En casa del oculista:006

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V
En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
VI
VII


LA señora Loxia y el ciego quedaron solos.

—Ya llegó nuestro turno, Yanni. Ahora nos verá el médico. ¿Oyes?

El ciego no contestó. Era la primera vez que la vieja le dirigía la palabra desde que entraron en casa del oculista. La silenciosa melancolía del viejo no casaba bien con su locuacidad. Es verdad que era capaz de hablar por dos, pero era para ello preciso que tuviera delante alguien que hiciera ademán de escucharla, ya por medio de una observación ó interrupción, ya cuando menos, por la expresión de sus ojos. Ninguna de estas satisfacciones podía darle el pobre viejo Yanni. Sus ojos no tenían mirada y sus labios difícilmente se abrían.

Con todo la buena señora Loxia quiso mover un poco á aquel desgraciado, ya que entonces había de verle el médico.

—Ya ves como viene la gente de todas partes para consultarle, continuó. Cuanto tiempo tenemos que aguardar, ¿no es cierto?... ¡Vaya que es un gran médico! También te curará, Yanni, con la ayuda de Dios. ¿Oyes?

Por toda contestación el viejo lanzó un suspiro.

—No me vuelvas otra vez con aquel Dios misericordiosísimo, prosiguió la vieja con viveza. ¡Me partes el corazón! ¡Y luego te oyen todos y creen que eres digno de compasión!

—¿Acaso no lo soy? replicó el viejo melancólicamente.

—¡Va! Otra vez me vendrás con tus historias de siempre. Que eres una carga para mí; que es una lástima los gastos que me ocasionas, que mal hayan los médicos, que esto y que lo otro... ¡Di cuánto quieras, ya que conseguí llevarte aquí! Lo que sí has de saber es que no me debes nada. Te lo dije y lo repito: No vine aquí por tí. Vine por asuntos propios.

—¡Ya! Buenos asuntos, murmuró el viejo.

La vieja fingió que no oía esa frase de desconfianza, y siguió diciendo:

—¿Y que me costaba, dime, llevarte conmigo? Ni tuve que pagar pasaje, porque el capitán no lo admitió. ¿He de ponerte acaso en cuenta el pan que conmigo comes? Me ofendes con que digas eso, Yanni, y hasta aun que lo pienses. Y en fin, sea como quiera, tengo el deber de no abandonarte. Sí, lo tengo. Debo dar gracias á Dios porque estoy en posición de hacerlo, como no dejo á nadie detrás de mí , á nadie perjudico con hacer mi santa voluntad. ¿Y qué mayor placer me deja mi pobreza que ser útil á los demás mientras pueda? ¡No pienses pues en estas cosas, Yanni! ¡Que Dios te permita ver la luz, y entonces quedaré más que recompensada, si es que algo he hecho por tí!

—Ya no veré más la luz, murmuró el viejo, con honda pena.

—¡No te desesperes, hombre! Cuántos y cuántos no se han curado. Quieres que te los nombre uno á uno? También tenían ojos como tú, y como tú los perdieron y Dios bondadoso se los devolvió.

—Dios misericordiosísimo...

—Por Dios Yanni, te lo pido otra vez, no vuelvas á quejarte de este modo. Dilo en tu corazón, que Dios ya lo oirá.

—Es que lo quiero oir yo. Al menos así me consuelo.

—Pues bien, dilo cuanto quieras, ya que eso te alivia.

La señora Loxia se levantó con alguna impaciencia, no sólo porque sentía la necesidad de distraer, moviéndose un poco, la profunda tristeza que le habían causado las exclamaciones del ciego, sino por la curiosidad de pasar sus ojos por los muebles del comedor. Lo que principalmente llamó su atención fué el retrato del médico, al cual observaba atentamente en el momento en que se abrió de nuevo rechinando, la puerta del gabinete.

El subprefecto al salir la saludó amistosamente, sin que ella lo notara. Corriendo hacia el ciego, le tomó de la mano, le levantó, y con él se dirigió hacia el médico, que se quedó parado en el dintel de la puerta.