La Virgen Aparecida

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Francisco Ibañez 1884 (Señor don Juan Mariano de Goyeneche)

A tres millas de la ciudad de Arequipa hacia el lado del poniente, se encuentra un bonito pueblo llamado Sachaca, rodeado de extensa y floreciente campiña. Cuyo conjunto forma un lindísimo panorama, y cuyos sencillos moradores viven contentos, entregados a sus labores campestres que les proporcionan la subsistencia frugal y la tranquilidad de espíritu al calor de su modesto hogar. Tiene un hermoso templo situado a las faldas de un pequeño cerro de viva roca, y sobre él se levantan las agrestes casitas de sus moradores, trabajadas con sencillez, pero sin obedecer a plazo alguno; de manera que ese desordenado agrupamiento, forma, á la distancia, un conjunto agradable. Hacia el lado del rio, se levanta majestuosa la Quinta del Istmo. Señor Obispo Goyeneche, a donde ese dignísimo Prelado, de feliz recordación, que gobernó con tanto acierto, la Diócesis Arequipense por el dilatado espacio de 40 años, hasta 1858, en que fue trasladado a la silla Metropolitana de Lima; ese Prelado, decimos, iba a pasar el verano a su hermosa Quinta, y por esta Circunstancia. Sachaca se hacía el centro de la buena Sociedad que se honraba Con visitar a tan ilustre como respetable Prelado.

El pueblo de Sachaca es, además, célebre porque el año 1857 el general Castilla, ese valiente soldado, ese afortunado guerrero, a la sazón presidente Constitucional de la república, vino desde la Capital trayendo numeroso ejército para debelar la revolución que Arequipa sostuvo, teniendo por caudillo al general don Manuel Ignacio Vivanco; y Sachaca, como punto estratégico y militar, fue destinado a ser Cuartel General, quedando sitiada Arequipa desde Setiembre del indicado año hasta el 7 de Marzo del siguiente, en que después de una batalla que duró 36 horas, las huestes de Castilla vencieron y tomaron la Ciudad sobre montones de cadáveres. Fue entonces Cuando por las acequias de las calles corrió a torrentes la sangre de Vencedores y Vencidos.

Por los años de 1844, Cura de la Doctrina de Sachaca, era el doctor don José María del Carpio, sacerdote virtuoso, ilustrado y bastante querido de sus feligreses porque su carácter franco, alegre y comunicativo, hacía que las personas notables del lugar lo visitasen con frecuencia y particularmente los días festivos en que era una especie de obligación acompañarlo a comer. Concluida la frugal comida, en lugar de tomar, como hoy se acostumbra, la consabida taza de café, saboreaban su copita de vino dulce del que se vende hasta hoy día, en la bodega de las señoras Ofélanes, de su hacienda de Tacar en el valle de Vítor, y que sea dicho de paso, es el vino más puro y exquisito que se conoce en el mercado de Arequipa, siendo tal su fama que para decir misa no se busca otro vino, puesto que a tutta conciencia se sabe que es de uva pura. Agotada la copita, encendía cada cual su cigarrito de quirquincho echando bocanadas de humo por boca y narices, salían a dar su paseo, y por lo regular se dirigían a la cumbre del cerro, desde donde, al caer el sol, gozaban de los encantos de la naturaleza, extendiendo su vista por esos campos cubiertos de verdura y arrebolados por los tenues rayos del astro rey, al perderse en el horizonte. A tan sublime espectáculo se agregaba, para hacerlo más bello, el variado canto de los pájaros cuyas dulces armonías y apacibles trinos, recogían el espíritu elevándolo a las regiones de lo infinito. Se nos figura que aquello debía ser un paraíso en miniatura. La campana del templo daba el toque de oraciones y todos de pie rezaban el Ángelus Dómine, y la comitiva presidida por el párroco, regresaba por donde había subido; se dirigía la iglesia para rezar el santo rosario devotamente y concluido el ejercicio, acompañaba al Cura a la casa parroquial, le daba las buenas noches y besándole la mano, cada cual se iba a dormir en santa paz el apacible sueño que proporciona una conciencia tranquila. ¡Muy felices deben ser los pueblos cuyos párrocos viven en tan íntima armonía con sus feligreses! ¡Más dichosos aún si se les reparte el pan de la divina palabra, y a los niños se les instruye en la escuela, presididos por el Cura! Prosigamos.

Una tarde del mes de Setiembre del año de 1846, el Cura y los demás feligreses que lo acompañaban, hacían su acostumbrado paseo, y andando y desandando por esas breñas, uno de los de la comitiva notó que en una peña había algo que parecía cofre bastante bien enjuto y acondicionados lo cual hizo notar al Cura y a los demás de la comitiva; y dirigiéndose todos al sitio, en efecto vieron que lo era en realidad. Curiosos por saber el contenido del cofre, hacen esfuerzos por abrirlo, lo cual consiguen después de algún trabajo. ¿Qué es lo que se presentó a los ojos de los ávidos espectadores? Un portento de hermosura, como que tan precioso contenidos era, a la verdad, una estatua de la santísima Virgen. El cura y los demás que le hacían compañía se quedaron extasiados y, postrándose en tierra rezaron el Avemaría gratia plena. Un momento después, resuelven llevar a la iglesia tan precioso contenido. Donde estaría mejor depositado que en el sitio en que se encontró. En efecto, así se verifica.

En la noche circuló por todo el pueblo la noticia del suceso, de una manera asombrosa, y todos los vecinos no veían la hora de que amaneciese y abriera el sacristán la iglesia para ir a conocer y admirar la imagen de la Virgen encontrada en el cerro. Abierto el templo, penetra la gente y pregunta por la Virgen aparecida; mas nadie la puede ver, por que no está en la iglesia y ninguno sabe lo que se ha hecho. Dan aviso al cura de lo que pasa y queda maravillado cuando se persuade de que efectivamente la imagen ha desaparecido. La ansiedad es grande y todos se echan a buscarla e inquirir por su paradero, Horas después algunos vecinos dan avis o al párroco de que el cofre se encuentra en el cerro en el mismo sitio donde fue visto la tarde anterior. ¿Cómo fue trasportado? ¿A qué hora? Esos son misterios que no nos Incumbe averiguar. El cura con todos sus feligreses se encamina al lugar indicado y se persuade de la verdad; pero dirigiéndose a los acompañantes, les dice; que por no haber sido conducida la Virgen en solemne procesión el día anterior en que se la encontró, había, sin duda desaparecido; y que era preciso hiciesen altares, embanderasen el pueblo, derramasen misturas por el tránsito, y al son de músicas, cohetes y repiques, fuera conducida al templo, donde se la colocaría en un altar. Así se hizo en la tarde con regocijo del cura y de los feligreses. Desde entonces todos los años, se le hace solemne novenario, sacándola en procesión1 en recuerdo del día en que se la encontró en una de las breñas del histórico cerro de Sachaca, bajo el modesto nombre de la Virgen Aparecida. El suceso es evidente: Lo comprueban los testigos Que andaban por esos trigos, Con el párroco y su gente. El rico y el Indigente Con voluntad decidida Imploran con fe encendida Imploran con fe encendida Sus favores soberanos; Porque es madre de cristianos

La Virgen Aparecida., P1884,