Viaje a la Patagonia Austral/VIII

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UNA VISITA DE INDIOS PATAGONES — EXCURSION A SHEHUEN-AIKEN—LA TOLDERIA—VISTA DE LOS ANDES.

Enero 2.—Habiéndose señalado humos al oeste, enviamos a Isidoro al encuentro de los indígenas, que emplean este telégrafo primitivo para anunciar su aproximación a las habitaciones de los cristianos.

Llegan a media tarde. La comitiva la componen cuatro indios que vienen acompañando a la china María, esposa del cacique Conchingan, cuyos toldos están clavados en el valle de Shehuen, inmediato al del río Chico. Desean cambiar algunos quillangos y una pequeña cantidad de pluma de avestruz, por azúcar, yerba, galleta y, sobre todo, por aguardiente, el cual están deseosos de beber.

No pueden llegar en mejor oportunidad. Mi intención era salir a buscar los tehuelches por los alrededores de San Julián, creyéndolos aún en ese paraje, donde comúnmente algunas tribus se dirigen en el invierno, demorando allí hasta el tiempo en que comienza la parición de los guanacos.

Es necesario recibir a estos hijos de la pampa con la solemnidad debida, para atenuar con cierta apariencia pomposa el desdén que pueden sentir por el insignificante personal de la expedición, destinada a cruzar los territorios donde ellos vagan como únicos dueños. La bandera se iza; los marineros visten su traje de gala; Moyano se coloca su uniforme y la espada, y yo no tengo más remedio que revestirme de un sobretodo que he adornado con botones dorados y galones, y que reservo para ocasiones solemnes. El indio es amigo del aparato, y las pobres pompas que nos es dado ostentar pueden contribuir en algo al respeto de nuestra misión por parte de ellos.

Como sea necesario un título que equilibre siquiera al de cacique, adopto el de comandante.

Tenemos una larga conferencia con María, quien habla algo el español por haber vivido durante algún tiempo en las inmediaciones del río Negro y frecuentado la colonia de Punta Arenas, los dos extremos del territorio patagónico.

María, aunque esposa de un patagón, no es de la misma raza; es pampa, Gennacken. Aunque sus facciones no tienen nada de agradables, su modo de expresarse y el amor que demuestra tener por sus hijos, sobre todo por Shelsom, su hija mayor, para quien reserva en una bolsita de cuero, unas galletitas de Bagley y unas pasas de higo, que le doy, disponen bien el ánimo y auguran buena acogida en el Kau de su marido, el jefe de los hospitalarios habitantes de Shehuen-Aiken. Nada más plácido, relativamente, que la sonrisa de la buena india cuando le muestro las ilustraciones del libro de Musters y refiérole lo que dice de sus amigos los tehuelches. La muerte del valiente Castro, en las alturas del río Chico, las penalidades del invierno, la caza de toros salvajes y tanto otro cuadro de la vida nómade en esas regiones, trazado por la pluma del explorador inglés, aunque abreviado por mí, son fielmente traducidos por María a sus compañeros que no comprenden el español. Ella ha conocido a Musters, y lo recuerda perfectamente; me dice: «Musters mucho frío tenía; muy bueno pobre Musters». Las penalidades que este valiente marino sufrió, y que aumentan el valor de su excelente relato de viaje, fueron más tarde materia de largas conversaciones.

Los lagos, las montañas, y los campos del interior del país, los ríos que hay allí, y la posibilidad de visitarlos, es el principal objeto de la conferencia, y como sea satisfactorio el resultado, propóngoles alquilarles caballos para mi expedición, con la condición de que iré personalmente a buscarlos a sus toldos. La noticia de que voy a subir en bote el Santa Cruz, no les parece creíble.

María me ha hecho regalo de un quillango, formado de cueros de avestruz, y en cambio le he dado dos mantas de bayeta punzó que le agradan sobre manera, quedando así sellada nuestra amistad que debe ponerse más de una vez a prueba en el transcurso de este viaje. Igual obsequio hago a los demás indios conquistando así su voluntad, para cuando tenga lugar la medición de sus macizos cuerpos, operación que es uno de los motivos de mi viaje.

Uno de ellos, el anciano Haikokclteish, verdadero tehuelche, bronceado, de formas atléticas y de elevada estatura, recuerda cuando había españoles en San Julián, y me dice que conoció a los cristianos que fueron al «Agua Grande», es decir, a Viedma. Cuenta, pues, más de un siglo, que, sin embargo, no lo doblega.

En la indiada, tiene fama de loco, lo que puede ser debido a los viejos acontecimientos que relata, como habiéndolos presenciado, y que los demás indios, más jóvenes, no creen verosímiles.

Gennayo, también tehuelche puro, es otro de los acompañantes dé María, y representa 25 años, más o menos.

El tercero de los indios es uno de los hijos de María, Gencho de nombre. El cuarto es un mestizo tehuelche y fueguino, conocido por Shesko o Juan Caballero, indio ladino que servía de intérprete a Piedrabuena en sus viajes a la costa de la Tierra del Fuego.

Enero 3.—Es excusado decir lo que sigue a la venta de los productos indios y a la compra de los productos cristianos. La borrachera dura hasta el día de hoy, en que emprenden los indios el regreso a sus toldos.

Enero 5.—Temprano cruzamos el río, Moyano, García, Isidoro y yo, en dirección al campamento tehuelche. Después de galopar por una planicie abundante en arbustos, ascendemos la meseta con rumbo hacia el N. O. Encontramos varias lagunas con agua dulce, pero no permanentes, por ser muy pequeñas.

El paisaje es el mismo que en el lado del este que ya he descrito. Desde el río se distinguen con claridad cinco escalones que son otras tantas mesetas.

A diez millas encontramos un gran bajo que probablemente comunica con la quebrada mencionada y en el cual abundan depósitos salinos. En él vemos algunas aguadas permanentes y potables. Muchos fragmentos de yeso, ostras y turritelas revelan la formación geológica del terreno.

Más al norte de este bajo, subiendo nuevamente a la meseta, encontramos malísimos campos cubiertos de cascajo y arbustos pequeños. En ciertos parajes engaña el verde del orozú, y después de buscar largo tiempo un paradero aparente, tenemos que acampar al lado de un pozo de agua salobre, donde una nube de mosquitos nos incomoda cruelmente, no teniendo como impedir que esas pequeñas fieras nos piquen a nosotros y a nuestros pobres caballos que tratan de huir desesperados. Como se ve, poco halagador es el paisaje de este día; la aridez, la falta de agua buena y los enemigos mencionados, hacen que ofrezca pocos alicientes al caminante.

Enero 6.—Al salir el sol continuamos con rumbo al O. N. O. por campos, mejores, donde la vegetación es más abundante y el terreno mucho más ondulado y pintoresco.

Algunas veces nos cortan el paso profundos zanjones que dan interés al paisaje y hacen prever un próximo descenso de la meseta; pocas horas después' divisamos un extenso valle que se dirige al oeste. La perspectiva al norte es completamente desolada; tiene por fondo las lejanas mesetas situadas del otro lado del río Chico, el que se distingue apenas entre la desnuda pampa.

El valle extenso presenta aspecto más agradable, vense inmensos manchones verdes alrededor de una laguna bastante importante, formada por las aguas de un río que desciende por el centro del valle y que luego se une al río Chico, que se desliza viniendo del N. O. por entre las mesetas, formando en su conjunción una hermosa isla, en cuyo extremo este los dos se enlazan y se unen para correr en un solo brazo en dirección a la bahía de Santa Cruz, costeando el pie de la meseta. Hemos descendido ésta, siguiendo por los rastros de los indios, unas quince millas, por malos campos y galopando siempre al oeste hasta llegar al río. Este es indudablemente el río Chalia del cual se ocupa Viedma en su diario al relatar su interesante visita al lago que desde entonces lleva su nombre.

Como se sabe, Viedma salió de San Julián en dirección al oeste, lo que le hizo cruzar primeramente el río Chico, y después de entrar en otra pampa, llegar a un río llamado «Chalia» que no pudo vadear allí por su mucho fondo. De la relación de ese trayecto se desprende que el arroyo donde acabo de acampar es el Chalia, que no pudo examinar ni distinguir Musters, quién llevó su camino más al este del paraje, donde se unen los dos ríos, es decir, en el punto que los indios nombran Corpe, másal este de Cayick y que algunas veces les sirve de cuarteles de invierno.

Musters es quien está equivocado al decir que Viedma cruzó dos veces el río Chico, tomándolo luego por dos ríos distintos.

En el punto donde paramos, tiene el río de cuatro a diez metros de ancho por algo más de medio de profundidad, pero esta es sumamente variable. Su corriente es aquí de cuatro millas más o menos por hora.

Habiendo boleado García un guanaco, almorzamos en este punto, y después de dormir una corra siesta, volvemos a caminar a las tres de la tarde. Dejamos a nuestra izquierda la roca que llama Viedma Quesanexes y que no es otra cosa que un fragmento de meseta que se desmorona lentamente pero que tiene una vista bastante interesante para llamar la atención del viajero, aburrido de la monotonía del paisaje general.

A medida que adelantamos hacia los Andes, el terreno mejora; lo notamos en las diez millas que recorremos esta tarde, pero ya grandes extensiones están totalmente cubiertas de cantos rodados, y algunos de estos alcanzan un pie de diámetro. Puede juzgarse, por ellos, qué torrente inmenso tendría por cauce este valle, en tiempos no muy remotos, cuando esas piedras rodaban, como hoy ruedan las arenas en el rápido curso que es su resto.

A la noche descansamos sobre un precioso césped al lado del agua, después de haber obtenido para la cena algunos pichones de avutarda que antes de completar su plumaje, nadan ya en el arroyo.

Enero 1.—A medio día, distinguimos humos en el horizonte y a poca distancia de una angostura, donde se acercan las dos barrancas de la meseta, divisamos grandes hogueras sobre las cuales se elevan densas espirales de humo negro; es la señal que hemos convenido con los indios para indicarnos sus tolderías.

Pocos momentos después, algunos de ellos vienen a recibirnos y a acompañarnos al paradero de Shehuen, donde una buena extensión de campo fÉrtil, cubierto de excelentes manantiales, proporciona a los nómades patagones las comodidades exigidas por su casi ninguna ambición.

La sensación que experimenta el viajero cuando llega a una toldería tehuelche, está lejos de ser la misma que se siente ante el recibimiento solemne que se le hace en los aduares de los tehuelches y mapuches.

No hay aquí ninguna etiqueta previa que cumplir, ni siquiera es necesario el permiso para penetrar en el Kau, donde lo esperan curiosos los indígenas. La confianza que inspira la vista de ese tumulto, que lo mira con asombro, es más o menos la misma que se tiene cuando se llega a un rancho de gauchos boleadores, en los puntos apartados de la pampa porteña; en uno y otro punto, todo es del viajero, con tal que se acomode a las escasas comodidades de que en ambos se gozan.

Las grandes juntas de guerra, en las que el explorador debe exponer el objeto que le lleva a las regiones donde el tehuelche o el mapuche es rey, no intervienen para nada en el recibimiento que se le hace en el humilde toldo del bondadoso patagón. No encuentro aquí esa fiereza de carácter guerrero, de que hace ostentación el habitante de las regiones del Limay. Sin embargo, el patagón no es menos valiente y defensor de su soberanía, como lo atestiguan las relaciones de combates que, en las veladas, cuentan los guerreros de todas esas tribus, y en las que muchas veces, la peor parte se la han llevado los tehuelches.

Estos son exaltados en la guerra, pero en la paz, no creo que haya salvaje, en el mundo, más tratable, sin tener en manera alguna la susceptibilidad del carácter del belicoso araucano o pampa.

La alegría que es dado demostrar a un salvaje, que en medio de la barbarie en que trascurre su vida, no deja de dar hospitalidad, sin restricción alguna, al civilizado que lo visita en su hogar, primitivo, es muy diferente de la cruel desconfianza con que al principio se le trata en las regiones donde la vecindad y la lucha continua de distintas razas, hace nacer la ambición y el deseo de predominio.

Mi anhelo de varios años se satisface con mi llegada a Shehuen. Siéntome dichoso de penetrar en la vida íntima del legendario patagón; voy a estudiarlo en su misma patria, en toda su libertad, vagando en la árida meseta o cazando en las llanuras.

Apenas bajado del caballo, María me condujo a un pequeño toldo, que con el objeto de hospedarnos, había preparado con cueros y ramas, inmediato al de su marido. Esta preocupación la agradezco debidamente, pues si bien la vista de él tiene poco de halagadora, indica por lo menos el deseo de festejarnos, proporcionándonos comodidades para nosotros, y local donde los recados y los objetos traídos para obsequios puedan conservarse, lejos de la mano de los chiquillos. Estos se encargan siempre de aligerar en la mayor escala posible el equipaje del caminante.

La perspectiva que tenemos de pasar algunos días en este toldo, no tiene nada de risueña.

Aun cuando recién ha sido construido, y los quillangos y cueros que sirven para asientos son nuevos, es imposible no sentir, después de transcurridos algunos minutos, dentro de esta tienda de pieles, ciertas sensaciones desagradables, que al principio pueden creerse nerviosas o producidas por el desasosiego que trae consigo una marcha rápida, en días calurosos; pero fuerza es convencerse que ellas son los preludios de una invasión de asquerosos insectos, que por más cuidado que se tenga atacarán indefectiblemente.

El jefe Conchingan se halla enfermo de una oftalmía purulenta que se ha declarado hoy, pero esto no obsta a que trate de agasajarnos de la mejor manera posible, después que le he hecho algunos regalos y prometídole otros, si consigue cumplir mis deseos.

Esta enfermedad que lo aqueja es muy común en los indios que habitan la Patagonia, y en su desarrollo debe influir mucho la vida nómade que llevan, siempre expuestos a la intemperie, sufriendo las grandes humaredas de los incendios, y sobre todo la irritación que sobreviene después de las grandes borracheras.

Conchingan me dice que le es muy agradable y honroso que un comandante haya llegado a su casa a visitarlo y que puedo contar con su influencia para que los demás indios, que dependen de él, me alquilen los caballos necesarios para mi expedición. Por su parte siente, sin embargo, no poder hacer gran cosa en mi favor, pues su tropilla ha sufrido mucho en las boleadas que han tenido lugar estos días y está casi imposibilitada de prestar servicios.

Sólo María y su pelado predilecto tienen dos caballos disponibles que quizás podríamos utilizar, en caso que el precio que ofrezcamos por su alquiler le convenga. Aconsejará además a otro indio amigo suyo que nos proporcione algunos, en las mismas condiciones.

Antes de principiar el trato, que es asunto importante, pues el indio jamás está contento con lo que se le da, considerándolo todo insuficiente, María quiere que almorzemos con ella, en lo que tengo que consentir, aún cuando sé el suplicio gastronómico que me aguarda. En las tolderías no es bien mirado que el viajero consuma sus provisiones, cuando iguales hay en ellas, y rehusando el ofrecimiento galante de la buena india la hubiera desagradado, porque no habría podido hacer efectivos los deberes que le impone la hospitalidad. Según ella, el guanaco que ha boleado García está flaco y lo da a los perros, sin pedirnos nuestro consentimiento.

Chora, otra hija de María, colocó delante del toldo, sobre las brasas del fuego, que se alimenta casi perpetuamente, un asador conteniendo un gran trozo de carne de caballo, de apariencia espléndida y cuya vista era un deleite para indios y cristianos. María se encargó de hacer un puchero de avestruz, en un tarro de pintura vacío, que había destinado para olla.

El hambre, acostumbrado ya a no revelarse sino cuando hay con qué satisfacerlo, principiaba a despertar ante el olor del asado, cuando los perros hambrientos, que hasta entonces habían permanecido a cierta distancia, gozando de las emanaciones del futuro almuerzo, y esperando impacientes que se les tiraran algunos huesos con qué atenuar su apetito jamás satisfecho, se tomaron en pelea con los del toldo inmediato, con los que viven en enemistad continua, apurados por la necesidad. En la furia del combate, voltearon asado y puchero, que fueron a caer entre los desperdicios que rodean al fogón. Los encargados del almuerzo recogen los pedazos de carne y los colocan nuevamente en sus respectivos adminículos culinarios, después de limpiarlos con un asqueroso cuero de guanaco.

Sólo los pelados, esos perros de aspecto repulsivo que conocemos, fueron admitidos y se encargaron de espumar, con sus lenguas, el puchero, lamiendo de cuando en cuando el asado, que en las brasas concluía de condimentarse; así, se producía una escena desagradable para un blanco, y que pasa desapercibida ante el sucio dueño del toldo. Pero esto no es todo! El pelado preferido de María alterna las lamidas del asado, con engullidas de piojos que las chinas se sacan para regalar con ese bocado al estimable faldero!

Nuestro círculo, alrededor del asado, se compone, además de los dueños del toldo y de sus hijos, del viejo Kaikokelteish, del gigante Collohue, de su mujer, una especie de bruja a quien le hemos dado el apodo de «la Silvestre» por el inmenso matorral que representa su cabellera, y Zamba, desgraciada india, de aspecto repugnante por estar desfigurada por la caries sifilítica que le ha consumido la nariz.

Buen espectáculo para prepararse a almorzar!... Pero los viajeros se acostumbran a todo, y haciendo abstracción mental de los pelados, de la suciedad del toldo y de sus habitantes, diré que el asado satisfizo nuestra hambre, ya poco exigente sin embargo, después de los paliativos que nos han proporcionado esas escenas.

A costa de empeños y regalos, puedo conseguir que María me alquile un caballo, por cierta cantidad de azúcar y yerba; pero tengo que solicitar del pelado, tan estimado de ella, y ya tan odiado por mí, su consentimiento, y esto con la mayor seriedad posible, para que me ceda uno de los suyos.

No sé cómo comprende el perro la importancia del ruego, pero su propietaria asegura que accede con tal que se lo pague bien. Según ella, este pelado es muy rico, es dueño exclusivo de cuatro caballos, dos vacas y un toro, lo que constituye la mayor fortuna que hay en la tribu, pues en toda el ganado vacuno se compone de tres vacas, el citado toro y un ternero.

El alquiler de los otros caballos no se puede conseguir en el toldo de María y tengo que ir a solicitarlo de los indios propietarios en sus respectivas chozas, pues así lo prescribe la etiqueta.

Para hacer esas visitas a los otros toldos, para llegar a los cuales, aunque no distan, el más cercano, dos metros del de Conchingan, hay que hacer un peligroso viaje, pues el arribo a ellos es casi imposible sin serio peligro; a causa de los perros centinelas, tengo que envolverme en un quillango. De otra manera, los citados animales, que no conocen los deberes de la hospitalidad, hubieran dado pronto cuenta de mis pantorrillas. Trasformado en tehuelche de una manera tan exacta que mis enemigos no conocen el disfraz, consigo, en el toldo de Bera (otro indio gigante), dos caballos más, al mismo precio que los otros.

En otro toldo vive Juan Caballero con su novia, la china Losha, joven viva y coqueta en extremo, que tiene trastornado al pobre fueguino.

Desgraciadamente para él, los padres de ella conocen la belleza de su hija, y la consideran, con fundamento, la más hermosa Ahonnecke que habita estos toldos, y los vehementes deseos del pobre enamorado chocan contra el gran precio que los poco compasivos progenitores de Losha quieren obtener por ella. ¡Seis caballos! es demasiado caro para quien no posee uno solo, viviendo de prestado, y el infeliz Juan ha tenido que dejar para tiempos mejores, que es probable no lleguen nunca, la oportunidad de ser dueño exclusivo de la risueña china. Sin embargo, más de una vez pone hoy a contribución mi escasa provisión de regalos, para poder conservar encendido el amor que ella siente por él, y que probablemente se hubiera apagado a no tener a mano las mantas rojas, los espejos, las cuentas y las sortijas que hay en mi equipaje.

Con los cuatro caballos conseguidos, agregándoles los de que dispone Isidoro, tengo ya los necesarios para el viaje, y aunque ninguno de ellos es bueno del todo, no quiero insistir en obtener mejores, temiendo que los volubles tehuelches cambien de opinión, y desconfiando de nosotros, no quieran alquilarnos ninguno. El viejo pampa Rapa no puede comprender qué interés tiene para un comandante visitar las sierras y el agua grande, donde nace el río Santa Cruz, y como todo lo que no es comprensible es sospechoso para ellos, ya cierto recelo se nota en los toldos, respecto al destino que debo dar a los cuatro caballos, de los cuales uno es manco, otro cojo y tuerto y el tercero lastimado en el lomo.

Tranquilo ya sobre este primer punto, trato de tomar algunas medidas antropométricas, lo que también consigo, mediante algunos regalos y algunas mentiras.

Cuando los indios visitaron la isla Pavón, me hablaron de un «agua» que hervía y que era venenosa, pues cuando hombres, caballos y perros la bebían, morían indefectiblemente.

Está situada a trescientos metros de los toldos; es un pequeño pozo, que se nota en el centro de una costra, al parecer calcárea, llena de fragmentos de rocas volcánicas y de la cual los indígenas han desprendido trozos para cubrir la fuente, pues la superstición la hace ser habitada por el Agschem, o espíritu maligno.

Mide la boca veinte centímetros de ancho y su profundidad quince. Está casi lleno de un agua que exhala un olor bastante semejante al petróleo y que bulle en infinidad de burbujas.

Puedo llenar una botella que con este objeto he traído desde Pavón; en el fondo del pozo, la mano, al remover el barro, siente corrientes gaseosas que sé elevan, pero el nivel del agua no aumenta mientras la registro, y los indios me dicen que nunca han visto lleno el pozo.

La temperatura de dicha agua es de 25°, mientras al sol marca el termómetro 28.75 Reamur.

(El Dr. Arata que ha estudiado el agua contenida en la botella, ha tenido la bondad de darme el análisis siguiente:

Agua 989.55
Carbonato sódico 10.19
Cloruro de sodio 0.26
1.000.00)

Hubiera deseado averiguar, por medio del fuego, si hay aquí gases combustibles, pero la superstición ya ha alarmado a la indiada que me rodea mientras registro la fuente y se queja de los males que puede acarrearles mi osadía, al tratar de averiguar lo qué hay en la morada del maligno espíritu. Para los pobres, estas burbujas tienen algo de sobrenatural, y el poco sensible ruido que hacen lo interpretan en el sentido de demostrar los enojos de quien mora en el pozo, y que no desea ser molestado; según ellos el agua está quieta mientras no la miran.

Su asombro al verme meter el brazo dentro del agua aumenta cuando pruebo de ella sin que me haga ningún mal, y algunas miradas del viejo Tétao me indican que la sospecha de que sea yo brujo, ha cruzado por su cerebro. Me amenaza con el Agschem, que me hará caer la mano que he mojado, y con el rencor de los indios, a quienes por mi imprudencia van a sobrevenir grandes males. Una formidable nevazón caerá el próximo invierno, y si durante ella no mueren todos los habitantes de la toldería, tendrán que sufrir grandes penurias.

La vista de la botella y el misterioso fin con que he recogido el agua que contiene, da pábulo al insaciable espíritu supersticioso de la indiada. Indudablemente va a servir para algún maleficio, y este pensamiento tiene desveladas y llorosas a la mayoría de las mujeres, alarmadas con el augurio del viejo y el del daño que puedo hacerles yo, usando esa agua venenosa.

Ninguno de los tres grandes hechiceros tehuelches, Cuastro, Samell y Enrique el fueguino, está en la toldería de Shehuen; ellos viven ahora entre los indígenas que habitan el valle del río Gallegos y no pueden, felizmente, explotar la credulidad de mis huéspedes en pro de la gran fama de que gozan y en contra, quizás, de mi expedición.

Enero 8.—El paisaje que rodea la toldería indica la presencia, en sus cercanías, de fuerzas volcánicas, de las cuales esas fuentes pueden ser manifestaciones. En el fondo se distinguen negras fajas horizontales que parecen basálticas y al norte, cruzando varias mesetas escalonadas, que se interponen entre el valle de Shehuen y el río Chico, se distinguen cerros cuyas formas, indudablemente, son debidas a la existencia de esas rocas, y uno de ellos afecta la estructura volcánica y según el nombre con que lo señalan los tehuelehes, «Chalten», se ve que estos han encontrado semejanza entre él y otros picos volcánicos que se encuentran en la cordillera, que más adelante mencionaré y que son señalados del mismo modo.

El valle de Shehuen, en ciertos parajes, situados al este de los toldos, en el trayecto de la ida, no presenta sino desolación, y las mesetas denudadas y casi sin vegetación tienen el aspecto más triste que conozco hasta ahora en Patagonia; pero a partir de ellas, hacia el oeste, el paisaje es inverso; todo cambia, el valle es más angosto, más verde, el pasto amarillento es más visible y tupido y las mesetas tienen sus escalones más inmediatos. Además las montañas que al noroeste se elevan, cruzan el horizonte; y al oeste, la grandiosa cordillera, erizada de picos siempre nevados, celestes, blancos, dorados y rosados, se presenta unas veces como nubes y otras contorneada severamente en el espacio azul, ostentando la esplendidez de los soberbios gigantes.

Enero 9.—Emprendemos regreso a la isla Pavón, después de despedirnos de los habitantes de Shehuen, quienes, burlándose amigablemente de nosotros, nos dan cita para el lago donde nace el Santa Cruz, al cual debemos apresurarnos a llegar cuanto antes, por temor de que la estación fría se aproxime.

Seguimos el mismo camino que antes y acampamos a la orilla del río, en el punto donde lo hemos hecho a la ida. Aun cuando el terreno, en este punto, es malo ahora, creo que en este paraje, haciendo algunas acequias, que en ciertas estaciones fertilizarán las cercanías, podrá plantearse una pequeña población que sirviera de intermediaria entre las de la costa y las que han de construirse en las inmediaciones de la cordillera. La principal vegetación consiste en algunas Quenopodiáceas.

Enero 10.—A la tarde cruzamos el río Chico para penetrar en la hermosa isla que ya he mencionado, pasando antes por el paradero nombrado Cayick donde María nos ha dicho que encontraremos su depósito de pinturas.

Lo encontramos, y recojo muestras de ellas. Están envueltas en un cuero y atado este sobre un palo; alrededor hay gran cantidad de huesos de animales, pero no puedo ver ningún objeto que haya sido usado por los indios.

Los tehuelches, lo mismo que los mapuches, queman, al cambiar de toldería, cuanto objeto inservible no pueden llevar consigo. Creen que basta que un brujo enemigo encuentre uno de ellos, para que pueda dañar al indio a quien ha pertenecido; según ellos, el pelo es uno de los objetos que más prefieren los brujos para sus maldades.

El río Chico da vado en el paso y sus aguas correntosas no tienen el claro color del Shehuen.

Arrastra materias terrosas que le dan cierta opacidad que contrasta con la limpieza de las del arroyo. En los dos puntos que lo cruzamos no hay más de metro y cuarto de agua. Lo costeamos por su margen del sur, y a la noche acampamos en otro paradero indígena abandonado y donde, a causa de la obscuridad, no podemos obtener buena agua, y tenemos que contentarnos con la salobre de unos pozos vecinos. Esta noche es terrible; los mosquitos son abundantísimos. Sobre una loma cercana, no dormimos, sino que nos revolcamos toda la noche, envueltos en nubes de ellos, que no nos permiten conciliar el sueño.

Enero 11.— En la madrugada continuamos, sobre las mesetas, con rumbo hacia el suroeste, perseguidos de tal manera por los mosquitos, que hasta impiden arrear los caballos de muda que llevamos; felizmente, una benéfica lluvia acompañada de fuerte viento aleja poco después esos crueles insectos, que van a alojarse en las quebradas. A las doce del día entramos a la isla de donde no saldremos ya sino para ascender el río.