin testigos en los rincones.

 La polka de la silla » dará motivo
a serios incidentes, nada improbables:
nunca falta un rechazo despreciativo
que acarrea disgustos irremediables.

 Ahora, casualmente, se ha levantado
indignada la prima del guitarrero,
por el « doble sentido » mal arreglado,
del piropo guarango del compañero.

 La discusión acaba con las violentas
porfías del padrino que se resiste
a las observaciones de las parientas
que le impiden que haga papel tan triste...

 El vigilante amigo, que en la parada
cumpliendo la consigna diaria se aburre,
dice que de regreso de una llamada
vino a echar su vistazo, por si algo ocurre...

 Como es inexplicable que se permitan
horrores que no deben ser achacados
a los íntimos, varios padres le invitan
a proceder en forma con los colados.

 En el comedor, donde se bebe a gusto,
casi lamenta el novio que no se pueda
correr la de costumbre... pues, y esto es justo,
la familia le pide que no se exceda.

 Y lo que es él, ahora tiene derecho
a desdeñar, sin duda, las perrerías
de aquellos envidiosos, cuyo despecho
fuera causa de tales habladurías...

 Respecto de aquel otro desengañado,
— es opinión de muchos — en verdad cabe
suponer que, si es cierto que anda tomado,
comete una locura de las que él sabe.

 La madrina, a quien eso no le parece
sino una soberana maldad, se encarga
de chantarle unas frescas, según merece
ese desocupado tan lengua larga...

 Entre los invitados, una comadre
narra cómo ha podido venirse sola:
¡se le antojó a su chico seguir al padre
a traer la familia de D. Nicola!

 ...¿Su cuñada? ¡Qué cambio! Parece cuento,
siempre encuentra disculpas, y hasta le ruega
no insistir, pretextando su retraimiento
desde que la hermanita se quedó ciega.

 Las mujeres distraen, de cuando en cuando,
a la vieja que anoche, no más, reía
fingiéndose conforme pero dudando:
— ... al fin era la ayuda que ella tenía. —

 La afligen los apuros. Llora, temiendo
las estrecheces de antes ¡y con qué pena!
piensa en el hijo ausente que esta cumpliendo
los tres años, tan largos, de su condena...

 La crítica se muestra muy indulgente:
— Las personas han sido mejor tratadas
que otras veces, sintiendo, naturalmente,
que «hayan habido» algunas bromas pesadas...

 En cuando a las muchachas ¡con unos aires!
como si trabajasen de señoritas...
¡Han dejado la fama de sus desaires
llenas de pretensiones las pobrecitas!

 Sin entrar en detalles sobre el odioso
golpe de circunstancias, alguien se queja
preguntando a los hombres quién fué el gracioso
que se llevó a los novios de la bandeja.

 En el patio dos mozos arman cuestiones,
y sin ninguna dase de miramientos
se dirigen airadas reconvenciones,
resabios de distantes resentimientos...

 Como el guapo es amigo de evitar toda
provocación que aleje la concurrencia,
ha ordenado que apenas les sirvan soda
a los que ya borrachos buscan pendencia.

 Y, previendo la bronca, después del gesto
único en él, declara que aun que le cueste
ir de nuevo a la cárcel, se halla dispuesto
a darle un par de hachazos al que proteste...

 Y en medio del bullicio, que pronto cesa,
las guitaras anuncian estar cercano
el aguardado instante de la sorpresa
preparada en secreto desde temprano:

 Que, deseosos de aplausos y de medirse
de nuevo, recordando sus anteriores
tenaces contrapuntos sin definirse,
van a verse las caras dos payadores.


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