La alondra (Shelley)

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Nota: Traducción de Miguel Antonio Caro incluída en el libro Traducciones poéticas (1889).

 ¡Salve tú, que del suelo
 Gallarda te desvías,
 Más que ave, hija del cielo,
 Y desde lo alto envías
Raudal de no estudiadas profusas melodías!

 Rival de nubes leves
 Vuelas á etéreas salas,
 Al hondo azul te atreves,
 Y tu cántico exhalas
En el inmenso espacio sin aquietar las alas.

 Radioso cortinaje
 Decora el sol poniente,
 Y el dorado celaje
 Hiendes en giro ardiente,
¡Oh tú, encarnado impulso de gozo indeticiente!

 Más y más palidece
 La púrpura, y tu vuelo
 Fugaz se desvanece

 Bajo el tendido velo;
Oigo tu voz vibrante, y en vano verte anhelo:

 Cual cada aguda flecha
 De esa esfera argentada
 Cuyo foco se estrecha
 En la luz dilatada,
Donde algo el alma siente, y el ojo no ve nada.

 Cielos y tierra llena
 Tu alborozado canto,
 Como luna serena
 Rasga el aéreo manto,
Y en luz el orbe envuelve de misterioso encanto.

 Nada hay que emule, nada,
 Tus potencias ignotas:
 No la nube irisada
 Vertió tan puras gotas
Cual de tu pico arpado caen límpidas notas.

 Así, ardiendo en la santa
 Lumbre del pensamiento,
 El poeta himnos canta,
 Y á nuevo sentimiento
De asombro ó de esperanzas inclina al orbe atento.

 Así en feudal palacio
 Sola una noble dama,

 Mudo el sereno espacio,
 Halaga oculta llama
Con música doliente que en torno se derrama.

 Luciérnaga de oro
 Así en la húmeda hierba
 De luz vierte un tesoro,
 Y del que audaz la observa
Entre la grama y flores perdida se preserva.

 Así la abierta rosa
 Que el follaje guarnece,
 Su fragancia copiosa
 Al sutil viento ofrece,
Que cargadas las alas, desmaya y se adormece.

 Són de lluvia en verano
 Que alegra la natura,
 Tallo que se irgue ufano;
 En la tierra, en la altura,
Cuanto hay gozoso y bello, se humilla á tu dulzura.

 Díme, espíritu ó ave,
 ¿Qué piensas de contino?
 No hay cítara suave
 Que amor cantando ó vino,
Cual tú arrobarnos sepa en éxtasis divino.

 El canto de himeneo,
 El himno de victoria,

 Á par de tu gorjeo
 Magia son ilusoria,
Libación breve y vana de júbilo ó de gloria.

 ¿Qué objetos ignorados
 Cantando vas? ¿Qué flores,
 Fuentes, grutas, collados.
 Los tuyos son? ¿Qué amores
Sólo de ti sabidos? ¿Qué ausencia de dolores?

 Desecha tu alegría
 Cobardes languideces,
 Negra melancolía;
 Nunca tú desfalleces;
Amas, y no conoces de amor vulgar las heces.

 Velando ó adormido,
 Muy más que humanas gentes
 De la Muerte y Olvido
 Hondos misterios sientes;
Y allá tus cantos ruedan en ondas transparentes.

 Hacia atrás y adelante,
 Tras algo que no existe,
 Mira el hombre anhelante;
 ¿Qué sonreír no es triste?
¿A cuál endecha dulce vago pesar no asiste?

 Si fuéramos criaturas
 Al dolor y al espanto

 Ajenas, almas duras
 Incapaces de llanto,
¿Cómo tu voz celeste nos deleitara tanto?

 Más que humana elocuencia
 Que en ecos se dilata.
 Más que toda la ciencia
 Que en libros se recata,
¡Desdeñador del mundo! tu arte al poeta es grata.

 ¡Oh, si parte siquiera
 De ese inexhausto río
 De mis labios fluyera.
 Cual mudo me extasío
Absorto el universo oyera el canto mío!