Sobremortal

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SOBREMORTAL


I


El día del vuelo comenzó bajo los mejores presagios: un rayo de sol naciente que acababa de penetrar en la obscura alcoba conyugal y un sueño matutino extraordinario, luminoso, lleno de alusiones misteriosas y alegres, un sueño conmovedor.

Yury Mijailovich Puchkarev era un piloto aviador experimentado: en año y medio había volado veintiocho veces (el número de años que llevaba en el mundo) y estaba aún vivo y no se había quedado, como tantos otros, manco o cojo. El sabía mejor que nadie, mejor que su misma mujer, cuán menguada era aquella experiencia y cuán engañadora aquella calma que, después de cada descenso feliz a la tierra, parecía borrar de la memoria las desgracias de otros aviadores y llenaba al público de una tranquilidad, por lo excesiva, un poco cruel. Pero era un hombre valeroso y no quería, pensando en eso, debilitar su voluntad, ni quitarle a la vida—breve de suyo—su sentido. «Puedo caer y matarme—decíase—. Demasiado lo sé. Pero ¿qué voy a hacerle...? Quizá se invente antes algo que evite las caídas. Entonces podré llegar a viejo, como cualquier otro mortal. No hay que preocuparse.»

La noche anterior, después de cenar, había dado, con su mujer, un paseo dulce y poético por las calles apartadas—obscuras y verdes—de la pequeña ciudad donde vivían hacía algún tiempo. A cosa de las once y media se había acostado, y se había dormido en seguida. Había oído, entre sueños, entrar, desnudarse y acostarse a su mujer. Un rato después le había parecido que algo como un pájaro inmenso aleteaba sobre la casa, llenaba la estancia de un ruido monótono y diríase que la ensanchaba. Sin despertarse del todo, había comprendido que era una tempestad. Pesadas gotas de lluvia tamborileaban en el tejado. Al amanecer, cuando los gorriones empezaban a cantar tras los cristales, había tenido aquel sueño, que ya había sido dos veces para él un augurio feliz.

He aquí el sueño: se despertaba, al amanecer, en una habitación obscura, donde estaba solo, sin su mujer; pero que parecía, no obstante, su alcoba conyugal. Se despertaba triste, abatido, como si despertase de una pesadilla. Se levantaba y pasaba a la habitación inmediata, donde había un postigo abierto y entraba la luz sonrosada del sol naciente. «¡Qué bien se está aquí!—se decía—¡Aun no se ha levantado nadie!» Luego, de pronto, se acordaba de que había en la casa otras habitaciones mucho más hermosas, en las que no había estado hacía mucho tiempo y que había olvidado casi por completo. Abría, muy alegre, una puerta blanca muy alta, y avanzaba, descalzo, sin ruido, a lo largo de las hermosas estancias. Eran muchas, grandes y majestuosas, como los salones de un palacio. Las llenaba la luz suave, pura y sonrosada del orto solar. «¡Qué bien se está aquí! ¿Cómo habré podido olvidar estas habitaciones?», pensaba. Y seguía avanzando, sumergiéndose en la calma solemne de nuevos salones magníficos, luminosos, plácidos... Deteníase ante una gran puerta cerrada, tras la que se oía canturrear. Miraba cautelosamente por el ojo de la cerradura y veía que quienes canturreaban era dos pintores decoradores, sentados en el suelo.

En este momento—como siempre—se despertó. Durante cerca de un minuto, una dulce y honda emoción le impidió darse cuenta exacta de dónde terminaba el sueño y empezaba la realidad.

A pesar de que los postigos estaban cerrados, una luz deslumbrante hería sus ojos. Apartó un poco la cabeza y vió que un rayo de sol, recto y agudo, penetrando por un agujero del postigo, ponía en la almohada una mancha dorada y redonda y sonrosaba la obscuridad del aposento. Luego vió a su lado una cabellera negra y un brazo desnudo, oyó una suave respiración y las nieblas azules del ensueño acabaron de disiparse en su cerebro: aquel día debía efectuar una nueva ascensión en aeroplano; la mujer que respiraba suavemente a su lado era su amada esposa; el sol estival se elevaba ya sobre el horizonte, inundando la tierra de cálida luz.

Yury Mijailovich no sentía el ligero miedo que siempre había sentido, ocultándolo en lo más hondo de su corazón, al aproximarse la hora del vuelo, sino una alegría desbordante, como si una felicidad inmensa, extraordinaria, le aguardase. «¡Hoy volaré!», se dijo, por primera vez en su vida, con toda la pureza del entusiasmo, pensando sin temor alguno en los magnos espacios celestes, cuyo presentimiento otras veces le había turbado el sueño.

A no ser por el rayo de sol, hubiera dormido aún una hora u hora y media; pero ya no le era posible dormir ni seguir en aquel aposento obscuro, respirando aquella atmósfera pesada. Se bajó de la cama, procurando no hacer el menor ruido y sin mirar siquiera a su mujer, temeroso de despertarla con la mirada, y se vistió. Su mujer, que no había podido conciliar el sueño hasta muy tarde—a causa de la tempestad y de la inquietud que atormentaba su amante corazón de esposa—, dormía profundamente.

Yury Mijailovich cogió unos cuantos cigarrillos y salió de la alcoba. En las demás habitaciones, la suave luz matutina acababa de disipar las sombras de la noche.

El asistente, aun medio dormido, hacía en la cocina astillas para hervir agua en el samovar, y sus bruscos movimientos despavilaban y ahuyentaban a las moscas.

El patio, el jardín y la calle, sombreada por dos filas de chopos, estaban desiertos. Aunque cantaban los pájaros y un gato atravesaba el patio, huyendo de la sombra húmeda y fría de una tapia, diríase que el Sol era el único ser a la sazón despierto en el mundo. Las caricias de sus áureos rayos se le antojaban al oficial dulces como las de una madre y suscitaban en su alma infantiles impulsos de hablarle. Si se le hablase, no podrían oírse sus respuestas; pero el dirigirle la palabra sería tan lógico como dirigírsela a un hombre.

Recordó que en su infancia le acuciaba siempre un vehemente deseo de volar hacia el cielo, y daba grandes saltos, en la esperanza de lograrlo, llenándose de ira al caer apenas elevado media vara sobre la tierra. Enfrente de su hogar paterno había una casita de un piso, y por volar sobre su tejado de madera podrida hubiera hecho los mayores sacrificios. Cuando, muchos años después, efectuó, a mil kilómetros de su ciudad natal, su primer vuelo, se acordó de pronto, encontrándose a una gran altura, de la casita aquella.

Le parecía mentira haber volado ya, ir a volar dentro de algunas horas.

No se veía ni una sola nube en el cielo. Donde había rugido hacía poco la tormenta se extendía el espacio azul, cristalino, sin fondo. Según los libros, aquello se llamaba el aire, la atmósfera; pero según el íntimo sentimiento humano, era y seguiría siempre siendo el cielo, norte eterno de todas las aspiraciones y de todas las esperanzas.

«Nadie expondría su vida volando—se dijo Yury Mijailovich—si eso fuera pura y simplemente la atmósfera, el aire.»

Contemplando los misteriosos espacios azules, pensó con cariño en sus compañeros. Lo que hablaban—y acaso lo que hablaba él—no tenía nada de sublime ni de interesante; pero él sabía que para conocer a los hombres no había que fijarse en sus palabras, disfraz de la verdad, sino en su rostro, en la profundidad de sus pupilas, en la blancura de sus dientes.

Estos pensamientos, límpidos y sencillos como el sol matinal, aumentaron su alegría.

Se juró, como un niño, querer siempre a sus compañeros y ser un amigo leal. Cualquiera que hubiera sabido leer en sus labios, tan tiernamente sonrientes, y en sus ojos, tan honda y misteriosamente luminosos, hubiera comprendido el profundo sentido de aquel juramento, a primera vista pueril, y sin decirle nada le hubiera besado en la boca.

Yury Mijailovich volvió a la alcoba y despertó con un beso a su mujer.


II


El oficial piloto sabía callar de una manera tan discreta, que conversar con él era siempre algo más que cambiar palabras triviales. Era muy poco dado al uso de «síes» y «noes» rotundos, y oía a sus interlocutores dibujada en los labios una cariñosa sonrisa. Prefería a emitir su opinión—lo que hacía con tino y tacto—, escuchar la de los demás. Sin embargo, sus compañeros no le consideraban un hombre misterioso, encerrado en sí mismo, insondable. Todos los oficiales de su regimiento, hasta los tenientes más jóvenes, estaban, por el contrario, convencidos de que le conocían a fondo, mucho más a fondo que se conocían a sí propios; pues mientras que ellos eran de humor vario, cambiante, de ideas y sentimientos inestables, tornadizos, y no sabían a qué atenerse ante los zigzags, curvas y saltos de su naturaleza moral e intelectual, él era siempre el mismo y conservaba siempre su plácida serenidad. Su vida junto a su mujer, que le adoraba, producía igual impresión de sencillez y calma.

Cuando algún oficial se dejaba sobre el tapete verde su último copec o se emborrachaba y armaba un escándalo, después del cual le avergonzaba hasta mirarse al espejo, iba a casa de Puchkarev a recobrar el equilibrio espiritual. Y, recobrándolo, pensaba, no sin cierta piedad, al comparar su alma, llena de abismos, con la de su amigo: «¡Qué en paz vive este hombre!» Uno de ellos le puso el remoquete de Su Majestad Serenísima, que hizo gracia; pero dejó pronto de usarse, pues Puchkarev era muy respetado entre sus compañeros.

Aquella mañana, Yury Mijailovich estaba tan sereno y tan poco hablador como siempre. Sólo el brillo singular de sus ojos denunciaba su alegría creciente. Como siempre ocurría, su calma se le contagió a Tatiana Alexeyevna, su mujer, y amenguó el fulgor demasiado vivo de las pupilas de la joven.

Tatiana Alexeyevna se había levantado en extremo turbada el alma por dolorosas pesadillas; pero al alzar la vista a aquel cielo puro, como de fiesta, mientras le servia el te a su marido, no veía nada de terrible en sus profundidades azules y olvidaba sus sueños fatídicos.

—¡Tonterías!—se decía, mirando asir la taza los dedos morenos, firmes, nunca trémulos, de Yury Mijailovich... Y se echó de pronto a reír, con una risa alegre, que se tomó en sus últimas escalas un poco colérica.

—Yury: ¡eres un farsante, un sugestionador!

—¿Por qué?—preguntó, sonriéndose, el oficial.

—¡No te rías, no! Cuando te miro, me parece que no puede pasarte nada, y eso no es verdad: siempre puede pasarnos algo. Mi tranquilidad es absurda, no es natural, me la sugieres tú. ¡No quiero estar tranquila! ¡Es estúpido que yo esté tranquila!

Y tratando de sentir de nuevo el terror que al levantarse la turbaba, empezó a contar, recargando un poco las tintas, sus fatídicos sueños; pero el miedo no volvía, y viendo la tranquilidad con que la escuchaba su marido, la joven pensaba: «¡Cuánta insensatez he soñado!» Sucedíale lo que a un niño que está contándole a una persona mayor un cuento de su invención, insubstancial y sin pies ni cabeza, y al fijarse en la larga barba y en los ojos burlones de su oyente, interrumpe azorado su relato.

—¡Hoy estás insoportable, Yury!—profirió, tras una larga pausa.

Pero, apenas pronunciadas estas palabras, se sintió feliz, como nunca se había sentido.

Ruborizada hasta los hombros, cuya blancura dejaba al descubierto el descote de la bata, ocultó el rostro entre las manos e inclinó la frente. Algo inefable y delicioso le impedía mirar a Yury Mijailovich y hablarle. Con el corazón palpitante, esperaba que hablase él. Mas él no dijo nada; se limitó a posar los labios en el cuello de su mujer.

El tiempo pasaba veloz. Se vistieron. El oficial abotonó, como de costumbre, con sus dedos morenos y firmes, el corpiño, abierto por la espalda, de Tatiana Alexeyevna. Cuando volvían a casa, también era él quien se lo desabotonaba. La joven seguía sintiéndose feliz, extraordinaria y diríase que definitivamente feliz. Aunque hubiera visto a sus pies el cadáver destrozado de su marido, no hubiera creído en la muerte, ni en el dolor, ni en la soledad... La verdadera felicidad no existiría si no fuera posible la fe en la eternidad de la vida.

Como le sucedía siempre, Yury Mijailovich se dirigía a la escalera, sin despedirse, por olvido, de su hijo, y, como de costumbre, su mujer se lo reprochó dulcemente y le llevó al cuarto del niño. En el lenguaje que, cual todo matrimonio joven, el oficial y su mujer habían creado para su uso particular, Micha, el vástago de catorce meses, se llamaba Ton-Ton. Yury Mijailovich no le miraba con ojos de padre: sus cortas y torpes piernecillas, su alegría absurda y sus actos grotescos sólo provocaban en él un vago asombro, lleno de indulgencia.

Estaba metido en una especie de cesto cónico, abierto por arriba y por abajo y provisto de ruedas, y cuando al andar perdía el equilibrio, no podía caerse.

Yury Mijailovich se echó a reír. Su mujer también se rió; pero luego, un poco ofendida, le dijo:

—¿Crees que eso es más fácil que la aviación? Tú también te tambaleas cuando vuelas.

—Sí, es verdad—contestó muy serio el oficial.

Pero, mirando al pequeñín hacer equilibrios, añadió:

—Debían colocar a los borrachos en aparatos como éste. Así no se caerían y no podrían dormirse. Sería un buen castigo.

—No me hacen ninguna gracia los borrachos... ¡Anda, cógele en brazos y dale un beso! Haces mal en mirarle por encima del hombro, creyendo que sólo se preocupa de tus botones. ¡Es mucho más inteligente de lo que tú piensas!


III


Cuando el coche que conducía al oficial y a su mujer llegó al aeródromo, el desierto azul del cielo empezaba a poblarse de nubes blancas, redondas, lentas y solemnes. Parecía un mar en cuyas aguas tuviera lugar una espléndida revista naval: los barcos, desplegadas las velas, desfilaban, majestuosos, ante los ojos del Supremo Almirante. Los espacios azules de entre las nubes—más profundos que los más profundos abismos del mar—le decían al alma: «¡Ven!»

—¿No temes una tempestad como la de esta noche?—preguntó, inquieta, Tatiana Alexeyevna.

—No—contestó Yury Mijailovich—. Mira las nubes: parece que tienen los bordes afilados. Eso indica que no tardarán en disiparse.

—Tú no quisieras que se disipasen tan pronto, ¿verdad?... Te gustaría volar sobre ellas...

El oficial miró a su mujer de un modo extraño. de un modo que ella había de recordar toda su vida, y le dijo, iluminado el rostro por una serena sonrisa:

—¡Cómo te amo...!


El aeródromo estaba ya lleno de gente. Los aviadores sacaban de los cobertizos sus máquinas, las inspeccionaban, las preparaban. Uno de ellos estaba furioso porque la bencina era de mala calidad. El capitán Kostretzov había observado que su motor no funcionaba, y mientras desenroscaba los tomillos, poniéndose perdido de aceite y sebo negro, renegaba del maquinista, que le oía callado y confuso.

Sin motivos tan concretos, casi todos los demás pilotos se mostraban no muy alegres y refunfuñaban. Temían irritar al Destino manifestando buen humor, y le ofrendaban su mal gesto y sus palabras de enojo, en la esperanza de que les evitase una desgracia.

Por la misma razón no se atrevían a decir a qué altura querían elevarse, y anunciaban hipócritamente que su vuelo sería muy bajo. Sin embargo, todo el mundo sabía que Puchkarev, cuyos magníficos aterrizajes le habían conquistado numerosos premios, quería batir aquel día el record de la altura. Todos sus compañeros estaban seguros de que lo lograría. Y en presencia de aquel hombre sereno y decidido, que no ocultaba sus propósitos y hablaba de ellos como de la cosa más sencilla, los pilotos medrosos de las venganzas del Destino sintieron decrecer su temor al Inescrutable.

Como obedeciendo a una consigna, dejaron de refunfuñar y depusieron su mal gesto. Parlanchines, joviales, rodearon a Yury Mijailovich, y algunos cambiaron con él efusivos y viriles besos. También saludaron muy amables, besándole la mano, a Tatiana Alexeyevna; pero se advertía que la joven era allí una figura secundaria, y poco a poco fueron apartando de ella a su marido. Otras veces, por cortesía, por galantería, se quedaba alguien a su lado; mas entonces se quedó completamente sola, sobre el verde césped, en los labios su dulce sonrisa femenina, un si es no es irónica. Todos aquellos hombres fuertes, robustos, curtidos por el sol y el viento—para quienes en aquel momento no tenía ninguna importancia una mujer tan linda—, formaban un compacto grupo alrededor de Puchkarev, entregados a una viva charla masculina, enseñando, al reír, la dentadura recia y blanca.

—¡Cómo lo quieren!—pensó Tatiana Alexeyevna.

Y súbitamente dejó de sonreír; una inmensa felicidad, una alegría indecible, un profundo agradecimiento a los que querían tanto a su Yury inundaba su alma. ¡Cómo le querían! Y eso que no sabían hasta qué punto era bueno, noble, generoso, magnánimo. ¡Nadie lo sabía como ella!

Cuando el coronel Priajin, un viejo galante, se le acercó y empezó a echarle flores, ella le dijo:

—¡Váyase con mi marido!

—Ya he hablado con él—contestó el viejo—. ¿Quiere usted que le dé algún recado?

La joven, mirándole sonriente a los ojos, repitió:

—¡Váyase con mi marido!

En aquel momento, el coronel, al ver el brillo húmedo de las pupilas de la joven, comprendió que estaba loca de amor y de orgullo, y temió por ella. De pronto, y sin saber por qué, se había dado cuenta de que nada hay seguro, firme: ni el sol, ni el cielo, ni la tierra que pisamos, ni nada de lo que rodea al hombre.

—¡Es extraño!—se dijo, alejándose.

Y no cesó en todo aquel día de balbucear de vez en cuando estas palabras, expresión de su asombro ante la inanidad de todo.

Dispersado el grupo y comenzados los vuelos, Yury Mijailovich se acercó a su mujer y la cogió del brazo.

—Perdóname; te he dejado sola.

—No importa—contestó la joven, sonriendo—. Estoy muy contenta. ¿De qué os reíais tanto?

—Les he hablado del aparato para los borrachos.

—¡Qué gracioso...! Te quieren mucho tus compañeros.

—Y yo a ellos también. Mira: ahí viene Rimba. ¡Qué nervioso está el pobre!

—Dile algo, Yury, para tranquilizarle.

—Y tú, ¿estás tranquila...? Se acerca el momento...

—Lo celebro por ti. Dile algo a Rimba.

Rimba, un oficial entrado en años, carirredondo, calvo, se detuvo, sudoroso, pálido, a unos cuantos pasos, y gritó:

—¿Haces el favor... un momento...?

Puchkarev se alejó un poco con él y le preguntó:

—¿Qué quieres? Parece que estás algo nervioso...

Rimba tomaba parte por primera vez en un concurso de aviación. Nadie se explicaba que lo hiciese, ni aun que fuera aviador, pues era uñ hombre sin arrestos, de corazón débil, casi femenino, y pasaba un miedo terrible cada vez que volaba. El sudor brillaba en las hondas arrugas de su rostro, como el agua después de la lluvia en los carriles de un camino; sus ojos, apagados, inmóviles, miraban a Puchkarev con una fe profunda y trágica.

—Yury: dímelo francamente. ¿Hay algún peligro?

Yury Mijailovich sondeó su corazón y repuso, en un tono de convicción firme, absoluta:

—Ninguno. No hay cuidado. Puedes volar.

—¡Gracias!— dijo Rimba, muy serio, tras un corto silencio.

Y como en Pascua Florida, le dió a Yury Mijailovich tres besos en la boca y le estrechó la mano con cordial efusión.

Al pasar por delante de Tatiana Alexeyevna y saludarla, la miró como a una aliada y contestó a su sonrisa de felicidad exhalando un suspiro de alivio, que podía traducirse así al lenguaje oral:

—¡Ya ve usted, no hay cuidado!

El andar y la figura del pobre hombre, sus polainas y sus pantalones, de una desmedida amplitud, eran poco aviatorios.

Tatiana Alexeyevna le siguió con los ojos, y cuando su marido tornó a su lado no volvió la cabeza. Sintió en la mejilla y en los labios la mirada de Yury Mijailovich, y le pareció que una suave brisa se los acariciaba: era la felicidad.

—¡Cómo te amo...!—murmuró el oficial, oprimiéndole ligeramente el brazo y sintiendo en su mano, a través de la seda de la manga, un dulce calor de carne joven y feliz.

Ella, sin volver la cabeza, dejó de sonreír; sucedió a su sonrisa una expresión dócil y tímida. En aquel momento se amaba a sí misma con el amor de su marido; amaba su rostro y todo su cuerpo como algo precioso, pero frágil, que había que cuidar y mimar.

Rimba había desaparecido en un cobertizo. En lo alto de la tribuna ondeaban banderas de todos colores, y se diría que querían volar, desprendidas de los mástiles.

—Se ha levantado un poco de viento—dijo Tatiana Alexeyevna, volviendo, al cabo, la cabeza hacia su marido.

El oficial la miraba radiante.

Tuvieron que despedirse en público, y el beso que cambiaron fué leve como una tela de araña; pero los besos más frenéticos no se graban en los labios de un modo tan imborrable como esas ligeras telas de araña del amor, que no sé olvidan nunca.

Tatiana Alexeyevna no olvidaría nunca aquel beso. Y tampoco olvidaría nunca aquella pequeña cicatriz sonrosada que tenía en la pura frente, junto a la sien izquierda, su Yury. Era de una herida que de niño se había hecho jugando con una barra de hierro.

De pronto se quedó la tierra terriblemente desierta: Yury Mijailovich acababa de subir a su Newport. Pero, cosa extraña, el corazón de Tatiana no aceleró sus latidos. ¡Tan grandes eran la felicidad de la joven y su fe en su felicidad!

Levantó la cabeza. El aeroplano describió el primer círculo y fué elevándose, elevándose. Fueron ensanchándose los círculos... Ella, sonriente, inalterable el ritmo de su corazón, pensó, suspirando: «Ya no puede verme. Está demasiado alto.»


IV


Allá donde horas antes, en un caos de nubes negras, retumbaban los truenos y fulguraban los relámpagos, todo era ahora calma y se abrían inmensos espacios azules. Mudas y majestuosas, algunas nubes caminaban —naves sin rumbo conocido—a través del océano celeste. El Sol reinaba allí. Ni el más leve ruido terrestre turbaba el etéreo silencio.

Describiendo los primeros círculos, Yury todavía miraba abajo, preocupándose aún de la tierra: en el aeródromo verde, surcado por sendas de arena amarilla, la multitud, negra e inmóvil, parecía una enorme mancha de tinta.

Descrito el quinto círculo, el oficial voló en línea recta, alejándose del aeródromo.

Ya sobre el bosque, en medio de una honda quietud, se elevó, se elevó...

—No sería desagradable dar un paseo por ahí abajo—pensó con cierta cariñosa indulgencia.

Y de pronto experimentó la sensación clara, precisa, del olor grato y húmedo, para él tan familiar, del bosque, como si estuviera pisando la hierba, y hasta le pareció divisar entre el follaje espeso una seta.

Pero no, no... El bosque estaba ya muy lejos y él volaba, no andaba, como de costumbre, sobre suelas de plomo... Volaba sin apoyarse en nada, envuelto en la transparente y luminosa amplitud del vacío. Hacía un instante que se había apartado de la tierra y se hallaba ya en otro mundo, en otro elemento, ligero e ilimitado como un sueño. Y de un modo intensísimo, casi doloroso, sintió de nuevo la felicidad inefable que, cual un licor áureo y límpido, llenaba su alma cuando abrió aquella mañana los ojos. Aquella emoción casi le ahogaba, y le arrancó lágrimas; pero no hacia fuera, sino hacia dentro: lágrimas que nadie hubiera visto.

—¿Qué es esto tan dulce—se decía—, qué es esto tan bello que encanta mis ojos y derrite mi corazón?

Y ya no miró abajo: allá, muy lejanos, muy hondos, se quedaban la tierra, los verdes bosques, por donde tanto había corrido y saltado en su infancia, las falsas alegrías, los tímidos y poco firmes amores terrestres. La tierra estaba ya tan lejos, que su recuerdo comenzaba a borrársele de la memoria. Los espacios azules del océano celeste no evocan nada de la tierra.

Yury Mijailovich se sonrió; pero con una sonrisa interior. En el océano celeste, la sonrisa, como las lágrimas, no debe ser visible. La expresión del semblante debe ser allí grave y severa.

—He subido ya mucho, mucho—pensó el oficial—; pero aun tengo que subir más, mucho más. Me rodea el vacío y puedo caminar en todas direcciones, hacia arriba, hacia abajo, hacia delante, hacia atrás... Dispongo de todos los caminos.

Y se entregó de lleno al delicado trabajo de guiar su aeroplano a lo largo de los caminos celestes.

Incluso en la tierra, andando sobre sus suelas de plomo, placíanle los movimientos libres, las vueltas bruscas, los saltos. Y desde su infancia detestaba las calles, las sendas, las carreteras, todo cuanto, de generación en generación, encarrila los pasos, como las ideas consagradas encarrilan el pensamiento. Allí, en las alturas, la voluntad, provista de alas, se creaba ella misma a su capricho los caminos y se sentía divinamente libre.

Yury Mijailovich y su Newport constituían como un solo organismo; antojábansele al aviador tan inanimadas y duras sus manos como la madera del volante, y tan dotado de músculos y venas el volante como sus manos. Sus nervios se prolongaban hasta el extremo de las alas del aeroplano y transmitían a su cerebro las deliciosas sensaciones del hierro y la madera, al contacto fresco del viento y bajo la caricia dorada y trémula del Sol. Y su voluntad era fiel y rápidamente ejecutada por el aeroplano, que cuando él quería torcer a la derecha, torcía a la derecha; cuando él quería torcer a la izquierda, torcía a la izquierda; cuando él quería bajar, bajaba; cuando él quería subir, subía. ¿Cómo ocurría aquello? El no trataba de explicárselo: le bastaba con que ocurriese. Y el triunfo de su voluntad ponía en su alma una alegría severa y viril, esa alegría que a primera vista parece tristeza y se pinta en el rostro de los guerreros victoriosos.

De la tierra, a cada instante más lejana, parecía desprenderse un ligero humo, como de una marmita hirviente. Debía de ser una nube que pasaba por debajo del aeroplano. Yury Mijailovich no se preocupaba ya de la tierra. Buscando una sensación más intensa de su voluntad, cerró los ojos. Durante unos segundos vió, como en un espejo, su rostro muy pálido y diríase que traslúcido. Luego se imaginó que de pie en un carro arrastrado por caballos de fuego, las riendas de acero en la mano de piedra, un haz de rayos luminosos en la cabeza, a modo de penacho, avanzaba, raudo, cielo arriba.

Parecióle después que no era un hombre, sino un ascua que hendía el espacio, dejando en el velo azul del cielo un rastro ígneo, y subía, subía, subía; estrella errante humana escapada de la superficie terrestre.

En aquel momento se hallaba tan alto, que la multitud no podía ya verle. Miles de ojos sondearían el océano celeste, bajo los cegadores rayos del Sol, buscando entre las nubes el aeroplano. Aunque las nubes eran escasas e iban poco a poco disipándose, le parecería a la multitud que llenaban el cielo y que el aviador se vería y se desearía para encontrar paso entre ellas, como un marino entre las islas; no sabía cuán vastos son los espacios allá arriba, cuán anchos los arcos y las puertas; ignoraba la inmensidad de los golfos azules, la magna y abierta extensión del archipiélago del cielo.

Las nubes, casi desvanecidas, descendieron hacia el horizonte, y allí, como esfinges de niebla, se detuvieron, vigilantes. La multitud entonces pudo formarse, aunque remota, una idea del infinito desierto cerúleo que se extendía sobre ella.

Yury Mijailovich abrió los ojos y miró de nuevo a la tierra. Los alzó luego, y se dijo: «Mi sueño feliz se ha realizado. Ya estoy en mis vastos salones sagrados, en las soledades augustas del Cosmos. ¿Qué es esto tan dulce y tan bello que veo?... ¿Qué es esto tan dulce y tan bello que siento?... ¡Oh, alma, dicha mía, cuánto te amo!»

Y de nuevo, como en un sueño, de un modo intensísimo, casi doloroso, sintió la inefable felicidad luminosa y dorada... Como quien oye el último acorde de una dulce sonata lejana, la última palabra de una canción de amor terreno, recordó el bello perfil del rostro de su esposa—las negras pestañas, la blanca mejilla sonrosada—y pensó, al remembrarla dormida a su lado: «¡Cuánto la quiero!»

Pero momentos después la había olvidado para siempre, embargado el corazón por otras emociones sin relación alguna con las cosas de la tierra.

¿Qué pensaba en los últimos instantes de su vida, cerrados otra vez los ojos, mientras se entregaba de lleno al divino placer de volar? ¿Qué era él en su propia conciencia? Una estrella humana, sin duda, que dejaba, al huir rápida de la tierra, una estela de fuego a lo largo de su fatal camino...

Su Newport—celeste barquilla—nadaba veloz por el mar sin fondo del espacio, ladeándose en los virajes bruscos, aturdiéndole con el trémulo ruido del motor. No se veía ya ni una nube. El aire iba siendo más frío. En lo alto del espacio azul reinaba, solitario, el Sol.

Entre el astro rey y la tierra sólo se interponían un hombre y una cosa: el aviador y su aeroplano. Y el fulgor solar iluminaba las alas transparentes del aeroplano, rutilaba en su armadura, ponía su oro en el rostro moreno y pálido del hombre.

Al abrir los ojos, Yury Mijailovich sintió todo su ser inundado de una luz que lo empujaba hacia lo alto, y con voz extraña gritó:

—¡No! ¡No volveré a la tierra!

Pronunciadas estas palabras, que le condenaban a muerte, calló, fiel a su gran amor, el silencio. Y siguió su carrera vertiginosa a través del espacio. Si hubiera podido, hubiera duplicado, triplicado, centuplicado la velocidad; pero la máquina no lo permitía. No pudiendo aumentar la rapidez del vuelo, lo complicó de un modo que la multitud, de haberle visto, hubiera calificado de loco: empezó a describir líneas curvas y quebradas, de un atrevimiento y de una belleza fantásticos, como un ave nocturna, ebria de luz lunar, ya avanzando, ya retrocediendo, ya elevándose súbito, ya precipitándose en el vacío.

Apretados los blancos dientes para no prorrumpir en gritos de entusiasmo, cortaba el aire en amplios giros, cual si quisiera convencerse de que en el infinito espacio luminoso no hay barreras ni muros... En una de sus osadas maniobras estuvo a punto de caer; pero logró conservar el equilibrio y siguió su frenética carrera aérea.

Un impulso violento, irresistible, de elevarse más le acometió. Espoleó—esta es la palabra—el Newport, y se lanzó a lo alto, recto y sibilante como un cohete. No sabía ya ni quién era, ni cómo y por qué estaba allí, en pleno Infinito. Se sentía ascua voladora, estrella errante...

Le pareció de pronto que ardían sus cabellos y descendían, torrenciales, en olas de fuego, a la tierra. Y comprendió que había encontrado el camino directo que conduce de un Infinito a otro... En la Eternidad, hacia donde volaba, le esperaban los amplios salones majestuosos de su sueño de aquella mañana.

—¡No puedo volver a la tierra!—pensaba, en un lánguido y divino desmayo—. Veo cosas tan dulces, tan bellas... ¡Oh, dicha, alma mía, cuánto te amo...! Cuando yo era niño, anhelaba volar por encima de un tejado... un tejado bajito, de madera podrida... Mamá me llamaba entonces Yura, chiquitín de la casa, nene. Papá y mamá murieron hace mucho tiempo... Y luego, cuando yo no tenía ya padre ni madre, un nuevo cariño, dulce y bello como la tristeza, empezó a cantar en mi corazón... ¡Hijo mío, niño adorado, voy a seguir subiendo, subiendo! Mi cuerpo se separará de mí y caerá, y yo volaré, volaré... Mi alma, turbada, quiere separarse del cuerpo y seguir volando, en un vuelo sin término, hacia lo alto. ¡Oh, niño adorado, cuán honda y celestemente turbada está mi alma!

Lloraba sin saber que lloraba. Entre sus labios entreabiertos brillaba la cándida blancura de sus dientes. Sus ojos, dilatados por la visión de la Eternidad, miraban más allá de los arcos azules y límpidos del cielo.

V


No volvió a la tierra.

La carne y los huesos que cayeron y se estrellaron contra el suelo no eran ya él, no eran ya un hombre, no eran nada. La fuerza ciega y brutal de la gravedad le arrancó de lo alto, de lo infinito, de lo azul; pero aquello que yacía en tierra, inmóvil, aplastado, no era ya Yury Mijailovich Puchkarev.