La sirena negra: 11

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Capítulo XI
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La sirena negra Emilia Pardo Bazán


Los primeros calores empalidecen las florecientes mejillas de Rafael, y su dulzura de Niño Jesús de San Antonio se transforma en abatimiento. Consulto, y me ordenan llevarle a un sitio fresco: si es posible, al borde del mar. Y tan posible como es. Me le llevo a la casa de Portodor, donde he pasado días de mi edad temprana. Hace muchos años que no la he pisado; he solido, en verano, viajar por Suiza y Alemania; pero Camila, consecuente en sus hábitos de sabia previsión y buen gobierno, no quiso dejar en el abandono esa finca, y al residir allí cortas temporadas, de seguro cuidaría y arreglaría la antigua residencia. Sin embargo, para cerciorarme -como me sería muy desagradable encontrar camas duras, vajillas desportilladas y muebles ratonados-, me resuelvo a visitar a mi hermana, pegando un martillazo a la costra de hielo de nuestra casi ruptura.

Camila me recibe afabilísima. La mujer práctica ha echado sus cuentas y comprendido que es inútil y bobo reñir con nadie, a menos que reporte provecho. Su amabilidad, sin embargo, se asemeja a la que demostramos a los locos o semilocos, a quienes, en opinión de la gente, no se debe «llevar la contraria»; con quienes no se discute. Me invita a almorzar, y acepto, telefoneando a mi hotel para que no me aguarden Desiderio y Annie. Expongo mis propósitos, formulo mi interrogatorio. ¿Hay en Portodor siquiera lo necesario? Porque con añadir lo superfluo...

-Lo necesario para ti es mucho, Gaspar -responde melifluamente Camila-. Para mí, y para la mayoría de los mortales, aquello se halla habitable, y hasta cómodo. He renovado infinitos trastos: he puesto el salón de cretonas alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. Mira, es más sencillo: tengo el inventario; te lo doy, y tú señalas en él lo que falte. ¿No te acuerdas de que hace cuatro años se gastaron allí algunos miles de pesetas, que tú pagaste, claro, porque la casa es tuya? No creas que vas a meterte en un palomar. Donde yo paso, pongo orden.

Apareció el inventario, un cuaderno de pliegos de papel de barba, de letra redonda, española. Estaba firmado por el mayordomo de Portodor -todo en regla-. Lo guardé en el bolsillo, y descascarando una mandarina, invité:

-Sabes, Camila... Me alegraría de que te animases a la temporada en Portodor... ¿Por qué no, dime?

Ella con los gajos de otra mandarina entre los dedos, sonrió y me echó una ojeada de soslayo.

-Hijo mío... eso no me lo pidas. Sería difícil complacerte.

-Pero ¿por qué?

-¿No te enfadas?

-No. Palabra de honor. No me enfado; di lo que gustes. Hace meses que no me diriges ninguna observación, y ya me saben tus reparos a fruta nueva.

-¡Gracioso! Pues... porque no me gusta autorizar ciertas cosas; basta y sobra con lo que se dice, sin que yo...

-¿Se dice? ¿De mí?

-De ti y de la inglesa.

-¡Bah!

-Y no es eso sólo... ¡Hay quien muerde a propósito de la inglesa y de ese preceptor que tomaste, supongo que para la inglesa, puesto que el chiquitín, por ahora...!

-¡Pch...!

-Bueno; allá tú; yo no digo ¡pch!; yo estimo mi reputación y mi formalidad, Gaspar querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese tuyo de verdad, la gente no comentaría el personal de servicio que eligieses. Como les extraño tanto lo del chico -y no era para menos- tienen fija en ti la vista; me sacarían a tiras el pellejo si viviésemos juntos una temporada. Por otra parte, criatura, la miss es conocida; ha servido en casa de los Altacruz, y coqueteaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus amigos; parece que pica alto y que se ha propuesto casarse con un español de fuste. Todas estas carabinas se proponen otro tanto...

-¡Sss! -desdeñé-. Lo que es conmigo... Por otra parte, estoy encantado de su servicio, Camila. Es un cronómetro inteligente. La he subido el salario.

-Pues amén... Yo no tendría un aya así, bonita y que se las trae... En fin, iré a Portodor cuando regreses a Madrid con tu tropa; ¿supongo que pasarás allí julio y agosto?

-Me lo figuro... Según le siente a Rafael.

-Mira -articuló Camila sirviéndome café galantemente-, lo que puedo hacer es ir a verte un día desde el balneario de San Roque. Yo no necesito las aguas, pero Trini desea que la acompañe. ¡Pobre Trini! Padece neurastenia, desórdenes..., algo que a veces proviene de estados de ánimo especiales. Como hay escasamente dos leguas de San Roque a Portodor, si se anima Trini, iremos a pedirte de merendar.

-Iréis a almorzar; no faltaba más. Es una jornada.

-Veremos, veremos... Ha de ser una excursión sin ruido, de las que en verano pueden hacerse, porque nadie se fija... Ya te escribiré desde allá, si vamos, que todavía no está Trini resuelta; dudosa anda entre esas aguas y otras de Baviera, muy elegantes y muy confortables... Oye -añade Camila-, quiero que sepas que me he traído de Portodor unas sillas antiguas, imperio, preciosas; me dieron lástima allí; son las del gabinete. ¿Deseas llevártelas? Te llevarías lo tuyo...

-¡Qué disparate!... Son tuyas antes y ahora.

Con esta cordialidad nos despedimos. Salí despreciándola como nunca, en una crisis de sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, se reveló por una carcajada que hizo volverse a un aprendiz de zapatero, portador de un par de botas flamantes de caña mastic. Para Camila, bienes y males están en las bocas y opiniones de los demás. ¡Y qué recurso tan pobre el de la supuesta enfermedad de Trini! Será algún infarto al hígado, de tanto apretarse el corsé... Cátate que me la quieren pintar desmayada de amor y ternura.

Empiezo mis preparativos; doy mis órdenes. En los días que preceden a mi marcha me dedico a recorrer, por despedida, algunos de los sitios habituales: Ateneo, café, cervecería, teatros, corros de trastienda de anticuarios y libreros de viejo. No soy misántropo; soy diferente, lo cual no me quita la sociabilidad. Hasta concurro, una vez al mes, a ciertas tertulias de las que mi hermana frecuenta, y escucho las conversaciones, estudiando mucho al hacerlo, deleitándome en el curioso contraste de la charla oficial y la historia auténtica que se conoce... Debió de ser en un teatro, en los pasillos, donde me hablaron de Desiderio. Hurones, periodista de esos que podrían biografiar cruelmente a Madrid entero, que sólo hablan para murmurar, y en desquite sólo escriben alabanzas, me interpeló:

-¿Y qué tal Solís? ¿Está ahora mejor de la cabeza? Cuando usted se lo lleva, señal de que el pobre chico habrá sanado.

-No lo crea usted -respondí con perfecto aplomo-. Enfermísimo continúa.

-¡Vaya por Dios! Pues yo supuse que era la... la escasez... lo que le tenía... así. Le conocemos mucho en la redacción; traía artículos y rara vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya ve usted, los nombres nuevos... El público exige firmas acreditadas... Los artículos que se le tomaron (aquí Hurones bajó la voz) fue porque se me figura que el director le cogió un poco de asco a Solís, que es muy violento.

-Ya, ya lo he advertido -respondí, consecuente en mi sistema de darme por informado para que Hurones no se replegase-. Es un carácter impulsivo de esos que pueden conducir a ¡qué sé yo!: hasta a monomanía homicida...

-¡Ajá! Eso, monomanía homicida... No me acordaba del nombre técnico. ¡Si dicen que varias veces quiso matar a... no sé cuántas personas! Y un día nos trajo un artículo ponderando el goce que al matar se siente... De modo que, para saberlo de cierto, a alguien habrá escabechado... El director, naturalmente, devolvió el tal artículo; se nos hubiesen dado de baja infinitos suscriptores.

-Pues, además de la manía homicida, tiene otra muy mala: la suicida -afirmé intrépido.

-¡Ah! Eso nos consta a los del periódico... Quiso arrojarse por el viaducto y se lo impidió el guardia. Él lo negó, pero...

-Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasión se envenenó, sólo que llegó a tiempo el contraveneno -asentí imperturbable-. Hasta tiene en su cuarto un sable japonés, de los de abrirse la barriga.

Hurones me miré con recelo y escama, olfateando burla.

-Pues ¿cómo le conserva usted en su casa y al lado del niño? ¿No teme usted...?

-Es una experiencia psicológica que hago -declaré fríamente.

-Será una buena obra... Él ha de sanar, con tal que coma y tenga remediadas sus necesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, yo no viviría descuidado. No se sabe...

Es imposible que exista en el universo persona cuya opinión me importe menos que la de Hurones; todavía me creo más predispuesto a seguir una prudente indicación de Camila. No obstante, la noche en que me dijo las anteriores tonterías, cavilé buen rato a solas. Eso de estar o no estar sano de la cabeza... ¿dónde habrá una frase tan holgada y tan ambigua? ¿No dirán de mí lo mismo? Camila lo cree; para ella soy ni más ni menos que un temible perturbado... cuando, en el terreno de la acción, soy un excelente sujeto, que a nadie molesta y que ha recogido un huerfanito y le mima y educa. Nunca comprenderán los pobres diablos sin sustancia gris el cerebralismo, donde nos refugiamos, porque justamente nuestros actos no corresponden, no pueden corresponder con nuestros ensueños. Una noche en que Desiderio -hambriento, con la bolsa vacía, aterido de frío bajo el terno de verano, de odiosa lanilla nacional, que no había podido sustituir por un paletó acariciador y denso- pensó estoicamente en sensaciones supremas, en goces extraños y embriagadores que el dinero no compra, se acordó, sin duda, de que hay perversa y diabólica ventura en extinguir la vida (mayor, quizás, que en crearla); apacentó su espíritu en lo que yo lo he apacentado con tal frecuencia, en lo estético del morir y del matar, raíz de toda belleza, esplendor del heroísmo, justificación de la bajeza del vivir -y, seducido por la magnificencia íntima de su idea, la ha garrapateado en cuartillas (estos debilitados y mal alimentados no saben retener el pensamiento arcano, el secreto que es para nosotros) y ha llevado las cuartillas a una publicación. Naturalmente: susto, alarma, anatema para el protervo... Y, en él, la idea, disuelta ya en el acto -porque escribir es modo de hacer, y los que menos realizan las cosas son los que las han confiado al papel, quedandose libres de la sugestión-. Escritores castos cultivan el erotismo; escritores bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasamos por tres estados sucesivos: pensar, decir, ejecutar. Contados hombres simultanean los tres estados. Desiderio ha escrito; luego no hará cosa ninguna. Jugaremos con el pensamiento grave y sublime de la muerte, rondaremos su negra puerta -sin entrar-... Nos hará señas su mano de marfil -marfil óseo; nos llamará la elegante diestra gótica, sin carne- y responderemos que somos platónicos amadores, que la suspiramos desde lejos... ¿Cobardes? No; pacientes. Ella vendrá...

-¿Tadeo?

-Señorito...

-¿Has puesto en el equipaje camisas de vestir en cantidad?

-Van todas.

-¿Te acordaste de la tienda portátil para los baños?

-La ha facturado el mismo dueño del establecimiento en que la compré.

-¿Empaquetaste los licores?

-Un cajón está armado.

-¿Los libros?...

-Cinco cajones.

-¿Has dicho a miss Annie que la ropa blanca del niño irá en maleta especial, dedicada sólo a eso?

-Lo sabe, señorito. Descuide.

-¿Surtiste la caja con la plata para el servicio de mesa?

-Hasta del juego ruso para el té me he acordado.

-No dejes de llevar provisión de té de la caravana.

-Y café del mejor va también.

El ayuda de cámara intenta retirarse; pero le detengo con otras inquietudes de bienestar, de capricho.

-Compromete el sleeping... Echa en la caja de los vinos unos botes de confitura inglesa de ruibarbo para miss Annie... Las botas de charquear, el anteojo marino... Pantallas para las bujías en la mesa...

Ya llega a la antesala, en retirada, y le grito:

-Mis armas, mi máquina de fotografía... ¡Oye! Cinco o seis juguetes mecánicos bonitos para ir sorprendiendo a Rafaelín...


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