Los dos compadres

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Los dos compadres
de Gustavo Adolfo Bécquer



LOS DOS COMPADRES


ESTUDIO DE COSTUMBRES POPULARES DE ESPAÑA


(Dibujo de D. Valeriano D. Becquer)


 Ya un poeta de la antigüedad lo decía con estas ó semejantes palabras: «Ven, amigo, hablaremos de largo y te daré á beber vino del tiempo de los cónsules». En todas las épocas, la embriaguez y la expansión han tenido por cuna el mismo tonel y han andado juntas de la mano. ¡Singular influencia de un poco de líquido que se ingiere en el estómago del hombre! ¡Desarruga el ceño del adusto, infunde osadía en el tímido, desarrolla las corrientes magnéticas de la simpatía para con los extraños, abre de par en par las puertas á los secretos del alma, rompe, en fin, el hielo de la calculada reserva que se funde á su dulce calor en cómicos apostrofes ó en lágrimas de grotesca ternura!

 El jugo de la vid tiene su epopeya en los himnos de Anacreon, la poesía ha prestado á sus inspiraciones las alas de la oda en los espondeos de Horacio, las jácaras de Quevedo cantan sus picarescas travesuras entre las gentes de baja estofa, aún en nuestro siglo brota espontánea la canción báquica como la flor de la orgía, ¡Qué mucho que en la antigüedad haya tenido adoradores de buena fe un dios sin altar y sin culto!

 Entre nosotros, generación nerviosa é irritable cuya inquieta actividad sostiene la continua exaltación del espíritu, el vino ejerce un muy diverso influjo del que debió ejercer entre los hombres de las edades primitivas. Embriagados casi desde el nacer, ya de un deseo, de una ambición ó una idea, constantemente sacudidos por emociones poderosas, el suave impulso de un licor generoso se hace apenas perceptible en el acelerado movimiento de nuestra sangre en el estado de fiebre que constituye nuestra agitada y febril existencia. Para obviar á este defecto, hemos recurrido al alcohol. Pero el alcohol es al vino lo que la carcajada histérica de un demente es á la rica, fresca y sonora de una muchacha de quince años. El uno es el entusiasmo, el otro es la locura; éste apaga la sed, aquél consume las entrañas. La última palabra del vino es el ronquido formidable del Sileno griego. El alcohol ha legado á los hombres como un don funesto el delirium tremens.

 No nos es fácil, pues, calcular todo el efecto que haría en una raza nueva más tranquila, más fuerte, menos propensa á la exaltación, ese secreto y misterioso impulso que despierta la actividad de las facultades, ese fluido que circulando con la sangre comienza por aligerar su curso, aguijonear las ideas perezosas y abrir los poros del alma á los sentimientos y las emociones. Con razón creyeron que sólo un Dios podía haber hecho á los hombres tan agradable presente. ¡Evoe! ¡evoe! gritaban los sacerdotes invocando á Baco. «Baja á nosotros», añadían, apurando copa tras copa, y cuando la embriaguez divina agitaba sus miembros, cuando el vapor del líquido subía á su cabeza, exclamaban llenos de místico alborozo: «El Dios ha bajado».

 La mano del tiempo ha derribado la divinidad, aunque no se ha perdido el culto. Al cambiar de épocas, hemos despojado á sus adoradores del carácter sagrado con que se revestían. Después de arrebatarle el tirso, la corona de pámpanos y la piel de tigre, hemos dejado al sacerdote del antiguo templo en cuyo vestíbulo nació la tragedia clásica, convertido en el borracho vulgar que se desploma á la puerta de la taberna.

 A pesar de todo, lejos del agitado círculo en que bullen y se codean las ambiciones y los intereses, rari nantes in gurgite vasto, aún se encuentran algunos tipos que traen á la imaginación reminiscencias de aquellas pasadas glorias.

 Los que han estudiado con algún detenimiento las costumbres populares, así en nuestro país como fuera de él, suelen mostrarse á menudo maravillados de las singulares coincidencias que existen entre las costumbres y los usos modernos de los habitantes de ciertas localidades y las de los pueblos más remotos de la antigüedad. Y efectivamente, si con la diligencia y la condición de los que se afanan en busca de la ignota raiz de una palabra, hasta que profundizando en las capas primitivas del lenguaje humano, resulta al fin sánscrita ó caldea, se buscara la generación de ciertas ceremonias y hábitos, veríamos, persiguiéndolos en sus modificaciones al través de los siglos, que aparecían al fin enlazándose y como derivación natural de ceremonias, costumbres y fiestas olvidadas ya, ó de las que juzgamos no queda el menor vestigio. Y una cosa semejante sucede respecto á algunos tipos de las edades pasadas cuyos moldes parece que se rompieron después de vaciarlos.

 El dibujo que me ha inspirado estas desaliñadas líneas justifica, hasta cierto punto, las anteriores observaciones. Hay algo de solemne y patriarcal en la actitud y el tipo de los dos personajes que ocupan el primer término del cuadro, y que embebidos en su plática sólo se interrumpen para dar espacio á sus repetidas libaciones. Tiene el fondo algo de grande é imponente que recuerda el templo. No es esa la borrachera que pasea por las calles su escandalosa exaltación: no es esa la embriaguez que se desata en improperios, incita al crimen y se desploma en el arroyo para acabar desvaneciéndose en un sueño febril sobre la paja de un calabozo. Reina una paz, se trasluce una unción tan profundas en el uno de sus héroes; rebosa en el otro, aunque grotesco, un sentimentalismo tan propio de la chispa expansiva, que entre los dos puede decirse que completan el ideal del bebedor clásico. Basta fijarse en esa escena aislada de la eterna comedia popular para conocer el teatro de la acción, reconstruir el prólogo y adivinar el desenlace.

 La amplia capa, el sombrero colosal y la fisonomía característica del compadre grave, denuncian al menos conocedor el tipo de un manchego. ¿Quién no reconoce en su alter ego un labrador aragonés? Son los representantes de las dos provincias madres del vino, que beben á pasto las masas, del verdadero vino nacional, del que presta genio y carácter propios al pueblo español. ¿Dónde se han conocido? ¿De qué fecha data su amistad? ¿Por qué acaso se encuentran juntos? No importa averiguarlo. Después que la campana de la iglesia ha tocado á vísperas, al tiempo que el alcalde, el cura, el boticario y algún primer contribuyente de capa parda, arreglan los destinos del país midiendo con lentos pasos el pórtico; en tanto que las comadres del lugar juegan al guiñóte ó al julepe próximas á la lumbre, donde hierve el espeso chocolate de la merienda; mientras las mozas bailan en la picota y los mozos juegan á la barra ó recorren las calles desgañitándose al compás de un guitarrillo destemplado, nuestros dos héroes se presienten, se buscan, y después de encontrarse, sin cambiar una sola palabra, sin preceder siquiera algo semejante á la invitación del poeta latino, como empujados por una fuerza sobrenatural, se encaminan á las afueras de la población, si no á beber vino del tiempo de los cónsules, á saborear el contenido de una tinaja de lo añejo, cuyo zumo tal vez exprimió niño el que hoy lo consume anciano.

 En muchos pueblos de Aragón, y particularmente en la parte alta de la provincia, una senda que pasa costeando el lugar, se dirige en desiguales curvas por entre las quiebras del monte hasta el punto que en la falda de éste ocupan las bodegas. Socavadas en la peña viva, recibiendo la luz por los agujeros practicados en el granito, el conjunto de ellas sólo ofrece á la vista una serie de bocas abiertas en el corte vertical del terreno, cu ya regularidad y extraña apariencia traen á la imaginación la memoria de esas ciudades de los muertos, verdaderos tesoros científicos para los modernos sabios, que los egipcios tallaban en los peñones de algún recóndito valle.

 Unos cuantos escalones, naturales ó mal compuestos con ladrillo y argamasa, dan paso al interior de las bodegas, á las cuales se desciende casi siempre á trompicones, deslumbrados por la súbita transición de la claridad del cielo á las sombras que envuelven sus galerías. Cuando los ojos comienzan á habituarse á la vaga niebla que envuelve aquel recinto, cuando la dudosa y azulada claridad que se abre paso á través de los respiraderos resbalando sobre los muros, comienza gradualmente á destacarlos del fondo, es difícil dar idea con palabras de los pintorescos contrastes de luz, de color y de líneas que ofrece el cuadro que se presenta á la vista. En primer término, pipas, cubas y tinajas colosales, cuya gigantesca proporción recuerda los restos de las construcciones ciclópeas, se levantan majestuosas formando grupo con los artefactos y los útiles groseros de una industria que aún permanece entre nosotros en toda su primitiva sencillez. Por unos lados, la galería abierta á pico deja ver las grietas de la roca y sus robustos pilares; sus arcos chatos y robustos parece que remedan el interior de los tem píos subterráneos de Elefanta: por otros un madero, un pilar de adobes ó el tronco de una encina que sirve de puntal, revelan el carácter típico de su obra, que no es, como suele decirse, de romanos ni mucho menos. Tal es la que sirve de refugio á nuestros dos compadres. La muda admiración con que el huésped contempla la larga fila de ventrudas tinajas que se prolonga hasta perderse degradándose entre las sombras del fondo, las respetuosas ceremonias con que el anfitrión destapa la más venerable á fin de preparar la ofrenda, el silencio con que no ya en copa de cristal tallado, en caña ó cubillo, sino en clásico puchero de barro, comienzan ambos á trasegar al estómago el reverenciado líquido, dan á conocer que se sienten poseídos de toda la majestad del sitio en que se hallan, de toda la grandeza del misterio que en ellas va á operarse.

 Los tragos menudean, el silencio se interrumpe y la tagarnina comienza á delinearse con carácter propio en cada uno de los actores.

 En el uno se traduce el progresivo influjo del mosto por medio de la animación siempre creciente. Las palabras, primero lentas y entrecortadas, se suceden y se eslabonan con rapidez maravillosa. La actitud, el gesto, la acción, se hacen más vivos y acentuados; las ideas adquieren nueva lucidez y se producen por medio de imágenes, la imagina ción recorre todos los tonos de la escala de la pasión. ¡Esta es la bebida sentimental y tierna, la que abre como con una llave misteriosa las puertas del corazón y saca á plaza sus más recónditos secretos! ¡Historias imposibles, ambiciones locas, dolores ignorados, extravíos de la pasión ó de la inteligencia! todo sale á luz, todo se extiende á la vista como las baratijas de un buhonero en la tienda ambulante de un baratillo. Ya la sangre enardecida y avivada con el acicate y el desorden del cerebro hincha las venas por donde corre precipitada. El orador se despoja de la chaqueta, toma actitudes dignas del cincel, y ¡oh prodigio de la exaltación! llega hasta el punto de olvidar el puchero que rueda á sus pies haciéndose cascos y dejando escapar el preciado jugo. Si Baco sentado en el borde de una tinaja como un dios de Homero sobre una nube, asistiese invisible á esta escena, sonreiría satisfecho al aspirar el perfume de la involuntaria ofrenda, sólo comparable á las que en otra edad le hacían sus sacerdotes derramando sobre el fuego del altar el líquido encerrado en las ánforas de oro.

 ¡Qué ardientes profesiones de fe política! ¡qué proyectos para la regeneración de la patria! ¡qué historias de agravios ó de satisfacciones, qué confidencias de familia, todo ello revuelto y entremezclado con vivas protestas de amistad, con vehementes apostrofes de indignación ó patéticas ex clamaciones de ternura, á las que presta realce la lágrima que humedece sus ojos enrojecidos por el sentimiento y la bebida!

 Por desgracia ó fortuna para el sentimiental compadre, todas aquellas galas oratorias, todas aquellas expansiones inconscientes, todo aquel tesoro de cariño de un alma que se abre á la expansión después de estar largo tiempo comprimida, se pierden en el vacío. El no sabe lo que se dice: en cambio su Pílades tampoco se da cuenta de lo que oye. Majestuoso en su olímpica serenidad, á plomo sobre su abultado vientre, envuelto en los anchos plieges de su capa como en una toga, permanece inmóvil é imponente, semejante á aquellos senadores romanos que al acercarse los bárbaros á Roma esperaban tranquilos la muerte sentados en sus sillas curules.

 Este es el vino solemne, el vino epopéyico del que se emborracha, como (dado caso que bebiese) se emborracharía una esfinge. Emoción profunda que sólo se revela por raras interjecciones, que aunque tiene los ojos abiertos no ve, que aunque finge prestar atención no oye, que está toda reconcentrada en el interior del individuo, de cuyo estómago se eleva lento hasta la cabeza el vapor del vino como se eleva la nube del incienso del ara de un altar...

 La noche que deja en profundas tinieblas á núes tros héroes, pone punto al diálogo. El anfitrión con palabras balbucientes, anuncia que ha llegado el momento de partir, y da un último abrazo á su huésped, el cual después de un resoplido previo, se levanta sobre sus enormes pies, firme y derecho como una columna. El uno, un poco á gatas, otro poco agarrándose á las paredes, pero siempre digno, vuelve á su hogar. El otro, pausado y magnífico, llevando sobre sus hombros el peso de la chispa con el respeto y el orgullo con que un elefante llevaría la tienda de oro y brocado de un rey persa, se encamina á su posada.

 Media hora después de haberse separado ambos compadres, duermen con el sueño de los justos.