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CANDIDO,

en sus viages, que los dos afortunados se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad.

Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco; mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar en él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros, tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todo hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos; las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero, pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que Vuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros cargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, y dixo: No se qué pasion