Ha de haber una diferencia

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Ha de haber una diferencia de Hans Christian Andersen


Los zapatos colorados pg 43.jpg
Y se puso á patalear de puro gozo.



HA DE HABER UNA DIFERENCIA


 Se acercaba el verano y la primavera habia sido magnífica; árboles, sotos, prados, campos, presentaban el aspecto más halagüeño; las flores se contaban por millares y el brillo de sus colores regocijaba la vista y embalsamaba el aire.

 Habia en el extremo del paseo, en un manzan o jóven, una rama de forma elega nte y graciosa, llena de flores rosadas pr óximas á abrirse ; era el verdadero emblema de la primavera. Bien sabía la linda ramita lo hermosa que era, y así es que no extrañóver pararse delante de ella un elegante coche y apearse una condesita que dijo con admiracion: « Mire usted, mamá, esta preciosa rama de manzano; es digna de servir de corona á la misma Flora. »

 Y la niña cortó la rama, la tomó con sus manecitas delicadas, la preservó con su sombrilla de los ardores del sol y con permiso de su madre dió la órden de volver á su palacio. Subió por una soberbia escalera de mármol y, despues de haber atravesado unos suntuosos aposentos, llegó á un espacioso salon, espléndidamente adornado con lujosas colgaduras. Había en magníficos floreros ramilletes de rarísimas flores, y la bella condesita hizo colocar en el mejor puesto un jarro de alabastro en el que metió la rama de manzano con otras de haya, sombrías y frondosas, en medio de las cuales sobresalían las flores de color de rosa del manzano.

 Era un verdadero recreo para la vista, hasta el punto que la rama se envaneció y llenó de orgullo con esas demostraciones de admiración. No hay qne vituperarla, por que los hombres hacen otro tanto.

 Visitaban el palacio de la condesa personas de toda categoría, entre las cual es unas se contentaban con mirar en silencio y otras se tornaban la libertad de expresar su modo de pensar; de estas últimas habia algunas que hablaban poco y otras charlaban demasiado, diciendo más tonterías que cosas sensatas. [...] en medio de esta locuacidad, la hermosa ramita, [...] que se trató várias veces en las conversaciones, comprendió una cosa y es que en todo, aun entre los vegetales, existen grandes diferencias, « Hay plantas, decía entre sí, que sólo sírven de adorno; otras que halagan el olfato, otras son buenas para el alimento, y otras, en fin, que no se sabe para qué sirven y valdria más que no existiesen. » Y como estaba colocada cerca de la ventana, echaba al mismo tiempo una mirada escudriñadora aljardin y á los campos, examinando atentamente las variedades de plantas que allí se cultivaban, muchas de las cuales eran de aspecto bastante feo y raquíticas.

 « ¡Pobres criaturas abandonadas! dijo la rama mirando estas últimas; la naturaleza ha sido para vosotras una verdadera madrastra ; ¡qué desgraciadas deben de ser, si, como yo y mis semejantes, tienen conciencia de lo que valen! Por otra parte, es preciso que haya una diferencia, pues las hay que están arriba y otras debajo de la escala. Sí, no hay remedio, es necesario que haya una diferencia, pues sin ella seríamos todas iguales. »

 Y la rama contemplaba con una compasion particular á una planta que pululaba en los campos, fosos y aun entre las piedras.

 Nadie la arrancaba para hacer ramilletes, porque [era] muy ordinaria y tenía un nombre muy feo : « diente de leon ».

 «¡Desgraciada! dijo la rama de manzano; ¡cómo te desprecian! Sin embargo, no es culpa tuya si tienes un aspecto tan triste y un nombre tan terrible; pero entre los vegetales, como entre los hombres, es necesario que haya una distincion de clases, y tanto peor para los que son los últimos. Una diferencia es necesaria. »

 Apareció un rayo de sol que fué á acariciar á la rama de manzano y á los pobrecitos dientes de leon del campo y de los fosos; los demas rayos de sol acariciaban igualmente todas las flores sea cual fuere su belleza y lozanía.

 La bella rama no había reflexionado nunca que el amor del Criador es infinito y abraza lo mismo todo cuanto víve y se mueve en la tierra; nunca había advertido que hay cosas buenas y hermosas que permanecen ocultas y que no se debe juzgar por las apariencias. ¿Pero qué tiene de extraño que la ramita pensase asi, cuando los hombres hacen lo mismo?

 El rayo de sol, la luz pura, que sabia interpretar mejor la voluntad de Dios, dijo tí la planta: « Me parece que no ves con claridad; díme qué planta es esa que tanto desdeñas y compadeces.—Es el pobre diente de leon, respondió la rama. Nadie hace ramilletes con él, nadie le coge y todos le pisan sin el menor escrúpulo. Es verdad que abunda en demasía y cuando está espigado forma unos copos de lana vieja que vuela y se pega á los vestidos. Es una mala yerba, pero necesaria, porque ha de haber diferencias entre los vegetales; en cuanto á mí, me felicito y doy gracias al Criador porque no me ha colocado en un grado tan inferior como ese desgraciado diente de leon. »

 En esto apareció corriendo por la pradera una bulliciosa cuadrilla de niños que llevaban en andas á otro tan pequeñito que apénas podía andar. Luego que vió un césped de diente de leon, pidió que le sentasen encima de ese monton de flores amarillas y se puso á patalear y reir de placer; despues hizo un ramillete y le dió un beso con todo el candor de su inocencia.

 Los demas niños, que eran ya mayorcitos, arrancaron las flores de los tallos y las ensartaron unas en otras, haciendo collares, brazaletes y grandes cadenas con una cruz, que se colgaron al cuello y les llega[...] así se gallardeaban y se divert[...] modestas como despre[...]  « Ya ves que hay quien aprecia á esos dientes de leon y se recrea con ellos, dijo el rayo de sol á la rama.

 —En efecto, contestó esta, es buena para divertir á los niños.

 —Tiene aun otraa cualidad más preciosa que no poseen muchas flores llenas de belleza; sus hojas y raíces son un remedio en algunas enfermedades y los pobres enfermos h allan en e ll as un alivio á sus dolencias. »

 Al decir esto, llegó una buena vieja con una navaja en la mano y se puso á cortar dientes de leon; les quitaba las raíces para venderlas á un fabricante de café de achicoria, y llevar las hojas al mercado donde se compran para hacer ensalada.

 « Segun se ve, dijo la rama, esa planta no carece de utilidad, pero está excluida del imperio de lo ideal y lo bello; allí no entran más que algunos privilegiados. Cada vez es mayor mi conviccion de que hay plantas de diferentes distinciones, lo mismo que entre los hombres. »

 El rayo de sol hizo observar que todas las criaturas son iguales ante el amor infinito del Todopoderoso y que el universo entero está regido con la misma justicia.

 E[...]ma,  Abrióse entónces la puerta del salon y entraron de regreso de paseo, el conde, la condesa y la condesita. La linda niña no hacía gran caso en aquel momento de la ramita de manzano que con tanto cuidado colocó en el jarro de porcelana. Andaba muy despacito y llevaba en las manos, con la mayor precaucion, cierta cosa encerrada en un cucurucho de hojas de fresno; hizo cerrar puertas y ventanas para que una corriente de aire cualquiera no se llevase lo que guardaba con tanto cuidado; no habia tomado tantas precauciones cuando tomó y se llevó la rama de manzano, á pesar de su hermosura.

 Luego separó con el mayor tiento las hojas de fresno que formaban el cucurucho: ¿y qué se diría que sacó? Una flor en granos de aquel diente de leon tan despreciado. Y la curiosa niña adaptó toda clase de precauciones para preservar de cualquier choque, ó del más ligero soplo, aquel haz tan maravillosamente formado de unos filamentos tan lindos, finos y delicados. Los cuidados de la condesita tuvieron el éxito que deseaba, porque el copo, más ligero que el polvillo, estaba intacto y todos los circunstantes admiraron su ingeniosa disposicion.

 « ¡Cómo se manifiesta el poder de Dios en las cosas más mínimas! dijo la condesita. » Traedme mi caja de colores para que pinte esta maravilla tan delicada en una misma tela, con mi rama de manzano, ambas, cada cual en su clase, llevan la marca de lo bello. Los hombres pueden desdeñar y tratar de vulgar la pobre flor, pero ella no tiene por qué quejarse de Dios.

 Y el rayo de sol acarició el diente de leon y á la ramita, que se sonrojó algun tanto al ver la despreciada planta puesta al lado suyo bajo un mismo pié.


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