La zarpa de la esfinge: 05

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
La zarpa de la esfinge
La mueca de la Esfinge
 de Antonio de Hoyos y Vinent


IV - La mueca de la Esfinge[editar]

El telón se alzó lentamente, mientras las luces de la sala se apagaban. Una claridad roja, tan intensa que casi hacía daño -claridad de sol agonizante- fulminó el escenario y apareció el desierto a los ojos del público. La llanura amarilla, inacabable, se perdía en lontananza bajo un cielo implacablemente azul. Ni una planta, ni una flor, ni un ser humano. En primer término, sobre un plinto de tosca piedra, tendida boca abajo, erguido el busto y la cabeza echada hacia atrás, inmóvil, inquietante, interrogadora, dormía Judith. Israel. Sobre sus brazos cruzados descansaban sus senos breves, andróginos, bajo los fulgores de sus raros collares de amarillos crisopacios. El rostro blanco, encuadrado en las líneas perfectas de su cabellera espesa, y negrísima, tenía una serena calma de eternidad. Sobre el largo friso ondulaba su cuerpo de una rara perfección.

La orquesta apoyábase en dos únicas notas de los violines que subrayaban el tambor dando una sensación de monotonía abrumadora. Lentamente, como en un amanecer de esmeralda, Judith abrió los ojos. Después, muy despacio, sin romper la armonía, levantose y comenzó los quiméricos pasos de «La Danza de la Esfinge». Estaba toda desnuda bajo el iris de las piedras preciosas que pendían en finas cadenas desde el cinturón de oro que ceñía sus caderas. Áureas ajorcas incrustadas también de pedrerías aprisionaban sus puños y tobillos, y raras sortijas lucían en los dedos de sus pies. Parecía más delgada, más fina, casi irreal, así.

Danzaba lentamente; cada gesto era definitivo, subrayado, seguido de una pausa, como si fuese el último. En sus menores movimientos había la gracia plástica y animada a la vez, de las Tanagras. Ni un ademán más violento, ni un giro que rompiese la elegancia exquisita de su plasticidad.

En una de las últimas filas de butacas, el Cautivo seguía anhelante los pasos de su amada. Cinco días sin verla. Cuando creía haberla recuperado, se encontraba con que estaba tan lejos de ella como antes. Su ser primitivo, violento y apasionado, sublevábase ante el hermetismo de aquella mujer que había dormido con él en el quicio de las puertas, en las interminables noches de invierno, y con quien había compartido el hambre y el frío. Sin darse exacta cuenta de sus sentimientos, asombrábase de encontrarla tan lejana, tan inabordable, y sentía una rebelión de hombre primitivo pronto a apelar a la violencia ante la hembra que se le resistía.

Desde la tarde del Miércoles de Ceniza no había conseguido volverla a ver. Sus intentos de avistarse con ella habíanse estrellado contra la consigna del portero, rígido e intratable, y como, por otra parte, con esa cortedad que queda siempre en la gente del pueblo cuando por su valor escala ciertas cumbres, no se atreviese a insistir mucho, limitábase a acudir todas las noches al teatro que su amada ennoblecía con la rara evocación de sus danzas. Judith Israel no parecía ni aun notar su presencia. Desdeñosa, indiferente, abstraída del mundo, parecía vivir en la ilusoria región de sus bailes. Pero aquella noche, no. Cipriano adivinó los ojos de esmeralda líquida que le buscaban en la oscuridad. Sintió un vago malestar, las pupilas verdes, hipnóticas, dominadoras y atrayentes como las de un reptil clavadas en su presa, permanecieron fijas en él con constancia obsesionante, adivinándole en la oscuridad.

Un soplo perverso había animado a la Esfinge. En la desolación infinita del desierto, una desolación de cataclismo geológico, era el monstruo quimérico, el Misterio, el Remoto, hecho pecado, pero no un pecado vulgar, sino eso, el pecado que vive en el fondo oscuro del Misterio y del Remoto, el pecado monstruoso y horrendo de la leyenda, el pecado tremendo y alucinante, el pecado de la Biblia y de la antigüedad, el que hizo rameras de las Emperatrices, y convirtió en bestias a los Sátrapas, el pecado infame y terrible que vive en el fondo de nuestras vidas como el Dragón en el fondo de los círculos infernales. El vendaval de Lujuria que, como un ardiente soplo del arenal, había hecho temblar la estatua, se alejaba. Los gestos de la danzarina se hacían más lentos, más cansados, se iban extinguiendo, y, al fin, Judith Israel cayó sobre su pedestal para tornar a su inmutable serenidad.

La cortina descendió entre una salva de aplausos que, redoblando, hiciéronla alzarse otra vez. Entonces, en plena luz, apareció la artista envuelta en amplio albornoz de seda negra, y saludó. El público, preso de loco entusiasmo, no se cansaba de aplaudir. Judith, rígida, doblada en una zalema de rendimiento casi oriental, permanecía quieta, pero sus ojos verdes vagaban por la sala buscando algo. Al fin, tropezaron con Cipriano. Una sonrisa brotó de los labios y revoloteando sobre el público, como una tórtola, fue a acariciar con sus alas los ojos del torero.

Al entrar en su cuarto, la artista sonrió a Gutiérrez Sarmiento, repanchigado en una butaca, y luego al ver allí a Roncalito, el gran torero, tendiole la mano en un impulso cordial.

-Gracias a Dios. Creí que me había olvidado ya.

-Olvidado -protestó él-. Olvidado... Esta mañana he llegado de Sevilla para firmar mis contratos con esta Empresa, y lo primero aquí estoy. ¡No se me olvida así como así lo mejor del mundo!

-Cuidado. Que está Sarmiento delante y va a tener achares.

La cara del torero ensombreciose con una nube de tristeza romántica que le sentaba muy bien a su tipo de abencerraje cantor de las huríes ocultas tras la celosía de la Alhambra. Con voz timbrada de melancolía afirmó:

-Ya sabe él que no hay de qué. Que ni me quiere, ni me querrá nunca.

-No sé, no sé -bromeó el millonario-. Voy teniendo celos.

-Bien conoce que no, don Francisco. Ella le quiere a usted bien.

La Israel acercose a su amante, y posando en él los ojos con cariño, aseguró:

-Ya lo creo que te quiero. Tú has sido para mí más que Dios. El nos sacó de la nada, y tú a mí me has sacado de algo peor... de la miseria, de la porquería, de la degradación. Todo lo que soy y todo lo que valgo, a ti te lo debo; tú me hiciste artista y... casi mujer.

Hablaba seria, poniendo una atención reflexiva en lo que iba diciendo. Parecía otra más serena, más noble en una extraña evocación casi cristiana, ahora. El amplio ropaje de seda negra hacíala más delgada, más alta, más exotérica.

El fondo era propicio. Grandes paños de terciopelo negro manchados con lágrimas de plata, daban al camerino el inquietante aspecto de una capilla ardiente. Divanes, también negros, con almohadones en que campeaban bordados en metales los signos de la quiromancia, rodeaban la habitación, y pequeñas mesas árabes de ébano con incrustaciones de marfil completaban el decorado.

Judith giró y, frívola nuevamente, en una de aquellas rápidas evoluciones de su camaleónica personalidad, encarose con el Roncalito.

-Pues vamos a poner a prueba ese amor tan grande, porque le voy a pedir un favor.

-¡La vida!

-Es mucho y poco. Alguna vez nos parece tan buena, que aun con calvario la adoramos, otras, nos pesa tanto, que la daríamos por un minuto de amor o de placer. Lo que voy a pedirle...

Un empleado entró llevando una tarjeta en la mano. La bailarina ordenó:

-Que pase.

Luego, encarándose con su amante, explicole:

-Es un compañero de la niñez. Hemos pasado muchos años juntos, y quisiese hacerle bien.

En la puerta apareció Cipriano. Cohibido al ver al gran maestro, pero sobre todo, ante Sarmiento, balbuceó un «buenas noches» lamentable.

Judith salió a su encuentro y le tendió la mano.

-¡Cuánto me alegro verte!

Y sin soltarle, llevole primero ante el americano, y luego ante Roncalito:

-Mi amigo Cipriano Gómez, el Cautivo, matador de novillos-toros...

El espada sonrió con un tenue matiz de ironía.

-Le vi torear en Bilbao...

Sintió la danzadora toda la crueldad de la evocación.

-Una tarde mala la tiene cualquiera, aun el más valiente -protestó con calor.

Y luego, vagamente irritada por aquella inhumanidad, y sobre todo por tropezar con un obstáculo que se oponía a su deseo, acercose al espada, y con voz serena afirmó:

-Justamente, ese era el favor que iba a pedirle. Quiero que Cipriano toree en Madrid.

-¿De novillero?

-¿Banderillero?

-¡De matador! Quiero que le de la alternativa.

Había clavado en su interlocutor las pupilas hipnóticas y su voluntad, en un impulso violentísimo, tendíala hacia él como un arco próximo a lanzar la flecha.

El torero vacilaba. Irónica flageló recordando sus palabras de momentos antes.

-¡No es la vida!

-Es más difícil de lo que parece... La Empresa...

-La Empresa hace lo que usted quiera.

Halagado comenzó a ceder.

-Es que yo...

Inclinose hacia él, y embaucadora conminó:

-De usted depende. De su voluntad. Si es verdad que desea tanto complacerme, sí. En caso de indiferencia, en el supuesto de que todo no es más que palabras, palabras, palabras, vanidad de matador de cartel que necesita a la bailarina de moda, no. Conque, a elegir: ¿sí o no?

-Sí. Usted lo quiere, pues se hará.

-¿Palabra?

-Palabra de honor. En la primera corrida que toree en Madrid le doy la alternativa.

Judith ofreciole las dos manos en fervor de agradecimiento.

-¡Gracias!

Luego, volviéndose a Cipriano, desconcertado, cohibido, avergonzado por la extraña escena de que era protagonista, díjole con la voluntariosa energía de una dama de leyenda, conminando a su galán al heroísmo:

-¿Y tú vas a ser valiente, muy valiente, verdad?

El Cautivo inclinó la cabeza. Ella anunció:

-Por otra parte, yo estaré allí para juzgar...

Roncalito y Gutiérrez se extrañaron. El primero formuló una pregunta:

-¿Pues no sale mañana para Londres y Nueva York?

-¿Qué importa? -y en las palabras de la incomprensible había un desdén magnífico por el tiempo y la distancia-; esté donde esté volveré aquí aquel día.

Después inició un paso de danza, y, girando rápida, de improviso abrió las flotantes vestiduras y mostrose magnífica de impudor, toda desnuda, como una Afrodita de mármol sobre el negro raso de un estuche, ante los ojos estupefactos de los tres hombres.



La zarpa de la esfinge de Antonio de Hoyos y Vinent
La ofrenda - Primera parte:

I - II - III - IV - Segunda parte: I - II