Una cristiana: 04

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Capítulo IV
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Una cristiana Emilia Pardo Bazán
Sin duda para preparar esta noticia, había pedido que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al oír la nueva, sin ser poderoso a reprimirme, hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita de la bebida sobre el mantel.

Mi tío evitaba fijar sus ojos en los míos, que dilatados por la sorpresa se clavaban en su rostro. Fingió recoger migas de pan y afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero me observaba de soslayo. Viendo que yo no decía palabra, resolviose a añadir, con forzadas y falsas entonaciones en el acento:

-Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre y la tuya.

Yo entretanto hacía calendarios. «Vamos, ya entiendo. Este tenía algún tapadijo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A los solterones les pasa siempre lo mismo...». Comprendiendo que debía decir algo, pregunté en voz insegura:

-¿Mamá lo sabe?

-Ayer se lo escribí.

-¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?

-Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre. Allí mismo la vi y la traté...

Roto el hielo, charlaba mi tío deprisa, como quien desea vaciar el saco pronto.

-Imposible me parece que tú no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de Pontevedra.

-No la conozco. Pero... el nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...

-Es verdad. Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella finca bonita que se llama el Teixo.

-¿Es única esa señorita? -pregunté algo incisivamente, pensando que tal ver el interés era el móvil de las bodas.

-Única no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.

-Nada; pues no la conozco -repetí-. Pero, en fin, si se casa con usted, ya tendré tiempo de tratarla bastante.

-¡Vaya!, naturalmente. Como que te llevo a la boda, muchacho. Te vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del Carmen, y de aquí a esa fecha aún tengo yo que buscar casa y amueblarla... conque ya ves.

-¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?

-Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Ella tiene el genio algo... Si escribes dile que porque me case, no pienso darle de codo. Hasta que acabes tus estudios...

-Me parece que no le pregunto a usted semejante cosa -exclamé; y por segunda vez tembló en mi mano la copa de Champagne.

-Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Se me figura que soy dueño de mis acciones, y que al casarme a nadie ofendo.

-¿Quién habla de ofensas? -exclamé sintiéndome palidecer a impulsos de mi acceso de aborrecimiento súbito, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.

-Como lo tomas así...

-No lo tomo así ni asado. Usted es muy dueño de obrar como guste, y si algo hace usted en pro mía, no será porque yo se lo haya suplicado. El dinero que con mi carrera está usted gastando, lo reembolsaré, o poco he de vivir.

A pesar de la animación de la bebida y de la comida, que siempre le arrebataba el cutis, mi tío se demudó también. Sus labios se contrajeron y sus pupilas destellaron una chispa de cólera.

-Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales bien a tu padre; más desagradecido y descastado que todas las cosas.

-Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, que no tiene nada que ver en este asunto -repliqué comprendiendo que si no enfrenaba mucho los movimientos del alma, era capaz de coger la botella y estrellársela en la frente.

-No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de seros útil... y vosotros siempre bufando y arañando. En fin, yo no había de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido a rejalgar... hijo, paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo -añadió hiriendo con el cuchillo la copa.

Habíamos alzado el diapasón de la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y ceñudo e interiormente trémulo, sacudí las migajas de mi solapa e hice ademán de levantarme. Mi bochorno tenía un fundamento actual, inmediato: el ver a mi tío, que sobre el papelito que le presentaba en un plato el mozo, depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete desearía yo, a costa de mi sangre, haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo (pueril circunstancia) cuando vi que del billete devolvieron bastante plata, más de cinco duros. Con la uña del índice, mi tío empujó hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en sus negocios y enredos políticos, me alargó la mano diciendo casi en broma:

-Cuando estés de mejor temple ve por casa... Tengo ganas de enseñarte el retrato de tu futura tía.

Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y sin poder decantar bien las causas de mi desazón interna. Toda la tema que profesaba al tío Felipe no era suficiente para impedirme reconocer que, en aquella ocasión, mío era el mal porte. Lo confirmó Luis, cuando a la noche, habiéndome preguntado la causa de andar tan mohíno, se la descubrí. «Pues chacho, ahí quien procedió incorrectamente fuiste tú. El tío estuvo correctísimo. Que algún día se había de casar, ya debieras tenértelo tragado...».

-¡Si a mí no me importa un pepino que se case! -exclamé con ira-. ¿Qué me va ni me viene en eso?

-¡Algo te va y te viene, corcho! -replicó el sesudo orensano-. Algo le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, único hermano de su madre... Tanto te va y te viene, que te joroba el bodorrio. Pero como a la fuerza ahorcan, si al tío le ha dado por casarse, hay que poner a mal tiempo buena cara, sacar partido de la situación. Transige, rapaz, que gobernar es transigir.

- Déjame de oportunismos matrimoniales.

-No hay capítulo en que mejor caiga el oportunismo que en este de bodas. ¿Que tu tío se casa? Pues a beneficiar las circunstancias; a congraciarse con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.

-¿Tú la has visto?

-Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los baños de mar, me hablaron de ella unas pollas de Cambados. Me acuerdo perfectamente.

-¿Y qué te dijeron?

-¿Qué sé yo? Cosas de chicas. Que era guapa, y, que tocaba el piano muy bien, y que a su padre lo iban a hacer marqués, y así y andando. Parece que la muchacha no está en la calle. Creo que el papá tiene buenas rentas.

-Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? Se necesita valor.

-Eres loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Porque no le haya dado por estudiar, no deja de ser listo y de manejárselas muy bien. Es mozo de cuenta: influye en la provincia punto menos que don Vicente, y se ha labrado un porvenir político. Anda, no hagas el burro. Vete a la boda y congráciate con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.

-¡Pero hombre... me llama la atención! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo estaba forjándome ilusiones con la herencia del tío, y que ahora he sufrido un desencanto al ver que se me escapa!...

-¡No se trata de eso, corcho! -arguyó mi amigo formalizándose un tanto-: no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por los monises, ni que anduvieses lampando tras ellos. Lo que te digo es que mientras no acabes la carrera, no puedes prescindir de tu tío; y como me figuro que no querrás quedarte en la estacada...

Así que trascurrieron algunas horas empecé a ver claramente que mi amigo tenía razón, y que por su boca hablaba el sentido práctico. Y como nuestros errores se nos patentizan más cuando los cometen y sostienen otras personas, a quienes consideramos inferiores en capacidad y cultura, yo entendí mejor la convenencia de transigir después de haber leído una epístola que a la mañana siguiente me trajo el cartero. Conocí al punto la letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que venía preñado de revelaciones y quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para imponerme bien del contenido de la carta, me fui en busca de la paz y sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, y enteramente desierto a tales horas. El mozo, después del consabido «¿qué va a ser?», me trajo una chica alemana y me dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato amargor del fermentado lúpulo, rompí el sobre y devoré los tres pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la boda del tío Felipe, entreverada de datos históricos, algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones:

«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llanto lo tuvo no digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita. Y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no sé cómo lo envolvió ni cómo armó la rratonera que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé cómo me dejó la Ullosa fue un milagro, él apañó las casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió tu padre que buenas desazones le dio Felipe porque era habilitado del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y el va y me contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que yo no mudo ni una palabra».



Sin duda, al llegar aquí, la necesidad moral de los signos de puntuación se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones reunidas.

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«¡¡ay hijo quien fía de palabras de hombres sin rreligión y sin conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró derrepente no sé qué vio en la chica de Aldao es bastante feita y salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa ve bastante malos ejemplos su padre metido con la doncella que fue de su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves Santo a mí me da vergüenza ser hermana suya ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuérdate de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si te deja plantado hornos de rrevisar la partijita que habrá sapos y culebras de mí no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta soltar la camisa».



Entre trago y trago de cerveza fui apurando la carta. Su lectura obró en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos del tío para mermar mi herencia, aquello de la partijita, en vez de causarme justificada indignación, me sosegaron el espíritu. Me alegré de tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya de su mal porte, pareciome que el latido de mi mortal antipatía se aplacaba. Al menos, ya no tendría remordimientos por detestarle. Y esto me servía de alivio.

Sin dilación escribí a mi madre una carta prudentísima; la quinta esencia de la sensatez. Recomendábale moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora entregados a nuestras propias fuerzas, e indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones y de litigios. Los hechos consumados debían respetarse: no conducía a nada pegar coces contra el aguijón. Era una insensatez figurarse que un hombre, en la fuerza de la edad, robusto y bien conservado, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y paciencia.

Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos exteriormente, que el interior nadie lo ve...».

-¡Si es que por dentro o por fuera no me importa que mi tío se case, rayos! ¿Cómo se dicen las cosas? -exclamé lastimado. Portal meneó la cabeza, y yo añadí-: Mamá asegura que la novia de mi tío es fea.

-¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. En cambio el nombre es bien bonito: ¡Carmiña Aldao! ¿no te gusta?

-El nombre... En efecto.

-Debías captarte la novia de tu tío -aconsejó Portal después de unos minutos de silencio-. Captártela, sí señor: es la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... no lo digo por mal... como a un hermano... o como a un hijo... o como lo que te dé la gana. En fin, arréglate para que te quiera. Pero hazlo con disimulo, con habilidad, con buenos modos, sin ruido ni escándalo. El tío tiene va los espolones duros. La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo, ¡rapaz!, tú eres así un poco a lo joven Werllzer... Cuidadito, no tengamos drama de familia.


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