El rizo robado (1851)/Canto II

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
CANTO SEGUNDO.

 Ni en su triunfante carro mas glorioso
Febo se alzó sobre Nereo undoso,
De púrpura bañado, que saliera
La rival de su luz virtiendo plata
Del Támesis soberbio en la ribera,
Que anchuroso dilata:
Coro de apuestas ninfas la seguia,
Y ella sola los ojos atraia;
Sobre el nevado pecho está brillando
Radiante cruz divina
De hermosura tan rara y peregrina
Que el judio rebelde la besara,
Y el gentil, que no cree, la adorara.
Viva, como sus ojos, no se fija,
Como ellos mismos siempre derramando
El brillo de su alma, sin que elija
A quien hacer favor, pero acordando
Dulces sonrisas que discreta extiende,
Pero sin altivez, que a nadie ofende.
Brilla cual sol y hiere con sus rayos,
Y como el sol á todos ilumina,
Fácil, graciosa, suave sin ensayos
De orgullo fiero, con razon se inclina
Sus faltas á ocultar; ¡qué! á faltas tiene
Quien de belleza el esplendor mantiene?
Y si falta una hermosa ¿el que la mire
El perdon no le acuerda, aunque suspire?
 Esta ninfa, formada para ruina
De nuestra humanidad, alimentaba

Dos rizos, que con gracia peregrina
Lindo adorno prestaban
A la nevada espalda en cercos bellos;
Y amor formaba en ellos
Red y cadena al corazon amante;
Y si ver acontece á cada instante
Con la delgada crin prender las aves;
Ni, tú, raza imperial del hombre alabes;
Que una dorada trenza le aprisiona,
Y una hermosa blasona,
Que es de su gran poder corto destello,
Al hombre conducir por un cabello.1
 Los rizos el varon feliz admira,
Observa y calla, y à la presa aspira;
Y resuelto á vencer, la senda allana
Sin la astucia olvidar ó fraude insana:
Y muy antes que Febo al mundo dore,
Su corazon ordena que él implore
Al benéfico cielo, y muy piadoso
Al amor suplicaba respetuoso
Sobre un altar que alzara
Con doce libros de cuartel dorado
Que franceses romances han formado,
Y en trofeos de amor allí colgara
Dos ligas con un guante
Y billetes dulcisimos de amante,
Que se abrasaron luego
De suspiros ardientes en el fuego,
Y postrado pedia con los ojos,
Que del fuego de amor eran despojos,
La presa le conceda
Y larga posesion obtener pueda.
Medio ruego el amor escucha atento,
Pero la otra mitad la llevó el viento.

El luminoso vaso en raudo vuelo
Con sus rayos inunda el mar y el cielo:
La música sonora el aire llena,
Y la plácida fuente va serena:
La onda inquieta murmura en la ribera
Y en las hojas el zéfiro gimiera.
Mas Belinda sonrie y todo es gozo;
Menos el Sylpho que oprimido, ansioso
Pesa en su peche la prevista ruina,
Y de evitarla medios imagina.
Del aire los brillantes ciudadanos
Convoca al punto y en su torno giran
Sus aéreos ropages susurrando,
Como el zéfiro suave suspirando,
Los débiles arbustos y las flores
Exhalan sus finísimos olores.
Como insectos sus alas se desplegan,
La brisa sacudiendo, ó al sol llegan,
Y en nubes luminosas
Se mecen cual las tiernas mariposas;
Su delicada forma trasparente,
A los ojos mortales invisible,
Y sus fluidos cuerpos medio hundidos
Y en éter luminoso confundidos,
Con ágil movimiento irresistible
Al viento sueltan su ropage undoso,
De sutil y brillante entretegido,
Del rocío en membrana convertido:
Que los cielos sus lentes le prestaron
Y á la luz sus colores le robaron,
Y en sus alas los rayos reflejando
Van el arco celeste retratando.
Mas a todos excede Ariel divino,2
Cual un mástil dorado

Y en toda su cabeza mas alzado;
Y abriendo al sol sus esmaltadas alas
De purpurinas galas,
Se agitaba con ruido peregrino;
Y el azulado cetro enarbolado,
Con voz encantadora les ha hablado:
» Sylphos, Sylphidas, Genios, Brujas, Duendes,
Hadas, raza sagrada, que desciendes
De la luz inmortal; escucha atenta:
Bien sabeis que en la esfera teneis cuenta,
Y En virtud de mandato soberano
Del mundo dirigís el grande arcano:
Ya recorreis los campos de luz pnra,
Ya brillo y claridad prestais al dia,
Ya guiais orbes en la inmensa altura,
O rodais los planetas, que girando
Corren el ancho cielo en su porfia;
Otros, menos pulidos, vais siguiendo
Ocultos à la luz pálida y fria
De la modesta luna ó las estrellas,
Que sus rayos disparan á la noche
Con negro manto y nebuloso coche;
Otros chupan vapores, que groseros
En el aire se forman los primeros;
O en el Iris sus alas humedecen;
Y horribles tempestades enfurecen
El invernoso mar, ó destilando
La lluvia celestial que al globo alegra;
O ya la humana raza gobernando,
Impidiendo la negra
Envidia y las pasiones que aniquilan
La ventura del hombre en sus caminos
Y en todas sus acciones y destinos.
Tambien son centinelas

Que guardan los imperios y naciones.
¿Y con cuantas cautelas
Su imperio no guardais á los Bretones?
Nuestra humilde incumbencia es à la hermosa
Asiduos asistir; si complacencia
Da nuestra ocupacion, no es gloriosa;
Los polvos guarecer del raudo viento,
Ni la esencia, en prision, pierda su aliento,
Y que nuevos colores
Oficiosas nos den vernales flores;
Robar al arco iris el rocio,
Antes que en lluvia descendiese al rio,
Y hacer un lavatorio; á sus cabellos
Ondeantes tornar en rizos bellos;
Asistir al pudor ó darle el tono;
Inspirar en el sueño un nuevo trage,
Y dar la preferencia, sin encono,
A un lindo farfala sobre un encage.
Negro dia amenaza a esta hermosura,
Que vigila mi espíritu celoso
De algun fiero accidente peligroso
Por violencia y descuido; mas, segura
Señal no diera el cielo cómo ó cuando
En tinieblas la suerte ha sepultado
Si la ninfa á Diana haya faltado,
Si alguna fragil china se ha quebrado,
Si su honor mancillara ó ricas telas,
Si el rezar olvidó ó encender velas,
Si la máscara puso, ó se aflojara
El estrecho corcet ó gargantilla,
Mientras bailaba viva la cuadrilla,
O si es que el cielo decretado hubiese
Que el faldero Relindo se muriese.
Espíritus, volad; cada cual llepe

El encargo que tiene.
Tú, Cefireta, el abanico agita;
Los pendientes, Brillante, solicita;
Momentilla, el relox es tu cuidado,
Crispa tú, cela el favorito rizo;
El mismo Ariel se encargará del lindo
Belloso cuerpo del feliz Relindo.
Cinco escogidos Sylphos tengan cuenta
Con vigilancia atenta
Y un encargo especial sobre el tontillo;
Que, aunque en arcos de fierro guarnecido
Y en barbas de ballena sostenido
Y en plata una ancha cinta lo rodea
Que la circunferencia señorea;
Siete dobles murallas se han rendido
A un lechuguino astuto, es bien sabido.
El sylpho, que se muestre negligente
Y su puesto abandone y á la hermosa,
Venganza desastrosa
Sentirá el delincuente;
O en un pomo será bien custodiado,
o de agudo alfiler la picadura
Sentirá traspasado,
o de amargosas aguas en un lago
Huudido quedará, ó bien metido
En un ojal de un borseguí pulido,
O en gomas y pomadas batallando,
Y en vano procurando
Con sus alas de seda alzar el vuelo,
O en estítico alumbre bien bañado
Como marchita flor quede arrugado,
Como Ixion á su rueda, con gran duelo.
Fijo siga las vueltas de un molino;
O en el vapor del chocolate humeante

Se abrase á cada instante;
O tiemble tiritando de contino
Sobre el mar, cuando helado
A prisiona feroz cuanto ha tocado.«
Asi hablara; y los sylphos descendian
Y de la ninfa cabe se ponian.
Los unos de su trenza estan pendientes,
Otros de sus zarcillos relucientes;
Y el corazon á todos les palpita,
Y ansiosos temen la ocasion maldita,


NOTAS.

N. 1 Aprisionar á los hombres con la negra ó la dorada trenza, es un lugar comun en poesia, y casi indigno de nuestro autor; pero la oportunidad del rizo y el talento dan novedad á las cosas mas comunes. Aun los rizos, cuando imitan la naturaleza, pasen; pero las pelucas de los lores ingleses, las que llevan nuestros diplomáticos con rizos de canteria, los de las damas de corte en dia de gala, no seria objeto de un poema. Hudibras se burla de este poder de las mugeres, cuando canta.

And though it be tow foot tront,
Tis with a single hair pull'd out.
Y al buen Juan, si en dos pies andar le vieres,
Por un pelo le llevan las mugeres.

N. 2. Desgraciada es la comparacion que se hace entre el Ariel de Shakespeare y el de Pope. Aquel hace un Sylpho vivo, espirituoso, activo, lleno de gracias; y por el tono, que le da el trágico inglés en la comedia de la tempestad, el Ariel de Pope es repugnante á la vista de los idólatras ingleses. Un romance francés, un tocador, el cuidado de una pupila coqueta, y un amor, en esto no eran compatibles ó darian muerte al delicado Ariel con sus glorietas encantadas, sus vuelos por el aire y el océano y sus canciones en la playa solitaria.

Donde liba la abeja, alli yo libo;
Mi lecho es una flor de primorosa;
Cuando el buho gritara

Con su voz espantosa,
En alas de murciélago volara;
Y despues del otoño alegre vivo
Alegremente muy alegremente
Bajo del ramo de su flor pendiente.

¡Pero qué tiranía! ¿el Ariel de Pope llena su objeto y destino? Ésta es la cuestion: y no puede dudarse que el roll secundario de este Sylpho está completo; su retirada de junto á Belinda es natural en un Sylpho con pasiones humanas, este temor en las obras de su ídolo es ridiculo á los ojos de la imparcialidad.