Autobiografía de San Ignacio de Loyola: 10

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Autobiografía de San Ignacio de Loyola


Capítulo IX[editar]

[87.] Y hecho esto, montó en un pequeño caballo que le habían comprado los compañeros y marchó hacia su tierra, encontrándose durante el viaje mucho mejor. Llegando a la provincia, dejó el camino real y tomó el del monte, que era más solitario, y habiendo caminado un poco por él, se topó dos hombres armados, que venían a su encuentro (tiene aquel camino fama de ser frecuentado por malhechores), los cuales, al poco de haberse cruzado con él, volvieron sobre sus pasos, siguiéndolo con gran ligereza, por lo que tuvo algo de miedo. Les habló, sin embargo, y supo que eran criados de su hermano, que los mandaba para buscarle, porque, por lo visto, de la Bayona francesa, donde el Peregrino había sido conocido, había recibido noticias de su regreso; y con esto caminaron ellos delante y él siguió el mismo camino. Poco antes de llegar a su tierra, los volvió a encontrar y porfiaron mucho en acompañarlo hasta casa de su hermano, pero no lo pudieron persuadir. Así, se fue a una venta y, luego, a hora más conveniente, a pedir limosna.

[88.] En esta venta, con los muchos que lo iban a visitar, comenzó a hablar de las cosas de Dios, por cuya gracia recogió mucho fruto. En llegando se determinó a enseñar la doctrina católica todos los días a los niños; pero su hermano se opuso, argumentado que ninguno acudiría. Respondió él que con uno bastaría. Pero, después de ponerlo en ejecución, acudían a escucharlo continuamente muchos y incluso su mismo hermano.

Además de la doctrina católica, predicaba también domingos y fiestas, con provecho y beneficio de las almas, que de muchas leguas venían a escucharlo. Se esforzó también en erradicar algunos abusos; y con la ayuda de Dios, se pudo orden en alguno; verbigracia, para el juego logró ejecutoria que lo prohibiese, persuadiendo a quien administraba la justicia. También era habitual allí otro abuso: las zagalas de aquella tierra iban siempre con la cabeza descubierta, y no la cubrían sino cuando se casaban. Muchas se amancebaban con sacerdotes y otros hombres, y les guardaban fe, como si fueran sus mujeres. Y hasta tal extremo era común esto, que las concubinas no se avergonzaban un punto de decir que se habían cubierto la cabeza por Fulano, y por ser de Fulano se las conocía.

[89.] Aquella costumbre provocaba mucho mal. Persuadió el Peregrino al gobernador para que hiciese ley por la cual toda la que se cubriese la cabeza por alguno, sin ser mujer suya, fuese castigada por la justicia; y de esta manera comenzó a perderse aquel abuso. Hizo dar orden para que se socorriese a los pobres pública y ordinariamente; y para que se tocase tres veces el Avemaría, esto es, por la mañana, al mediodía y por la tarde, a fin de que el pueblo hiciese oración, como se hace en Roma. Pero, aunque se encontraba bien al principio, enfermó luego gravemente. Cuando sanó, determinó partir para cumplir los encargos que le habían confiado los compañeros, y hacerlo sin dinero; cosa que enojó mucho a su hermano, pues se avergonzaba de que quisiese andar a pie. Por la tarde quiso el Peregrino conceder el andar a caballo hasta el límite de la provincia con su hermano y sus parientes; [90.] pero en cuanto salió de ella, descabalgó y, sin tomar nada, caminó hacia Pamplona; y de allí a Almazán, patria del Padre Laínez; y después a Sigüenza y Toledo; y de Toledo a Valencia. Y en todas estas tierras de los compañeros no quiso tomar nada, aunque todo se lo ofrecían con gran vehemencia.

En Valencia habló con Castro, que era monje cartujo; y queriéndose embarcar para Génova, los devotos de Valencia le rogaron que no lo hiciese, porque estaba en el mar Barbarroja con muchas galeras, etc. Y aunque mucho le decían, que fuera bastante para infundirle miedo, ninguna cosa pudo hacerle dudar.

[91.] Embarcado en una nave grande, pasó la tempestad que se refirió más arriba, cuando se dijo que estuvo tres veces a punto de morir.

Ya en Génova, tomó el camino de Bolonia, en el que pasó grandes trabajos, en especial una vez que perdió el camino y comenzó a andar junto a un río más bajo que la senda que transitaba, la cual, cuanto más la andaba, más angosta se hacía; y hasta tal extremo vino a serlo que no podía ni seguir adelante, ni volver los pasos. De suerte que tuvo que caminar a gatas un largo trecho con gran temor, pues a cada paso que daba, creía que caería en el río. Esta fue la mayor fatiga y pena corporal que jamás tuvo, pero al cabo la superó. Y queriendo entrar en Bolonia, al tener que pasar un puentecillo de madera, cayó de él; fortuna por la que se levantó cubierto de fango y agua y que hizo reir a muchos que se encontraban presentes.

En Bolonia, comenzó a pedir limosna, pero no consiguió ni un sólo cuarto, aunque la recorrió entera. Estuvo enfermo allí algún tiempo; y luego partió a Venecia, siempre del mismo modo.