Utopía: Las relaciones públicas entre los utopianos

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Os hablaré ahora de cómo se conducen los ciudadanos utópicos unos con otros, en qué se ocupan, cómo se entretienen, de qué forma distribuyen todas las cosas. Primeramente, la ciudad está compuesta de familias, unidas por lazos de esco. Las mujeres, cuando se casan a edad legal, van a vivir a la casa de sus maridos; pero los hijos varones y todos los descendientes varones quedan en la familia y son gobernados por el más anciano de los antecesores, a menos que los años hagan flaquear su entendimiento, pues en tal caso le suple el pariente que le sigue en edad. Mas con el fin de que el número de ciudadanos no mengüe ni aumente desmesuradamente, está mandado que ninguna familia —hay seis mil en cada ciudad, además de las que viven en el campo —no tenga a la vez menos de diez hijos de la edad de catorce años, ni más de dieciséis. El número de los impúberes no está limitado. Esto se cumple fácilmente llevando los hijos que exceden de dicho número a las familias poco numerosas. Cuando una ciudad tiene más habitantes de los que debe tener, son mandados los que exceden a ciudades menos pobladas. Y si es excesiva la población en toda la isla, se eligen algunos ciudadanos de cada ciudad para que vayan a fundar una ciudad en tierra cercana, la cual será gobernada con arreglo a las leyes de los utópicos. Se establecen en tierras que los naturales tengan sin cultivar y deshabitadas y reciben a los indígenas que quieran vivir juntos con ellos. Así, viviendo juntos y unidos, consienten de buen grado en una manera de vivir, y esto acaba trayendo el bienestar a ambos pueblos. Consiguen los utópicos , gobernándose por sus leyes, hacer fecunda la tierra que antes no era labrada y que dé frutos bastantes para mantenerse ellos y los naturales. Pero si los moradores de esa tierra no quieren convivir con ellos ni acatar sus leyes, los expulsan; y si se rebelan y oponen resistencia, guerrean contra ellos, porque consideran los utópicos justa causa de guerra el que un pueblo tenga desierto y yermo parte de su territorio y no consienta la posesión y uso de ella a los que, por ley natural, tienen el derecho de hallar el sustento allí. Si llegase a suceder —y ellos dicen que ya ha sucedido dos veces durante su historia, a causa de la peste — que disminuyera el número de habitantes de alguna de sus ciudades hasta el extremo de que las demás de la isla no pudiesen llenar ese vacío, para repoblarla, harían volver a la madre patria a los ciudadanos que habitan en algunas de las colonias que tienen en tierra extraña, pues los utópicos antes prefieren que decaigan y perezcan las colonias que no que pierda importancia una ciudad de su isla.

Mas volvamos a las relaciones de los ciudadanos entre sí. He dicho ya que el más anciano gobierna la familia. Las esposas obedecen a sus maridos, los hijos a sus padres; en resolución, los jóvenes a sus mayores. Cada ciudad es dividida en cuatro partes iguales, en mitad de cada una de las cuales hay un mercado en el que se hallan toda suerte de cosas. Allí lleva cada familia los frutos de su trabajo, que son guardados en graneros y almacenes. Cada padre de familia va a buscar allí lo que necesitan él y los suyos, y se lo lleva sin entregar dinero ni otra cosa alguna en carnbio. ¿Por qué habrían de negárselo, si hay abundancia de todas cosas y no se teme que haya alguien que pida más de lo que necesita? Sabiendo que no ha de carecer de nada ¿quién pedirá más de lo necesario? Ciertarnente, el temor a las privaciones es lo que hace codiciosos y rapaces a todos los seres vivientes; el hombre hace lo mismo por soberbia, porque le agrada vanagloriarse de superar a los demás en riquezas superfluas; pero esto no lo permiten las leyes en Utopía.

Cerca de los mercados de que he hablado, hay otros de viandas, a los que no solamente se llevan todo género de verduras, legumbres, fruta y pan, sino también pescado y carne de cuadrúpedos y aves. Los animales han sido muertos y lavados en agua corriente por esclavos fuera de la ciudad, porque los utópicos no permiten que sus conciudadanos libres se acostumbren a matar bestias, pues creen que esto ahoga, poco a poco, el más generoso y tierno de los sentimientos que moran en el corazón humano: la piedad. Tampoco toleran que entren en la ciudad inmundicias y carnes putrefactas, cuyo hedor podría infectar y corromper el aire y causar enfermedades.

Hay, además; en cada calle, vastos edificios situados a distancias iguales, cada uno de los cuales tiene su nombre particular. Viven en ellos los sifograntes, cada uno en compañía de treinta familias, alojándose quince de éstas en cada uno de los dos lados del mismo. Los despenseros de cada edificio van al mercado a una hora determinada, y les entregan allí viandas según el número de personas que tienen que alimentar. Lo primero de que se preocupan los utópicos es de los enfermos que están en los hospItales; tIenen cuatro en el recinto de la ciudad, un poco más allá de las murallas, y son tan espaciosos, tan grandes, tan vastos, que parecen pequeñas ciudades. Son así para que los enfermos, por muchos que sean, no estén estrechos ni padezcan incomodidades por ello. Esto les permite tener separados de los demás enfermos a los que tienen enfermedades contagiosas. Estos hospitales están muy bien atendidos y provistos de cuanto es necesario para conseguir la pronta curación de los enfermos, están constantemente en ellos los mejores médicos. Y como a nadie llevan allí contra su voluntad, no hay en toda la ciudad un solo enfermo que prefiera ser cuidado en su propia casa en vez de serIo en el hospital. Cuando ha sido entregado a los despenseros de los hospitales todo lo que han pedido los médicos, se reparten entre los despenseros de los edificios de la ciudad, según el número de bocas, las mejores viandas. Se tienen atenciones especiales para el Príncipe, el Obispo, los traniboros, los embajadores y los extranjeros. Extranjeros suele haber pocos; pero cuando llegan allí hallan casas preparadas para ellos. A las horas señaladas para comer y cenar, se oyen los sones del clarín avisador, y toda la sifograntia se encamina al edificio donde vive, toda, excepto los enfermos que están en los hospitales o los ciudadanos que comen en sus propias casas. Cuando los comedores están ya provistos, no está prohibido a los ciudadanos el ir a los mercados a buscar cosas para consumirlas en sus hogares, pues se sabe que nadie hará eso sin un motivo justificado. El que lo hiciera sin motivo sería mal mirado de los demás; además, sería insensatez darse el trabajo de aderezar una mala comida en casa cuando se puede comer mucho mejor en el comedor común.

Los esclavos son los que hacen los trabajos pesados del comedor. Las mujeres de las familias guisan por turno, y ponen las mesas. Según el número de comensales, las mesas son tres o más. Siéntanse los hombres en los bancos que están arrimados a la pared y las mujeres al otro lado de la mesa. Si alguna de ellas se siente indispuesta de repente, como les suele suceder a las que están encinta, puede levantarse sin molestar a nadie e ir al cuarto de las nodrizas.

Hay para las nodrizas una sala especial, donde no falta fuego, ni agua limpia ni cunas; así pueden acostar a los infantes o dejarlos jugar a sus anchas junto a la lumbre luego de haberlos desfajado. Cada madre da el pecho a su hijo, a menos que la enfermedad o la muerte lo impidan. Cuando esto sucede, las esposas de los sifograntes buscan en seguida una nodriza, y no es nada dificultoso hallarla, pues las mujeres son gustosas de hacer tan hermosa obra de caridad que les vale grandes alabanzas, y hasta llega el niño a considerar a la nodriza como a su propia madre. También están con las nodrizas los infantes que tienen menos de cinco años. Los niños de ambos sexos que aun no tiene edad de casarse sirven las mesas, o, si son demasiado jóvenes para hacer esto, se están en el comedor guardando religioso silencio. Comen lo que les dan las personas que están sentadas a las mesas, ya que no tienen otra hora señalada para comer.

El sifogrante y su esposa ocupan el sitio de honor, en el centro de la mesa alta, y desde allí pueden ver a todos los circunstantes, porque esta mesa se halla al fondo del comedor, colocada de través. Al Iado de cada uno siéntase un anciano de los de más edad. Los demás lo hacen por grupos de cuatro. Si la sifograntia tiene iglesia, el sacerdote y su esposa son los que comparten el sitio de honor con el sifogrante. A ambos lados de ellos se sientan los jóvenes y al de éstos los mayores. De este modo se juntan en el comedor las personas de parecida edad al par que se mezclan las de edades diversas. Dicen los utópicos que lo hacen así para que la gravedad de los ancianos y la reverencia que les es debida impidan las licencias de lenguaje o de comportamiento, pues todo lo que se habla o hace, aunque sea en voz baja o disimuladarnente, es oído o visto desde todas partes por los que están a la mesa. No se reparte la comida empezando por el primer sitio, sino que se sirve primero a los ancianos, que tienen sus sitios señalados con una señal especial, para que puedan ser conocidos. Después se sirve a los jóvenes. Los ancianos, si les place, pueden dar parte de lo que tienen en el plato a los jóvenes que están sentados a ambos lados de ellos. De este modo se honra a los ancianos como es debido, y el homenaje resulta beneficioso para la comunidad.

Principian todas las comidas y cenas con la lectura de un libro que trata de las buenas costumbres y de moral, mas se lee poco rato para no dar pesadumbre a los oyentes. Luego los mayores comienzan una conversación, honesta, pero no triste ni desagradable. No emplean todo el tiempo que duran las comidas en largas y tediosas pláticas, pero escuchan con agrado la que dicen los jóvenes, a los que hacen hablar adrede para que se expansionen sin trabas y den muestras del ingenio y las virtudes que tienen. Las comidas son muy cortas, porque tienen que volver al trabajo después; las cenas, algo más largas, ya que tras ellas viene el natural y reparador descanso que procura el sueño, cosa que consideran muy eficaz para conseguir una buena digestión. Cenan siempre con música y no faltan en la mesa los caprichos ni los dulces. Queman hierbas y especias olorosas, y esparcen perfumes; nada dejan de hacer de lo que pueda agradar a los presentes, pues se inclinan a creer que no debe prohibirse ningún placer del que no sale mal alguno. Así viven en las ciudades. En el campo, como se hallan alejados de sus vecinos, comen en sus casas. Las familias campesinas no carecen de nada, ya que de ellas viene todo lo que los ciudadanos comen para vivir.


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