Gramatiquería

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Á un corrector de pruebas

Cuentan de un santo que, al llegar á Roma, pensó en aci- calar su personita para presentarse con decencia ante el P«pa, y necesitando sotana nueva, detuvo al primer transeúnte, y le preguntó:

-—¿Sabe usted dónde encontraré un buen sastre?

—Hombre—le contestó el interrogado,— en la esquina hay uno que es muy buen cristiano.

—Perdone usted— argüyó el santo,— yo no necesito un buen cristiano sino un buen sastre.

Por buen sastre, que en conciencia disto mucho de serlo, rae ha tenido usted al revelar, en el último párrafo de su ar- tículo, el deseo de que dé una puntada: deseo que satisfago, no con humos de maestro sastre, sino con la hunuldad de zur- cidor ó remendón, que es casi tanto como ser buen cristiano.

Eso de que la locución bajo la, bass no es correcta, es punto que, hoy por hoy, ningún aficionado á estudios filológicos dis- cute. Pasó ya en autoridad de cosa juzgada.

Fortificando la sesuda opinión del egregio Cuervo, dice Mer- chan en sus Estalagmitas del lenguaje: «Solemos decir bajo este pie^ bajo esta bjLSz, y con eso sí incurrimos de lleno en la justa censura del señor Cuervo.» Y entiéndase que el ilustrado es- critor cubano no es de los intolerantes ó ultra conservadores en materia de Idioma.

Si los más reputados prosadores contemporáneos como Va-



reía, Benot, Menéndez Pelayo y Galdós, dicen y escriben sobre la base, no somos nosotros, pobres emborronadores de pa- pel, los llamados á rebuscar argumentos en contra y corre- girles la plana. De mí sé decir que soy devotp de la locución sobre la base; pero no gastaré tinta en imponerla á los demás, porque sé que, en asunto de lenguaje, hay un tirano que dicta la ley; y ese tirano es el uso generalizado. Diariamente leo, en la prensa oficial, que se hacen concesiones bajo las bases y no sobre las bases. Verdad que no hay enemigos más recalcitrantes del bien decir, que los oficiales mayores y jefes de sección de los ministerios. Si no se alcanza á proscribir lo de bajo las ba- ses, habrá que dejar subsistente la locución, agregándola á la larga lista de idiotismos hasta por la Academia autorizados.

En lo relativo á pluralización del apellido, raro es el escritor hispano-americano que acata la prescripción existente en la Gra- mática de la Academia. No somos los americanos muy partida- rios de los Pizarros, los Almagros, los Girones, etc., y decimos y escribimos los Pizarro, los Almagro, los Girón, etc. El ape- llido lo heredamos, y no encuentro derecho ó razón fundada que nos autorice para alterarlo en letra ó en sílaba.

Además de la prescripción gramatical, tiene tantas excepcio- nes, que éstas, casi por ser tan numerosas, deberían formar la regla. Según ellas, los patronímicos Martínez, Domínguez, Ra- mírez, Rodríguez, etc., no admiten pluralización final, como no la admiten los Cárdenas, Robles, Cáceres, Dueñas y demás ter- minados en s. Tampoco se pluralizan al fin los Abad, los Olid, los La Madrid, etc. Hay apellidos como los Portal y Portales, Arenal y Arenales, Mora y Morales, etc., en los que, pluralizan- do los que concluyen en al, resulta una verdadera confusión. Si digo, por ejemplo, voy á visitar á los Morales, el que me oye decirlo queda en Babia, ignorando si hablo de la familia de Moral ó de la de Morales. Pluralizar apellidos como Torreblan- ca, Casaverde, Casanueva, etc., sería dar existencia á nuevos idiotismos, que no otra cosa serían los Casaverdes y los Torre- blancas. Tratándose de apellidos de otras lenguas, nadie plu- raliza la terminación. Así decimos y escribimos los Cronwell, los Pitt, los Wilson, los Hugo, los Goncourt, los Tolstoy, los Manzoni, los Garibaldi, los Spencer, etc.


Anlc tantas excepciones que me han venido al correr de la pluma, y otras que dejo en el tintero por estrechez de tiempo, me parece que lo lógico y, en mi sentir, lo más ajustado á la buena forma, es no agregair s ó sílaba pluralizadora á nin- gún apellido. Basta y sobra con el artículo en plural.

Y como no tengo más que decirle, ni aunque lo quisiera tendría tiempo holgado para disertar, me ofrezco de usted muy atento remendón ó remendador de palabras, que le besa la mano.