El cementerio de la aldea

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El cementerio de la aldea de Thomas Gray
Nota: Traducción de Miguel Antonio Caro incluída en el libro Traducciones poéticas (1889).

Ya de la queda el toque reposado
 Anuncia el fin del moribundo día,
Y por la loma el mugidor ganado
 Camina lentamente á la alquería.

El cansado gañán por el sendero
 Toma á su pobre choza con premura,

Y abandonando el universo entero
 A mí lo deja y á la noche oscura.

Turbio, indistinto miro por doquiera
 Borrarse ya el paisaje antes hermoso:
El viento duerme; en derredor impera
 Quietud solemne, funeral reposo.

Y sólo se oye el vuelo y el zumbido
 De la cigarra en los pelados cerros,
Y del rebaño en el lejano ejido
 El soñoliento son de los cencerros;

O ya, de aquella torre que abrazada
 La hiedra tiene con verdor lascivo,
Que alza á la luna blanca y argentada
 Su amarga queja el buho pensativo,

Contra los que profanos y atrevidos
 Quebrando con sus pasos el misterio
De estos bosques hojosos y escondidos,
 Turban su antiguo y solitario imperio.

Bajo de aquellos álamos nudosos,
 Del tejo melancólico á la sombra
Donde se alza en mogotes numerosos
 El césped verde en desigual alfombra,

En su estrecha morada colocados
 Bajo la humilde cruz que allí campea,
Descansan sin afanes ni cuidados,
 Los rústicos abuelos de la aldea.

El leve soplo, el plácido gemido
 Del viento en la aromática mañana;
La golondrina en el pajizo nido
 Sus dulces trinos repitiendo ufana;

La aguda voz del gallo vigilante,
 La ronca trompa y el clarín risueño,
No alcanzarán ya más un solo instante
 A despertarlos de su eterno sueño.

No más para ellos el hogar sagrado
 Dará su alegre fuego en el invierno,
Ni de la esposa el sin igual cuidado
 Les mostrará su afán y afecto tierno;

Ni sus niños con pláticas sencillas
 Esperarán con mágico embeleso,
Para trepar después á sus rodillas
 Y disputar el envidiado beso.

¡Cuántas veces la espiga ya madura
 Dobló á sus hoces la cerviz dorada!
¡Cuántas otras la gleba inerte y dura
Rompió su reja y quebrantó su azada!

¡Oh, cuál gozaban al lanzar con brío
 En el abierto surco el rubio grano!
Y cómo resonaba el monte umbrío
 Del hacha al golpe en su robusta mano!

No la ambición se mofe envanecida
 Con insultante risa y gesto duro.

De los humildes goces de su vida,
 Y destino pacífico y oscuro.

Ni escuche desdeñosa la grandeza,
 A quien ciegos adoran los mortales,
Torciendo con desprecio la cabeza,
 Del pobre los domésticos anales.

El fausto de alta alcurnia, el gran tesoro,
 Y del poder la pompa soberana,
Y cuanto la hermosura y cuanto el oro
 Dar han podido á la ambición humana,

Todo tiene la misma triste historia,
 Todo en un mismo fin acaba y cesa,
Y la senda brillante de la gloria
 Sólo conduce á la profunda huesa.

Ni los culpéis ¡oh vanos y orgullosos!
 Si sus tumbas no adorna un monumento
Con trofeos lucidos y vistosos
 Que á la voz de la fama den aliento.

En vasto templo, al esplendor radiante
 De la luz que refleja en jaspe y oro,
Donde en la inmensa nave resonante
 Se oye el clamor del órgano sonoro.

¿Pueden marmóreo busto, urna esculpida.
 En donde el arte sus primores vierte,
Volver á dar respiración y vida
 Al que duerme en el seno de la muerte

¿Pueden vagos y estériles honores
 A esos huesos tornar su antiguo brío,
Y hacerse oír los ecos seductores
 De la lisonja, en el sepulcro frío?

Talvez en ese sitio despreciado
 Descansa un corazón noble y hermoso,
De sacro fuego celestial colmado,
 Y lleno de entusiasmo generoso.

Talvez se pudren manos que pudieran
 Regir el cetro augusto dignamente,
Que si las cuerdas de la lira hirieran,
 Excitaran un éxtasis ferviente.

Pero á sus ojos el saber divino
 Que guarda de los tiempos el tesoro,
Ni abrió su libro, ni mostró el camino
 Que guía adonde crece el lauro de oro.

Su altiva inspiración con ceño adusto
 Heló la triste y mísera pobreza,
Y la suerte secó con soplo injusto
 El raudal que les dio naturaleza.

¡Cuánta perla gentil, rica y lozana.
 De puro brillo y esplendor sereno,
Vedada siempre á la codicia humana
 Guarda la mar en su profundo seno!

¡Ay, cuánta flor ostenta sus primores
 En retirado valle sola y triste,

Y en medio de su aroma y sus colores
 Nadie la mira y para nadie existe!

Aquí talvez un Hampden campesino
 Yace, cuyo vigor y noble celo
Supieron contener en su camino
 De la aldea al soberbio tiranuelo;

Algún oscuro Milton escondido
 Cuya alma no inflamó fuego sagrado;
Un Cromwell para el mal desconocido,
 Y de la sangre patria no manchado.

El aplauso arrancar con elocuencia
 De un Senado suspenso á sus acentos,
Despreciar con heroica indiferencia
 La flecha del dolor y los tormentos;

Sobre un país risueño y delicioso
 Derramar la abundancia sin medida,
Leer su historia escrita en el gozoso
 Rostro de una nación agradecida,

La suerte les vedó. Ceñidas fueron
 Sus virtudes á límites estrechos,
Ni más allá sus faltas se extendieron
 Del corto asilo de sus pobres techos.

Ni por sendas de víctimas cubiertas
 Subieron á la cumbre soberana,
Ni de la tierna compasión las puertas
 Cerraron nunca á la miseria humana.

Ni supieron ahogar con agonía
 De la conciencia el grito penetrante,
Ni el incienso de dulce poesía
 Rendir ante el altar del arrogante.

Lejos del mundo vil que despreciaron
 Y de su hueco orgullo y desvarío,
Sus modestos deseos los salvaron
 De locura, de error y de extravío.

Y por los valles frescos y frondosos
 De la humana existencia, en el retiro,
Siguieron su camino silenciosos
 Hasta exhalar el postrimer suspiro.

Mas para proteger de insulto impío
 Estos huesos, aun miro levantadas
Pobres memorias que su polvo frío
 Cubren con tosca gala ornamentadas.

Y contemplo en sus verdes sepulturas
 Que cuidó amiga mano con esmero,
Rudos versos, informes esculturas
 Que mueven á piedad al pasajero.

Una rústica Musa aquí ha grabado
 Sus nombres y su edad, breve memoria
Que sustituye al canto levantado,
 Y al rumor de la fama y de la gloria.

Y veo en otras piedras, entretanto
 Que estas tristes reliquias examino,

Textos que nos ofrece el Libro Santo
 Y enseñan á morir al campesino.

Porque ¿quién al mirarse condenado
 A amarga soledad y eterno olvido,
Del todo y para siempre ha renunciado
 A recordar las horas que ha vivido?

¿Quién, al perder el gozo y la alegría
 Del claro sol y del brillante cielo,
No lanzó una mirada en su agonía
 Y no tornó sus ojos hacia el suelo?

¡Ay! cuando el alma su morada deja,
 Pide tierno cariño en su quebranto,
La turbia vista en lamentable queja
 Demanda el dón de compasivo llanto.

Hasta en el fondo de la tumba helada
 Su augusta voz levanta la Natura,
Y en las yertas cenizas abrigada
 La llama está de amor y de lernura.

Tú, que haciendo memoria de los muertos
 Sin honor á la tierra encomendados,
En estos versos, si sencillos, ciertos,
 Sus vidas cuentas é inocentes hados;

Si un corazón simpático, embebido
 Y á solas meditando aquí llegare,
Y por la suerte y fin que te ha cabido
 Con cariñoso anhelo preguntare;

Talvez responda á su demanda pía
 Un anciano pastor con triste acento:
"Aquí mil veces al rayar el día
 Satisfecho le vimos y contento;

"Ya hollando con sus pasos presurosos
 El rocío, á la brisa matutina,
Para gozar los rayos deliciosos
 Del sol naciente en la gentil colina;

"O del flexible fresno al pie sentado,
 Cuyas raíces viejas y torcidas
Se extienden caprichosas por el prado
 En la grama vivaz entretejidas;

"De la mañana pura al fresco ambiente,
 A la margen del plácido arroyuelo,
Contemplando el cristal de la corriente
 Que retrata los árboles y el cielo.

"Ora en el bosque umbroso recostado
 Con amargo desprecio sonreía,
Ora en sus pensamientos abismado
 Los solitarios campos recorría;

"En ocasiones grave, en otras ledo.
 Siempre en continua y desigual mudanza,
Ya inspirando piedad, ya horror y miedo,
 Como herido de amor sin esperanza.

"Un día en la colina acostumbrada
 Le perdimos de vista, y le buscámos,

Y la pradera verde y esmaltada
 Y el árbol favorito visitamos.

"Y corrió un día más, y ni á la orilla
 Del arroyo fugaz que frecuentaba,
Ni en el valle profundo que se humilla,
 Ni en el alto collado se encontraba.

"Hasta que al otro, en procesión doliente
 De la campana al son, con triste llanto,
Le vimos conducido lentamente
 Por la senda que guía al campo santo.

"Acércate, y pues sabes, su destino
 Leerás en la inscripción que ves escrita
En esa losa, bajo el viejo espino
 Cuya desnuda copa el viento agita."

EPITAFIO

Aquí reposa, y la cansada frente
 Reclina de la tierra sobre el seno,
Un mancebo ignorado de la gente,
 A la Fortuna y á la Fama ajeno.

Su pobre cuna, y de su infancia el llanto
 La ciencia no miró ceñuda y fría,
Y sobre él al nacer tendió su manto
 La santa y celestial Melancolía.

Fué su alma noble y pura; fué sincero
 Su corazón, y su piedad inmensa;

Y el cielo favorable y lisonjero,
 Le concedió abundante recompensa.

De una sentida lágrima el consuelo—
 Y era cuanto tenía— dio al mendigo;
Y mereció de la piedad del cielo—
 Y era cuanto anhelaba— un buen amigo.

No su virtud y méritos explores
 Escudriñando con afán curioso,
Ni pretendas sus frágiles errores
 Sacar de este recinto pavoroso.

Los ha pesado en imparcial balanza
 De la justicia el inflexible brazo,
Y reposan con trémula esperanza
 De su padre y su Dios en el regazo.

D. Hevia.