Autobiografía de San Ignacio de Loyola: 12

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Autobiografía de San Ignacio de Loyola


Capítulo XI[editar]

[98.] Desde Roma se dirigió el Peregrino a Montecassino para dar los ejercicios al doctor Ortiz. Allí estuvo cuarenta días, durante los cuales vió una vez cómo el bachiller Hoces entraba en el cielo, por lo que vertió muchas lágrimas y recibió gran consuelo espiritual; y tan claramente lo vio que decir lo contrario le parecería decir mentira. De Montecassino se llevó consigo a Francisco de Estrada.

De vuelta a Roma, se ejercitaba en el servicio de las almas. Vivían aún en la viña, e impartía los ejercicios espirituales a un mismo tiempo a varios, de los cuales uno habitaba en Santa María la Mayor y otro cerca del Puente Sixto.

Comenzaron después las persecuciones y Miguel a molestar y decir mal del Peregrino, por lo que éste lo hizo comparecer ante el gobernador al cual le había mostrado antes una carta de Miguel en la que lo alababa generosamente. El gobernador interrogó a Miguel y dictaminó que fuese expulsado de Roma. Tras esto siguieron Mudarra y Barreda afirmando que el Peregrino y sus compañeros eran fugitivos de España, de París y de Venecia. Al final, en presencia del gobernador y del entonces legado de Roma, confesaron ambos que no tenían razón para decir mal de ellos, ni de sus costumbres, ni de su doctrina. Mandó entonces el legado que se pusiese silencio en toda aquella causa, pero el Peregrino no lo aceptó, diciendo que quería sentencia final. No gustó esto al legado ni al gobernador, ni a aquellos que en un principio eran favorables al Peregrino; pero finalmente, tras algunos meses, volvió el Papa a Roma y se acercó el Peregrino a hablarle a Frascati. Allí le expuso sus razones y el Papa se hizo cargo y ordenó que se dictase la sentencia, que fue favorable, etc...

Se hicieron en Roma, por iniciativa del Peregrino y de los compañeros, algunas obras piadosas como los Catecúmenos, Santa María, los Huérfanos, etc. El resto lo podrá contar el maestro Nadal.

[99.] Yo, después de contado todo lo anterior, queriendo saber, el 20 de octubre le pregunté al Peregrino cómo había hecho los Ejercicios y las Constituciones. El me dijo que los Ejercicios no los había hecho todos de una vez, sino que todo aquello que observaba en su alma y encontraba útil, le parecía que podría ser útil a los demás; y así lo ponía por escrito, como, verbigracia, aquello de examinar la conciencia con aquel método de las líneas, etc. En particular, el sistema de hacer elección me dijo que lo había sacado de aquella variedad de espíritu y pensamientos que tenía cuando en Loyola aún convalecía de las heridas de la pierna. De las Constituciones me dijo que me hablaría por la tarde.

El mismo día, antes de la cena, me llamó y parecía tener un aspecto de persona que estaba más recogida de lo habitual. Me hizo declaración la cual, substancialmente, consistió en mostrarme la intención y la simplicidad con que había narrado estos sucesos, asegurándome que no contaba nada de más; y que había ofendido mucho a nuestro Señor, después de que hubiese entrado en su servicio, pero que no había caído en pecado mortal; sino muy al contrario siempre había ido creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios; y ahora más que en toda su vida. Y que cada vez que deseaba encontrar a Dios, lo encontraba. Continuaba teniendo muchas visiones, sobre todo del género de las sobredichas de ver a Cristo como un sol, que le sucedían cuando trataba cosas de importancia, lo cual le servía de confirmación.

[100.] Cuando decía misa, tenía también muchas visiones y también muy a menudo cuando hacía las Constituciones. Esto podía confirmar muy fácilmente porque todos los días escribía lo que acontecía en su alma; y lo encontraba ahora escrito. Y me mostró un legajo grande de papeles de los que leí una buena parte. La mayor parte eran visiones, que veía como confirmación de alguna de las Constituciones. Veía a veces a Dios Padre, a veces a las tres personas de la Trinidad y a veces a la Virgen que ya intercedía o ya confirmaba.

Me habló particularmente de dos cuestiones, por las cuales estuvo cuarenta días diciendo misa diariamente y con muchas lágrimas: si la iglesia podría tener alguna renta y si la Compañía podría beneficiarse de ella.

[101.] El método que seguía cuando redactaba las Constituciones era el de decir misa todos los días y presentar a Dios el punto que trataba y hacer oración sobre ello. Siempre oraba y decía misa con lágrimas.

Quise ver todos aquellos pliegos sobre las Constituciones y así le rogué que me dejase hacerlo un poco; pero él no quiso.