Poetas bucólicos griegos/Un obispo poeta

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

UN OBISPO POETA.[1]



I. Poetas Bucólicos Griegos, traducidos en verso castellano por Ipandro Acaico, con notas explicativas, críticas y filológicas. Edicion de la Academia Mejicana, correspondiente de la Real Española. Méjico: imprenta de Ignacio Escalante, 1877.
II. Ocios Poéticos, por Ipandro Acaico. Méjico: imprenta de Escalante, 1878.

I.

Por sus glorias literarias, más que todo, hízose digna la nacion mejicana de llevar ante el mundo el renombre de Nueva España, recibido de sus descubridores, hoy relegado á la historia de pasados siglos. Fundada á mediados del siglo xvI la Universidad de Méjico, sobre el modelo de Salamanca, por Fray Alonso Gutierrez, ó como él quiso luégo apellidarse, de Veracruz (quien empezó por introducir para enriquecerla sesenta cajas de libros), creció tan en breve, y tanto acrecentó sus cátedras famosas, tal número de doctores llegó á reunir en su claustro, y así vió medrar á su sombra y arrimarse á su patrocinio colegios de la capital y de otras ciudades; en fin, tantos obispos salieron de su gremio, consejeros reales, y hombres eminentes en todas las carreras del Estado, que bien pudo el cantor de la Grandeza Mejicana exclamar con filial orgullo:

Préciense las escuelas salmantinas,
Las de Alcalá, Lovaina y las de Aténas,
De sus letras y ciencias peregrinas;
Préciense de tener sus aulas llenas
De más borlas, que bien será posible;
Mas no en letras mejores ni tan buenas;

y asegurar que era la ciudad de Méjico, aquella

En donde se habla el español lenguaje
Más puro y con mayor cortesanía.

Méjico, emporio en aquellos tiempos de las letras y las artes, rica de ingenios nativos y hospedadora de hombres doctos que procedentes de Italia, Flandes y Alemania, en ella gustosos se avecindaban, ofrece al observador imparcial espectáculo hermoso de que no hay ejemplo en colonias de otras naciones europeas, y argumento incontestable contra aqucllos que, por ignorancia ó mala fe, repiten que bajo el régimen colonial los americanos vivieron sepultados en tinieblas. Digna del elogio que de Paulo Emilio hizo el poeta, podemos decir muy bien que España fué pródiga no sólo de su sangre, sino tambien de su grande alma.

Con razon D. Luis Fernandez Guerra en su eruditísima al par que amena monografía sobre Ruiz de Alarcon, justamente premiada en certámen público por la Real Academia Española, y á sus expensas impresa en edicion espléndida, en 187ı, se espacia describiendo la Aténas del Nuevo Mundo, en el siglo XVII, con tanto ó más entusiasmo que el que inflama á Macaulay, cuando, al disertar sobre los Oradores de la verdadera Aténas, se figura que entra por las puertas de aquella admirable ciudad, se mezcla con la espiritual muchedumbre, oye embebecido cantar al rapsodista, pende absorto de los labios de Sócrates, aplaude á Perícles en la plaza y á Sófocles en el teatro.

Fernandez Guerra, compañero invisible del personaje de su obra, asiste en idea «al claustro de la Universidad, á las academias de los Jesuitas, y á patriarcales reuniones de sabios en los feraces huertos de los Franciscanos, Dominicos y Agustinos, á la grata sombra de altísimos cedros y laureles, bajo florido pabellon de simbólicas pasionarias. Aquí admira la ciencia que se eleva hasta el Hacedor supremo cubriéndose los ojos con la veneracion, el anonadamiento y el amor, como los serafines con sus múltiples alas, en un doctor Juan Lopez Agurto de la Mata, colegial mayor del de Todos Santos, que escribió sobre los misterios de la Trinidad y Encarnacion del Verbo, y á cuyo mérito habian de ser debida corona las mitras de Puerto-Rico, Venezuela y Caracas. Allí conoce al Dominico Fernando de Bazan, asombro de la Universidad literaria, comentando la Suma del Doctor angélico. Allí á Pedro de Hortigosa y á Pedro de Morales, expositor y de gran pericia en Leyes, uno y otro Jesuitas, manchegos ambos, y consultores en el Concilio Mejicano tercero; á Nicolás de Arnaya, padre y maestro de todas las regiones septentrionales de América, enriquecidas con su ejemplo y doctrina, y á quien se debe la hermosa version española de la Imitacion de Cristo; y á Diego Lopez de Mesa, escogido por San Francisco de Borja para fundar en Nueva España la Compañía de Jesus» (1).

Ötros muchos nombres cita Fernandez Guerra, de teólogos, filósofos, jurisconsultos, historiadores, médicos y artistas, que se ilustraron en Méjico; y hace larga lista de obras, por aquellos tiempos publicadas, sobre asuntos diversos, y algunas de ellas en lengua mejicana, de la cual habia dos cátedras en la citada Universidad Real (2). Pero en nada (1) Juan Ruiz de Alarcon, pág. 110. Véanse los capítulos xIv, xv y XVI, parte 1, de este precioso libro, del cual tomamos los datos que hemos consignado sobre la Universidad de Méjico.

(2) En el Colegio de San Bartolomé, de Santa Fe de Bogotå, habia tambien cátedras de lenguas indigenas, especialmente para preparar á los os. sobresalieron tanto los ingenios indianos como en el cultivo de las Musas amenas, que tienen el privilegio de hacer imperecederos los tributos de aquellos á quienes desde la cuna miraron propicias. Nació y educóse en Méjico Alarcon, quien por muchos conceptos disputa al gran Calderon, á juicio de los inteligentes, el cetro de la poesía dramática en España, en siglos en que el teatro español no conoció rivales. Aunque manchego de nacimiento, crióse tambien en aquella capital, y cantó su Grandeza, y vivió de ella enamorado siempre, abad de Jamáica y más adelante Obispo de Puerto-Rico, Bernardo de Valbuena, poeta de mal seguro gusto y mérito desigual en sus improvisadas obras, pero de genio tan aventajado y tan raro entendimiento, que fué entre los españoles «quien nació con más dones para la alta poesía épica,» en opinion de Quintana; y cierto que la majestuosa grandeza de un Mundo Nuevo se refleja en el estilo original, enérgico al par que brillante, del bizarro estudiante de Méjico que osó embocar la trompa épica para cantar

.....el varon que pudo
A la enemiga Francia echar por tierra
Cuando de Roncesvalles el desnudo
Cerro gimió al gran peso de la guerra!


Todavía un siglo más adelante, bien avanzada la sorda y tenebrosa invasion del culteranismo en la república de las letras, en un convento de Méjico, una mujer extraordinaria, si bien no exenta de los resabios del mal gusto dominante, brillaba con luz propia en medio de noche tan dilatada, y alcanzaba, en el lenguaje de la época, el título de «décima Musa.» Sor Juana Inés de la Cruz fué entre los poetas de su tiempo «la que recibió del cielo astro más puro y sensibilidad más delicada,» dice el insigne crítico Sr. Cueto; y añadiremos que, por la preeminencia de su fama y gallardía de su ingenio, preside el coro de las vírgenes cantoras que por entónces ó años despues florecieron en España é Indias-Sor Gregoria de Santa Teresa, en Sevilla; la ilustre portuguesa Sor María del Cielo, que escribió sus versos parte en portugues, parte en castellano; en Lima, sor Paula de Jesus Nazareno; y, sobre todas eximia, si no como poetisa, sí como mística escritora incomparable, nuestra Francisca Josefa de la Concepcion, en Tunja.

Cuando hubo del todo fenecido el buen gusto, no por eso se agotó la fecunda vena de los ingenios mejicanos, ni caducó la reputacion y prestigio de que disfrutaban en las otras colonias españolas; así que, á fines del pasado siglo, se imprimia por primera vez en Bogotá, en pobrísima pero muy correcta edicion, la Mirra Dulce, poema místico lleno de erudicion sagrada, en afectado estilo, de D. Francisco Ruiz de Leon, autor de la Hernandia; nuestros abuelos la aprendian de memoria, saboreaban sus conceptuosas y bien rimamas décimas; y consérvanse aún los encomios que tributaron al poeta, á la sazon humilde institutor en Orizaba.

El siglo presente ha sido para toda la familia española, de alteraciones y agitacion constante. Envuelta la sociedad en pavoroso torbellino de calamidades, un espíritu revolucionario y satánico la mantiene fuera de quicio, y no ha dado vagar para dedicarse á estudios serios y al cultivo tranquilo de las nobles artes. Interrumpidas las tradiciones literarias, perseguidos los institutos docentes, arruinadas ó uncidas al carro de la política las universidades, ¿cómo no habia de penetrar la anarquía en la literatura? Los aficionados á las letras, al mismo tiempo que proclaman la independencia absoluta del pensamiento, sin estudiar en la naturaleza ni en los modelos los principios de lo bello, son, quizá sin saberlo, menguados esclavos de la moda, y sólo aciertan á producir obrillas que durarán en manos del público lo que frágil juguete en las de un niño. «Si se compara» (dice de Méjico el sabio Couto) «lo que se escribia hácia el año de 1830 con lo que dos siglos ántes habian producido Valbuena, Ruiz de Alarcon, sor Juana Inés de la Cruz, la comparacion es notoriamente desventajosa para el tiempo posterior, y hay que convenir en que habíamos atrasado en vez de adelantar.»

En medio de este general abatimiento se han formado por sí mismos en la soledad del estudio escritores preclaros, cuyas obras individuales constituyen nuestra riqueza literaria en el siglo xix.

Así, Méjico recuerda con respeto los nombres de Carpio y Pesado, restauradores del buen gusto, y se envanece con la gloria del inspirado cantor del Niágara, hijo adoptivo de aquella República; entre historiadores, cuenta á un Lúcas Alaman, de nombradía europea, y entre publicistas, al Ilustrísimo Munguía, que mereció de imparciales españoles el sobrenombre de «Bálmes mejicano»[2].

El genoroso pensamiento que concibió la Academia Española, y que con éxito vário se ha realizado ya en algunas de estas Repúblicas, de establecer Academias correspondientes en las capitales de la América Latina, fué en Méjico semilla echada en terreno fecundo, que dispuesto á recibirla, la ha convertido en breve en planta robusta y frondosa. Los nombramientos de académicos recayeron en beneméritos literatos que, unidos, ejercerán una influencia social que aislados no hubieran alcanzado, puesto que, con no ménos verdad que á la industria, es aplicable á la literatura el principio «virtus unita fortior.» De la Academia Española su hija la Mejicana, fundada en 1874, ha recibido prestado el prestigio de antigüedad, sin el cual, como edificios sin cimiento, fracasaron así en Méjico como en otras Repúblicas Americanas, anteriores ensayos de liceos y sociedades literarias. Los miembros de la Academia Mejicana han aportado á la sociedad diversas facultades y conocimientos variados: Arango y Escandon pulsa la lira de Fray Luis de Leon, cuya vida trazó ya con hábil pluma; Collado recuerda los acentos vigorosos de Quintana y Gallego; Roa Bárcena y Segura son célebres literatos; Bassoco, Pimentel y Peña se acreditan como filólogos; como arqueólogo Orozco y Berra; García Icazbalceta, dignísimo Secretario de la Academia, hace resurrecciones de autores injustamente olvidados, imitando áun la fisonomía de las ediciones primitivas, y enriqueciéndolas con proemios y comentarios en que, bajo flúido y apacible estilo, se trasparenta el oro de riquísima erudicion[3]. Trabajos de éstos y otros no ménos notables individuos de la Academia aparecen en las Memorias que desde 1876 publica la docta Corporacion.

Para que nada dejase que desear este movimiento literario, y mereciese llamarse verdadero y glorioso Renacimiento, el insigne helenista cuyas obras dan especialmente ocasion á estas líneas, ya con magistrales traducciones poéticas, ya con obras originales, con el ejemplo autorizado y el consejo persuasivo, despierta y promueve el gusto por los estudios clásicos, que siempre precedieron en todo pueblo culto á la creacion de una literatura nacional.

Notables adelantos tipográficos han correspondido en Méjico á los progresos literarios de la nacion, si hemos de estar á lo que revelan las ediciones recientes que tenemos á la vista. El arte tipográfico es natural auxiliar de las letras, y el libro es en el extranjero muestra calificada y verídico anuncio del estado de la cultura de un pueblo. Naturalizada la imprenta en todas las naciones europeas, no tardó en tomar cierta fisonomía peculiar en cada una de ellas; de suerte que las buenas ediciones de Francia, Inglaterra ó Alemania descubren, á la primera ojeada, su particular procedencia. Con el acrecentamiento de la industria y comercio internacional bórranse á menudo estas diferencias: en España, por desgracia, con mengua de su nombre, casi todas las ediciones son ya de estilo frances, y las más esmeradas no tienen aquel sello nacional que se observa en las antiguas preciosas ediciones de Sancha ó la Imprenta Real. Las Repúblicas Hispano-Americanas aún no tienen imprenta propia: no hay en ellas fundiciones de tipos, ni se ha pensado por sus Gobiernos, que sepamos, en el estilo tipográfico con que debe distinguirse cada nacion. Las modernas ediciones mejicanas que hemos tenido ocasion de ver, y particularmente los «Coloquios de Eslava » y los «Bucólicos Griegos,» impresos en tipos elzevirianos, ó de estilo antiguo, son del gusto más puro, y tienen cierto aire original que recomienda el talento del artista. Hace algunos años era tal vez Caracas, en la América Española, la ciudad donde se hacian ediciones más bellas: hoy Méjico ha tomado la delantera y no tiene competidora entre sus hermanas.

II.

¿Quién es IPANDRO ACAICO? El eminente literato que lleva este nombre entre los Arcades de Roma, es un sacerdote mejicano; apénas ha entrado en la edad viril, y ya es dignísimo Prelado de una de las Diócesis de aquella provincia eclesiástica. Por quien le conoce personalmente sabemos que es «varon completo en letras, no ménos que en episcopal actividad, tino y valor.» En la erudita Carta- Prólogo, al Sr. Roa Bárcena, estampada al frente de los «Bucólicos Griegos,» y en el Prefacio de los «Ocios Poéticos,» consigna de paso IPANDRO ACAICO algunas noticias acerca de su persona. Pasó la infancia en un colegio de Inglaterra. Encerrado muy jóven en austero seminario, recibió las órdenes sagradas á los veintidos años. En una de sus poesías, á su Lira, dice:

Y ya de Roma los adustos sabios
El premio á mis fatigas concedieron,
Y á mi cansada frente
El anhelado lauro al fin ciñeron.

Terminados los estudios, volvió á su patria. En 1868 publicó en Guanajuato su version poética de los Idilios de Bion de Esmirna. Hizo luégo un largo viaje á Europa, Africa y Asia. Del ramillete de sonetos que intitula «Recuerdos y Meditaciones de un Peregrino en el castillo de Miramar, en Octubre de 1876,» se infiere que fué imperialista, que gozó de valimiento en la corte de aquel monarca, y da en ellos pública prueba de fidelidad á su augusta memoria. Cuando volvió á América no pudo gozar la quietud y la tranquilidad que deseaba. «Revestido, dice, de una dignidad que sólo me traia sinsabores; condenado por mi arduo ministerio á una vida errante, agitada y de incesante ocupacion, me fué preciso hacer pedazos lira y zampoña; y el báculo que á Valbuena no le impidió sonar la épica trompa ni el caramillo pastoril, entregado á IPANDRO ACAICO en sus verdes años cortó el vuelo á su Musa casi adolescente.» Y luégo:

«Acontecimientos que usted conoce me hicieron volver á pulsar la zampoña á principios de 1875, más bien por distraccion que con intento deliberado de consagrarme otra vez á la poesía. Mis quehaceres y sinsabores, en vez de disminuir, se habian centuplicado; pero esto mismo hacía que las Musas me suministraran doble consuelo en las amarguras que me aquejaban. Las noches insomnes me parecian breves cuando las llenaba traduciendo algun idilio de Teócrito; y los ardores del sol tropical se templaban para mí cuando al trote sobre mi no cansado caballo ponía en versos castellanos el viaje marítimo de la ninfa Europa ó describia en romance los umbrosos verjeles en que se celebraban las fiestas de Céres.» En fin, IpPANDRO ACAICO emprende la edicion de los «Bucólicos Griegos,» aprovechándose de su estancia accidental en la ciudad de Méjico, á donde le habian llevado «asuntos graves.»

Como epígrafe de sus obras y con alusion á su dignidad, ha adoptado IPANDRO ACAICO aquella frase de Mosco, en el Canto fúnebre de Bion:

  • As:ôwv èvópevE Cantando apacentaba su ganado.

El ejemplar de los «Ocios» que poseemos, presenta, en buena fotografía, el semblante apacible é inteligente del poeta, y allí se ven las insignias del Obispo, á las cuales se refiere él mismo en el siguiente soneto:

Á UN POETA, ENVIÁNDOLE MI RETRATO, Esa que ostento despejada frente, Esa sonrisa y juvenil mirada, Ocultan jay! un alma acongojada Y un corazon que el exterior desniente.

La que en mi pecho brilla refulgente Pequeña cruz, de piedras adornada, Atorméntame más y es más pesada Que la que lleva al hombro el delincuente.

¿El anillo lucir veis en mi dedo? Es manantial perenne de dolores Que á quien no los sintió decir no puedo.

Dc vuestra alegre Musa entre las flores La alegre efigie conservad, Alfredo, Del último y menor de los pastores. Con tales datos, consignados en las obras mismas de IPANDRO ACAICO, no es creible que entre sus lectores haya alguno en Méjico que ignore su verdadero nombre. La amistad solícita lo divulga, la admiracion curiosa no tarda en descubrirlo, y llegará famoso á donde quiera que lleguen las obras de IPANDRO ACAICO. Sin embargo, como poeta y literato empéñase en sonar solamente como pastor de Arcadia, no como pastor de almas. «En el mundo literario (dice al Sr. Bárcena) deseo ser conocido únicamente con el nombre de IPANDRO ACAICO, y ruego á usted y á todos mis amigos que no me arranquen el tenue velo del seudónimo que me asignó la Arcadia de Roma. Creo poderlo exigir áun de mis enemigos. Ellos, mejor que yo, saben que es grande agravio en el carnaval y prueba de salvaje descortesía el llamar por su nombre ó descubrir al que lleve careta, por más que éste sea conocido y se le trasluzca el rostro bajo su antifaz.

Los críticos más mordaces en la civilizada Europa han respetado siempre el seudómino, y creo que no es demasiado pedir lo mismo en la República de Méjico.»

No conseguirá fácilmente IPANDRO ACAICO que el público respete su disfraz de pastor. Manos amigas, ó por necesidad imperiosa, 6 con la mejor voluntad, serán las primeras en hacerle traicion.

Agradecido dedica el poeta sus «Ocios» á la Real Academia Española; pero cuenta, que ella no consigna, ni podia consignar, entre sus correspondientes, el nombre del Arcade, sino del Prelado. El cura de Toluca le dedica, el 14 de Octubre último, una memorable velada literaria; los diarios registran el suceso; ¿quejaráse el señor Obispo de ver estampado en esas relaciones su verdadero nombre? ¿Podrá esperar que lo ignoren ó lo callen el historiador, el biógrafo, el crítico, el bibliógrafo? Imposible es mantener esa perpétua dualidad en un individuo. Mas la exigencia de IPANDRO ACAICO es tan terminante, tan general, y para nosotros tan digna de acatamiento por su orígen-puntualmente porque viene de un Obispo y no de un Arcade-que por nuestra parte guardaremos religiosamente este secreto público.

Quien sepa que hay en Méjico un Obispo que cultiva la poesía clásica y pulsa la lira castellana, se acordará inmediatamente de Valbuena, é imaginará que florecen allí los estudios del siglo xVI.

IPANDRO mismo menciona al célebre abad de Jamáica y Obispo de Puerto-Rico como á predecesor suyo. Patente es la semejanza de circunstancias que singularizan en la historia literaria á Bernardo de Valbuena y á IPANDRO ACAICO. Mejicanos ambos, por educacion el uno, por nacimiento el otro; ambos, desde la adolescencia, cultivadores de las Musas, y particularmente de la poesía pastoral; traductor aquél de las Églogas de Virgilio en su «Siglo de Oro,» éste de los Idilios de Teócrito; ambos eclesiásticos y revestidos, en juveniles años, de la alta dignidad de Obispos.

Ni es ésta la única reminiscencia de cosas de la antigua Méjico, que despierta la inspeccion de las obras de nuestro poeta. Su método andantesco de traducir no es la primera vez que se practica en su patria. IPANDRO ACAICO traduce á Teócrito sin más texto que la pequeña edicion de Boissonade (Paris, 1823), y,'en vez de diccionario, que no podia llevar consigo, ayudado tan sólo de la version poética italiana de Pagnini, que en la edicion diamante de Florencia guardaba en la faltriquera, «con el ánimo agitado y el cuerpo extenuado con el movimiento, las fatigas de viajes contínuos por regiones casi desiertas, y la inedia y privaciones que acompañaban á tales jornadas.» No de otra suerte tradujo á Ovidio, en el siglo xVI, el sevillano Diego Mejía, negociante en Indias, é individuo de la Academia Antártica de Lima. Navegaba del Perú á Nueva España en 1596, y habiendo padecido naufragio, que le arrojó á las costas de Acajutla, tuvo que hacer hasta Méjico camino penosísimo de trescientas leguas españolas, á paso lento de recua, y «para engañar,» como él mismo dice, «sus propios trabajos,» ocupóse durante el viaje en traducir, en tercetos, las Heroidas de Ovidio, valiéndose de un ejemplar que «para matalotaje del espíritu y por no hallar otro libro » compró á un estudiante en Sonsonate. La traduccion de Mejía, incluida en la coleccion de Fernandez, es una de las mejores que poseemos en castellano, de poetas clásicos. Ni Teócrito en Siracusa 6 Alejandría, ni Ovidio en Roma ó el Ponto, hubieran jamás soñado en este género de peregrinaciones que, para solaz de hombres doctos y enriquecimiento de una lengua que entónces aún no habia nacido, estaban reservadas á sus obras en las vírgenes selvas de un Nuevo Mundo.

III.

Que los ministros del Altísimo que tienen talento poético empleen este don del cielo en cantar ias grandezas de la Religion y las glorias de la virtud, es cosa tan natural como laudable. La poesía fué siempre, con la música, auxiliar de la religion en la obra de civilizar las naciones. Parte considerable de la Sagrada Escritura, empezando por los cánticos de Moises, son libros poéticos: el incomparable de Job, los salmos de David, modelos de poesía verdaderamente lírica, la profecía de Isaías, majestuosa y sublime, son monumentales ejemplos de poesía sagrada. La austeridad cristiana, áun en los primeros siglos, no excluyó la poesía: Lactancio, Juvenco, San Próspero, San Gregorio Nacianceno escribieron poemas: 1los himnos de Prudencio ó de Santo Tomás de Aquino muestran cómo sirve el verso á confesar los dogmas de la Iglesia y solemnizar sus triunfos.

Hubo un tiempo en que, por ser los eclesiásticos naturalmente hombres de letras, se creyó que les era potestativo cultivar no sólo la literatura sagrada, sino todo género de literatura. En España especialmente, las letras en sus mejores tiempos estuvieron casi exclusivamente en manos eclesiásticas. Clérigos fueron los líricos más eminentes, Leon, Rodrigo Caro, Rioja, Herrera, Góngora; épicos famosos, como Valbuena, Ojeda, Valdivielso; poetas eruditos ó didácticos, como los Argensolas ó Céspedes; y, lo que es más extraño, clérigos fueron los dramáticos más populares y fecundos, Lope, Calderon, Rojas, Alarcon, Solis; de tal suerte que, como observa un escritor, cuando se trató de decorar el teatro español, los retratos de príncipes de la escena que se colocaron en el arco de embocadura fueron de tres curas, Lope, Calderon y Moreto, y un fraile, Tirso de Molina (Fray Gabriel Tellez). Todavía á principios de este siglo, Reinoso, Gallego y Lista, sacerdotes los tres, aparecen á la cabeza de los poetas españoles.

Hoy en dia es raro hallar un clérigo poeta (1), y en esta materia la opinion pública es más severa que antaño para con el clero: severidad hasta cierto punto justa, y honorífica para el clero mismo, cuando nace del concepto de santidad que del sacerdocio católico ha formado el mundo; del respeto y veneracion que han sabido inspirar, áun á los incrédulos, generaciones de levitas aleccionados en la escuela de la persecucion; pero injusta y sospechosa severidad cuando procede del empeño que toman los enemigos del clero, cesaristas y doctrinarios, en encerrarlo dentro de los muros del templo y quitarle toda accion é influjo en la sociedad civil.

(1) Sólo uno cuenta hoy en su seno la Academia Española, el notable fabulista D. Cayetano Fernandez, del Oratorio. En esta materia es fácil establecer una distincion clara y razonable entre los escritos libres, ó picarescos, reprobables en cualquier buen cristiano, cuanto más en un sacerdote, y los ramos de literatura profana que manteniéndose en los límites del decoro y la moral, se prescriben en los seminarios y noviciados como ejercicios que perfeccionan las facultades mentales, sirviendo á formar escritores y oradores, y luégo se permiten tambien á los varones apostólicos como noble é inocente distraccion en sus fatigas: otium cum dignitate. A quién no ha de escandalizar, en muchísimas escenas, el autor, por otra parte ilustre, de El convidado de piedra, cuando se recuerda que las trazaba un fraile mercenario para que se diesen en espectáculo á un público á quien él mismo, en la iglesia, predicaba la moral cristiana? Padece detrimento el venerado nombre de Lista, cuando vemos sembrada de versos eróticos la coleccion de sus obras poéticas, y recordamos que el autor era ya prebístero á los veintiocho años. Pero no desdicen del carácter religioso de fray Luis de Leon sus traducciones de clásicos griegos y latinos, ejercicio poético de sus juveniles años, al lado de otras de trozos de la Biblia; ni habrá, entre católicos rancios, censor tan adusto que arrugue el ceño al leer la descripcion que de su biblioteca, en campestre vivienda, léjos del ruido de la corte, hace el ilustre canónigo de Zaragoza Bartolomé de Argensola, en una de las más agradables y mejor elaboradas poesías del Parnaso castellano: Mas componer la sala me conviene Y mi lecho en su alcoba, y ver del modo Que el tercero aposento se previene, Que es grande, blanco y lleno de luz todo:

En éste, de mis bienes lo más rico- Mis apacibles libros-acomodo.

Este, suaves Musas, os dedico Al ocio docto, á las vigilias santas, Que me han de secrestar del siglo inico.

Y miéntras la ambicion y la cautela Apresuran las vidas en palacio Que á la corriente edad bate la espuela, Viviré yo en mí mismo á libre espacio Con Jerónimo, Ambrosio y Agustino, Y alguna vez con Pindaro y Horacio.

IPANDRO ACAICO, consultando sin duda la opinion de la época, y conociendo lo extraordinario y hoy tal vez excepcional de su condicion de Obispopoeta, experimenta algun recelo 6 rubor de presentar al público, bajo su nombre verdadero, una coleccion de poesías que, dicho sea en su honor, nada contienen que desdiga de la alta dignidad de que está investido. Florecillas sacadas del Breviario Romano, la canonizacion de los mártires del Japon, la consagracion de un Cardenal, una visita del Padre Santo al Colegio Romano, la primera misa de un sacerdote, y otros asuntos semejantes, merecen muy bien ejercitar el ingenio de un eclesiástico y de un mitrado: San Juan de la Cruz y Santa Teresa no hubieran escrupulizado tratarlos.

En las traducciones de los Bucólicos y en las de Anacreonte incluidas en los «Ocios», poeta mitiga y recorta cuanto pudiera ofender el pudor. Si faltan poesías de un género ligero, el autor lo declara, es porque para componerlas ni tiempo ni inclinacion tuvo, y nunca salieron de su pluma. Sus obras, inclusas las traducciones de autores profanos, son, en suma, de aquellas cuya lectura no vedará una madre á sus hijas.

Podria la malignidad inculpar á IPANDRO ACAICO de haber robado un tiempo precioso al desempeño de sus muchas y graves obligaciones como Prelado.

Mas él se anticipa á contestar esta inculpacion, declarando, en comprobacion del título «Ocios poéticos,» que parte de los ensayos que publica fueron ejercicios en realidad, de aquellos ratos de ocio que no es posible llenar de otra manera.» El ejemplo de L'Hopital y d'Aguesseau, de Hurtado de Mendoza, Martinez de la Rosa y Cánovas del Castillo, de Derby y Disraeli, patentiza que las más arduas funciones, las más pesadas cargas de la magistratura y la administracion, dejan á los hombres de enérgicas facultades algun vagar para las letras. No le impidieron á Arias Montano escribir versos las comisiones científicas que le encargó Felipe II, ni la ordenacion laboriosísima de la monumental Biblia Poliglota. Garcilaso y Ercilla escribieron obras inmortales en los intervalos de diarios y sangrientos combates, y Gonzalez Carvajal hizo su version poética de los libros poéticos de la Biblia, siendo intendente del ejército que triunfó en Bailén, en medio de contínuas alarmas, al compas de las ca cerarios del colegio, y el resto «fruto, jas de guerra. ¿Y un Obispo, áun peleando buenas batallas apostólicas, no habrá tambien de tener sus ocios? Hay momentos que, como dice resueltamente Monseñor Dupanloup, no es dado llenar con ejerciciós piadosos, sino con sérias lucubraciones mentales. La inteligencia pide descanso, pero no descansa en la inaccion, que sería su muerte, sino pasando de un trabajo á otro diferente. El hombre que ha educado la atencion y comunicádole flexibilidad, puede en cada momento que le quede libre en sus habituales ocupaciones, continuar algun trabajo que traiga entre manos, y convertir así en tiempo útil la agregacion de ratos que para otros fueran absolutamente perdidos. IPANDRO ACAI- co, como hemos visto, compuso sus poesías sin robar tiempo á sus sagradas funciones, al trote de su caballo, en penoso viaje, ó ya tambien en horas de insomnio y de ingrata soledad, como San Gregorio Nacianceno. «Quien como yo, dice, carece habitualmente de sociedad, ¿con qué mejor puede distraerse en horas de soledad y aislamiento, que con los ecos de su lira? Canto, pues, apacentando mi ganado.»

En el traductor mejicano de Teócrito se realiza á la letra el elogio elocuente que Ciceron dedicó á las letras humanas. Despues de haber alimentado su adolescencia, le han ofrecido refugio en la adversidad, y acompañádole en sus peregrinaciones:

nobiscum peregrinantur. A quienes fueren osados á acriminarle, IPANDRO ICo está en caso de decir, imitando la respuesta que daba el orador romano á los que se admiraban de que le quedase tiempo para componer obras literarias: «¿Y habrá quien me haga un cargo porque todo aquel tiempo que otros dedican á sus negocios é intereses, á frívolas diversiones, y al reposo mismo del ánimo y del cuerpo; el que otros dan á los placeres de la mesa, ó los del juego, lo consagro yo á anudar mis estudios literarios?» Cuanto más, podrá tambien añadir, que estos estudios ejercitan y apuran facultades consagradas al servicio de la Religion y de la Patria.

Educado en Inglaterra, donde los estudios clásicos forman la base de toda educacion liberal, así protestante como católica, ejercitóse IPANDRO ACAI- co desde el colegio en traducir en verso, en lenguas modernas, trozos de autores griegos y latinos, así como en metrificar en alguna de las dos lenguas sábias, sobre temas de poetas contemporáneos. No llegará un estudiante á imaginar ilícitos tales inocentes ejercicios, dirigidos por sabios y piadosos superiores. Pero al salir al mundo oirá los ecos de aquella ruidosa discusion que dividió á los polemistas católicos y promovió entre ellos amargo debate, cuando el abate Gaume denunció los estudios de la literatura pagana greco-latina como verdadero «gusano roedor de la sociedad moderna.»

Apoyado, en sus gritos de alarma, por M. Veuillot, fué combatido Gaume por Monseñor Dupanloup y por algunos escritores de la Compañía de Jesus.

Roma al fin impuso silencio á los contendores, ya con exceso encarnizados en una controversia en cierto modo escandalosa, y aunque la Iglesia favoreció implícitamente la opinion de Dupanloup, puesto que en la Compañia y otras Ordenes religiosas, con tácita aprobacion de la Santa Sede, siguieron leyéndose los clásicos como base de las humanidades, no recayó, ni cabia que recayese, sobre la materia una decision dogmática. La opinion de Gaume aún tiene partidarios entre personas animadas de indiscreto y exagerado celo. Un obispo que con traducciones de autores profanos se empeña en difundir en su patria el gusto por la literatura clásica, iniciando así una especie de Renacimiento, no podia desentenderse de una opinion que, si bien improbable, tiene en su favor la autoridad de dos ilustres escritores católicos.

Con este motivo IPANDRO ACAICO se apresura á tratar, si bien sucintamente, la cuestion de los clásicos, y sumariando la historia de sus dudas, establece los fundamentos de la doctrina que hoy profesa.

IV.

En el prefacio de los Idilios de Bion, publicados por vez primera en 1868, dice IPANDRO ACAICO lo siguiente:

«Hace nueve años que emprendí la traduccion poética de los Idilios que hoy presento al público. Poco satisfecho con mi trabajo, la refundí enteramente ocho meses despues, llegando á hacer de algunos trozos hasta trcs versiones diferentes. Me preparaba ya á dar á luz el fruto de mis fatigas, cuando, cambiando de repente de modo de pensar, destruí los manuscritos y procuré borrar su contenido de mi memoria. No ocultaré por cierto el motivo de mi extraña resolucion. Los Idilios de Bion de Esmir na, aunque gentil, nada contienen que pueda llamar la atencion de los que están acostumbrados á Dumas ó Fernandez y Gonzalez; sin embargo, hay uno que otro pasaje que no suena del todo bien á oidos delicados. Me veia yo, pues, en la necesidad, ó de ser infiel al original, ó de estampar palabras y frases que pudieran escandalizar à los lectores. Ni uno ni otro extremo quise adoptar, y abandoné la idea de publicar mi version castellana.

»Algunos años despues vino á mis manos la preciosa homilía de San Basilio, en que da varias saludables instrucciones para que la lectura de los autores profanos, en vez de sernos nociva, nos sea útil y provechosa; y lei tambien á este propósito lo que sobre el mismo asunto escribieron San Jerónimo, San Francisco de Sales y otros Padres y autores eclesiásticos.

Aplican al asunto que nos ocupa el texto del Deuteronomio (xxI, 11, 12), en que manda el Señor á los Israelitas que si entre los prisioneros de guerra se encuentra alguna hermosa cautiva á quien alguno del pueblo escogido quiera unirse en matrimonio, se le haga åntes cambiar la vestidura y tocado haciendo caer los cabellos y las uñas bajo la tijera purificadora, siendo entónces permitido el enlace. Así dicen que hemos de hacer con los autores profanos: despojarlos de lo supérfluo y poco delicado y aprovecharnos de lo demas para nuestra instruccion.

»Esto me hizo volver á pensar en la publicacion de mis Idilios traducidos, quitándome al par el escrúpulo de ocuparme en asuntos demasiado profanos, y el de ser algo infiel al original desechando los pocos, poquísimos pasajes, en que el pagano Bion faltó algun tanto á la decencia y al decoro...

»Sea dicho con perdon del abate Gaume y de los admiradores de sus utopias, me atengo á la experiencia de los siglos que nos han precedido, al ejemplo de personajes célebres por su piedad no ménos que por sus letras, y á las doctrinas contenidas en una carta reciente del Cardenal Vicario de Roma.

Presentad á un jóven, no digo una homilía de un Santo Padre, sino una arenga de Demóstones, y léjos de aficionarse á un cstudio árido y dificil en los principios, arrojará gramáticas y diccionarios, y correrá en busca de una novela de Eugenio Sue. No así dándole la leche y suaves manjares que requiere la infancia: poco á poco se acostumbrará á más sólidos alimentos y no le arredrarán despues las páginas de los Basilios y Gregorios. El mismo Crisóstomo se deleitaba en la lectura de los Cómicos Griegos, y á él debemos la conservacion de las pocas comedias que nos quedan de Aristófanes. Aun el grande Apóstol San Pablo no temió citar entre los textos dictados por el Espíritu Santo, los versos de un poeta profano...»

En la carta-prólogo de la edicion de los «Bucólicos» (1877)IPANDRO ACAICO insiste en su tésis, presentando el estudio de los clásicos como medio de dirigir la sensibilidad de la juventud, expuesta con frívolas lecturas á lamentables extravíos. Educando el sentimiento estético, formando ideas justas y exactas de la belleza artística y literaria, el espíritu de los jóvenes se orienta y predispone á admirar y comprender la belleza moral. Y dónde tomar este punto de partida, para la educacion de la sensibilidad, sino en Grecia, pueblo privilegiado que, como dice un escritor, recibió en dote la Belleza, miéntras á otro pueblo, áun más afortunado, tocó ser depositario de la Verdad? La superficialidad de que adolece la educacion en nuestra América Latina, la poca duracion de los estudios preparatorios á las carreras científicas, es, á juicio del eminente Prelado, causa de la mayor parte de nuestras desgracias. Y de aquí el pensar que, presentando á la juventud mejicana los incomparables modclos de la Poesía griega, dorándola con miel hiblea el vaso de las ciencias, introduciendo la aficion á lo verdaderamente bello primero en las letras y luégo en las artes de la vida, hace él «una obra meritoria ante Dios y los hombres.»

Pero los estudios clásicos no sólo dirigen la sensibilidad: la atenta y prolija lectura de los grandes escritores de la antigüedad es el método más seguro para educar las facultades mentales.

Un gran pensador de nuestro siglo ha dicho:

«Quereis descubrir el mecanismo del pensamiento y sus efectos? Leed los poetas. ¿Quereis aprender la moral, la política? Leed los poetas. Meditad lo que os gusta en ellos, y darcis con lo verdadero. Los poetas deben ser el grande estudio del filósofo que quiere conocer al hombre» (1).

Como la mejor disciplina del espíritu, como necesario gimnasio del entendimiento, considera el doctor Newman la Facultad de Filosofía y letras — ó sea de Artes, en el estilo universitario inglés.

Cree que los estudios que en esa facultad se hacen son característicos de una Universidad propiamente dicha, y que deben conservarse tales enseñanzas en la forma tradicional en que se dan todavía en los establecimientos de la Gran Bretaña.

En defensa del estudio de los clásicos establece Newman una teoría eminentemente conservadora, tan racional en sus fundamentos cuanto ingeniosa (1) Joubert, Pensées. en sus desarrollos, de la cual sólo nos es dado presentar aquí brevísimo extracto, para complementar el razonamiento de IPANDRO ACAICO, remitiendo al lector que desee estudiarla, á los ensayos que compuso aquel ilustre escritor británico para la Universidad católica de Irlanda (1).

La Religion y la Cultura (2), si bien por estrecha y natural afinidad andan juntas en el mundo, son, segun Newman, dos cosas distintas. Subiendo á los orígenes de una y otra, síguelas el escritor en su marcha paralela, para enseñarnos cómo, confundiéndose ambas corrientes en una sola, se derramaron sobre las naciones que componen lo que indistintamente denominamos mundo civilizado y orbe cristiano. No hay más que una Cultura verdadera, así como existe sólo una verdadera Religión. Ambas se propagan y extienden tradicionalmente; la Cultura, como el Cristianismo, tiene, humanamente hablando, sus Apóstoles y, por decirlo así, sus Libros Canónicos.

Echa el escritor una ojeada retrospectiva á aquel país privilegiado donde brotaron los dones de la inteligencia, y allá en edad remota, que apénas podrá llamarse histórica, cuando aún no habia sociedades propiamente dichas, distingue como en (1) Lectures and Essays on University subjects.

(2) Traducimos «Civilization» por Cultura, adoptando la distincion, convencional en los términos, pero necesaria en la cosa misma, introducida, no sabemos si por primera vez, por Liebig, el cual llamaba «Civilizacion» á los progresos materiales, y «Cultura» á los intelectuales y de un órden superior. sombras á un personaje cuasi mítico, á quien no duda apellidar primer Apóstol de la Cultura. Como un apóstol en otro órden superior, el ciego y anciano Homero, dice Newman, fué pobre y anduvo errante, y débil de cuerpo, debia sin embargo hacer grandes cosas, y estaba destinado á vivir en boca de centenares de generaciones y de millares de tribus.

En Homero principian las tradiciones literarias, ó sea la institucion de la Cultura en el mundo. Olvidado por siglos, los versos del genio creador se recogieron al fin como reliquias preciosísimas; á su ejemplo se formaron los grandes escritores de Aténas, y luégo, marchando en pos de éstos, los de Roma, «El mundo debia tener ciertos guías intelectuales, y no otros: Homero y Aristóteles, con los filósofos y poetas que giran en torno de ellos, habian de ser los maestros de todas las generaciones, en todos los tiempos.»

«La Cultura tiene caudal propio, comun á cuantos pueblos la han recibido, de principios y doctrinas, y tiene especialmente sus libros, que gozan hoy de la misma estimacion y respeto, y tienen la misma aplicacion que cuando allá en tiempos antiguos se introdujeron por vez primera en las escuelas. En una palabra, los clásicos, los asuntos que ofrecen al ejercicio del pensamiento, y los estudios á que sirven de base, fueron siempre el instrumento de educacion adoptado para difundir la cultura de la juventud; así como los libros inspirados, y las vidas de los santos, y los artículos de la fe y el catecismo, han sido el medio de educacion elegido en lo concerniente á la propagacion del cristianismo.»

Recorre Newman la historia de la trasmision de aquellos libros clásicos, y muestra que siempre se conservaron y estudiaron, á la sombra y bajo la proteccion de la Iglesia, desde la edad en que los monjes multiplicaban las copias de los Códices, salvándolos de la vorágine de la Barbarie, hasta los tiempos modernos. El estudio de los clásicos como base de las Humanidades y la Filosofía, ha sido tradicional en las escuelas y Universidades católicas.

Nadie niega la importancia de las ciencias físicas y naturales, cuyos progresos en los últimos tiempos han desarrollado las artes mecánicas, la industria en todas sus formas, impulsando la prosperidad material, ó Civilizacion, en el sentido restricto que hemos dado á esta palabra. «Pero la cuestion que se trata de elucidar, advierte Newman, consiste sólo en saber cuál es el mejor medio para fortificar, pulir y enriquecer las facultades intelectuales,»—ó sea, diremos nosotros, siguiendo la distincion establecida, para promover la Cultura. «Que con el estudio de los poetas, historiadores y filósofos de Grecia y Roma se llena cumplidamente este objeto, lo demuestra una larga experiencia; que otro tanto puede conseguirse con el estudio de las ciencias experimentales, es cosa, por lo ménos, que prácticamente no ha llegado á comprobarse.»

Tal es, en resúmen, la teoría del doctor Newman. Permítasenos confirmarla con un testimonio nada sospechoso respecto de los clásicos, pues son palabras en ocasion solemne pronu nciadas por un romántico dramatista de nues tros dias:

«Virgilio, Homero, Teócrito, Horacio..... los genios de la antigüedad.... los que fijaron para siempre, en obras perfectas, las reglas del buen gusto, de la templanza, de la sobria elocuencia....

modelos eternos de lo bello y de lo verdadero, nuestros primeros maestros, á los cuales tendremos que volver siempre»....[4].

Añadiremos una observacion.

Hoy, cuando una literatura bastarda y una falsa ciencia alimentan el espírítu de rebelion contra la Iglesia, no convendrá patentizar, no sólo con hechos históricos, pero con ejemplos contemporáneos, cuán bicn confrontan la fe y la piedad con la castiza literatura y con la ciencia verdadera? Eclesiásticos que al par que se hacen respetar por sus virtudes evangélicas, se granjean la admiracion por sus luces en uno ú otro de los departamentos del saber humano, sostienen el honor del clero, y le ganan simpatías á la religion. Que la Iglesia ha favorecido siempre las ciencias y las letras, es, á lo que parece, el tema predilecto del nuevo Papa, en sus escritos y alocuciones. Nombrado últimamente Soberano Pastor de los Arcades de Roma, hizo un discurso en que, volviendo á tratar de paso el mismo tema, excita á los Académicos á «marchar sobre las huellas de la grande escuela clásica.» En estas palabras dirigidas por un Pontífice sabio y santo á una Sociedad literaria compuesta en buena parte de eclesiásticos, IPANDRO ACAICO, á quien tan de cerca tocan, como individuo de la misma Academia, habrá recibido la más grata y autorizada aprobacion de sus trabajos poéticos, y estímulo poderoso para no desmayar en ellos.

V.

El abandono casi general del estudio del griego, ha sido causa de que hayan venido á ménos los estudios clásicos en los países latinos, donde se enseña el latin á medias, casi exclusivamente como lengua de la Iglesia, En el siglo XVII el jesuita Alegre hizo en Veracruz una estimable version latina de Homero, y no há muchos años el doctor Moreno y Jove publicó en Méjico una traduccion castellana, que no conocemos, de la Ilíada. Ejemplos raros en la América Española. El mismo Bello, príncipe de la literatura hispano-americana, no empezó á estudiar el griego sino ya en edad madura, convencido de la necesidad de entender la lengua de los dioses.

Dando á conocer á sus compatriotas los poetas griegos, IPANDRO ACAICO trata de restaurar los buenos estudios sobre su antigua y sólida base. Sus traducciones, hechas directamente del griego, conservan aquel perfume original que se pierde en versiones de segunda mano; y sus comentarios revelan la competencia del traductor como humanista griego.

Ahora mismo no tenemos á la vista la traduccion de Teócrito por D. José Antonio Conde, única que precedió en español á la del helenista mejicano; pero por recuerdos podemos asegurar que, dejando mucho que desear, no hacía excusada una nueva traduccion poética. Conde entendia el original, pero no era poeta, y sus malos versos blancos muestran que no conocia los recursos de la métrica española.

Tal cual verso inarmónico, una ú otra perífrasis infiel, algunas locuciones familiares 6 neológicas que no se compadecen con el sabor de antigüedad propio de una traduccion de autor clásico, son en los «Bucólicos Griegos» lunares inevitables que el lector disimula de buen grado, atento á la dificultad vencida, á los aciertos frecuentes, y á las bellezas en que abunda la traduccion.

Anunciarla con merecido elogio, que no hacer de ella un exámen crítico, fué nuestro propósito al trazar á la ligera los precedentes renglones.




  1. Como complemento al excelente prólogo que antecede, del Sr. Menendez Pelayo, hemos juzgado conveniente reproducir este artículo crítico, publicado en «el Repertorio Colombiano».-Nota del Editor.
  2. De otros escritores ilustres hace interesante reseña D. Victoriano Agüeros en la correspondencia literaria que publica la Ilustracion Española y Americana, en sus números de 8 de Junio y 22 de Julio de este año.
  3. Las principales obras editadas y comentadas por Icazbalceta son: «Coloquios espirituales de Eslava,» « Méjico en 1554: diálogos latinos de Cervantes de Salazar,» «Historia eclesiástica indiana por Mendieta,» y una valiosa «Coleccion de documentos para la historia de México.»
  4. Victoriano Sardou, Discurso de recepcion en la Academia Francesa, 23 de Mayo de 1878.