Un sueño (Andréiev)

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UN SUEÑO


...Hablamos luego de los sueños, en los que hay tanto de maravilloso. Y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semiobscura:

—No sé lo que fué aquello. Desde luego, fué un sueño; dudarlo sería un delito de leso sentido común; pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad. Yo no estaba acostado, sino de pie y paseándome por mi celda, y tenía los ojos abiertos. Y lo que soñé—si lo soñé—se quedó grabado en mi memoria como si en efecto me hubiera sucedido.

Llevaba dos años en la cárcel de Petersburgo, por revolucionario. Estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos; una negra melancolía iba apoderándose de mi corazón; todo me parecía muerto, y ni siquiera contaba los días.

Leía muy poco y me pasaba buena parte del día y de la noche paseándome a lo largo de mi celda, que tenía tres metros de longitud; andaba lentamente para no marearme, y recordaba, recordaba... Las imágenes iban poco a poco borrándose, desvaneciéndose en mi memoria.

Sólo una permanecía fresca, viva, aunque su realidad era entonces la más lejana, la más inaccesible para mí: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Sólo sabía de ella que no había sido detenida, y la suponía sana y salva.

Aquel atardecer de otoño, lleno de tristeza, su recuerdo ocupaba por entero mi pensamiento. En mi ir y venir lento a lo largo de la celda, sobre el suelo de asfalto, en medio del silencio tétrico de la cárcel, veía deslizarse a mi derecha y a mi izquierda, desnudos, monótonos, los muros... Y de pronto me pareció que yo estaba inmóvil y que los muros seguían deslizándose.

¿Estaba yo inmóvil, en efecto?... No; seguía andando lentamente... Pero no era ya por la celda, sino por la calle Tverskaya, de Moscú, en dirección a los grandes bulevares. Era una hermosa tarde de invierno; hacía un sol espléndido; todo era en la calle animación, ruido de coches. Consulté mi reloj: sus agujas marcaban las tres y media. «A esta hora—pensé—en Petersburgo empieza a obscurecer...» Sentí una inquietud súbita. Había llegado por la mañana a Moscú con María Nicolayevna, llevado por asuntos políticos, y nos habíamos inscripto en el Registro del hotel como marido y mujer. Ella se había quedado sola en el hotel. Aunque yo le había dicho que cerrase la puerta con llave y no dejara entrar a nadie, me asaltó el temor de que alguien le tendiera un lazo. ¡No había tiempo que perder!

Tomé un coche de punto. Llegué, subí a toda prisa la escalera y me encontré, al fin, ante la puerta de nuestra habitación. Como no había visto la llave en el vestíbulo, estaba seguro de que María no había salido. Llamé del modo convenido, y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar, levanté el picaporte y empujé, sin lograr abrir... ¡Nada!

O mi novia había salido, contra lo que yo creía, o le había ocurrido algo. En esto vi a Vasily, el camarero de nuestro piso.

—Vasily—le pregunté—: ¿ha visto usted salir a mi mujer? ¿Ha venido alguien a visitarla?

El camarero titubeó... ¡Había tanto movimiento en el hotel...!

—¡Ah, sí, ya recuerdo!—dijo, al cabo—. La señora ha salido, Sergio Sergueyevich. La he visto bajar la escalera y guardarse la llave en el bolsillo.

—¿Iba sola?

—No. La acompañaba un señor alto, con gorro de pieles.

—¿No ha dejado ningún recado para mí?

—No, Sergio Sergueyevich.

—No es posible, Vasily. No se acordará usted...

—No me ha dicho nada, Sergio Sergueyevich. Tal vez al portero...

Bajé a la portería. Vasily me siguió al advertir mi inquietud. Tal inquietud no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú, y aquel señor alto, con gorro de pieles, me inspiraba angustiosos recelos.

Tampoco al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego aumentó.

—¿No recuerda usted en qué dirección se han ido?

—Se han ido en un coche de punto de la parada de enfrente... ¡Mire usted, en ése que llega ahora!

Estábamos a la puerta del hotel. El portero llamó al cochero.

—¿Adónde has llevado a esos señores?

—No recuerdo el nombre de la calle... Es una calle muy extraviada, donde yo no había estado nunca. El caballero me ha guiado...

—Pero no te sería difícil—insistió el portero—encontrarla. No eres novato en el oficio.

—La encontraría, ¡claro!; pero está tan cansado el caballo...

—Te daré buena propina—dije, para animar al automedonte.

Logré convencerle. El portero me abrió la portezuela y subí al carruaje.

Iba muy contento; dentro de media hora, de una hora todo lo más, estaría en la casa adonde el misterioso caballero del gorro de pieles había llevado a María Nicolayevna. Reinaba en las calles gran animación. No habían encendido aún los faroles; pero las tiendas estaban ya iluminadas. El tránsito rodado era tan compacto, que de vez en cuando el carruaje tenía que detenerse y sentía yo en la nuca el cálido aliento de los caballos del carruaje posterior.

De pronto me acordé de que era Nochebuena. ¿Cómo se me había olvidado...? En la plaza del Teatro se alzaba, en medio de la nieve, todo un bosquecillo de pinos jóvenes, de un verdor y de una fragancia deliciosos. Hombres envueltos en abrigos de pieles y olientes también a campo, a selva, se paseaban alrededor.

No tardaron en encender los faroles. Una alegría infantil llenó mi corazón. Después de recorrer numerosas calles, algunas de las cuales se me antojaban desmesuradamente largas, penetramos en una parte de Moscú que yo no conocía. Al principio, el cochero me decía los nombres de las calles por donde pasábamos—unos nombres extraños, que yo no había oído en mi vida—; pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

Es muy desagradable atravesar de noche un barrio o una ciudad que no se conoce; cada vez que doblamos una esquina tememos habernos metido en un callejón sin salida. El experimentar este desasosiego en Moscú—ciudad que yo creía conocer palmo a palmo—aumentaba mi turbación. Parecía que me acechaban en cada callejuela traiciones, emboscadas.

Al pensar en María Nicolayevna y en el señor del gorro de pieles, sentía impulsos de echar a correr en su busca. El caballo iba muy despacio, y de cuando en cuando volvía sobre sus pasos. Yo miraba la espalda inmóvil del cochero, y me parecía que siempre había estado viéndola, que nunca había visto otra cosa, que había en ella un no sé qué de eterno, inmutable y fatal.

Los faroles iban siendo a cada instante más escasos; apenas se veían ya tiendas abiertas y ventanas iluminadas. Todo parecía irse hundiendo en el sueño nocturno.

Al doblar una esquina, el coche se detuvo.

—¿Por qué paras?—le pregunté, lleno de angustia, al cochero.

No contestó. De pronto, le hizo volver grupas al caballo de un modo tan brusco, que por poco me lanza al arroyo.

—¿Te has perdido?

—Ya hemos pasado por aquí—repuso, tras unos instantes de silencio—. Fíjese usted...

Me fijé. En efecto; reconocí el paraje, recordé aquel farol junto a un montón de nieve, aquella casa de dos pisos... ¡Ya habíamos pasado por allí!

Y aquello fué el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: empezamos a pasar por calles y callejuelas por donde ya habíamos pasado, sin poder salir de aquel laberinto. Atravesamos una ancha avenida alumbradísima y muy animada, que habíamos atravesado ya, y poco después volvimos a atravesarla.

—Debíamos preguntarle a alguien...

—¿Qué vamos a preguntarle?—contestó, secamente, el cochero—. Si no sabemos adónde vamos...

—Pero tú decías...

—¡Yo no he dicho nada!

—Haz por orientarte... Se trata de algo muy importante para mí.

El cochero no contestó. Cuando hubimos andado en zigzag unos cien metros más, me dijo:

—Ya ve usted que hago todo lo posible...

Al fin logramos encontrar una callejuela no recorrida ya. El cochero, sin volverse, profirió:

—¡Ya empiezo a orientarme!

—¿Llegaremos pronto?

—No sé.

Mi suplicio no había concluido: nos envolvía una densa obscuridad y sólo se veían interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna iluminada, silenciosas, como desiertas. ¡En una de aquellas casas estaba María Nicolayevna! Sin duda había caído en un lazo siniestro, terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había llevado allí?

Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche... Yo empezaba a sospechar que estábamos de nuevo pasando y volviendo a pasar por unas cuantas calles, en un girar absurdo, ora avanzando, ora retrocediendo... Todo me parecía conocido y a la vez no visto hasta entonces. Mi corazón latía con violencia, aunque con suma lentitud.

—¡Ahí es!— murmuró de pronto el cochero.

—¿Dónde?

—¿Ve usted esa puertecita en la tapia?

Veo la puertecita, a pesar de la obscuridad. Nos detenemos. Bajo presuroso del coche, salto por encima de un montón de nieve y me acerco a la puertecita. Está cerrada. No tiene aldabón. Reina tras ella hondo silencio.

«¿Para que han traído aquí a María Nicolayevna?», me pregunto. Tristes presentimientos me angustian. Se me doblan las piernas...

Doy unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecen serpientes blancas.

Por una rendija veo un largo sendero que termina ante la escalinata de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. En esa casa hay alguien, pasa algo: lo denuncia la negrura hipócrita, traidora, de sus ventanas.

Enloquecido, empiezo a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar:

-¡Abrid!

Los golpes se funden en un ruido sordo y continuo, que resuena en toda la calle y me impide oír mis propios gritos.

Me duelen las manos; pero sigo golpeando cada vez con más fuerza: la puerta, la tapia, toda la calle trepidan como un viejo puente al paso de un escuadrón.

Por fin, una luz débil, amarillenta, brilla a través de la rendija, tiembla en las ramas. Alguien se acerca, con una linterna en la mano. Se oyen voces ahogadas.

Me invade un profundo terror: hay algo terrible, espantoso, en esas voces ahogadas, en esa luz trémula y débil.

Los pasos se detienen ante la puertecilla. Al cabo de unos instantes, que parecen siglos, se oye el tintineo de las llaves, el ruido de la cerradura y una luz deslumbrante hiere mis ojos.

En el umbral de la puertecilla, abierta, está mi carcelero, en compañía de otro empleado. Lo que yo suponía linterna es un quinqué.

«¿Qué hace aquí mi carcelero?—me pregunto, estupefacto—. ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he estado llamando?»

El quinqué sólo alumbra a los dos empleados de la cárcel; a mi espalda—en mi celda—y a la suya—en el corredor—reina la obscuridad. Sigo creyéndome en la calle y creyendo la puerta, no la de mi celda, sino la del siniestro y misterioso jardín.

Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me miran asombrados.

—¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich?—me dice mi carcelero—. Tome el quinqué; ahora le traeré el samovar.

Cojo el quinqué. Se cierra la puerta. Sí; estoy en mi celda, no en la callejuela donde se ha detenido el coche.


Tal fué mi sueño, o lo que fuera.

Me había ido, había vuelto. Girando, girando, angustiosa, dolorosamente, había terminado mi caminata circular ante la puerta de mi celda.