En casa del oculista:003

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II
En casa del oculista (1893) de Dimitrios Vikelas
traducción de Antonio Rubió y Lluch
III
IV


LA puerta se abrió al fin. Se abrió y entró en el comedor una mujer del pueblo, de unos sesenta años poco más ó menos, que acompañaba á un isleño todavía más viejo.

La vieja era de pequeña estatura y se la hacía aun menor el llevar al lado al anciano, de alta presencia, cuya mano izquierda tenía ella fuertemente asida. El viejo se apoyaba además en un grueso bastón. Por el modo con que con él golpeaba el suelo, por su cabeza echada hacia atrás y el pecho saliente, como si temiera chocar con algún obstáculo imprevisto, por la vaga mirada de sus ojos abiertos desmesuradamente, por todo en fin, se conocía al punto que era completamente ciego.

Su fez rojo y sus anchos pantalones de tela azul habían perdido su color primitivo á fuerza del uso del tiempo; por sus mejillas hacía días que no pasaba la navaja; en una palabra, todo su exterior acusaba pobreza y justificaba de sobras la insistencia de la cocinera en mandarles al hospital. Por el contrario, bastaba ver á la vieja paisana, para comprender que no era vana fanfarronada su promesa de pagar al médico. Sus vestidos de luto eran sencillos, pero nuevos y de buena calidad; su cuerpo, abierto en el pecho, dejaba ver una camisa de seda blanquísima de la cual salía su cuello lleno de arrugas. Iba tocada con un pequeño fez negro ligado á la cabeza con pañuelo del mismo color. Por ambos lados pendían sobre sus sienes dos pequeños rizos de cabello blanco. Llevaba sobre sus espaldas un chal negro, única concesión á las modas europeas de reciente importación. En suma, se conocía que se había puesto lo mejorcito de su baul para ir á ver al doctor.

En cuanto entró en el comedor que hacía de antesala, llevando al ciego de la mano, echó una mirada á su alrededor y se paró dudosa. En su pueblo el médico no tenía antesala, ni los clientes aguardaban turno. Lo que más la sorprendió fué el silencio de los circunstantes que la miraban con curiosidad, sin que al parecer tuviesen ninguna relación unos con otros. En un principio creyó que el médico era el estudiante, y se disponía va á ir á su encuentro, arrastrando al viejo. Mas reflexionó luego que para médico era demasiado joven, y se dirigió hacia el subprefecto, el cual con el periódico encima sus rodillas y los anteojos caídos sobre la nariz, la miraba sin pestañear por encima de ellos. Le pareció que tampoco tenía aire de médico, pero como quiera que fuera creyó que le podía sacar de dudas y resueltamente le preguntó con voz melosa:

—¿Es usted el doctor?

—No señora. El médico está en su cuarto, ahí dentro, y nos recibirá por turno; primero á este caballero, luego á aquella señora con su hija, enseguida á mí y por último á usted.

El subprefecto se agarró con gusto á la oportunidad que se le presentaba de soltar su lengua.

—¿No se sientan ustedes? añadió mostrando dos sillas á su lado. Siéntese usted y su compañero, que la cosa va larga y han de aguardar turno.

La mujer hizo volver con destreza y suavidad al viejo de espaldas á la silla, y luego poco á poco le fué arrimando al asiento, hasta que se sintió completamente colocado. Apenas en su sitio suspiró profundamente.

—¡Dios misericordiosísimo, tened piedad de mí!

Su voz era tan ronca y tan lastimera al propio tiempo, que la niña de los ojos vendados tuvo miedo y se acercó cuanto pudo á su madre, que empleó todo su esfuerzo en impedir que se levantara la venda de sus ojos.

—Tranquilízate, le murmuró en voz baja, tranquilízate. No es nada. ¡EI pobre hombre sufre también de los ojos!

La vieja no dió, al parecer. importancia alguna á la exclamación de su compañero. Se sentó á su lado volviéndose al subprefecto le dirigió la palabra, manifestándole sin rodeos ni preámbulos sus quejas contra la cocinera. Sentía tanto más la necesidad de desahogar su corazón, soltando en palabras su vehemente cólera, cuanto mayor había sido el esfuerzo hecho para contenerse durante la discusión habida en el patio, á fin de ganar causa, con medios suaves.

—¿Ha visto usted? exclamaba: ¿no querer dejarme entrar?—«Aquí no se recibe sino á la gente que paga.» ¿Y quién le ha dicho que yo había venido á ver gratis al médico? Á Dios gracias no necesito de ella para nada! Podremos ser pobres, pero tanto como vivir de limosna… eso no.

Creerá mi señora, que porque no va una vestida á la franca, (1) y no lleva sombrero, ya no es nadie! «¡Vayan al hospital!» Pues no, señora; el doctor nos verá aquí y yo le pagaré lo que sea!

Y al decir esto, metió la mano en el bolsillo para palpar su dinero.

El subprefecto creyó llegado el momento oportuno de tomar la palabra, pero la vieja se lo impidió.

—Es verdad, prosiguió, que no vestimos á la franca, ni somos ricos, pero así y todo en nuestro pueblo algo significamos. Que vaya allí mi señora y verá si vive de limosna la señora Loxia…

(1) Así llaman en Grecia y en general en Oriente al vestir á la europea.