Elementos de economía política: 55

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Capítulo XIII : De la libertad del comercio.[edit]

    • I. Que el comercio debe ser libre.
    • II. De las excepciones que comporta la libertad del comercio.
    • III. Aplicación de la libertad del comercio a los países sometidos al régimen prohibitivo.

§. II. De las excepciones que comporta la libertad del comercio.[edit]

388. Veamos ahora las excepciones que pueden hacerse en el sistema de la libertad comercial.
Bajo el punto de vista económico, preguntar si el principio de la libertad del comercio admite excepciones es preguntar si hay circunstancias en que el sistema restrictivo puede aumentar la suma de la riqueza nacional; ahora bien, esto nunca puede ser cierto inmediatamente, porque no cabe ganancia en pagar caro lo que se vende barato.
Pero es posible, dicen algunos, que un sacrificio de algunos años sea el medio de que llegue a crearse una industria útil; tal era el pensamiento de Colbert (ministro de Luis XIV) cuando fundó el sistema restrictivo que debía tener en su mente una duración limitada, pero cuyos efectos funestos, sin embargo, está todavía experimentando la Francia.
389. Para acudir en ayuda de la industria particular, el Gobierno tendría, pues, que elegir entre estos dos medios: asociarse a la empresa y hacer pagar por medio de las contribuciones beneficios extraordinarios a los empresarios, como recientemente se ha propuesto (en Francia) por lo tocante a los caminos de hierro, o bien, sin asociarse, imponer derechos sobre los géneros semejantes a aquellos cuya producción quiere activar. En el primer caso dice: pagáis 40 reales de contribución, pues pagaréis 50 por los ensayos que me propongo hacer en el segundo caso dice: lo que consumís por 40 reales, os costará en lo sucesivo 50. Estos dos medios se diferencian en la forma y en los resultados administrativos, pero en el fondo son uno mismo.
390. Admitido este punto, resta calcular la tasa y la duración del derecho protector, tasa y duración que pueden variar, sobre todo, según que la industria de que se trata exija más o menos capital fijo, porque el capital fijo es el más difícil de trasladar, y el que, por consiguiente, está más comprometido (215).
391. Se ha sostenido la necesidad de otra excepción; se ha creído que el sistema prohibitivo sería un aguijón para pueblos sumidos en un letargo industrial, y que despertaría en ellos la afición al trabajo con el estímulo de una ganancia segura. Muy dudosa es la eficacia de este medio, pues al cabo ahí están la España y la Italia, que se hallan en la categoría que acabamos de indicar, y que ningún partido sacan del sistema prohibitivo en provecho de su actividad industrial, a pesar de que son ricas y de que la naturaleza les suministra gratuitamente, aún más que a los otros pueblos, agentes dotados de una fuerza prodigiosa. Más confianza tiene M. Rossi en los capitales extranjeros, que propone atraer por medio de la libertad y de la seguridad; entonces el ejemplo, sostenido por la instrucción y el aliciente del lucro, volverá a las naciones adormecidas la energía y la dignidad del trabajo; pero en todos los casos, sea bueno el medio o sea malo, lo cual no está de todo punto aclarado, la protección no puede ser más que temporal.
392. Puede haber también excepciones políticas.
Antes de saber si se ha de ser más o menos rico, es preciso pensar en existir; y si está demostrado que el sistema restrictivo es indispensable para la producción de tal o cual mercancía indispensable a su vez para la defensa nacional, no hay más arbitrio que violentar en este punto las conclusiones y los preceptos de la ciencia económica. Las armas, las municiones, hasta los mismos caballos, están en este caso, porque nuestros enemigos pueden impedir fácilmente su exportación, y porque el interés individual no podría surtirnos de estos objetos en suficiente número por medio del contrabando. Por fortuna, casi todos los países pueden estar constantemente surtidos de estos productos sin excesivos sacrificios.
Pero sería ridículo temer en caso de guerra una escasez de azúcar, de café, de canela, de chales, de muselinas o de sederías. Si nos acomoda recibir estos géneros, el enemigo mismo nos los traerá; pero ¿no podemos en rigor pasarnos sin ellos? Muy afortunadamente la guerra dura poco; y no es por cierto el menor de los muchos servicios que la ciencia ha hecho al mundo el demostrar a los pueblos los tristes resultados de ese gran sistema de recíproca destrucción.
393. Así se responde a una multitud de productores, y señaladamente a los dueños de herrerías, que en la eventualidad de una guerra quisieran hacernos pagar muy caros sus productos, como si fuera preciso estar siempre sujeto a un régimen farmacéutico por miedo de no saber someterse a él en el momento de la enfermedad. Los dueños de herrerías están muy equivocados si creen que su hierro es una materia indispensable para las armas de guerra: en un caso desesperado en todas partes se encuentra hierro, en las armazones de los edificios, en las rejas, etc. Y todavía es dudoso si vale más el huracán convencional durante la guerra que el feudalismo del trabajo nacional durante la paz.
394. Las mismas razones se han invocado también a favor de los cereales. Ciertamente es necesario que un país saque partido de su suelo y cultive en él plantas nutritivas; pero el precio natural de estas plantas debe costear los gastos de producción, y en el caso contrario vale más que las pida a los vecinos, que no es posible que se coliguen todos para matarle de hambre: ésta sería una combinación demasiado odiosa y difícil, que nunca se realiza en la práctica, y que es preciso abandonar en teoría. Por lo tocante a la exportación, Quesnay ha dicho: «No se impida el comercio exterior de los géneros de casa; porque tal es el despacho, tal es la reproducción» [1]. Véase acerca de esto, cómo desenvuelve su máxima el ilustre filósofo; véanse también los trabajos de Turgot sobre el comercio de granos [2].
395. Una segunda excepción política es la que resulta de las necesidades del tesoro. En esto todos están conformes: es evidente que siempre que los derechos de aduanas son bastante bajos para no impedir la importación ni el consumo de los productos extranjeros, y están bastante bien discurridos para hacer contrapeso al impuesto recaudado sobra los productos indígenas, la percepción de esos derechos es muy justa, con tal que no se conozca por de contado una base mejor de la contribución.

  1. Quesnay, 2.ª máxima. Colección de los principales economistas. Fisiócratas, pág. 97.
  2. Obras de Turgot, edición de Guillaumin.