Recordación Florida/Parte I Libro IX Capítulo II

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


CAPÍTULO II.

De lo perteneciente al pueblo de Petapa, de quien toma el Valle el pronombre de Mesas de Petapa: ocasión de su levantamiento y el de Goathemala, con otros pueblos de su contorno, y la guerra que ocasionó su reducción.


 Es necesario, porque vamos discurriendo del Valle de las Mesas de Petapa, de donde por el pueblo de San Miguel Petapa le viene á todo el Valle el simple nombre de Valle de las Mesas de Petapa, el decir, de este numeroso pueblo, lo que se ofrece acerca de él. Yace esta excelente poblazón, entre la parte Oriental y la del Sur en la situación de este país, en una llanura de tierra, á la manera de valle, que se forma desde el pie de la Sierra de Canales á la falda de otro monte que da principio, antes del llano de Petapa, á la cuesta de Goathemala; bien que, arrimada más su poblazón á el Este, queda más á el Sudeste la situación de su planta. Es ésta elegante erección de las antiguamente edificadas desde el tiempo de la gentilidad de los indios, que no siendo de bárbara generación, como algunos erradamente engañados piensan, los nobles y generosos vestigios que hoy duran son claros testimonios de la policía indiana; continuándose hasta el presente aventurado siglo con feliz y maravilloso aumento de personas y ilustres fábricas, que le ennoblecen, y generosamente adornan. Es cierto que cuando á el Adelantado D. Pedro de Alvarado se le ofreció de paz el rey Sinacam, que á la sazón lo era de este Reino y señorío de Cachiquel, que á su imitación vinieron rendidos á la obediencia real otros señores comarcanos, siendo uno de ellos Cazhualam, que no siendo sujeto á las cuatro cabeceras, y siendo señor natural de Petapa, también, como Sinacam, dio la obediencia á S. M. de su propio arbitrio y libre voluntad; pero muy contra el dictamen de los principales de aquel numeroso pueblo y sus adjuntos, que, juzgando vano y de mal consejo el parecer de su señor Cazhualam, teniendo á facilidad el ceder á las armas españolas sin experimentar á la fortuna, alentados á el ejemplar rebelde de los de Utatlán, discurriendo que á la perseverancia de las armas y de la resistencia podían confiar su libertad y defensa, para no verse sojuzgados de gente extraña no conocida, y que algunos de ellos caminaban con cuatro pies (teniendo por de una pieza el caballo y el jinete) y que todos eran Teules (esto es, dioses) que herían y mataban con truenos, de quienes nunca se podrían asegurar, ni vivir confiados, ni menos con el libre uso de libertad que hasta entonces: y habiendo muy pocos de estos que fuesen del sentir del gran cacique Cazhualam, queriendo oponerse á este desacato y torcido dictamen, se resistió á la obediencia y precepto del cacique el principal calpul de aquel pueblo, tomando lo más numeroso de él las armas en defensa de la obediencia de su señor; en cuya refriega se derramó alguna sangre, retirándose aquel calpul inobediente á las vecinas montañas. Pero el gran cacique Cazhualam esperó, por el término de tres días, á ver si su ligereza volvía los pensamientos á lo favorable de su quietud, reduciéndose á la antigua y natural obediencia en que le habían reconocido y á que habían faltado.

 Pero reconociendo que perseveraban rebeldes, ejecutó su jornada en persona á Goathemala, y prometió la obediencia y fidelidad á el Rey; siendo esta acción muy aceptable al Adelantado D. Pedro de Alvarado: y el cacique, gratificado y contento con el regalo de bujerías con que D. Pedro le aseguró en su amistad, volvió á su pueblo y señorío de Petapa, donde, tocando un tepunaguastle, con que solía hacer sus convocatorias en ocasiones de fiesta y alegría, los rebeldes de la montaña, asegurados en la reseña y en el blando natural de su cacique, volvieron á sus casas, pidiendo perdón del yerro cometido; y viendo el regalo que había recibido Cazhualam de mano de D. Pedro de Alvarado, se aseguraron de que los españoles eran hombres humanos y no tiranos como pensaron al principio.

 Así se conservaron quietos y seguros los ánimos voltarios de aquellos indios petaponecos, sin movimiento ni ocasión que perturbase el sosiego y progreso de nuestras fundaciones y máximas, de asentar las cosas tocantes á el gobierno y buena policía de el país de Goathemala, hasta que, llegando el año de 1526, tuvo principio una universal perturbación, que corrompió muchos pueblos en la fidelidad y obediencia que habían prestado; teniendo fundamento esta sublevación, no en la calumnia que el pueblo impone á D. Jorge de Alvarado, fundada en tradición incierta y mentirosa, porque este caballero se hallaba este año en la ciudad de Mexico[1] y gobernaba por sí su hermano como propietario gobernador de este Reino, y á este caudillo D. Pedro de Alvarado, ó á los alcaldes ordinarios de aquel año que gobernarían por él en su ausencia, habremos de imputar el desmán y acaecimiento de estas perturbaciones, si bien no por ciencia tan severa que pase de tradición corriente aun entre los mismos indios. Sucedió, pues, que por el principio de este año, ó el mismo D. Pedro de Alvarado, ó Gonzalo de Alvarado, que era alcalde ordinario en compañía de Baltasar de Mendoza,[2] establecieron lo que se le imputa á don Jorge, equivocándolo con Gonzalo de Alvarado, que estando su nombre escrito en abreviatura en el original, algunos, trasladando mal, equivocan el nombre de Gonzalo con el de Jorge ó de Jerónimo, no habiendo habido tal Jerónimo de Alvarado entonces ni después en esta ciudad. En ausencia, pues, del Adelantado, que por este tiempo había ido á verse con Cortés á la provincia de Honduras, ocurrió la fatalidad, que se siguió del mal consejo de pedir Gonzalo de Alvarado doscientos alahones, que son «muchachos,» para que éstos, fuera de las cuadrillas que andaban de cuenta del Adelantado D. Pedro cogiendo oro en los lavaderos, le diese cada uno un castellano de tequio, que es «trabajo de un día.» Y como eran muchachos de nueve años hasta doce, faltaban con el jornal, por estar divertidos en travesuras propias de su pueril edad; pero no quedando estos sin castigo, hacía Gonzalo de Alvarado que los capataces ó caporales de la cuadrilla de estos niños acabalasen y cumpliesen lo que faltaba á la cantidad de los doscientos castellanos; padeciendo estos muchas incomodidades y grandes vejaciones para cumplir la suma de lo que venía á faltar cada semana; de donde empezaron á cabilar los deudos y padres de los muchachos, que como se alternaban y mudaban cada semana, de esta suerte vino en el curso de los días á quedar contagiado todo el común de la codicia pestilente de Gonzalo de Alvarado, á quien amenazaban con Tonalteul, que quiere decir el «sol de Dios,» que así llamaban á el Adelantado, amado y respetado sumamente de esta nación; confiando que con su venida á Goathemala se remediaría este desorden. Pero como D. Pedro de Alvarado se dilatase en Honduras, detenido y embarazado con la guerra de Pedrarias Dávila, que había aportado en esta misma ocasión por la parte de Cuzcatlán, con ánimo de dominar la tierra y apropiarse lo conquistado por el Adelantado y los suyos; fué creciendo con esta dilación, fuera de la presencia y respeto de este caudillo, el abuso y ambición de Gonzalo de Alvarado: y eran tantos los rumores de su rigor, que pasando de los indios mazehuales á la noticia de los caciques y principales, éstos, adversos y enemigos de los españoles, la participaron, no sin lamentos y añadiduras, á el rey Sinacam.

 Había pensado el rey Sinacam cuando se ofreció de paz, que aquello de entrar los españoles en sus tierras, no pasaba de una amistad cortesana y común, para que cada uno se tuviera lo que era suyo y usara libremente de su gobierno; pero como se vió privado del dominio, y que D. Pedro de Alvarado se lo mandaba todo y era dueño de los países, pasando también á mandarle á él, pasó disimulado dos años, hasta que, llegada esta ocasión, y alentado con la ausencia de D. Pedro, hizo mensajeros y embajadores á el pueblo de Utatlán, cuyo rey, que era de su propia estirpe, despachó los mensajeros á aquellos pueblos suyos, convocando al mismo tiempo á Cazhualam, señor del pueblo malcontento de Petapa y á el señor de Pinula, inmediato á aquel; hallándose de esta suerte sublevado y libre mucha distancia de país, corriendo la longitud de tierra levantada por más de noventa leguas, desde la parte de Cuzcatlán á la de Olintepeque; habiendo tomado libremente las armas muchos y numerosos pueblos de todo este contorno, debajo de la obediencia de Sinacam, rey de Cachiquel y Goathemala, y de Sequechul, rey del Quiché que estaba restado en Goathemala desde el año de 1524,[3] porque después de la muerte de horca que padeció su padre se volvió á rebelar. Salieron, pues, á las campañas, y en especial los Goathemaltecos, que, desamparando las poblazones, alojaron no muy distantes, divididos en dos cuerpos de ejército; uno en el Valle de Alotenango con las divisas del rey Sinacam, y otro en el Valle que hoy tenemos poblado con el aspecto material de esta ciudad de Goathemala, que los indios llaman Panchoy, y los nuestros llamaron Valle del Tuerto; militando éstos debajo de las órdenes de Sequechul.

 Fué necesario en este inopinado movimiento el que los nuestros, abandonando todo el cuidado del gobierno político, cargasen todo el peso de la consideración á el manejo de las armas, y que los alcaldes ordinarios proveyesen nuevas conductas y capitanías para esta expedición; siendo nombrado para una de ellas el capitán Gonzalo de Alvarado, alcalde ordinario y causador de este daño, que ejecutó prontamente su jornada para el país de Olintepeque, donde asentó su real, con buen número de gente, que era de sesenta españoles de á caballo y infantería, y cuatrocientos indios de vara y flecha, mexicanos y tlaxcaltecos; quedando los demás por frontera en Goathemala la Antigua á orden del alcalde ordinario Baltasar de Mendoza. Mas para estos tercios de la campaña de Goathemala en tres meses que corrieron del uso y manejo de las armas, desde el mes de Junio hasta el de Agosto que arribó el Adelantado á esta ciudad, no fueron muy poco molestos á los capitanes Gonzalo de Ovalle y Hernando de Chaves, que alojados en la descubierta campaña muchas noches de aquel hibierno, el uno con las escuadras de su cargo por la parte del Sur, que mira á el valle de Alotenango, y el otro á la del Norte, que corresponde á este de Panchoy sufrían grandes y molestas incomodidades por razón de las lluvias; resistiendo valerosa y firmemente cuatro acometidas que hicieron los indios del ejército de Sinacam á el tercio de Hernando de Chaves por la parte de Alotenango, en que, no menos que los otros, los indios de este pueblo fomentaban y engrandecían con los de Aguacatepeque la facción de los rebelados; á tiempo que Gonzalo de Ovalle, como buen veterano, en otras dos ocasiones manejaba las armas con gran destreza, acometido de dos caracoles, á la manera de escaramuzas, de este otro tercio de Sequechul, en que no menos destreza que vigilancia necesitaba, por hallarse este ejército de indios más ordenado, atrincherado y cubierto de foso muy profundo por las dos frentes de su escuadra.

 Mas sobreviniendo el Adelantado D. Pedro de Alvarado al mediar el mes de Agosto, que había conducido sus marchas asistido de los dos capitanes Bernal Díaz del Castillo y Luis Marín, rompiendo desde Honduras por varias dificultades y impedimentos de guerra que le asistían desde Chaparrastique, que hoy es Ciudad de San Miguel, por el general movimiento de sublevación que en este tiempo se conmovió entre los indios de la cordillera del Sur, se halló salteado, con inopinada noticia que entonces le llegó, á el introducirse con su ejército á los confines de Jalpatagua, del alzamiento de los indios de Goathemala y los petapanecos, que es el objeto del discurso presente: bien que hizo más tolerable y esperanzado este accidente, el saber que el gran cacique Cazhualam estaba de parte de los nuestros con algunos de sus calpules, y ser parte de este pueblo la rebelada, conducida á este siniestro movimiento de aquel cabeza de calpul que dijimos al principio haberse rebelado; pero que este, asistido de pueblo numeroso y fomentado del señor de Pinula le hacía parecer formidable. Mas sin embargo que recibió el Adelantado este aviso, con imponderable disgusto aceleró sus marchas con buena y militar ordenanza, porque á su vista, y la buena disciplina de los capitanes de que venía asistido, confiaba el buen suceso de su fortuna, y la quietud de toda aquella tierra amotinada y afligida con los accidentes marciales.

 Introducido el ejército del Adelantado en el territorio de Jalpatagua, le halló impedido y perturbado con los furores y excesos de la guerra y cubiertas las campañas de innumerables escuadras de indios flecheros, con quienes introduciendo la guerra, que no fué muy perseverante, porque al fervor de su infantería desaparecían aquellas escuadras huyendo á las montañas vecinas, pasó á vencer la mayor dificultad que se oponía á el tránsito de sus marchas, que era la de sojuzgar la defensa del peñol, asistida de innumerables millares de defensores, que manteniendo aquella natural fortaleza, dejaban cerradas las vías á la comunicación del país de Goathemala. Yace el peñol de Jalpatagua distante nueve millas del pueblo que á este peñol da nombre; estando antes á la falda, teniendo por antemural el peñol y dominando el país por donde corre la senda y tránsito, que como camino real da paso, de las provincias orientales y las del Norte, á Goathemala y á las demás provincias del Sur y de el Poniente; y por donde, sin otro derecho, era necesario que abriera camino el ejército con las armas, porque siempre han ido por la falda de su circunvalación; atravesando por ella los progresores casi media legua, levántase por muy eminentes estados, desde la falda á la cima, todo vestido de peñascos rudos, sin monte ni hierba que le cubra. Hoy es hacienda de campo este sitio del peñol, donde fué la batalla del capitán D. Tomás Delgado de Nájera, y aquí es donde se ve, en la cima, una cueva memorable, y algo distantes tres montañuelas.

 A el descubrir nuestro ejército este país de Jalpatagua, fué acometido de algunas escuadras de indios, que trabados en batalla desordenada y confusa y llena de rumor y alaridos, á la usanza de esta nación, disparaban de sus arcos innumerable cantidad de saetas; pero contendiendo muy grande rato, y formando después en la compañía aquellos caracoles que hasta hoy estilan y no son fáciles de imitar el modo de formarlos, fueron saliendo á la deshilada por el cuerno izquierdo de nuestro escuadrón, como retirándose al abrigo y seguridad del peñol,[4] que estando cubierto de indios flecheros, y dominante á la campaña, también le hallaron los nuestros guarnecido y acordonado con foso muy profundo á la manera de barranca, y aunque enjuto por la deficiencia del agua, se hacía dificultoso su tránsito por lo profundo y pendiente de la circunvalación de su cava; siendo necesaria la perseverancia de la batalla, que durando sangrienta el término de tres días, sólo tenía de suspensión, el manejo de las armas, lo que permitían las horas de las tinieblas; mas no el áspero y sucesivo desvelo de las centinelas, ni los rebatos, que en estas noches invernizas y alagadas en pluvias ocasionaban los indios, que también velaban esparcidos á la manera de rondas de campaña. Y aunque se intentó por dos veces, por el Adelantado, que al reir del alba se diese el asalto de aquella fuerza, siendo sentido salió vana la diligencia de aquella máxima; hasta que el último día de estos combates fingió acometerla, dividido en dos tropas, por dos costados; pero dando á entender la una de las escuadras españolas que se retiraba á una de las tres montañuelas, juzgando los indios desalentados con este ejemplo las fuerzas de los nuestros, cargaron todos á la parte donde se mantenía la gente que estaba á cargo del capitán Hernando de Alvarado, desamparando todo un costado del peñol; con que pudo el Adelantado propasar el foso, y ocupando aquella parle, y repechada su eminencia, hacer descender á los defensores á la parte contraria. Pero ya en este tiempo, peleando como desesperados, no sólo se defendían con las saetas, pero se aumentaba el peligro de los nuestros con la innumerable piedra que arrojaban á el tercio de Hernando de Alvarado,[5] que recibiendo un golpe en la cabeza cayó á el instante muerto; mas sustituyéndole Pedro de Valdivieso, hizo mantener á los nuestros contra aquella pluvia de saetas y de piedras disformes, hasta que, á el terminar las luces, descendiendo los indios con más precipitado furor, hicieron morir en este último conflicto á Pedro de Valdivieso y á Juan Alvarez;[6] y de la parte del tercio del Adelantado, á el seguirles la retirada, á Fernando de Espinosa y á Gonzalo Gómez, soldados de no menos reputación, valor y astucia que Hernando de Alvarado y sus compañeros; quedando en esta ocasión herido de un golpe de saeta mi progenitor Bernal Díaz del Castillo, aunque ligeramente.

 Vencida esta dificultad no poco peligrosa, pasó el Adelantado D. Pedro de Alvarado á los llanos que ahora llamamos de Canales, donde volvió á encontrarse con los indios petapanecos, que eran los que habían mantenido la guerra del peñol, porque Jalpatagua siempre fué de limitado y cobarde pueblo;[7] y siendo estos, que de nuevo se encontraron, innumerables guerreros, me persuado á que este escuadron de indios se componía de los pueblos de Petapa, Pinula, Guaymango, Guanagazapa, Guaymoco y Jumay,[8] no sé si hasta hoy bien domesticados. Con estos, pues, bárbaros, osados y desleales indios[9] fué necesario volver á aventurar nuestro ejército, trabando entre ambos campos una batalla bien reñida y colmada de fatigas y atrocidades; en que, vacilando neutral la fortuna, no se inclinaba grata á ninguna de las dos partes, basta que mediando el día y apareciendo por lo encimado de una colina el cacique Cazhualam, asistido de muchos principales y escuadrones de flecheros, acometió por las espaldas á el ejército de los indios, que viéndose cortados y indefensos tomaron la retirada á las montañas y barrancas vecinas. Pero no parando aquí los trabajos y cuidados de aquel admirable campeón D. Pedro de Alvarado y los suyos, al acercarse á Goathemala y descender una cuesta, que hoy llamamos la de el Río de las Cañas, sobrevino un terremoto tan grave, que muchos de aquellos soldados cayeron en tierra con peligro de sus personas; llegando, por fin, á el valle en que hoy está fundada esta ciudad á ejercitar las armas de nuevo con los indios que, á cargo del rey Sequechul defendían esta campaña. Pero, finalmente, ladeándose la fortuna á nuestros españoles, éstos, propasando los fosos y ganando las trincheras de aquellos defensores sin pérdida de soldados, pasaron á alojar á Goathemala la Antigua aquella misma noche, en las propias casas de los caciques rebeldes, que las desampararon por asistir á las campañas y mantener la guerra; hasta que, pasando D. Pedro de Alvarado para Mexico, después de diez días que los esperó en la descubierta campaña, ellos desalojaron estos sitios y valles de Panchoy y Alotenango, y fueron con sus ejércitos á residir á los montes de Quetzaltenango.

 Fué este fiel y excelente cacique Cazhualam de muy señaladas prendas de fidelidad, gobierno y piedad;[10] y el nombre de Cazhualam parece misterioso más que de el acaso, según su significación, porque quiere decir «vendrán los fieles:» como llegaron en su tiempo los fieles españoles, hijos de la santa Iglesia romana, á sembrar en ellos la luz soberana y saludable del Evangelio. Consta que, como señor natural y soberano, no tributó ni reconoció feudo á las cuatro cabeceras de los utatecos y achíes, ni menos á los reyes Sequechul y Sinacam, porque este gran cacique era uno de los señores de las cuatro cabeceras, casando sus hijos con los de los otros; y hoy se conservan los Guzmanes sus descendientes en esta estimación de principales caciques, con muy buenas probanzas. Pero como quiera que este país petapaneco quedaba todavía envuelto en infedelidad y pensamientos inquietos, dispuso el Adelantado que saliesen de Goathemala, á socorrer á este gran cacique, los capitanes Juan Pérez Dardón, Pedro Amalín y Francisco López; con cuyo refuerzo y valerosa, asistencia, á breve término de naturales días quedó pacificado y sujeto á la obediencia real y gobierno de su cacique. Tiene hoy este numeroso pueblo mucha vecindad, fuera de los indios, de españoles, mulatos, mestizos, y negros, no sé si provechosa á la salud espiritual de estos miserables y pobres indios. Tiene dos parroquias desde el año de 1670, que hizo división de feligresías la contemplación y vigilancia de aquel verdaderamente esclarecido, ejemplar y gran prelado el doctor D. Juan de Manozca y Murillo; señalando cura secular á el número de los ladinos en la lengua castellana, con iglesia parroquial aparte, con el soberano y devoto título de la Concepción, y dejando en la antiquísima y justa posesión de la administración de los indios á la docta y grave religión de Santo Domingo,[11] que desde el dichoso y florido tiempo de la conquista, algunos años después de ella, ha trabajado en la educación y enseñanza de este pobre, aunque numeroso, rebaño de Jesucristo, con ardentísimo espíritu y constancia indecible, en varias provincias de diversos y destemplados climas de este Reino; ejercitando en la administración el uso demás de más de doce idiomas, diversísimos y sumamente ásperos y dificultosos y sólo fáciles á tanto número de operarios celosos y vigilantes.

  1. Libro I de Cabildo, fol. 12.
  2. Libro I de Cabildo, fol. 7.
  3. Libro II de Cabildo, fol. 188.
  4. Bernal Díaz, cap. clxxxix, fol. 236 del original borrador.
  5. Libro I de Cabildo, fol. 54 vuelto.
  6. Ibid.
  7. Bernal Díaz, fol. 236.
  8. Libro I de Cabildo, fols. 162, 163 y 164.
  9. Bernal Díaz, cap. clxxxix, fol. 236 del original borrador.
  10. Probanza de D. Pascual de Guzmán su descendiente, cacique de Petapa.
  11. Libro I de Cédulas Reales de la secretaría de cámara.