Las siete tragedias de Sófocles/Prólogo

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PRÓLOGO


Juntas en un tomo y vertidas directamente del original griego, salen ahora por primera vez en castellano las siete tragedias de Sófocles[1], que éste escribió hace más de dos mil y trescien tos años.

Aunque los gustos y aficiones de la sociedad de nuestra época sean muy diferentes de los de la época de Sófocles, hay en las tragedias de éste, como en toda la literatura clásica que se nos ha conservado, un fondo humano que históricamente ha venido influyendo en el espíritu de la so ciedad, y del cual no puede desentenderse ésta sin romper con la tradición. Sófocles es además, entre los clásicos griegos, el más equilibrado y el más sereno[2]. Aceptó la tradición griega tal como se le ofrecía, sin preocuparse en modificarla, y lo mismo las creencias religiosas de la época. Fué ortodoxo dentro del paganismo, y procuró en su teatro educar al pueblo, haciendo de la escena escuela de moral; pero no de moral independiente, sino de moral fundada en las doctrinas religiosas de la época, que como dogmas había necesidad de acatar, por ser el entendimiento humano impotente para escudriñar la razón de la existencia de ellas, e incapaz de poner se por sí mismo de acuerdo en todo lo pertinente a las mismas. (Véanse págs. 106 y 107.) Fuera de los dogmas, admite la duda y el libre examen; pues, como dice en la página 109, « puede un hombre responder con su juicio al juicio de otro hombre ». Así, pues, la influencia religiosa y la tendencia moral se ven juntas en todos los dramas de Sófocles.


Áyax llega al suicidio, en castigo de su orgullo y menosprecio del auxilio de la divinidad. La respuesta que da a su padre Telamón cuando, al despedirle para Troya, le exhortaba a que tuviera siempre propicios a los dioses, y la que luego dió en los campos troyanos a Minerva en ocasión en que ésta le estimulaba a la lucha (páginas 22 y 23), le atrajeron el desdén de la diosa. Vencido después por Ulises en el certamen por las armas de Aquiles, desacata el fallo del Jurado y concibe, en su orgullo, matar al mismo Ulises y a los jefes del ejército que le habían postergado. La diosa, entonces, le trastorna el juicio, y el héroe se lanza, en su lòcura, sobre los rebaños de ovejas y bueyes, creyendo saciar en ellos la sed de venganza que sentía. Cuando luego recobra la razón, se ve cubierto de ignominia y decide suicidarse.

Esta es la más antigua de las siete tragedias de Sofocles.

En la Electra se consuma, por orden del oráculo (pág. 46), el asesinato de Clitemnestra y de Egisto, porque así lo exigía la venganza de Agamemnón, ignominiosamente asesinado por la infiel esposa y el adúltero amante. La casa paterna tenía que purificarse; la sangre impiamente derramada pedía venganza, y las maldiciones lanzadas contra los asesinos habían de cumplirse indefectiblemente[3]. Así, termina la pieza con estas palabras: «Ya se han cumplido las maldiciones...»

Se ignora la fecha de la representación de esta tragedia

En el Edipo, rey, se cumple la profecía del oráculo por encima de la voluntad humana, o mejor, ésta se manifiesta decidida y enérgica en Edipo, el héroe de la tragedia, para subvenir al cumplimiento de aquélla. Hay pasajes en esta obra que hacen pensar en la maldición de Caín, como si la leyenda de la familia de Edipo fuera recuerdo de una raza maldita, condenada a desaparecer y que de hecho se extingue en la Antígona.

No creo tengan razón los críticos que han censurado algunos pasajes de esta tragedia. La falta de entereza que notan en el adivino Tiresias, quien se presenta a Edipo con la determinación de no revelarle el secreto que ha guardado durante diez у seis años, y a pesar de esto se lo revela al verse insultado por él, conduce al desenlace de la obra. Las profecías estaban por encima de los mortales, fueran o no adivinos.—Si Creonte reprende a los personajes del coro (pág. 139), no es por falta de conmiseración hacia Edipo, sino por temor de infringir los preceptos divinos; pues la religión prohibía el que se tuviera relación de ninguna especie con las personas impuras. El mismo temor sienten ante la presencia de Edipo los habitantes de Colono (pág. 150). Véase también lo que acerca de esto dice el propio Edipo a Tesco en la página 180, y lo que se dispone expresamente en el Código de Manú, XI, 181 y siguientes.

Esta tragedia fué representada, según se cree, hacia el año 430 antes de Jesucristo.

En el Edipo en Colono pone Sofocles la religión al servicio de Atenas. Es un drama patriótico, escrito por el poeta en los últimos años de su vida, y que no se representó, según los críticos, hasta el 401, muerto ya Sófocles, y cuando habían pasado las circunstancias que, sin duda, le decidieron a escribirlo. El oráculo había profetizado que la ciudad que poseyese enterrado en su suelo el cadáver de Edipo, sería invulnerable. Cuando Sófocles lo escribió se hallaba Atenas envuelta en la guerra del Poloponeso, que sostenía desde el año 431 antes de Jesucristo. Sófocles murió antes de que esta terminara, y no pudo, por lo tanto, ver que se había equivocado en sus patrióticos deseos.

De esta tragedia creemos que nuestro Calderón tomó el pensamiento que nos expone en La vida es sueño, al decir: «El delito mayor del hombre es haber nacido.» Sofocles, en realidad, dijo lo mismo al exponer (pág. 163) que el «no nacer es la suprema razón para no sufrir»[4].

En la Antígona nos ofrece Sófocles: el cumplimiento de la maldición de Edipo contra sus dos hijos (págs. 157 y 169); el martirio de la heroína, que desacata la orden del tirano por.obedecer a la ley divina, y da sepultura al cadáver de su hermano Polinices, que aquél había ordenado que lo dejaran insepulto, y el castigo del tirano.

El pasaje de esta tragedia en que Antigona dice que ha desobedecido la orden del tirano por tratarse del cadáver de su hermano, cosa que no habría hecho si hubiera sido el cadáver de su esposo o de un hijo suyo, se cree interpolado; y parece, en verdad, que se halla en contradicción con las demás partes de la pieza en que la heroína expone los motivos de su decisión.

Esta tragedia se representó, probablemente, en 442 antes de Jesucristo.

En Las Traquinias se nos ofrece también el cumplimiento de la profecía del oráculo acerca de la muerte de Hércules (pág. 245); y contribuyen a tal cumplimiento, el deshonesto tocamiento del centauro; la infidelidad conyugal del héroe, maldecida por el coro de vírgenes traquinias; la indiscreción del heraldo, el entremetimiento del paisano y los celos de la esposa.

Nos extraña también en esta tragedia el pasaje en que Hércules, moribundo, exige de su hijo que se case con Yola, la muchacha con quien él había mantenido trato conyugal, y que no sé si se ha dado alguna explicación satisfactoria del mismo.

Se ignora la fecha en que se representó esta pieza: créese que hacia el año 420.

La influencia divina y religiosa en las determinaciones de la voluntad humana se halla manifiesta también en el Filoctetes. Este héroe, compañero en otro tiempo de Hércules, y poseedor a la sazón del invencible arco y flechas de éste, se dirigia a Troya con los demás griegos, cuando en la isla de Crisa, donde se detuvo la expedición para celebrar un sacrificio, fué mordido en un pie, en castigo de haberse acercado a «la vibora que oculta custodiaba el descubierto recinto sagrado de la ninfa tutelar de la isla». La expedición llegó después a Troya; a Filoctetes se le enconó la herida, y como el ritual prohibía que las personas que tuvieran ciertas lesiones presenciaran los sacrificios y libaciones a los dioses, por consejo de Ulises lo sacaron del campamento y lo dejaron abandonado en la isla de Lemnos[5]. Los griegos se vieron obligados luego a ir por él, porque su presencia era indispensable para tomar a Troya, según había profetizado el adivino Heleno.

Esta tragedia fué representada en 409 antes de Jesucristo.


Tal es, en mi opinión, el pensamiento fundamental de las tragedias de Sófocles: la existencia real de un poder divino que influye en los destinos de la Humanidad y del hombre; la necesidad en que se halla éste, por su manifiesta inferioridad, de no contravenir a las leyes eternas emanadas de aquél, y de acatarlas en todas sus determinaciones.

Se ha puesto en duda si Sófocles en su teatro aludió a veces a sus contemporáneos. Yo creo que son evidentes las alusiones que, como máximas generales, expone en el Filoctetes cuando dice Ulises que entre los hombres «la lengua, no el trabajo, es la que gobierna las sociedades», y también el pasaje en que dice que «la armonía de la ciudad, lo mismo que la disciplina en el ejército, depende de los que gobiernan».

No quiero dejar de notar que dentro de la gravedad con que se desarrolla la acción trágica, choca a veces la manera como se expresan en algunos pasajes los personajes inferiores en su conversación con los superiores. Así, en la Antígona, especialmente (véase pág. 208), contrasta el lenguaje bufonesco del mensajero que le trae a Creonte la noticia del enterramiento del cadáver, con la augusta seriedad del tirano y la gravedad del hecho que le denuncia.


Para esta traducción me he servido de la recensión de Guillermo Dindorf, editada por Teubner (Leipzig, 1896), que ofrece algunas variantes respecto de las anteriores; y aun en ella he corregido el (ilegible) del verso 164 del Edipo en Colono, en (ilegible), por creer que así lo exige el sentido.

En la traducción he conservado algunas metáforas del original, porque se entienden fácil mente y responden además a concepciones antiquísimas del pueblo indoeuropeo. El Código de Manú (X, 33), hablando de la procreación, dice que la ley considera a la mujer como campo y al hombre como sembrador; y conforme con este pensamiento se expresa Sófocles en varios pasajes del Edipo, rey, y de la Antígona. Y quién sabe si la imagen del hecho que expresa esta metáfora sugirió la idea del arado empleado para sembrar!

También he procurado, en cuanto he creído que no dañaba a la claridad de la frase, conservar en la traducción el orden de colocación con que en el original se expone el razonamiento, y por lo tanto, el orden de las palabras y de las frases: orden que sencillamente es el que empleamos en la conversación habitual.

J. Alemany.

Madrid, septiembre de 1921.


  1. Únicas que se han conservado de las 123 que se lo atribuyen, y cuyos títulos son: Áyax, Electra; Edipo, rey; Edipo en Colono, Antígona, Las Traquinias y Filoctetes, de las cuales han sido traducidas al castellano, en distintas épocas, las siguientes:
     Electra fué traducida por el maestro Hernán Pérez de la Oliva con el título de La venganza de Agamenon (Burgos, 1528, 1531; Sevilla, 1541), y por Vicente García de la Huerta, con el título de Agamenon vengado, en el último tomo del Teatro Español (Madrid, 1785-1786; 17 tomos). Esta traducción de García de la Huerta, la que de la misma tragedia se publica en este tomo y una traducción catalana de ella, se han publicado también en la Biblioteca de Autores Griegos y Latinos, dirigida por L. Segalá y C. Parpal (Barcelona, 1912).
     La tragedia Filoctetes fué traducida por el P. José Arnal, jesuita turolense (Zaragoza, 1764).— Edipo, rey, lo fué, con el título de Edipo, tirano, por D. Pedro Estala en Discursos sobre la tragedia y la comedia griegas (1793).—Áyax, por José Musso y Valiente (manuscrito en la biblioteca de Menéndez y Pelayo). —Antígona, por D. Antonio González Garbín (Biblioteca Andaluza, segunda serie, tomo VI, volumen 16; Madrid, 1889).—Recientemente han aparecido también en Barcelona las tragedias Edipo, rey; Edipo en Colono y Antígona, traducidas por José Pérez Rojart.
  2. Vivió desde 496 hasta 406 antes de Jesucristo. Los otros dos son Esquilo y Eurípides: aquél vivió desde 525 hasta 456, y éste desde 480 hasta 406 antes de Jesucristo,
  3. La creencia en el poder y eficacia de la maldición es anti quísima y perdura aún en parte del vulgo. En la India antigua, el brahmán que se creía ofendido no tenía necesidad de acudir al poder secular para que lo defendiese, pues debía hacerlo él valiéndose de sus propias armas, que no eran más que maldiciones y fórmulas mágicas. (Véase Código de Manú, XI, 31, 32 y 33.) La maldición era el poder del desyalido contra la fuerza bruta, y los dioses, según se creía, se encargaban de darle cumplimiento.
  4. Pensamiento que antes de Sófocles expuso Teognis en los siguientes términos: «Lo mejor para el hombre es no haber nacido; el no haber llegado jamás a ver la luz del sol; pero una vez nacido, lo es el franquear las puertas del infierno y acostarse en la tumba amasando la tierra sobre su cabeza.» (Teognis, 425-428, edición Bergk.) Además de esta coincidencia entre Calderón y Sófocles, creo deben tenerse en cuenta también las semejanzas que parecen verse entre La vida es sueño y el Edipo, rey En ambos dramas hay la predicción del oráculo o de los astrólogos, que da lo mismo, acerca de un hijo que ha de sobreponerse a su padre, matándolo o humillándolo; en ambos los padres, por librarse de la fatídica predicción, apartan de sí al hijo recién nacido, y en ambos triunfa la profecía sobre las decisiones de la voluntad humana.
  5. Este fué el motivo, y no el temor, de que la enconada herida del héroe produjera' una peste en el campamento, como se viene diciendo. Sófocles, en su teatro, nos ofrece muchas y curiosas reminiscencias de costumbres y prácticas que remontan a una antiquísima época indoeuropea, y una de ellas es ésta. (Véase Código de Manú, III, 150 a 167. Y la lección de los versos 1032 y 1033 de la edición teubneriana de esta tragedia, de la que nos hemos servido para esta versión, que dice: (ilegible), en vez de (ilegible), que decían las anteriores ediciones.