Pedagogía social/Sobre educación

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SOBRE EDUCACIÓN

Lo ideal es a la evolución lo que la imaginación creadora es al artista. Muéstrale la inspiración en el miraje la obra futura y la sóla concepción de la belleza lo impulsa a realizarla.

Hasta nuestros días los pseudo-ideales que han movido a la humanidad, guerreros, económicos, sociales, artísticos, morales, la han impulsado parcialmente hacia el progreso. Parcial, es decir erróneamente. Las concepciones unilaterales, cuanto más perfectas son, son tanto más destructoras, inofensivas y aun benéficas en apariencia; a la larga dan desastrosos resultados. Llevan latente un germen de destrucción porque no es posible deformar substancialmente la naturaleza humana sin destruir en ella lo que se opone a la realización de esos ideales abortados.

Y si esto decimos de los pseudo-ideales, ¿qué fuerza bastará para anatematizar la mentira vital religiosa cuyo mayor peligro estriba en la belleza y en el consuelo presente y promesa futura de imaginarios bienes caros al hombre? Llena esa mentira vital una necesidad humana, aún no satisfecha por la ciencia; equilibra, aunque momentánea y falsamente la línea de la vida; engendra las grandes convicciones aparentes; se crea una lógica afectiva apropiada y domina inconscientemente a las multitudes.

¿Cuándo se sabrá, con el corazón y con la mente, que toda idea religiosa — por bella y consoladora que sea en apariencia — es mala si contiene la negacón o la deformación de la vida tal cual nos es dado conocerla? ¿Cuándo se afirmará, con el corazón y con la mente, que toda idea religiosa que contenga la afirmacióm, la evolución de la vida tal cual nos es dado conocerla, es buena?

Recién entonces se verá con horror cuán criminal ha sido el deformar las imaginaciones infantiles en el lecho de Procusto de la educación pseudo-religiosa actual. La tragedia en la vida se origina al develar la inarmonía existente entre la "mentira vital" y la realidad.

Conviene deslindar, en lo posible, la "mentira vital", — pseudo principio estimulante, ilusión falaz, — de lo reservado al ideal, hijo y procreado; de la vida.

Cuanto más hondas sean, en lo futuro, las raíces de la vida en la realidad, tanto más humanamente ideales serán las formas con que la imaginación se vestirá.

De ahí que el verdadero ideal, generado y nutrido por lo real, por la verdad humana, sea eternamente uno y vario, a imagen y semejanza del hombre que lo sintetizó. Entre el ideal humano y la realidad no pueden jamás originarse inarmonías. Y ahí tenemos el criterio pragmático para distinguir el ideal de la mentira vital. Ante el recuerdo, la fría razón llegará, a despojar a cada acto de la belleza con que el instinto de conservación lo vistió; pero no dejará, de reconocer que esa atrayente apariencia despertó deseos, domeñó apetitos, avivó energías, templó voluntades y orientó la psiquis hacia la conquista del ideal que no es más que la realización imaginativa del super-hombre, la visión profética del devenir humano.

Y como la energía es fuerza que tiende, en lo normal, a realizarse, el hombre actual, al concebirse mejorado, no hará, más que encauzar su energía para que realice, al objetivarse en acción, el tipo humano creado subjetivamente en ideal.

Pero completo en lo porvenir o incompleto en la actualidad, el ideal sano, hijo de lo real, es el incentivo que lleva al progreso, es el alimento de los fuertes luchadores.

No así la mentira vital, la pseudo-religiosidad, ilusión falaz que sostiene a los débiles y cuya brusca ruptura de equilibrio con la realidad desorbita para siempre sus vidas.

La mentira vital: — mitos, dogmas o prejuicios religiosos, falsas vocaciones científicas, artísticas o literarias, mimetismo social o político; falaces teorías o engañosas promesas que deforman y envenenan la inteligencia o la sensibilidad extraviando la voluntad, — tienen como único vencedor futuro, la educación integral humana y, como paliativo actual, la lucha contra los prejuicios.

Dijimos que, dejando de lado la "mentira vital religiosa", el hombre ha progresado a impulsos de un ideal incompleto como hasta ahora lo es la criatura humana. El hombre completo se compone del hombre y de la mujer y hasta hoy tan sólo el hombre es individuo.

De ahí que el problema de los sexos no sea, en el fondo, una cuestión de antagonismo ni de preponderancia unilateral; sino el problema de "la persona humana" considerada bajo su doble aspecto "masculino" y "femenino", aspectos tan importantes el uno como el otro, aunque esencialmente diferentes.

La importancia inmensa podrá tener para la humanidad la comprensión del papel de la mujer comenzará a ser un hecho cuando la mujer, por "la conciencia de sus deberes" y no como equivocadamente piden las ilusas sufragistas por "la ejercitación de sus derechos", la mujer se respete y se dignifique a sí misma conquistando, ante los demás, el derecho de ser considerada como un ser humano.

Diráse que mientras el sexo femenino progrese, el sexo masculino no se quedará estacionario. Entonces se reproducirá el fenómeno social observado en América. Implantada la civilización europea, cuya conquista costó milenios a sus primeros poseedores, desarróllase en las tierras vírgenes con tan viguroso impulso que promete equivaler, en originalidad, en un futuro no muy lejano, a la civilización engendradora.

Las leyes de la imitación entrarán en juego si, con entera libertad, se ofrece a la psiquis femenina toda oportunidad para su integral desarrollo. La emulación sexual hará el resto en beneficio de la pareja humana. Y la función específica femenina, "la maternidad", será el medio natural de impulso, de perfeccionamiento, de evolución, de ascensión moral e intelectual.

La inclusión del sentimiento de la maternidad integrará el ideal humano, originado en el instinto fundamental, potentísimo, hasta hoy ineducado, en el instinto de la procreación.

La naturaleza, científicamente interpretada, conducirá al adolescente a amar la ley de la vida, de la fecundación, del desarrollo y a medir la transmisión consciente de esa energía que nos diviniza al hacernos desear que lo creado supere al creador.

La educación e instrucción sexual, iniciada entonces en el hogar, se orientará, científica y humanamente, en la escuela.

Y esta iniciación regular, normal, sana, es tanto más necesaria cuanto que el espectáculo de la vida, en la calle, en los teatros, en los libros, en los periódicos, en los avisos, hasta en la esscuela y en la familia misma a veces, deforma o envenena lo que debiera divinizar la vida.

Con desconsoladora frecuencia, de la cuestión sexual, ve la juventud lo trivial cuando no lo obsceno. Torpemente iniciado por compañeros o por sirvientes pervertidos, llegan al joven las bajezas, las vergüenzas y los vicios antes que la vida normal y el amor sano.

No es sensato entregar al azar el porvenir de la raza: Conocer el peligro es evitarlo a medias.

Despertando el orgullo de vivir, tan natural en la juventud, se le hará palpar cuanta miseria, cuanta degradación, cuanta animalidad se encierra en la compra del placer.

Alumnos y maestros unidos buscarán los mejores medios tendientes a suprimir los mal llamados "males necesarios", la prostitución y su derivado la sifi1ización de la raza humana.

Educando la voluntad del joven, la psicología le demostrará que el apetito sexual no es incoercible; que el dominio de sí mismo es la base de la salud; que no hay tal fatalismo en el amor; que la irresponsabilidad del hombre o de la mujer tienen un solo nombre: cobardía.

Generando el sentimiento de la responsabilidad, se le hará comprender que, si es criminal el abandonar al hijo, es tanto más criminal el contagiar a la madre una enfermedad vergonzosa o el acentuar en el hijo la degeneración moral o mental del padre. Se le hará aceptar, teóricamente, en absoluto, que, para que el amor reuna todas las condiciones que exigen la moral y la higiene, el interés de la especie y de la sociedad, es necesario que sea, en lo posible, libre y voluntario; libremente deliberado; reflexiva, voluntariamente llevado a cabo; voluntariamente aceptado con sus riesgos y con sus consecuencias, con sus responsabilidades y con sus deberes.

Y la ley, que es a las costumbres lo que la verdad es a la experiencia, sancionará estrictamente todas las responsabilidades que nazcan del acto sexual que llegará a ser, en sí mismo, un contrato tácito.

Esta educación integral fortalecerá en la mujer el contralor de la razón para que ésta domine a la emotividad exagerada, a la superexcitabilidad nerviosa que ha permitido definir su psicología como la psicología de los extremos.

Como "mujer" y "madre" son sinónimos, esta educación sexual enseñará a la mujer a saber amar a sus hijos. Ante todo le demostrará que nadie tiene derecho de dar vida a un ser en condiciones anómalas. Desarrollará ante ella la situación legal y social del hijo espurio; demostrará que es por cobardía, jamás por amor, que la mujer pierde el derecho de ser llamada con justicia "madre". La ley de la herencia le será explicada como ley higiénica para combatir las enfermedades que traen aparejada la degeneración de la raza. Recibirá consejos de higiene individual y social referentes a los órganos y funciones maternales, al embarazo, a las enfermedades. Teórica y prácticamente estudiará la puericultura.

Así se desarrollará en la mujer el sentimiento de la responsabilidad, de su dignidad como persona humana; el respeto hacia sí misma, el instinto de solidaridad universal.

A la par de la educación integral marchará la instrucción íntegra, conjunto sintético, encadenado, paralelamente progresivo, en todo orden de conocimientos, desde la más temprana edad y desde los primeros elementos educativos.

En todas las ramas del humano saber, que se subdividen luego al infinito, hay, en el origen, verdades simples, fácilmente observables e inteligibles, al alcance de la mente infantil. Deben constituir el tesoro de nociones poseídas por el infante, tesoro destinado a enriquecerse gradual y cíclicamente.

No insistiré aquí sino en los defectos de que más adolece nuestra enseñanza libresca escolar.

El idioma materno será objeto de cuidadoso, de amoroso estudio. El niño llegará a ver en él tanta vida como la que a una planta o a un animal anima. Pero la vida del lenguaje le será más querida, porque hablará a su corazón, a su inteligencia, a su voluntad.

Aboguemos por la humanización de la historia: enséñese a los jóvenes la génesis y el desarrollo de los grandes hechos humanos, individuales y sociales; la evolución del trabajo, de las artes, de la industria, de las ideas, de la vida íntima; reláteseles la importancia de la familia a través de la humanidad, la lucha del padre por defenderla, la de la madre por afianzarla; déjese de lado o empléese como ilustración necesaria la historia política y guerrera; estúdiese el advenimiento del pueblo al gobierno más bien que la apología de los reyes y conquistadores; la historia de la evolución de la humanidad, más bien que la de las dinastías o de las batallas.

Utilícese la biografía de los grandes hombres como escuela de voluntad.

Que la educación artística servirá de base a la educación patriótica. El decorado escolar utilizará motivos de la flora y fauna argentina; paisajes, ilustraciones imaginarias hechas por los alumnos de la leyenda y de la historia patria. Que la música evoque, en lo posible, el sentido y la belleza del lugar que la engendró. La lectura artística, el recitado aprovechará la prosa y la poesía nacional.

Recién permitirá la escuela que el niño elija con conocimiento de causa una ocupación en armonía con sus gustos, con sus aptitudes y conservará en él la tendencia integral, el espíritu de generalización que le preservará de la especialización prematura, excesiva, estrecha, retaceada, maquinal, desorganizadora, cuyas consecuencias fatales deplora la generación obrera actual.

Moralmente el niño asimilará la noción de causa, de equilibrio, de desarrollo individual; la de justicia y reciprocidad social. La base científica engendrará en el niño el concepto de ley de progreso, de evolución. Ante todo la educación e instrucción integralmente humana no hará daño al niño, pues de ella serán descartados los prejuicios falaces, las impresiones deprimentes; todo lo que arrastra a la imaginación fuera del campo de la verdad, lo que la turba o desordena: sugestiones malsanas, excitaciones de la vanidad, de la rivalidad o de los celos.

En cambio rodeará al niño de un ambiente de calma, de orden, de verdad natural; desarrollará el sentimiento de la responsabilidad; ejercitará al niño en el empleo graduado de la libertad y le hará sentir el orgullo de vivir dignamente la vida.

Una observación de importancia suma antes de presentar el plan de reformas que hagan posible la educación humanamente integral.

Me refiero a la fobia de la libertad, de la responsabilidad, que predomina en nuestras escuelas originando esa disciplina de cuartel, impuesta de afuera adentro, que domina por el miedo al castigo y que hace necesario un ejército de celadoras, de maestras y hasta la presencia continua de los directores y vicedirectores. Así se manda y así se domina, pero así no se educa. Reviviré aquí, entre vosotros, la escuela de Mary O'Graham, la Normal mal de La Plata, que no tuvo jamás celadoras. Apréndase en ella a obedecer y a mandar pero, sobre todo, a obedecernos y a mandarnos a nosotras mismas. Necesitan vigilantes, nos decía, despertando en nosotros el orgullo de revivir dignamente la vida, necesitan vigilantes los amorales, los inmorales, los abúlicos, los dementes, los imbéciles, los degenerados... Que quien se coloque a sí mismo en cualquiera de esas categorías lo pida y la clase se lo concederá.





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