En casa del oculista:001

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En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
I
II


EL comedor del doctor en el que los clientes aguardaban el turno de la visita estaba casi vacío. Eran las once de la mañana y el doctor recibía desde las nueve á las once y media. Por la mañana, á primera hora, hacía su visita al hospital y después del mediodía visitaba los enfermos en sus casas. Su numerosa clientela no se limitaba sólo á los habitantes de Atenas, porque su fama de excelente oculista, se había extendido á provincias y hasta al extranjero. Los enfermos acudían á él de todas partes, teniendo muy particular cuidado de llegar puntuales para tomar buen sitio, de manera que era muy raro que alguien se presentase pasadas las once. Por esta razón, la cocinera que desde la cocina situada en el patio abría la puerta tirando un cordón, y mostraba á los visitantes la entrada de la casa, en frente la cocina, v la puerta del comedor, á la derecha, al mismo nivel del patio, en aquella hora cesaba ya de ordinario de ocuparse en recibir clientes para entregarse exclusivamente á la preparación del almuerzo.

Faltaban todavía para ver al médico tres clientes, ó por mejor decir, cuatro; una señora elegante con una niña cuyos ojos estaban cubiertos con un vendaje de tela blanca; un señor de mediana edad, que llevaba anteojos, pero que en apariencia no tenía daño alguno en la vista, y un jóven.

Este último seguía la carrera de letras y se preparaba para sus exámenes. El pobre sufría mucho y tenía constantemente la mano sobre su ojo izquierdo. Le tocaba ya el turno y aguardaba con verdadera impaciencia, de pie, y con el ojo derecho fijo en la puerta del despacho del oculista.

El hombre de mediana edad, era nada menos que el subprefecto de la isla de Santorín. Aprovechando su permanencia en Atenas iba á consultar al oculista gratis, porque ya le había pagado una consulta un año antes, á fin de saber si debía cambiar sus cristales por otros más fuertes.

El buen subprefecto se moría de ganas de entablar conversación con los que se encontraban en el salón de espera á fin de pasar mejor y más aprisa el tiempo, pero sus tentativas para lograrlo fracasaron todas. El estudiante contestó muy lacónicamente, casi con brusquedad, a su pregunta de si padecía á consecuencia del exceso de estudio. La dama elegante dando á entender que no había oído las frases de galantería á propósito de la paciencia de su hija, continuó hablando con ella en voz tan baja, que á penas se oía su murmullo.

Desesperado el subprefecto metió su mano en la faltriquera, y después de haber revuelto y buscado entre los diferentes papeles, sacó el diario de la isla de Santorín, recibido días antes, y comenzó á leer el artículo de fondo, el cual se sabía de memoria, pero con la pena de no poder hacerlo en voz alta, de manera que lo oyeran el estudiante la elegante dama.

El artículo en cuestión decía lo siguiente:

«El señor subprefecto partió ayer para Atenas. Deseamos su pronto regreso para bien de nuestra isla. Y sin embargo, con verdadero dolor, nacido de un sentimiento de egoísmo, reproducimos, cumpliendo con el deber de periodistas, el rumor que corre hace días en la capital de que el subprefecto ha sido llamado por el Gobierno, para destinarle á un lugar más elevado y más digno de sus grandes merecimientos.»

Nada de esto era exacto. En primer lugar nadie se había ocupado en la capital del subprefecto de Santorín. Luego el dicho señor subprefecto no fué llamado por el Gobierno, sino que se había marchado gracias á una licencia conseguida con mucha pena y trabajo, por pretextos de salud. Por último, no se trataba de ningún ascenso, sino del temor de una cesantía, en cuanto que el diputado que le protegía, quejoso del Gobierno por negarse á algunas reclamaciones suyas que el ministro juzgó excesivas, negociaba ya las condiciones de su ingreso en las filas de la oposición. Todo esto lo sabía el subprefecto y por esta razón, corrió á Atenas en busca de nuevos apoyos, utilizando las numerosas relaciones de su esposa. Por fortuna para él, el asunto se había arreglado gracias á reciprocas concesiones, y el diputado continuó dando sus votos al ministerio y siendo fiel á sus convicciones políticas y á sus sentimientos patrióticos, y el subprefecto tranquilo en su cargo pudo pensar en el número de sus espejuelos, justificando de esta suerte la licencia de su marcha. Todo esto sea dicho en paréntesis.

El artículo seguía en el mismo tono: «Sin querer hacer agravio á su desconocido sucesor, no podemos menos de expresar nuestro profundo y sincero pesar ante la amenaza de la pérdida de tal subprefecto. Nos queda, empero, la esperanza de que llevado de su bondad para nuestra isla, tantas veces demostrada, aprovechará todos los ascensos de su carrera en beneficio de la misma, continuando prestándole su atención y el concurso de su ilustrada inteligencia.»

El artículo proseguía en el mismo tono, ensalzando al subprefecto hasta las nubes. Bien conocía él al articulista; era un primo de su mujer, al que consiguió nombrar maestro de la escuela de Santorín, gracias á la influencia del citado diputado. Conocía también que aquellas frases no traducían exactamente los sentimientos de sus administrados, ni decían tampoco toda y sola la verdad. Mas no por eso le alegraba y le alhagaba menos el ver su nombre celebrado en letras de molde y, mientras lo leía, pensaba de que medios se valdría para lograr la reproducción del artículo, aunque fuera en extracto, en algún periódico de Atenas, y se recreaba de antemano con la impresión que el diario de la capital causaría en Santorín, sobre todo en fulano y mengano, los caciques de la facción contraria.