Pedagogía social/La educación sexual

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
LA EDUCACION SEXUAL[1]

Nietzsche, el tan mal comprendido, en uno de los capítulos del Zarathustra, el capítulo titulado "Del matrimonio", parafrasea esta ley de Manú: Un hombre completo se compone del hombre y de la mujer — y nos dice:

"Tengo una pregunta para tí solo, hermano mío. La arrojo como una sonda en tu alma para conocer su profundidad. Eres joven y deseas hijo y matrimonio: — ¿Eres hombre que tenga derecho de desear un hijo? ¿Eres el victorioso vencedor de tí mismo, el amo de tus sentidos, el soberano de tus virtudes? ¿O bien la bestia y la necesidad hablan en ti en nombre de tu deseo?

"Quiero que tu victoria y tu libertad engendren el deseo de un hijo. Debes construir más arriba que tú mismo. Pero antes es menester que tú mismo estés construido. No debes tan sólo reproducirte y trasplantarte; debes, sobre todo, plantarte más alto. Que el jardín del matrimonio te sirva para ese fin. Debes crear a un creador."

En efecto, ahí está el núcleo de la educación sexual: Lo que en ella interesa es el hijo.

La naturaleza, al producir un nuevo individuo, está orientada hacia un fin superior al de la conservación de la especie. Ese fin es la ascensión, el de hacer que la criatura supere al creador.

¿Cómo conseguirlo?

La madre cumple ese deber por instinto — oiréis decir: Le basta con amar. Y el amor materno es el más grande, el más profundamente arraigado.

Verdad es, pues de él depende la conservación de la especie. Pero ¿basta con amar? El amor es una fuerza, la más potente de todas; por lo tanto la de peores consecuencias si no está bien orientada: Hay que saber amar. Y lo difícil entre lo difícil es cerrar por amor la mano por amor abierta.

A la mujer-madre, corresponde el tomar como suyos los intereses de la raza. De ahí su grandeza intrínseca.

Pero, ¿dónde y quiénes preparan a la mujer-madre? La maternidad es tema vedado en la familia, es tema vedado en la escuela, es tema vedado en sociedad.

¡Y decir que es el porvenir de la raza el que está en juego en esa ignorancia materna, en esa falta, para ambos sexos, de educación y de instrucción sexual!

La principal tarea reservada, en la actualidad, al padre y al maestro, es la de educar e instruir sexualmente a las nuevas generaciones; es la de incluir el instinto procreador, el más poderoso de los instintos, aquel que hasta hoy no ha salido de la animalidad, en el radio de la moral científica por medio de una educación apropiada.

¡Cuán verdadera es esta observación de Ricardo Rojas!: "La familia argentina seguirá dándonos los espectáculos de su virtud fecunda, pero completamente egoísta, ignorante, instintiva. Una familia en tales condiciones no se halla todavía preparada para substituir a la Iglesia".

Verdadera y desconsoladora conclusión.

Pero si los padres, no preparados para llenar su deber esencial, que los hijos transmitan la vida en las mejores condiciones posibles, declinan ese deber en la Iglesia, tal como hoy está constituída, condenan a sus hijos y a los hijos de sus hijos, a la ceguera moral. El ideal humano, para el catolicismo es un ideal anti-natural, basado en el cumplimiento del deber por imposición divina y en la creencia de castigos y recompensas de ultra-tumba: Lo más cercano de la naturaleza del hombre es el dogma anti-humano del pecado original.

¿Cómo esperar que, pasando de los padres ignorantes a los religiosos conscientes de una vida que no es la terrestre, la juventud interprete de una manera científica, natural, humana, la vida y su problema esencial, la transmisión de la vida?

"Hay que aumentar la suma de dicha de la vida humana. No es de pecado, de expiación, de redención, de lo que hay que hablar en adelante al hombre. Es de bondad, de indulgencia, de alegría, de amor humano", nos enseña Renan.

Aceptemos, como verdad fundamental, que la educación sexual debe tener una base religiosa.

Pero, ¿cuál? ¿Qué criterio pragmático nos permitirá reconocer cuándo una idea, cuándo un sentimiento religioso son o no verdaderos, es decir, son o no humanos?

Todo sentimiento, toda idea religiosa es buena, eleva la espiral ascendente de la vida, cuando expande la conciencia de la fuerza individual, cuando facilita la comunión de la energía interna con la energía externa; cuando eleva, cuando exalta la personalidad haciéndola más digna ante ella misma; cuando guía hacia ese amor que nos procura el sentimiento más elevado de potencia; cuando acrecienta la confianza en nosotros mismos; cuando, al individualizarnos cada vez más, nos hace más y más universales; cuando despierta y aviva el orgullo de vivir dignamente la vida, el orgullo de castigarnos y de recompensarnos a nosotros mismos por la sola aprobación o reprobación interna; el orgullo de sentirnos causa activa en busca del ideal individual, social o cósmico — ahora que es moda el hacer gala de profesar esa reviviscencia del fatalismo encarnada en el incompleto determinismo actual.

Se acrecenterá, así, la admiración del cosmos ante la potencia infinita en él desplegada, núcleo de la religiosidad.

Todo sentimiento, toda idea religiosa que marque un descenso en la espiral de la vida, deprimiendo la personalidad, incitando a desconfiar de nuestras propias fuerzas; señalando como finalidad de la vida humana un más allá de la vida misma ; deslumbrando con ilusiones; deformando hasta lo absurdo lo natural al engendrar y alimentar prejuicios; y, sobre todo, colocando el centro de gravedad psíquica, la voluntad de potencia, fuera del hombre mismo, haciéndole vislumbrar una posible intervención divina ocasional, no es más que una alteración morbosa de la personalidad.

La humanidad ha sido nutrida durante siglos y siglos por un ideal contrario a la vida. Debemos reaccionar, condenar como mala toda idea religiosa, si contiene la negación o la deformación de la vida tal cual nos es dado conocerla.

Debemos impedir que esos prejuicios y esas supersticiones — esfuerzos impotentes de la razón por guiar inducciones extraviadas — que la ciencia abandonará definitivamente cuando llegue, en su conquista de la realidad, a ser la síntesis integral de las necesidades y de las aspiraciones humanas, constituyan el principal alimento de la débil inteligencia infantil.

"Religión" y "ciencia" son antagónicas siempre que la religión dé ilusiones por verdades; siempre que afirme como infalible algo más allá de lo demostrable y, sobre todo, contra todo lo demostrado. Las concesiones hechas al absurdo suelen ser necesarias en las cosas humanas, pero no más que transitoriamente necesarias. La verdad evoluciona, la verdad se hace, como se hace la vida de la que la verdad es el alma.

El progreso de la religión es un progreso del sentimiento que fusiona la causa interna con la causa externa. Y el progreso de la ciencia es un progreso del conocimiento de esas causas.

Así entendidas, religión y ciencia, lejos de excluírse, se complementarían.

Surgirá un ideal nuevo y no será "una de esas mentiras saludables que, en otrora, fueron propicias al interés vital para producir el espejismo encantado que daba a la existencia una razón de ser y le marcaba imperiosamente un derrotero".

La vida, como el fuego, no se conserva sino comunicándola, nos enseña Guyau, el angélico, quien agrega: El elemento activo de la conducta es la expansión de la vida. La superioridad del espíritu se basa en que éste realiza el máximum de intensidad-extensiva, de fuerza dominante.

Los pseudo-egoístas, aquellos que alimentan la mentira vital de que, desarrollando exclusivamente el yo, acrecientan su fuerza — el verdadero egoísmo es la mayor virtud — encerrados en sí mismos, aíslanse, disminuyen la propia energía al cegar la fuente del recambio eterno. Ese individualismo mal entendido es casa de debilidad. El pensamiento solitario del asceta está en capilla. Fuerza siempre replegada en sí misma, contra sí misma, se aniquila.

Nietzsche, en su visión profunda, si las hubo, de lo subconsciente, intuyó la característica del hombre, esa dualidad combativa de su naturaleza que permite establecer frente al principio: "el cuerpo se crea al espíritu como una mano de su voluntad", éste, tan bello pero más consolador: "imprimir al devenir el carácter del ser, he ahí el más alto grado de voluntad de potencia".

Y es "ese más alto grado de voluntad de potencia" lo que debe dirigir la procreación humana.

Verdad en la que germina la del arribo del super-hombre por consciente y voluntaria construcción interna, así como, en la verdad primera, está expreso el determinismo externo.

Ambas ideas se complementan: "Inclínate sobre tu propio pozo para ver brillar en el fondo las estrellas del cielo".

Lo creado crea a su vez. Desde la aparición de la conciencia ha habido una causa relativamente libre que utilizó las fuerzas de la naturaleza para fines deseados. Esta causa interna, emanada de la realidad externa, determinada por ella, es la naturaleza toda volviendo a encontrarse al llegar a la conciencia.

Y este esfuerzo consciente de elevar la espiral que sintetiza la evolución humana, tal cual nos es dado conocerla, abre ancho campo al ideal. El triunfo será de aquella ilusión vital que, en un momento preciso, adapte la energía interna a los fines incontrastables dc la energía universal, armonice nuestra vida interior con la vida total. Y el libre desenvolvimiento de todos y de cada uno es y será la condición del libre desenvolvimiento universal.

Bellamente expresa Lugones este derecho humano a la vida integral, a la felicidad, al preguntarse, en su Prometeo, cómo, ya que hoy no se discute, dándolo por averiguado, que para asegurar la higiene física de cada uno es necesario preocuparse de la higiene de la colectividad, tampoco se discute, pero porque no interesa a nadie, que es necesario asegurar un lote de felicidad colectiva para poder sentirse individualmente feliz en medio de los felices, sin que la desdicha ajena imposibilite el goce de la propia dicha.

No hay que imprimir en el espíritu plástico del niño la noción de que la humanidad ideal estará compuesta por animales vigorosos e instintivos. El respeto religioso hacia la vida, en cualquiera de sus manifestaciones; el conocimiento y el aprecio de sí mismo como persona humana; el orgullo de vivir dignamente la vida y la responsabilidad de mejorarla, en él y en sus descendientes; unido, todo, a la admiración ante la energía inmensa desplegada en el universo, de la cual el tener nosotros conciencia es la síntesis más elevada, constituirá la educación sexual, que será el alma de la instrucción integral. Porque nada es comparable en funestas consecuencias a la perniciosa influencia de la instrucción sexual aislada, no animada, no vivificada por la educación moral.

Por eso los jóvenes deben imitar la virtud de la columna que, a medida que se eleva, se hace más bella, más esbelta, pero más persistente interiormente.

Cuando estas ideas generales, tan sencillas y humanas, hayan penetrado en la, familia y en la escuela, los actuales esfuerzos en pro de la puericultura no caerán en el vacío, como actualmente sucede, por falta de preparación general, de ese ambiente que hace sentir la necesidad de la realización de lo que hoy por hoy, no es, desgraciadamente, más que una utopía.

¿Acaso sienten pesar sobre ellas, las madres de nuestras clases cultas, las madres de nuestra clase media, la responsabilidad ante la vida al crear un hijo?

Ante todo, la pareja humana se elige egotistamente por la sola razón del sentimiento recíproco, cuando no por razones económicas, sin que exista la menor afinidad sexual. Se preguntan mutuamente: "¿Nos convendrá?" — Jamás: "¿Convendremos a nuestros hijos?"

No riáis de semejante matrimonio. ¡Cuál es el hijo que no tendría derecho de llorar sobre sus padres!

Y luego cae la maldición divina — y lo es porque es humana — sobre los hijos de parientes consanguíneos, sobre los hijos del degenerado, de la histérica, del alcoholista, del raquítico, de la tuberculosa... Y se ven familias enteras de sordomudos, de raquíticos, de nerviosos, o ejemplares horrendos de monstruos, de degenerados, de amorales...

La sociedad acude en auxilio con "Cunas" — ¡irrisión de nombre! — con hospicios, con cárceles, con casas de corrección!...

¿No sería más sencillo acudir educando, instruyendo? ¿No sería este el más humano, el más imperioso deber?

Así, la madre sabría, por ejemplo, que tiene deberes para con su hijo aun antes de concebirlo.

Sabría que, apenas iniciada la formación de ese otro ser, carne de su carne, sangre de su sangre, toda su atención debe serle consagrada. Reconocería que el hijo tiene imperiosos derechos antepuestos a todo: a los deberes sociales de la madre, a la moda, al mal uso del corsé, a, los caprichos, al mal gobierno de los nervios, a todo un régimen anterior de vida si ese régimen no era higiénico.

Hay que salvaguardar la morada secreta que encierra al futuro ser. No basta con ofrecerle aseo, aire puro, alimentos apropiados, facilidad de desarrollo, el ejercicio necesario; sino que hay que nutrirlo con tranquilidad de espíritu, con igualdad de carácter, con sana alegría, con esperanzas siempre renovadas; hay que evitarle toda repercusión de desalientos, de sinsabores, de enojos.

Pero, si la madre no concibe la importancia de la higiene integral, ¿cómo dará al hijo lo que éste tiene derecho de exigir, ya que fué traído a la vida por ajena voluntad?

Debido a la ignorancia, a un incompleto análisis de las condiciones primordiales de la vida, se cree generalmente que la naturaleza basta para dirigir el desarrollo fetal, al parecer latente, inaccesible a toda influencia.

Hoy, que la vida intra-uterina ha dejado, en gran parte, de ser un misterio, podemos secundar eficazmente el desarrollo del embrión humano, a pesar de que, en los primeros meses, no sea posible el indicar aún las etapas del crecimiento.

El respirar constantemente aire puro es deber ineludible para la madre. Es casi única la influencia del oxígeno en la vida fetal sobre el desarrollo del sistema nervioso, de ese regulador de la vida orgánica y de la vida psíquica. La sangre materna debe contener disueltos los elementos necesarios para la construcción orgánica del nuevo ser. Y, sin una perfecta oxidación, jamás se efectuará un desarrollo equilibrado, armónico, conforme en un todo con las leyes naturales.

El desarrollo lento e imperfecto del embrión obedece principalmente a una causa: a la insuficiencia de oxígeno de la sangre materna.

¿Creerá la madre obrera que se sacrifica trabajando en locales mal ventilados, donde el aire cargado de impurezas, de venenos, no oxigena debidamente la sangre que debe nutrir al hijo, creerá esa madre, que tuvo derecho de haber concebido a ese hijo, condenado, casi fatalmente, por la miseria orgánica, a ser un desequilibrado, un degenerado?

Y pasando a las más responsables, a las madres de las clases pudientes: ¡Cuántas costumbres sociales no dan por resultado la excesiva mortalidad infantil o los alumbramientos, antes de tiempo! Y esos niños que nacen antes de que las células nerviosas de la médula espinal, sobre todo en la región anterior, hayan adquirido un desarrollo conveniente, antes de que el haz piramidal se haya mielinizado, están sujetos, casi fatalmente, a la diplegia infantil, a ataques espasmódicos o a caer bajo las garras de la epilepsia.

¿Saben las madres orgullosas y felices que en Buenos Aires el número de abortos provocados es desalentadora? ¿Han oído hablar de cierto comercio muy lucrativo, del transporte de angelitos a la vecina orilla, para poblar la "Cuna" de Montevideo con los hijos sin madre de la ciudad que pretende prohijar extranjeros? ¿No se sienten culpables por no saber inculcar en sus hijos, unido al respeto sagrado hacia la procreación, el primero de todos los deberes: — "No harás daño", mucho más práctico y útil que el utópico: — "Harás bien?".

Bajo la influencia de impresiones fuertes, los vasos sanguíneos se contraen, la composición de la sangre se altera. Por eso las penas, las emociones, las crisis nerviosas, los golpes, el estado habitual de irritación, de mal humor, un no importa que haga sufrir a la madre un instante, puede condenar, por toda una vida, al hijo en formación.

Y si la madre que pudo evitar o prevenir cualquiera de esas emociones se considera responsable de las consecuencias posibles, ¿cómo no debe sentirse única causa de los males que aflijan a su hijo, la mujer alcoholista, sifilítica o tuberculosa, que cometa el crimen social de procrear?

La pobre calidad o la poca cantidad de la sangre trae como consecuencia un desarrollo imperfecto del sistema circulatorio — la función hace al órgano. — Y esos hijos mal nutridos ab-initio padecerán de una detención del crecimiento, traerán lesiones cardíacas congénitas incurables o predisposiciones al raquitismo, a la tuberculosis, a Ia degeneración mental o moral.

¿Conócese, acaso, hasta qué punto se envenena la sangre materna bajo la influencia del trabajo exagerado, violento, en actitudes fatigantes, en un medio atmosférico malsano, contaminado por el exceso de trabajadores en el taller o por las emanaciones y residuos de los materiales empleados?

"La alteración de la sangre de la mujer madre", he ahí, desde el punto de vista de la salud pública, con lo que el progreso industrial ha contribuído a la degeneración de la raza humana.

¿Cuándo será un hecho el deseo de Gladstone: — "El más grande benefactor de su país será aquél que llegue a inventar una industria que permita a cada madre de familia ganar su sustento sin abandonar el hogar doméstico".

¿Cómo medir hasta dónde la miseria social influye en la degeneración?

Las condiciones especiales de la época actual, multiplicando los estados nerviosos mórbidos, aumentan progresivamente el número de anormales.

No es posible dejar de lado los efectos de la insuficiencia del alimento, de la miseria orgánica de la madre, de las penas, de las angustias por el pan de mañana. Nada altera tanto la composición de la sangre, envenenándola, como las emociones fuertes o las penas continuas.

De paso, anotemos este hecho para que los profesores de Economía Doméstica lo mediten: la necesidad de un "curso práctico" de Cocina Higiénica. Cuanto más aumenta el éxodo del hogar hacia la fábrica tanto más se abandonan las nociones prácticas características de una buena ama de casa. A consecuencia de la mala preparación de los alimentos, los recambios orgánicos se hacen de una manera imperfecta. Y esa alimentación, que no satisface ni agrada, empuja al marido al café, a la trastienda del almacén, a la taberna. ¡Qué hijos nacerán del connubio del alcohol y de la miseria! La estadística demuestra que el aumento de las lacras está en razón directa con el mayor consumo de alcohol.

Como medida precaucional contra el alcoholismo cítase la campaña escolar. Pero valdría más suprimir la causa, no ya tasando la venta de bebidas alcohólicas, sino yendo a la raíz del mal, matando, poco a poco, la industria misma hasta que, por falta de mercado, el cultivo de la viña se redujera al simple pedido de fruta para el consumo. Sé que a esto se objeta con razones económicas. ¿Acaso no pierde más cada Estado en la lucha infructuosa contra los resultados del alcoholismo? Además, baste esta sola reflexión: la supresión lenta pero radical de toda industria alcohólica dañaría valiosísimos intereses particulares, pero el consumo cada vez más creciente del alcohol abre en la raza humana la brecha de la degeneración progresiva: daño reparable, el primero; irreparable este último.

Afortunadamente, el hijo de padres más o menos degenerados no está condenado sin apelación ante el tribunal de la vida feliz, gracias a la higiene fisiológica y psicológica, porque el impulso normal para la perpetuación de la especie — "el espíritu de la especie", diría Maeterlinck — tiende a reaccionar cuando, desde un principio, se coloca al sujeto en condiciones especialmente favorables.

Hay que tener en cuenta — y es esencial — que el recién nacido no es un diminutivo del adulto. Es un ser imperfecto, desigualmente desarrollado. Cada aparato necesita un tiempo variable para adquirir la fuerza suficiente que lo habilite para funcionar normalmente con relativa autonomía. En el conocimiento de las etapas evolutivas de estos desarrollos parciales y de las causas que favorecen las harmonías del desarrollo general, debe inspirarse la educación física y mental del niño.

La primera infancia tiene una importancia definitiva sobre la vida ulterior, por el crecimiento preponderante del cerebro. Y la actividad en el crecimiento interior de los diferentes lóbulos corresponde al papel que desempeñan: como es necesario vigilar primero la vida orgánica, vegetativa, animal, el lóbulo frontal, adquisición postrera de la especie, es el último elemento necesario en el orden cronológico. En cambio, la médula espinal, órgano que debe entrar en acción desde que el niño nace, sufre pocas modificaciones en el transcurso del desarrollo general.

En la primera infancia el niño adquiere rápidamente aptitudes esenciales: desarrolla la energía motriz que le permite, después de cuanto infructuoso ensayo, adaptar sus movimientos a las necesidades, y la energía digestiva que lo hace pasar triunfalmente por ese período de transición que va de la primera a la segunda infancia.

Son tan indispensables los conocimientos adquiridos en los 18 primeros meses, que si un sabio llegara a olvidar por completo lo que entonces aprendió estaría expuesto a una muerte segura.

¡Qué influencia inmensa puede tener la madre en esta auto-educación, que domina la vida entera, preparándola, si la madre conoce las necesidades fisiológicas y psicológicas del niño, como está obligada o conocerlas!

A esas madres conscientes de los derechos del hijo podrá aplicárseles el pensamiento de Zarathustra: — "No quieren obtener nada por nada y menos que cualquiera cosa la vida".

El aire y la luz en abundancia son indispensables a la niñez. Las criaturas tienen necesidades respiratorias superiores a las de los adultos y la luz solar favorece los recambios orgánicos aumentando la absorción oxigenal. El protoplasma, bajo la influencia del oxígeno, adquiere mayor poder microbicida y neutralizador, que permite a la naturaleza infantil luchar contra la herencia mórbida.

EI aire es el primer alimento vital. El desarrollo oportuno del diámetro torácico, por medio de respiración total; normaliza el ejercicio de las funciones vitales. La acción recíproca de la respiración y de la circulación en el período del crecimiento intenso permite el desarrollo normal del sistema nervioso, base, a su vez, del buen desarrollo mental.

La relación existente entre la anormalidad psíquica y la respiración insuficiente se comprueba al observar que los degenerados inferiores no saben respirar: leen y cantan sin ritmo o con ritmo respiratorio invertido: por ejemplo, esfuérzanse por leer en voz alta al inspirar el aire, en lugar de hacerlo al expirar.

La permanencia habitual en una atmósfera impura engendra debilidad general, colocando la salud del niño en equilibrio instable.

Además del mal funcionamiento del aparato respiratorio, las contricciones torácicas — el no saber vestir higiénicamente al niño — las actitudes defectuosas — el no saber tenerlo en brazos, el enseñarle a caminar mal, el sentarlo apoyando el pecho contra la mesa, el habituarlo a escribir en posiciones forzadas producen escoliosis sacando de su sitio los puntos de inserción de los músculos respiratorios por lo cual la inspiración y la expiración son incompletas o irregulares.

En los niños normales la insuficiencia respiratoria que predispone a la tuberculosis — pues la poca cantidad de aire ingerido expande lo menos posible la caja torácica — tiene casi siempre por causa la obstrucción nasal que los obliga a respirar por la boca. Para corregir este pequeño defecto de tan funestas consecuencias basta el aseo prolijo de la nariz, una pequeña operación o la vigilancia constante hasta que el niño se acostumbre a no respirar más por la boca, que no es el órgano apropiado pues inspira menor cantidad de aire, deja pasar partículas en suspensión, ingiere el aire frío y húmedo que ataca la garganta, deseca las mucosas, lesionando poco a poco la laringe y los bronquios, unido todo esto a una alimentación oxigenal insuficiente y a un desarrollo menor de la capacidad torácica que lleva a la tuberculosis, adquirida por la criminal ignorancia de los padres.

Los baños higiénicos de sol mantienen de una manera natural la temperatura constante. Durante los 6 primeros meses, el tejido cerebral se mieliniza, operación que va acompañada de un estado de irritabilidad especial, agravado por la falta de centros frenadores. Por eso el baño tibio, que se aconseja a la mujer-madre para evitar al embrión la impresión fuerte de un cambio brusco de temperatura, asegura al niño el buen desarrollo de su sistema nervioso, pues calma la irritabilidad característica de la época de mielinización.

El niño tiene derecho a un sueño abundante y absolutamente tranquilo, durante el cual su constitución corporal se completa. El dormir disminuye los desgastes orgánicos y, como durante la primera infancia el crecimiento es muy rápido, el sueño diurno es indispensable. Debido a su excesiva excitabilidad nerviosa, jamás debe dormir el niño bajo una impresión de miedo, de dolor, de sed o de hambre; así como no debe ser despertado bruscamente por gritos, cambios de posición, sacudidas, pasaje de la luz atenuada a la luz viva.

No es necesario demostrar que la mayor parte de las enfermedades provienen de infracciones a las reglas higiénicas durante la primera infancia.

EI niño tiene derecho a la leche materna; cuando esta necesidad sea comprendida, el Estado, en un futuro quizás no lejano, subvencionará a la madre pobre para que sea la nodriza paga de su propio hijo, pues el período de la lactancia materna es el complemento y la continuación de la vida intra-uterina.

Si la madre-nodriza es excesivamente emotiva o padece de desórdenes nerviosos, debe privarse de alimentar al niño, pues la leche, en esas condiciones, nutre imperfectamente, además de acentuar la herencia neuropática.

¿Hasta dónde los malos instintos tienen una base anatómica debido a la miseria orgánica? Y ¿cómo extrañar que, más adelante, esos cerebros imperfectos reaccionen, exagerada o falsamente bajo la influencia de una crisis emotiva, del sufrimiento, de la injusticia, de la impotencia, de la incapacidad de resolverse y que esas reacciones se traduzcan por el descontento individual, la abulia, los estados depresivos, el suicidio; o por el descontento colectivo cometiendo actos antisociales que para multiplicarse cuentan con el ejercicio y con la imitación? Además, esos débiles mentales son fácilmente sugestionables y la sugestión es un arma de dos filos. En manos de un educador hábil, puede sanarlos inculcándoles, por hábito, la decisión y la voluntad ponderada; pero, en manos de un degenerado, puede perderlos convirtiéndolos en instrumentos de bajezas y de crímenes.

El movimiento es otra necesidad infantil. La inmovilidad impuesta a la infancia dificulta, retrasa o altera el desarrollo general, con especial repercusión en el sistema nervioso, pues la zona frenatriz está en formación durante esa época; por lo tanto, la fuerza inhibidora es escasa en el niño cuando su necesidad de movimiento es imperiosa.

La vulgarización de la higiene integral — incluyendo la puericultura, la educación y Ia instrucción sexual — hará del maestro un hábil colaborador de la naturaleza. El niño educado normal, humanamente, en el hogar y en la escuela, coadyuvará a ese desarrollo científico porque al luchar por la vida — lo que es en esencia luchar por la salud y por la felicidad — no permitirá que se le ceda un derecho que él sea capaz de conquistar.

Y, así, la inteligencia infantil puesta sabiamente en contacto con la naturaleza prometerá fecunda mies. EI placer cle la vida ideativa, el goce supremo de la concentración del pensamiento, de la generalización, de asimilar el porqué de lo creado a nuestra causa interna, siempre insaciable, esa beatitud, vedada a la gran mayoría, le será prometida al niño educado humanamente.

El padre y el maestro se preocuparán de las lecturas propias para el niño y para el joven, evitanclo así esas funestas intoxicaciones literarias que traen por consecuencia una sensibilidad imaginativa intensísima que determina precoces y mórbidas crisis sensuales.

Una inteligencia así formada, hija de un cuerpo normal, sano, distinguirá fácilmente la verdad del error, no se dejará extraviar por doctrinas falaces, ni alimentará creencias dogmáticas en contradicción con la razón y con la experiencia.

Intuirá, por ejemplo, que la doctrina de la evolución es verdadera hasta en su moralidad basada sobre la selección natural; pero que no es más que una verdad a medias. En un caso particular, examinando la bellota y el roble, por ejemplo, se dirá: "Si la bellota evoluciona hasta desarrollar el roble, es porque el roble está involucrado en la bellota". Y la idea de la "involución", de ese algo misterioso, llámesele "absoluto, energía cósmica, inteligencia universal, o divinidad", se le aparecerá como el complemento de la evolución.

Ante el problema de los sexos, verá que, en el fondo, no es una cuestión de antagonismo ni de preponderancia unilateral, sino el problema de "la persona humana" considerada bajo su doble aspecto "masculino" y "femenino"; aspecto tan importante el uno como el otro, aunque esencialmente diferentes.

Comprenderá que —aunque hasta ahora por razones de herencia y de educación, que serán fácil pero lentamente descartadas en adelante, el hombre ha llegado a un desarrollo intelectual incuestionablemente superior — "mujer" y "hombre" son, en esencia, dos seres diferentes, inversos, complementarios, equivalentes; que hay progreso sexual cuanto más se ahonden los caracteres específicos, y que el carácter específico de la mujer es la maternidad.

Vese cuan extraviado marcha el feminismo actual, verdadero "masculinismo", que convierte a la mujer en la caricatura del hombre; movimiento de protesta tan justo como inconsultamente llevado a cabo, al cual, en buen criollo, perdonadme, lo vulgar por lo expresivo, llamaríamos "derecho del pataleo".

Soy tan dura con lo que considero erróneo en esta protesta feminista porque amo y compadezco a la mujer. Valiéndome de una figura dantesca, veo siempre a la psiquis femenina, en los raros casos en que exista esta psiquis bien diferenciada, como en "La divina comedia" está ese espíritu humano condenado a deformarse monstruosamente cohabitando con el espíritu de un árbol.

Pero, en verdad, decidme: ¿A cuántas mujeres, entre las que conocéis, colocaríais al lado de las esposas de Berthelot o de Curie que fueron mujeres amantes, amigas, compañeras y camaradas de sus maridos?

El adolescente es capaz de intuir las leyes universales porque el espíritu del niño no es frívolo. Lejos de ello, todo lo toma en serio, casi religiosamente. Nadie tan capaz como él de sentir la emoción humana, casi divina, ante lo realmente grande porque nadie está, como él, tan cerca de lo natural; porque nadie es como él, tan limpio, tan puro. Y el niño es niño hasta que la mentira no lo convierte en monstruo.

Nada más difícil de manejar que lo extremadamente delicado. Verdad es. Pero, como la función hace el órgano, lo sagrado de la misión aumentará en el padre, en el educador, el poder de sugestión, magnificándolos ante ellos mismos.

Cuando la pareja humana se complemente, el ideal de evolución que hasta hoy, y con justicia, es puramente masculino, se completará, a su vez, con la fase femenina.

Pero, completo en lo porvenir, o incompleto en la actualidad, el ideal sano, hijo de lo real, es el incentivo que lleva al progreso, es el alimento de los fuertes luchadores.

No así la mentira vital, la pseudo-religiosidad, ilusión falaz que sostiene a los débiles y cuya brusca ruptura de equilibrio con la realidad desorbita para siempre sus vidas.

¿Cómo practicar el respeto hacia la generación, cómo sentir la respousabilidad del procrear? Difícil es que, en este caso, baje el progreso del hombre a la mujer. Fisiológica y socialmente nosotras llevamos el peso de la maternidad. Luego nosotras debemos tener el derecho de desearla y aceptarla. Pero para ejercer un derecho hay que tener conciencia de él por la práctica de los deberes que, como madres, humanamente debemos llenar.

La práctica amplia y consciente de los deberes maternales — servicio obligatorio que la sociedad, para bien de todos y especialmente para bien de la futura liberación femenina — debe reclamar de la mujer, la transformará en un ser humano completo.

Estos deberes maternales abarcan todo lo que ella puede hacer en pro del niño, aunque no lo haya engendrado. La maternidad fisiológica bien entendida es un premio que es preciso merecer y conquistar.

Aquellos que se pregunten con Nietzche: — "¿Tengo el derecho de desear un hijo?" — no oirán la amarga reconvención que Homero pone en boca de un dios: — "Nací débil, mas de ello nadie tiene la culpa sino mis padres que no debieron haberme engendrado". ¡Qué hijo no tendría derecho de llorar sobre sus padres que pecaron por ignorancia criminal!

Repitamos la ley de Manu: "Un ser humano completo se compone del hombre y de la mujer". Aislados, sus esfuerzos se pierden para lo que debe ser el objeto de la vida: superarse a sí mismo creando. Unidos, sin tener conciencia de esta finalidad, sus esfuerzos se malogran acentuando en lo creado los defectos del creador.

En la pareja humana, actualmente el hombre cumple mejor sus deberes porque los comprende mejor. A la mujer sálvala el instinto. Pero ese instinto es falseado en las clases superiores por hábitos de holganza, de lujo mal entendido, de imitación servil — femenil, diríamos con Byron cuando asevera que toda pasión exacerbada es femenil y que femenil quiere decir furiosa.

En las clases inferiores el instiuto fraternal es ahogado por la necesidad apremiante de buscar fuera del hogar el sustento del recién nacido. Y el alimento natural del hijo, su propiedad biológica, la leche materna, le es negado, entre los ricos, por la imperiosa moda y, entre los pobres, por la desapiadada miseria.

En una sociedad bien constituída el buen ejemplo debe ser dado por la aristocracia digna de ese nombre, por esa clase privilegiada que moldea l pueblo a su imagen y semejanza. La fortuna, la educación esmerada no constituyen una propiedad particular. Por esfuerzos que hayamos hecho hasta adquirirlas no tenemos el derecho de disfrutarlas aisladamente. ¿Cosecharíamos, acaso, sin pensar en el que preparó la tierra y arrojó la semilla? Nadie es hijo exclusivo de sus obras. Cada uno se eleva sobre la experiencia ancestral y cuánto más alto llega mayor es la deuda por ser mayor el capital común usufructuado. ¿Cómo restituirlo equitativamente a los demás sino facilitándoles medios para desarrollar la propia fuerza que les permitirá adueñarse de ese capital común aquilatado por la experiencia, llámesele posición social, bienestar, oro, poder, sabiduría, bondad, carácter, energía, felicidad?

El deber de la aristocracia es servir al pueblo de ejemplo de vida sana y feliz. Parece, a primera vista, deber fácil de llenar. ¿Quién no ama la salud y la dicha y no la ostenta ufano aunque más no sea para exclusivo contentamiento?

Pero es que no se llena un deber sin especiales aptitudes.

Para que esa clase llene su cometido, debe ser privilegiada, a la vez, — especialmente en la fase femenina —, por la educación y por la vida de familia. Así es elemento útil, espejo de buenas costumbres, representante el más alto del pueblo a que pertenece. Pero cuando se trata de una plutocracia — como, desgraciadamente, es el caso en nuestra Argentina — esa clase colocada a mayor altura sirve tan sólo para difundir, aumentados, sus defectos.

El oro de la tierra es corruptor cuando no se alía al oro del espíritu. Como todo lo que corrompe, ataca con más fuerza lo más débil. De ahí que la mujer de nuestras clases elevadas sea, en inmensa mayoría, ese maniquí adornado para quien la vida tiene una sola finalidad: el exhibirse.

La educación que debió armarla para la lucha, la incapacitó para la defensa. Apenas nacida, su propio oro, en forma de modas y de prejuicios, la separó de la madre, alimentándola con leche mercenaria, sobornando caricias y juegos, sirviéndole mentidas adulaciones, ulcerándola con reales dolores. Del regazo del ama pasó a los brazos de la niñera y de los cuidados del aya a la autoridad de la institutriz, elegidas todas entre extranjeras, mal vigiladas, que, no comprendiéndola, la aíslan cada vez más.

Hasta que la edad le permitió ingresar en una escuela de lujo, no recibió la atención solícita y continua de la que la trajo a la vida; no supo lo que era cariño sencillo y natural de la familia.

El oro la privó de la madre, de esa propiedad cuyo goce nos quita el derecho de quejarnos después por adversa que nos sea la suerte ; el oro la privó de una educación exenta de prejuicios sociales y religiosos.

Para dar a esa vida un objetivo, por falso que fuera, avivaron allí su vanidad, su falsa emulación; le disimularon el placer de la dicha conquistada por el propio esfuerzo: le ocultaron la miseria ajena que despierta la comprensiva bondad, el dolor originado por la desproporción entre el deseo de llegar a la meta y las dificultades materiales que malogran su ejecución.

Presentada en sociedad, tiene por oficio el exhibirse. No paseará ni bailará, ni asistirá al teatro por recrear el espíritu confortándolo o elevándolo ni viajará por mejorar comparando; ni vivirá para ser feliz en medio de los felices. Será esclava servil de la moda erigida en diosa.

¿Ante esta futura madre de míseros hijos, no exclamaría Quevedo: "Dígote qne nuestros sentidos están engañados de lo que es mujer y ahitos de lo que lo parece?"

Hace un año alguien en Buenos Aires, despertó a la madre que dormita en todo corazón de mujer, llamando con la única voz que merece ser oída, con la que se moja en lágrimas: Fué la doctora Rawson de Dellepiane al fundar su proyecto: "La casa de madres". Creo, con ella, que allí, amparados, la madre soltera — sobre todo — y el hijo, contrarrestarán la ley, la familia y la sociedad que los excluye. Creo que lo hecho, lo ya producido, lo ya inevitable, hallará "en la casa de madres" uno de los remedios más eficaces.

Pero, ¿curaremos con ello el mal, modificaremos las causas? — No. — Las raíces son más hondas: No se renueva la sangre cortando el cáncer. Afortunadamente, contra el cáncer social de la paternidad indigna de tal nombre, tenemos la antoterapia de la educación sexual.

¿Cómo aplicarla prácticamente?

En Alemania, Inglaterra, Francia, España e Italia, sin olvidar la progresista Bélgica y la península Escandinávica, las publicaciones de vulgarización higiénico-sexual son dirigidas, ante todo, a los padres de familia para persuadirlos de que el deber más grande que tienen hacia los que de ellos recibieron vida, es el de hacerlos aptos para transmitirla en las mejores condiciones mentales y corporales. Para que los padres inculquen a sus hijos, como un dogma, que se comete un crimen al dar vida a un ser en desventajosa situación social o fisiológica, moral o mental.

Es el porvenir de la raza, es el hijo lo que interesa en la cuestión sexual.

De ahí que a los futuros cónyuges debiera imponérseles un curso de puericultura. ¿Acaso el Estado no obliga a los profesores especiales, de música y de dibujo, por ejemplo, a seguir cursos complementarios cuando los considera insuficientemente preparados? ¿Y cómo permite que ejerzan los cónyuges no preparados, la gran mayoría, ese profesorado casi divino de formar un ser a imagen y semejanza de los progenitores?

Además, por medio de libros, de revistas, de opúsculos, de conferencias universitarias y populares, se iniciará científicamente a la juventud en los múltiples aspectos de la vida sexual, en sus condiciones fisiológicas y patológicas.

Los jóvenes se acostumbrarán a respetar en la mujer a la madre futura. La maternidad dejará de ser un accidente, una sorpresa en la vida de la mujer. Será cada vez más difícil satisfacer pasiones o caprichos que engendren el envilecimiento y la desdicha ajena. La mortalidad infantil, la tuberculosis, el alcoholismo, esa lepra social de la prostitución, la criminalidad, todos los grandes problemas de profilaxis sanitaria y moral tenderán a una solución de acuerdo con las leyes normales de la vida.

La colectividad soporta las consecuencias de los vicios contra la higiene, contra la moral, contra la naturaleza. Por lo tanto, el individuo es culpable si no evita o no castiga esos crímenes colectivos.

La procreación de seres sanos y fuertes es el primero de los deberes individuales.

Pasarán años, muchos quizás, antes que los padres vean en la educación sexual de los hijos el más importante y sagrado de sus deberes.

Si no hay maestros capaces de dar hoy la educación e instrucción sexual — hecho incontrovertible — menos, aun, hay padres en estado de comprenderla y de aceptarla, siquiera. El Estado debe difundirla, ya que es una necesidad vital, comenzando por preparar maestros, dictando clases de "Higiene integral" — estirpicultura y puericultura agregadas a los actuales programas — en los Colegios Nacionales, Escuelas Normales, Institutos del Profesorado Superior.

Animada con ese ideal de mejorar al hombre futuro, a aquel que recién nuestros nietos verán tal vez, solicité la suplencia de la cátedra de Ciencia de la educación de nuestra Facultad de Filosofía y Letras: "el asunto fué aplazado en la duda de si es posible abrir esta carrera por ahora al sexo femenino"[2].

La educación sexual debe comenzarse desde que se enseña a vivir, iniciación religiosa — religiosidad humana — que incumbe a la familia, base de la iniciación científica que corresponde a la Escuela.

Allí la enseñanza toda deberá estar orientada de hacia ese fin, animada por ese espíritu sin constituir por ello un capítulo especial en los programas de la Escuela Primaria.

Para que sea eficaz, moralmente provechosa, debe basarse en la coeducación. Será obligatoria, pública y colectiva.

Las diferencias de las cualidades sexuales equilibrarán, harmonizarán, recíprocamente los temperamentos y los caracteres. Del mutuo y familiar trato nacerá el compañerismo, la estima, la amistad. El amor, si nace, se desarrolla más tarde, como una consecuencia, la más fecunda, quizás, de la coeducación. Mientras ésta ejerce su influencia docente el sentimiento predominante es la rivalidad intelectual, la crítica, la admiración, muchas veces, el deseo de conocerse mutuamente, de apreciarse como condiscípulos, como caracteres, como voluntades.

En estas condiciones el único peligro inter-sexual desaparece. Ante la realidad se borran esas creaciones imaginativas, ese peligroso encanto de lo desconocido, de lo lejano, de lo idealizado.

Implantada la coeducación en la Enseñanza primaria y en la Universitaria, ¿conviene o no implantarla en la Enseñanza Secundaria?

Es un hecho que, física y moralmente, la edad más peligrosa oscila entre los 13 y los 18 años, edad que corresponde, por atavismo, a la fase aún salvaje de nuestra especie. Además la "educación e instrucción sexual" se bifurcará después de la pubertad para enseñar a la joven sus deberes especiales como mujer para con ella y para con sus hijos y al joven su papel de protector, de conservador y de mejorador de la raza.

Esto no obsta para que, fuera de estas clases especiales, las dos divisiones se unan para recibir el resto de la instrucción que debe serles común.

En la Escuela Primaria la coeducación sexual orientará la enseñanza de las Ciencias Naturales. Los actuales programas serán completados y coordinados hacia ese fin.

El maestro habituará al niño a estudiar la ley de la vida, de la fecundación, del desarrollo, del amor en la reproducción de las plantas, en las clasificaciones científicas que casi todas se basan en los órganos de reproclucción; en las metamórfosis de los insectos; en las costumbres de las abejas, de las hormigas.

Con tacto y con elección de ideas hará resaltar el hecho que, en las fanerógamas, por ejemplo, un ser nuevo nace cuando se conjugan para ese fin el elemento masculino y el femenino, proviniendo cada uno de un generador distinto, de un padre y de una madre.

Dirigiéndose más a la imaginación y a los afectos del niño, lo hará asistir a la fecundación del óvulo por el polen; lo interesará en el viaje del polen desde que la antera se abre por dehiscencia hasta que llega a los órganos femeninos de la misma flor o de una flor de la misma especie, ya por la disposición natural de los órganos, ya llevado por el viento, arrastrado por las aguas o transportado por los insectos a quienes la naturaleza atrae por medio de bellos colores, del néctar o de perfumes para que la sirvan en sus fines de amor y de germinación.

Para la imaginación del niño ese grano de polen ya es un ser, una vida, algo por cuyo destino él se interesa vivamente y preguntará, ansioso por saber qué suerte espera a ese ser minúsculo que ha vencido tantas dificultades por acercarse a lo que ama.

Podremos hablarle entonces de la unión del polen con el oosfero, de la transformación del óvulo en semilla, de la del ovario en fruto.

Está abierto el camino para explicar la reproducción en el reino animal, insistiendo siempre en la ley de amor, de sacrificio, de belleza, de expansión que encierra en sí el procrear.

Y ya con niños grandecitos, en 5o. y 6o. grado se hablará de la especie humana, del género hombre, animal vivíparo y mamífero y se estudiará en él la ley universal de la procreación.

Recurriendo a la Historia, pasarán ante los ojos infantiles, tan fácilmente desbordantes de amor y de admiración, la historia de la familia a través de la humanidad; la lucha del padre por defenderla, la de la madre por afianzarla. Y cuando de toda esta enseñanza primaria —verdadero curso de Fisiología Universal, de Higiene Humana y de Moral Práctica— haya surgido la ley de la vida en la naturaleza, rehaciéndose siempre, avanzando triunfante, gracias al trabajo eterno de la ovulación, recién habrá llegado, lenta y naturalmente, el momento de especializar esa instrucción, esa educación sexual, que ahora sí constituirá, en la enseñanza secundarria y universitaria, una rama del curso de Higiene Integral o de Ciencia de la Educación, a cuyo frente estará a1guien que reuna a su título de médico, de psicólogo y de sabio, el de padre de familia.

Presentado así el problema, vése cuán absurda es la pregunta que me fué hecha en la Sesión Plenaria del III Congreso de Higiene Pedagógica, reunido en París en 1910: —"¿Cuándo y cómo se dará esa enseñanza?"— Pero si es lo mismo que si se preguntara ¿cuándo y cómo enseñaremos moral o enseñaremos a amar? Eso se enseña siempre, en toda ocasión; eso es un punto de arribo, una resultante; eso anima, vivifica la enseñanza toda, en la familia, en la escuela, en la sociedad, en el mundo.

¿Quién no vé que, ante este ideal, es real y verdadero el sacerdocio del maestro?

El porvenir de la especie y del individuo se encuentra en germen en el instinto procreador, el más poderoso de los instintos, al que, por permanecer ineducado, no ha salido aún de la animalidad.

Formemos "hombres" y mujeres", en la escuela, primero, y luego, en generaciones sucesivas, en el hogar y en la escuela juntamente; formemos seres humanos preparados para la vida tal cual ella es, para la vida integral, intensiva, feliz; seres capaces de determinarse con libertad relativa y con responsabilidad plenla porque conocerán la realidad científica, porque basarán la moral racional y práctica en las leyes naturales de la vida y no en prejuicios artificialmente inculcados.

Debemos hablar a los jóvenes con nobleza y valor el lenguaje de la realidad sobre la cuestión sexual, sobre la reproducción de la especie, como del más esencial de los hechos biológicos y sociales.

Debemos hablarles científicamente, sin falsas vergüenzas y sin mentidos misterios. Nuestra enseñanza, vivificada por un poderoso idealismo, les hará admirar la belleza de las leyes universales en la generación. Comprenderán la trascendencia del acto sexual y se sentirán penetrados por su vivificante poesía al concebir el amor, origen de los más grandes goces y de los más grandes deberes, y su fin natural, la reproducción de la especie, como la síntesis de la función más importante y de los sentimientos más nobles del hombre.

Por inconsciente error pedagógico, el adulto atribuye al adolescente sus propias ideas, sus propios sentimientos: Nadie tan capaz como el niño de sentir la emoción religiosa humana de lo realmente grande. Antes de que "la gran profanación" comience —en forma de prejuicios religiosos y sexuales— se habituará al niño a considerar ese hecho con veneración y con verdad; así sentirá nacer, instintivamente, en esa relación de causas a efecto, el sentimiento de la responsabilidad que es la moral de la existencia.

La pureza, no estriba en la ignorancia sino, al contrario, en la verdad de nuestras relaciones con la naturaleza. A esa "verdad natural", por otro nombre "justicia", le está reservado el reino de la libertad de acción.

La naturaleza, científicamente interpretada, conducirá al adolescente a amar la ley de la vida, de la fecundación, del desarrollo y a medir la responsabilidad de la transmisión consciente de esa energía que nos diviniza al hacernos desear que lo creado supere al creador.

Afortunadamente, hoy ya no son sinónimos "inocencia" e "ignorancia" y más preocupa lo que debe no ignorar un joven o una jovencita que lo que se les debe ocultar.

Hay más pudor en dar, con serenidad y conciencia, su significación e importancia a los fenómenos esenciales de la vida, que en ignorarlos estultamente o en rodearlos de una fantasía misteriosa y malsana.

En la Enseñanza Secundaria, donde se bifurca la educación e instrucción sexual, haciendo un llamado a la poderosa inteligencia práctica del hombre, se estudiarán los mejores medios tendientes a suprimir los mal llamados "males necesarios".

Así encaminados, los estudiantes del Profesorado Universitario comprenderán la necesidad de la bifurcación de esta enseñanza especial en los Colegios Nacionales y Escuelas Normales, cuyos alumnos experimentan ya la urgencia de verse científicamente orientados como "hombres" y como "mujeres".

Esta educación fortalecerá en la mujer el contralor de la razón para que ésta domine la emotividad exagerada, la superexcitabilidad nerviosa que ha permitido definir su psicología como la psicología de los extremos.

Como "mujer" y "madre" son sinónimos, esta educación sexual enseñará a la mujer a saber amar a sus hijos.

Teórica y prácticamente estudiará la puericultura.

Así se desarrollará en la mujer el sentimiento de la responsabilidad, de su dignidad como persona humana; el respeto hacia sí misma, el instinto de solidaridad universal.

Y como complemento práctico indispensable, debe ser anexada una "escuela maternal" a toda escuela primaria, donde las madres obreras dejen a sus hijos desde los 3 a los 6 años bajo la vigilancia y amable compañía de los escolares. Recién dejará de ser una utopía el "Jardín de Infantes" y las escuelas serán hogar de niños protegiéndose natural y mutuamente.

La "escuela-hogar" se acentuará en la enseñanza secundaria y universitaria, sobre todo femenina, con el establecimiento de las "salas cunas" donde las madres obreras dejarán a sus hijos menores de 3 años. Se llegará al ideal si este instituto de puericultura formara con el taller un solo engranaje maternal. Entonces las leyes vigentes serán una proficua realidad y no una disposición ilusoria[3].

Si la "escuela-hogar", vivificada por la educación sexual, llegara a ser un hecho —¿no evolucionará el hombre hacia la ley de amor que solidariza, hacia la comprensión del dolor ajeno que hace imposible la injusticia, hacia la paz que le permita progresar superándose a sí mismo al crear?


  1. Conferencia patrocinada por la Liga para los derechos de la Mujer y del Niño.
  2. Buenos Aires. Octubre 28 de 1910.—Al Honorable Consejo Superior Universitario.
    Honorable Consejo:
    En Junio de 1910 manifesté al señor Decano de la Facultad de Filosofía y Letras el deseo de formar parte del profesorado de esa Facultad, solicitando la suplencia de la cátedra de Ciencia de la Educación.
    El doctor José N. Matienzo, sin hacer la menor objeción a mi deseo, al entregarme los Estatutos, dijo: "Sométase a ellos".
    Sometiéndome a ellos, presenté una monografía y una solicitud, cuya respuesta transcribo: "En cuanto a su deseo de formar parte del profesorado universitario, la Facultad, en la duda de si es posible abrir esa carrera, por ahora, al sexo femenino, ha aplazado el asunto".
    En Octubre de 1910 solicité del Honorable Consejo de la Facultad de Filosofía y Letras una contestación definitiva y de nuevo "fué aplazado el asunto".
    Creyéndome en el derecho de obtener siquiera una contestación definitiva —a pesar de ser mujer,— pido al H. C. S. U. solucione "el asunto".
    Es justicia que espero del H. C. S. U.
  3. En efecto, el inciso 8º del artículo 9º de la Ley sobre "salas cunas", dice: "En los establecimientos donde trabajen mujeres se permitirá que las madres puedan amamantar a sus hijos durante 16 minutos cada 2 horas, sin computar ese tiempo en el destinado al descanso".
    La disposición así resulta ilusoria, dice el doctor Alfredo L. Palacios: "Se permite a las madres obreras que amamanten a sus hijos, pero, ¿dónde?, ¿cómo? La ley no obliga al industrial a destinar una sala en condiciones de higiene para que allí se depositen los hijos de las obreras. De manera que éstas se verán precisadas a dar el pecho en el taller mismo: teniendo que pagar a una persona para que les lleve al niño niño 3 o 4 veces por día a la fábrica. Si se tiene en cuenta que los talleres no está siempre próximos a los hogares, se admitirá fácilmente lo absurdo de la disposición vigente."