Revista del Jardín Zoológico de Buenos Ayres/Tomo I/Las leyes de la vida/II

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PARTE II.

LA EVOLUCION DE LA FÉ.

El dogma fundamental de nuestra religion científica, ó sea el admitir, sin reserva alguna, que todo es natural, nos lleva irremisiblemente á admitir tambien que nosotros, lejos de ser una creacion aberrante y sobrenatural, somos, de todos los demás seres, los más obedientes esclavos de las leyes naturales.

Luego, admitiendo que somos naturales, viene una serie de conclusiones no menos sorprendentes, pero todas encadenadas por medio de la más estricta lógica.

De estas conclusiones, la que nos lleva al conocimiento de la forma de la evolucion de la fé, debe ocuparnos ahora preferentemente. A fin de explicarme con más precision, anticiparé la síntesis gráfica de cuanto voy á exponer en seguida, y diré que la Religion es, respecto de la Ciencia, lo que en una línea es un extremo respecto del otro. La Religion es el extremo por donde principia el estudio de la Naturaleza; la Ciencia es el extremo por donde termina ó, mejor dicho, se le pone término á ese estudio. La línea indicada será la diagonal de un paralelógramo de la credulidad, en la forma siguiente:

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Fig. 29.

Como todos los extremos son viciosos, los de esta línea son dos Vicios psicológicos. En uno, tenemos excesiva credulidad, recelo ó temor de lo desconocido, como el que experimenta en la oscuridad un niño miedoso, ante un objeto cualquiera; maravillosidad, metafísica; explicacion muy incompleta de los fenómenos y objetos naturales, indiferencia por llegar á la verdad, y temor de los hechos contradictorios. En el otro extremo hay incredulidad y desconfianza excesivas; deslumbrante claridad reflejada por el exterior de los hechos observados y de lo que se llama «prueba experimental».

Como se vé, la diferencia entre ambas es enorme, pero tan sólo de grado y de la misma naturaleza de la que hay entre la claridad de la noche y la del dia.

A cierta distancia de esos extremos, la Religion es el conjunto de creencias principalmente subjetivas, femeniles y estacionarias por sus profundas raíces; la Ciencia es el conjunto de creencias principalmente objetivas, varoniles y progresivas, porque desaparecen ó se modifican por las observaciones sucesivas. Pero no es posible trazar la línea divisoria entre ambas, ni decir en donde termina la una y principia la otra; porque tampoco se puede decir con exactitud cuánto hay hoy de ciencia en la religion, ni cuanto de religion en la ciencia y de indiferencia en los sabios. Además, ellas no son del todo incompatibles entre sí; pueden coexistir parcialmente en un mismo individuo, como lo vemos con mucha frecuencia. Los religiosos algo ó mucho saben de positivo; los hombres de ciencia mucho ó algo ignoran, y lo suplen con su credulidad. Todo esto está figurado en el paralelógramo de la credulidad. Además, todo lo que la ignorancia no permite explicar por medio de leyes naturales conocidas, es sobrenatural para los unos y anticientífico para los otros; mientras lo más natural, aquello que por su mayor importancia es más general, ó carece de interés, ó es más ó menos despreciable para los unos y los otros.

El diagrama que he llamado la tela de Epicuro tambien ayudará á comprender la diferencia entre la evolucion de la Religion y la de la Ciencia. La primera va continuamente de O á V y luego de V á C. La segunda va directamente de O á C, pero siguiendo las numerosas intermitencias debidas á los ángulos de los pequeños cuadros que se ven entre O y C. Hay entre ambos una diferencia comparable á la que se observa entre el desarrollo de los animales ovíparos y el de los vivíparos. El huevo se forma aumentando de pronto en volumen, ó sea yendo primero de O á V. Luego de V va á C, aumentando solamente la estructura; es decir, formándose el animal hasta llegar á C, en donde el pollo rompe la cáscara. El vivíparo va más directamente de O á C, pues el aumento de volúmen y el de estructura son en él simultáneos. El mamífero, por ejemplo, empieza á tomar su forma desde el momento en que empieza á aumentar su volúmen. De modo que se puede decir, en lenguaje metafórico, que la Religion es ovípara y la Ciencia vivípara.

Habiendo representado las relaciones entre la Religion y la Ciencia por medio de una línea, en uno de cuyos extremos las creencias subjetivas ó religiosas están en su máximum y disminuyen á medida que aumentan las objetivas ó científicas, veamos ahora cuál ha sido y es la forma del desarrollo de la credulidad. Si el hombre es natural, su credulidad tambien ha de serlo, y debemos buscar la ley natural á que obedece. Esta ley nos la revela la Historia y el estudio de las leyes de la vida.

En efecto, ellas nos enseñan que el desarrollo de la credulidad se verifica en la misma forma que, de una manera estable y visible, se presenta en la de una planta de ramificacion lateral unípara, como la de la Quínoa (Chenopodium) por ejemplo.

Todos mis lectores saben cómo es la forma de esa planta, y voy á servirme de ella como de esquema del desarrollo de la credulidad.

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Fig. 30.

Al conjunto formado por la superposicion de las partes principales ó «miembros» de una planta, se llama una símpode.

Si nos limitamos á considerar la forma de una planta completamente desarrollada, parecerá estar formada de un tallo principal, de donde han nacido todas las ramas. Pero si observamos el desarrollo de la planta, veremos todo lo contrario, pues el tallo es el que ha nacido de las ramas y no éstas de aquel.

Cuando la plántula nace de la semilla, con su pequeño tallo, éste no tarda en producir un nuevo broto, muy pequeño tambien, pero más asimilante y que crece en direccion ascendente; mientras el anterior, del cual tuvo origen, empieza á desviarse, creciendo lateralmente, y viene á constituir la primera de las ramas. Luego, el segundo broto tiene la misma suerte; nace de él un tercer broto que hace desviar de la vertical á su generador y formar la segunda rama; y así sucesivamente. De esta manera han seguido desarrollándose todos los demás miembros, como debe llamarse á toda esta parte de la símpode.

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Fig. 31.

Pues bien: tenemos todos los datos necesarios para fundar la creencia de que el desarrollo de la credulidad se ha verificado en una forma comparable con la de una símpode como la que acabo de trazar.

La Historia nos da á conocer sólo los últimos miembros; pero recogiendo los fragmentos de las ramas secas y todos los hechos que pueden servir para reconstituir los miembros perdidos, quemados, mejor dicho, se puede descubrir los que faltan. Teniendo una parte de la símpode, y conociendo las leyes generales de su desarrollo, bien podremos, por lo menos, descubrir la forma de toda ella.

Debo aclarar algo en que podría parecer contradictorio el comparar con una símpode la evolucion de la credulidad, despues de haber dicho que todos los desarrollos son iguales al diagrama de la evolucion.

Ese diagrama es la representacion gráfica, esquemática ó ideal, de toda la evolucion; es decir, de las dos partes de que ella consta, y las dos líneas que componen cada una de esas dos partes, son de igual extension en el diagrama. La símpode, por el contrario, es la forma real del desarrollo de la planta, pero no de toda su evolucion; falta una parte de ella, poco aparente, pero muy importante, que en el diagrama de la evolucion constituye la mitad de él. Lo que falta en la símpode, para que toda la evolucion de la planta esté representada en el diagrama ideal, es la terminacion del crecimiento y la formacion de la semilla.

Como todo esto no figura en la símpode, la parte correspondiente á lo que comunmente se llama desarrollo (crecimiento), está más amplificada, y tanto más claramente se puede ver en la símpode la estructura y el trabajo íntimo del desarrollo. A este respecto, la diferencia entre ambos diagramas viene á ser semejante á la que encontramos entre la forma exterior de un objeto mirado primero á simple vista, y luego observada su estructura por medio del microscopio.

Veamos ahora por qué se parecen más la evolucion de la credulidad á una símpode, y la de los animales al diagrama de la evolucion.

La materia viva, de que están formados todos los organismos, tiene dos propiedades fundamentales distintas; dos, y nada más que dos: la de asimilar y la de desasimilar. Todas las funciones de los seres vivos no son sino las manifestaciones de esas dos propiedades. ¡Y admirable unidad de la Naturaleza!.... esas dos propiedades de la materia viva no son sino dos fases alternantes de una sola y única fuerza: la afinidad. Esta, como todas las demás fuerzas, tiene un límite, llegado al cual, la afinidad disminuye y cesa, y una reaccion en sentido contrario trasforma en desasimilante lo que antes era asimilante.

Cuando la facultad de asimilar se especializa en la materia viva, el organismo constituye un vegetal, pues evoluciona perfeccionando sus medios de economizar, eliminando lo menos posible. Cuando es la facultad de desasimilar la que predomina, el organismo es un animal; su especialidad consiste en ir perfeccionando poco á poco los medios de desasimilar, gastando, con el mayor provecho posible, todo lo que su evolucion lo ha hecho capaz de asimilar. Los vegetales son económicos; adquieren una extensa superficie asimilante y una aptitud de crecer, relativamente muy grande; son fijos y estables como las religiones ó creencias subjetivas y femeniles. Los animales son gastadores; poseen un sistema nervioso y músculos que lo sirven; son movedizos, y los que no son fijos, casi siempre caminan hácia adelante, ó sea en la direccion de su cabeza; como las ciencias ó concepciones objetivas y varoniles.

La forma del desarrollo de los vegetales, además, es tan apropiada para representar la del de la credulidad, porque es, por decirlo así, exterior, y porque al verificarse el desarrollo, deja en el esqueleto leñoso de la planta la constancia permanente y visible de su forma. El desarrollo de la credulidad, como el de los vegetales, es sumamente lento y ha dejado en la Historia la constancia de su forma.

Hay, pues, fundamental analogía y completa equivalencia entre los vegetales, las religiones y la femenilidad, como las hay entre los animales, la ciencia y la masculinidad.

Ahora bien: habiendo admitido ser todos los desarrollos iguales en su forma fundamental, forzoso es admitir tambien que la otra mitad de la evolucion de la credulidad, que no ha tenido lugar en los tiempos históricos, debe realizarse de una manera muy análoga á la observada en los vegetales al terminar su desarrollo y cerrar los dos semiciclos de su evolucion; es decir, á la formacion de la semilla, por medio de la convergencia de los dos elementos de opuestas propiedades.

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Fig. 32. Arbol genealógico de las mitologías.

La símpode es la forma esquemática del desarrollo de la credulidad. En ella no figuran, por ahora, sino el tallo y las principales de las ramas. Faltan las de segundo y tercer órden, las más pequeñas y las hojas. Las flores y semillas no están representadas, porque aún no ha empezado á desarrollarse su equivalente en la evolucion de la fé. En el nacimiento de cada rama, pongo el nombre de cada uno de los reformadores: el del más conspicuo ó bullicioso; y en las ramas, los de las mitologías de sus respectivos «discípulos» ó exageradores de las doctrinas del maestro. Los internodios del tallo representan los observadores silenciosos de la Naturaleza; los verdaderos padres de la Ciencia.

Ellos son los guias de ese pueblo elegido con que «El Eterno» hace alianzas y saca del diluvio, con Noé; de Ur de los caldeos, con Abram; de la cisterna de Dothain, con Joseph; del Faraon de Egipto, con Moisés; del Escriba de Jerusalen, con Cristo, y, por último, del Papa de Roma, con Voltaire.

Como se debe suponer, no es posible acertar con exactitud en la eleccion de los nombres que deben figurar como los de los verdaderos iniciadores de cada una de las ramas superiores. Las dificultades para ello proceden de que no es uno solo, sino muchos, los que tienen una parte importante en las reformas. La accion del más conspicuo se reduce á iniciar el movimiento de una fuerza que ya estaba á punto de desarrollarse en los demás cerebros. Así, por ejemplo, no es posible decir si el Cristianismo se debe á Jesús, el menos cristiano de los cristianos, á sus predecesores, ó á sus titulados discípulos ó sucesores (San Pablo, por ejemplo), y si el evolucionismo fue fundado por Lamarck ó por algun otro de sus numerosos predecesores evolucionistas. Lo indudable es que una idea nueva puede ser rechazada con indignacion, ó aceptada como sublime, segun que sea prematura ú oportuna. Cristo y Lamarck, escarnecidos por sus contemporáneos, fueron objeto de una apoteósis ó de merecidos honores algunos años más tarde. La superioridad de los grandes hombres es relativa. Heródoto y Euhémero estaban muy cerca de la verdad al asegurar que los antiguos dioses eran hombres divinizados; su error consistía en no tener presente las divinidades que deben su existencia á la mitomanía antropomorfística. Otros, exagerando lo contrario, no quieren ver los dioses euhemerísticos. De la una y de la otra de estas exageraciones unilaterales procede el desconocimiento de las leyes del desarrollo de las teogénesis.

Observando las teogonías y las religiones, sin ideas preconcebidas, se verá que hay antagonismo y accion alternativa entre el monoteísmo y el politeísmo, y la mezcla de ambos hace que ninguna sea ni monoteísta ni politeísta pura. Aun en las politeístas, hay siempre un dios superior á los demás: un Júpiter, por lo menos. El Cristianismo, eminentemente monoteísta por su orígen, muy pronto degeneró en politeísta. Primero, con la introduccion de los «misterios» (metáforas) de la «Santísima Trinidad» y de la «Encarnacion», y luego con la de los numerosos intercesores, abogados y patronos de ambos sexos. El brahamanismo tampoco es hoy la primitiva religion de Brahama, sino la de los brahamanes, los cuales no adoran ya á Brahm, el «Dios supremo», sino á Brahama, y ni tampoco á éste, sino á Vischnú y á Siva; lo mismo que el cristianismo no es la religion de Cristo sino la de los cristianos, quienes no adoran á Jehová, sino al Krischna del Mahabharata cristiano, ó Nuevo Testamento y á la Trimurti con sus adláteres. Los Egipcios tenían un solo Dios, el cual, decían, «crea sus propios miembros que son los dioses»; y eran tan increíblemente numerosos, que, segun Maspero, se diría, al ver en Egipto tantas representaciones sagradas, que aquel país estaba habitado sólo por dioses, y no tenía hombres sino justamente los indispensables para las necesidades del culto. Los sabios ó sacerdotes estaban incluidos en ese inmenso número de dioses ó «miembros de Dios». Los iniciados eran llamados hijos de sabio ó de dios.

La etimología de la palabra dios es una prueba de su orígen euhemerístico y de que significaba sabio, hombre ilustrado, ilustre, luciente, que da luz, etc. «El védico Diaus, el Zeus de Homero (beocio Deus) el Jovis, Diespiter, Júpiter latinos; Janus» (famoso historiador y profeta) «Juno, Diana, Dius, el Diewas lituanio y estavo, el Tiu y el Tir germánicos y escandinavos, todos proceden de un doble radical que tiene el significado de luz.» Nosotros podríamos llamar á los sabios fotosforos (phos, luz; phoro, yo llevo) ó luciferes, que como los daêvas del zend, son los ministros de Ahrimanes. En este caso, nuestros descendientes de una civilizacion muy remota creerían que hoy adoramos el Sol ó los demonios, siendo así que no adoramos ni al Creador, sino tan solo á la única criatura adorable.

En el Exodo y los Salmos, se llama Elohim á Dios, á los dioses, á los reyes, príncipes, magistrados ó personajes de distincion; é hijos de Dios al pueblo de Israel, á Moisés, á David, á Salomon, etc. A Cristo se le llamó, ó se llamó él mismo, «hijo único de Dios» porque efectivamente era él el único y verdadero «hijo de Dios», en el sentido correcto aunque anticuado de la expresion. La ignorancia de todo lo dicho al respecto, fué, entre otras muchas, la causa del asesinato legal de Cristo, la de su deificacion y del mal éxito de sus nobles propósitos.

Existen otras dificultades, además de las ya expuestas, respecto de los nombres de los maestros, de los discípulos y de los pueblos antiguos que deben ponerse en la símpode. Lo figurado del lenguaje de los sabios antiguos, debido en gran parte á la falta de términos más adecuados y técnicos, tanto concretos como abstractos; la ignorancia de los llamados discípulos, y principalmente los repetidos cambios hechos á los nombres de los personajes más notables, por los tan distintos y mezclados pueblos y por los terribles etimologistas, han traído la confusion y las causas de error, borrando casi todo cuanto podría indicarnos la relacion que ha existido entre las ramas y el tallo de la símpode. Por ejemplo, sin tomar por base de nuestras hipótesis, la semejanza fundamental de todas las evoluciones, ¿cómo podríamos tener certeza de que Noé se llamó tambien Deucalion y Xisutros; Matusalen (Matusael) Amenpsinos; Henoc, Evedorancos, etc., etc? Noé se llamó además Nouah (la providencia), Nisrok y Shalmanou (el salvador), «el guia inteligente, el maestro de las ciencias, de la gloria, de la vida». El Jacob é Israel de la Biblia, se asemeja tanto al Zoroastro del Avesta, que indudablemente son uno mismo.

Los obstáculos mencionados nos hacen aparecer el progreso de las ideas como formando una línea continua en vez de una símpode. Para nosotros, hoy, los datos suministrados por la arqueología y las historias más ó menos figuradas y confusas de algunos pueblos antiguos, tales como los caldeos, egipcios, persas, etc., son los que sirven de base suficiente para fundar las opiniones respecto del máximum de adelanto intelectual y filosófico á que debe haberse alcanzado allende el horizonte de la Historia. Es una base muy poco segura; porque casi todo cuanto se ha conservado de esas remotas civilizaciones, no es el tallo ó la oculta ciencia de esos tiempos, sino lo relativo á la industria, á las guerras, costumbres y creencias de las ramas laterales; es decir, de los decadentes y degenerados discípulos de los sabios que formaron el tallo de la símpode, hasta los tiempos históricos. A estos individuos que forman el tallo de la símpode, y no á los Judíos, es á quienes les corresponde por derecho el honroso título de «hijos de Israel» ó de el que lucha con Dios.

El sentido usual de la palabra progreso, y principalmente la ignorancia notoria de nuestros antepasados, nos ha acostumbrado á considerar el progreso del saber como verificándose de una manera contínua desde el más remoto pasado. Pero, si no excluímos á esa fuerza, de la ley universal de la intermitencia, debemos admitir la posibilidad de que antes del progreso actual haya habido otro, cuya fase de decadencia empezó en los tiempos protohistóricos[1] y terminó en la Edad Media. Debemos admitir tambien la posibilidad de que la intermitencia en el progreso del saber llevó al anterior hasta un punto culminante, pero de tan corta duracion, como es la permanencia del Sol en sus solsticios. El Génesis, como lo haré notar oportunamente, parece hacer alusion á siete de estos gnosticios.

El tallo de la símpode ha desaparecido, ó, mejor dicho, está oculto por una causa análoga á la que hace no se vea el tronco de un árbol muy frondoso; pero trataré de descubrirlo. En cuanto á su primitiva posicion geográfica, parece haber pasado en los tiempos prehistóricos por el Cáucaso, en direccion de Sur á Norte y de Norte á Sur.

En esta última direccion, y separada por los mares Negro y Mediterráneo, ha pasado la corriente de pueblos numerosos y bárbaros, á que sin duda alguna se refería figuradamente el sacerdote de Sais, reportado por Solon. «Todo, decía, lo que se ha hecho de bello, de grande ó de notable, bajo cualquier respecto, sea en vuestro pais, sea en el nuestro, sea en otro lugar conocido por su renombre, todo eso está escrito aquí, desde largo tiempo há, y conservado en nuestros templos. Pero en vuestro país, y en los demás pueblos, el uso de las letras y de todo lo que es necesario á un estado culto, jamás data sinó de una época reciente; y pronto á ciertos intérvalos, caen sobre vosotros, como una peste mortífera, los torrentes que se precipitan del cielo y no dejan subsistir sino hombres extraños á las letras y á las Musas (Solon era griego), de modo que vosotros recomenzais vuestra infancia, por decirlo así, sin conocer acontecimiento alguno, de vuestro país ni del nuestro, que remonte á los tiempos antiguos. Para nosotros, el Nilo, al cual debemos nuestra conservacion en otras muchas circumstancias (en Egipto no llueve casi nunca), nos salva tambien y nos preserva de ese desastre. Y cuando los dioses purifican la tierra sumergiéndola, si los campesinos y los pastores no perecen sobre las montañas, los habitantes de vuestras ciudades son arrastrados al mar por la corriente de los rios; pero en este país, ni entónces ni en ninguna época, se precipitan jamás de lo alto sobre las campañas; al contrario, la Naturaleza ha querido que ellas nos vengan de las profundidades de la tierra.»

¡Extraña preferencia por los hombres ilustrados, y rara aversion á los ríos, las de las aguas de esos diluvios! Y, ¿qué pensar de esos torrentes del cielo», que serían «desastre y peste mortífera» para los sedientos egipcios, y que inundan las cumbres de las montañas, antes que los valles?

Las oscuras tradiciones de la antigüedad, estudiadas bajo una base racional, ofrecen muy valiosos datos para confirmar las ideas expuestas sobre la analogía de la forma y evolucion de la credulidad, con la forma y evolucion de una planta de ramificacion lateral unípara, y por consiguiente, para poder trazar su forma, descubrir lo que falta de su historia y prever su porvenir.

Esas tradiciones se han conservado principalmente en las mitologías, con especialidad en el Génesis; y si á pesar del sentido figurado en que fueron escritas, y de las numerosas y considerables alteraciones hechas posteriormente, las estudiamos bajo la base de que la humanidad obedece fatalmente á las leyes inconscientes de la vida, nuestras deducciones pueden ser del todo legítimas.

Si digo que la humanidad obedece fatalmente á las leyes de la vida, no es porque niegue yo el libre albedrío. Comparando al hombre, al individuo, con un tramway que vá por tortuosa vía, el libre albedrío desempeña el mismo papel del cochero: su accion se reduce á apretar y soltar el freno, si bien puede muchas veces hacer descarrilar el vehículo. Pero, respecto de la humanidad, la accion aislada de la voluntad individual es del todo insuficiente para detener ó acelerar su marcha, ni desviarla del camino trazado por las leyes inmutables de la Naturaleza. Sabemos que la lluvia nos moja, y para eludir artificialmente esa ley, construimos los techos para abrigarnos. Es una ley que afecta á cada uno de los individuos y por eso cada uno la descubre y la elude fácil é inmediatamente. Pero la evolucion completa de la credulidad, verificándose en toda la humanidad, la accion aislada de la voluntad individual es nula para eludirla. Además, siendo tan lento el desarrollo de la credulidad, la ley que rige su evolucion no se ha dejado ver en el corto trascurso de los tiempos históricos, y sólo por medio de la analogía es que llegaremos á descubrir su forma y tambien el secreto de toda su evolucion.

Pero la analogía es una espada de dos filos. Su manejo es peligroso, porque es fácil abusar de ella é incurrir en grandes errores. Puede ser más ó menos útil ó más ó menos perjudicial, segun el uso que de ella hagamos. A este respecto tiene tambien sus dos extremos. Si tomamos las analogías de simple forma exterior y fortuita, como son las que hacen comparar á Italia con una bota, ó una mancha del cieloraso con un figuron fantástico, las consecuencias sacadas de tales analogías serán más ó menos divertidas ó indiferentes, y tan inofensivas como inútiles ó ridículas.

Si queremos profundizar más, por ejemplo, comparando los distintos pueblos entre sí, las consecuencias pueden ser falsas y perjudiciales como son las que nos llevan á los Argentinos á imitar chinescamente á otros países muy diferentes del nuestro.

La analogía verdadera, real, siendo la existencia de lo mismo en lo diferente, es de suma utilidad para descubrir las leyes naturales más importantes; las analogías fortuitas y forzadas son tan solo creaciones de nuestra imaginacion. Los «libros sagrados» y principalmente el Nuevo Testamento, están llenos de analogías sacadas á viva fuerza.

Al analogismo y á la analogía real entre las leyes de la vida y las alegorías de los antiguos sabios, debe la religion cristiana su origen y su larga y vigorosa existencia. Algunos profetas hebreos conservaban por tradicion una parte bastante considerable del saber antiguo, y el conocimiento de las leyes de la evolucion intelectual les permitió prever los principales lineamentos de los futuros sucesos y los consignaron en el mismo lenguaje figurado que acostumbraban usar sus predecesores. Amoz, ó Amotz, el mas instruido de los profetas, recopiló y escribió bajo el pseudónimo de Isaías ó Yes'a'yahou (la salvacion de Jehovah), la profecía que ha desempeñado el principal papel en la religion de nuestros antepasados y de nuestras contemporáneas. La analogía de lo que decía Isaías en sentido figurado, con las condiciones morales é intelectuales de Jesús y con algunos accidentes de su vida, hizo de Cristo un Mesías á la altura de la rústica idolatría de sus discípulos. El analogismo y el entusiasmo de éstos arreglaron lo que no concordaba con las profecías y agregaron lo que les parecía faltar.

Platon tambien había dicho que si sobre la tierra apareciese un ente soberanamente justo, sería preso, azotado y puesto en una cruz, por los que, hallándose colmados de iniquidades, gozarían reputacion de justos.

En realidad que Cristo, se puede decir, estaba fatalmente destinado á ser una víctima. No sólo fue martirizado y muerto por los fanáticos y los doctores de la antigua ley de Moisés, sino tambien puesto en el concepto de atacado del delirio de las persecuciones, (San Juan, VII, 20, y VIII, 37 y 40) ó de quijotesco redentor de un pecado absurdo, pues éste lo es si se le toma en el sentido literal, dado por los que cometieron el sarcasmo de llamarse sus discípulos. Los Evangelios nos presentan á cada paso máximas y juicios de Jesús, tan llenos de sabiduría, que desdicen completamente de la ignorancia grosera de los evangelistas. Esos juicios, esos destellos de sabiduría, resaltan de lo demás de los Evangelios, como las estrellas sobre el fondo oscuro del firmamento. Los evangelistas y demás apóstoles citan ingenuamente muchos casos en que Cristo les increpaba su torpeza para comprender el verdadero sentido de su lenguaje figurado y de las parábolas por medio de las cuales trataba empeñosamente de explicarles su doctrina.

«¿Con que vosotros no entendeis esta parábola? les decía, ¿pues cómo entendereis todas las demás?»

En efecto, «el reino de Dios», ó como podríamos llamarlo hoy, el imperio de las leyes de la vida, fue para los apóstoles un reino material, y hasta se disputaban entre ellos los primeros ministerios en la futura administracion celestial. «Quítateme de delante, Satanás,» le dice al primer cabeza de piedra (Pedro), «porque no te saboreas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres»; es decir, porque no eres capaz de penetrar y gustar el fondo de mi doctrina y la tomas en el sentido vulgar. «El espíritu es quien da la vida; la carne (el sentido literal) de nada sirve para entender este misterio» (esta metáfora). «Las palabras que yo os he dicho, espíritu y vida son». A pesar de todo, los apóstoles entónces y sus discípulos hasta hoy, continuaron tomando al pié de la letra las metáforas del «hijo único de Dios», y los evangelios son en la actualidad una mezcla de absurdos y de profundas verdades, debido á las contradicciones que naturalmente existen entre el sentido literal y el espíritu de las alegorías mas ó menos oscuras y difíciles de interpretar ó adivinar lo que su autor quiso decir.

«Hijo único de la siempre virgen» es como decir: aborto, nacido antes de tiempo; es haberse adelantado demasiado á su época. La palabra hebrea nghalmah ó jalma, significa: la ilustre doncella ó virgen, encerrada todavía en el recinto de la casa de sus padres, oculta, velada, encubierta. No cabe, pues, la menor duda de que el ilustrado autor de «La salvacion de Jehovah» no aludía sino á la ciencia oculta, guardada entonces en los santuarios ó casas de sus padres, y fuera del alcance de los profanos y profanadores.

El haber sido «concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la ilustre y siempre virgen esposa» del autor de Isaías, fué muy mal interpretado por los obscenos discípulos de Jesús. El Espíritu Santo es una metáfora que simboliza el deseo de saber ó espíritu de libre investigacion; el esposo natural y único que fecunda y hace producir á esa eterna virgen y profetisa, llamada la Ciencia.

Emmanuel quiere decir no sólo estamos en buen terreno (« Dios con nosotros »), sino tambien el que anda más ligero llega primero (Isaías, VIII, 3).

Los analogistas deben tener siempre mucho cuidado en no dar una misma importancia á todas las analogías existentes entre dos ó más objetos muy lejanos entre sí. De lo contrario, se esponen, como los Cristianos, á confeccionar, con analogías muy forzadas, una tela compuesta de remiendos que parecen homogéneos y no lo son.

Las analogías pueden ser llevadas tanto mas adelante, y ser sus consecuencias tanto más útiles y dignas de confianza, cuanto mayores sean las semejanzas fundamentales y exteriores entre los objetos comparados, cuanto más cercanos sean éstos. Los individuos y los pueblos son dos objetos tan cercanos y semejantes entre sí, que con respecto á su evolucion, no difieren sinó por el espacio de tiempo requerido por esa ley, para producir sus efectos. En el desarrollo intelectual de ambos, las analogías son tales, que constituyen una completa identidad, pues son unas mismas las leyes á que ambos obedecen. La diferencia principal sólo consiste en que el desarrollo de la credulidad es limitado en el individuo, muy extenso en los pueblos, é ilimitado en la humanidad.

Indudablemente, todo cuanto ha tenido lugar en la série de nuestros antepasados en civilizacion, ha sido la repeticion amplificada de lo que se verifica siempre en el individuo civilizado, pero tan activo, que no se detenga á mitad de camino.

Los individuos recibimos de nuestros padres, bajo la forma de creencias religiosas, las interpretaciones infantiles de todo lo que

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mas directamente influye sobre nosotros. Esas creencias toman posesion de nuestro cerebro, y permanecen en él, estable ó provisoriamente, segun sean la estabilidad ó la actividad intelectuales de cada individuo. Los unos (los femeniles) quedan toda su vida parados en lo que se les enseñó. Los otros (los masculinos) eliminan aquellas creencias, y si tienen la suerte de que se les deje abandonados á sus propias fuerzas, se lanzan resueltamente fuera de su prision intelectual y adquieren nuevos conocimientos. Estos, acumulándose y escalonándose continuamente, forman el caudal de los individuos que mejor saben aprovecharlos.

En esta parte de la evolucion intelectual, llamada desarrollo, es completa, pues, la semejanza entre los pueblos y los individuos. Por consiguiente, la otra, no conocida aún, nos será revelada por medio de las siguientes deducciones. Puesto que todos los desarrollos son iguales en su forma fundamental, y siendo el desarrollo la mayor parte de la evolucion completa, la fraccion de ésta, no conocida aún, respecto de la credulidad, tambien debe ser igual á la de las demás evoluciones conocidas.

La evolucion mas conocida y la mas análoga á la de la credulidad, por la forma del desarrollo, es la de una planta anual, de ramificacion lateral unípara. Por consiguiente, la de la fraccion no conocida, tambien debe ser análoga á la de dicha planta.

Como ya lo sabemos, la símpode representa principalmente el desarrollo, y su forma se halla tan ampliada y manifiesta en ese diseño, que se puede ver en él hasta la estructura de esta parte de la evolucion. La otra, figurada en el diagrama de la evolucion, por las dos líneas convergentes de los dos semiciclos, es tan poco aparente en la símpode, que se manifiesta sólo por la diminucion de vigor del crecimiento, cuya consecuencia es la separacion de los sexos en estambres y pistilo, y por último, la formacion de la semilla.

En el desarrollo de la credulidad sucede lo mismo: su vigor disminuye gradualmente, á medida que aumenta la masculinidad del cerebro, gracias á la cual puede eliminar lo que está en contradiccion con los hechos observados posteriormente. Por eso vemos que de dia en dia es mas y mas difícil el dar crédito á lo que los pueblos, como los individuos, creían en su niñez. Hoy, el órgano de la credulidad es menos impresionable, y tan sugestionable como desugestionable y tanto mas exigente; requiere mas poderosos estimulantes para poder mantener el vigor perdido en credulidad. Pero, en cambio, lo que ésta ha perdido en volímen y estabilidad, lo ha ganado en estructura, concentracion y resistencia á las fuerzas contrarias al futuro desarrollo del saber. Exactamente lo mismo sucede en la semilla.

Hoy, para ir por el mismo camino seguido por la planta en su evolucion completa, es necesario tomar de las diversas ramas antiguas y modernas, de la símpode de la credulidad, todos cuantos datos se encuentren en ellas, y sean los mas concordantes entre sí y con las leyes de la evolucion intelectual. Así se puede hacer una buena síntesis, sacando todo el provecho posible de las observaciones de todos; lo mismo que la semilla toma de toda la planta la savia necesaria para su formacion.

Lo dicho sobre la evolucion de la credulidad se puede representar por el diagrama de la evolucion, del modo siguiente:

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Fig. 33.

La línea de puntos es la resultante de las dos fuerzas que concurren á la formacion de la semilla en los vegetales superiores, y á la fecundacion de las creencias en la credulidad. Es la línea que marca la direccion del progreso intelectual, y que en la credulidad cierra los dos semiciclos de su evolucion completa. De allí, de ese punto de convergencia, principia de nuevo su desarrollo, como nace la planta de la semilla, y en la forma ya explicada, para volver despues á la misma línea, pero mas adelante.

En cada uno de esos puntos de la línea, las observaciones ó estudios de la Naturaleza, ofrecen á los generalizadores los materiales necesarios para formar las nuevas síntesis definitivas. De este, modo, siendo contínuo el progreso intelectual en la humanidad, y verificándose en la forma representada por el diagrama de la evolucion, es indudable que ese camino conduce á un término de convergencia, comun á todos los que no se detengan ni desvien en ramas laterales y permanentes, y que se llegará, si no á la verdad, por lo menos á un órden de ideas igual ó muy semejante al de los observadores que en otras civilizaciones anteriores alcanzaron á la misma línea de convergencia.

Es muy verosímil que los sabios de una civilizacion muy remota conocían las leyes y la forma de la evolucion intelectual, y sabían que no se la puede detener indefinidamente, sinó hasta el día en que los Galileos, los Brunos, los Newtons y demás génios se rebelaran contra la metáfora infantil y contra todos sus derivados procedentes de las fuerzas accesorias. Tambien es probable que conocían las leyes de la vida, y temieron y quisieron evitar las malas consecuencias experimentales de la vulgarizacion de una ciencia tan desmoralizadora para los malos, como moralizadora para los buenos.

Lo que de cierto no previeron, fué la furiosa credulidad, larga infancia y enorme masa de «los torrentes que, como una peste mortífera, se precipitarían del cielo» sobre las Musas de Alejandría, como se precipita sobre todos los países el universal y eterno diluvio que libra al mundo de los demasiado estables en sus creencias, y de todos los que violan las leyes de la vida.

Por eso encuentro plenamente justificable y aun muy acertado el uso del lenguaje alegórico y sentido oculto con que los sabios antiguos enseñaban al pueblo el fruto condensado de sus observaciones. ¿Cómo hubieran podido satisfacer, sin peligro, la naciente curiosidad del pueblo, y hacérselo comprender todo, sino traduciéndolo al lenguaje infantil, en el cual se ha conservado hasta hoy? Como decía San Pablo, «debían alimentarlos con leche y no con manjares sólidos, propios para los varones ejercitados en el lenguaje de perfecta y consumada sabiduría».

El sistema de los antiguos sabios, para trasmitir su saber, es admirable, porque revela muy prácticos y profundos conocimientos de las diferencias intelectuales de los hombres. El misterio con que mantenían oculta la ciencia, servía mas bien para estimular la curiosidad de los ávidos del saber. Al que se le reconocía apto y digno de poseerlo, se le admitía en los santuarios y se le iniciaba en los secretos allí guardados. Ese sistema contrasta con el moderno, el cual revela tan claramente la completa ignorancia de las diferencias intelectuales, haciendo que se someta obligatoriamente á un mismo plan á todos los individuos estivados en las aulas. Es como si el Director del Jardin Zoológico se propusiera someter á los animales del Parque á un régimen alimenticio absolutamente igual para todos.

A mi modo de ver, el lenguaje figurado de los antiguos dió á luz en Alejandría dos hijos gemelos, pero de distintos sexos, y por eso muy diferentes y divergentes entre sí. El varon tuvo por primer nombre alquimia; se proponía hacer la trasmutacion de los metales, y, con sus hermanos mayores, llegó á su edad adulta bajo el nombre de Ciencia. La niña se llamó Cristianismo; se proponía hacer la trasmutacion de toda la especie humana, y llegó á su actual estado de solterona con el nombre de Catolicismo.

Los herejes, y principalmente los modernos, han tomado demasiado á lo serio y al pié de la letra ese lenguaje infantil de sus adversarios. Los unos han hecho sacrificios que podrían haberse evitado sin menoscabo del progreso. La retractacion de Galileo no fué menos fecunda que el martirio de Jordano Bruno. Los otros han provocado y sostenido conflictos cuyas soluciones han sido imposibles hasta el presente, y continuarán siéndolo indefinidamente, mientras no se eche mano del supremo recurso que he propuesto.

El medio práctico para ponerlo en ejecucion será el tema de los próximos capítulos. Consistirá en hacer un estudio de las principales leyes de la vida, el cual pondrá de manifiesto la completa equivalencia del lenguaje infantil de la religion, con el científico de que hoy nos servimos para expresar aquellas leyes. Y como última consecuencia, veremos cuál debe ser, en Moral, el criterio de la verdad.



  1. Anteriores á los prehistóricos.