La mujer del César: 05

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
La mujer del César
-
Capítulo V​
 de José María de Pereda

Poco tiempo después pasaba en el cuarto segundo una escena que merece referirse para mayor claridad de este asunto.

El marqués había llegado sin ver al vizconde, y la marquesa con el pleito perdido. Estaba, pues, la apreciable pareja dada a todos los demonios.

-¡Ya podía yo estar esperándole hasta el día del juicio! -exclamaba el pobre hombre dando vueltas por la habitación.

-¿Conque tampoco ha ido a la prueba? -le preguntó la marquesa.

-¡En eso pensaba!

-¡Vaya una formalidad!

-¡Cuándo te digo que es un zascandil!...

-¡Cuando te digo que tienes muy poco aguante!

-¡Otra te pego!...

-Ya has oído que vino a casa después que tú saliste de ella. ¡Tenías tanta prisa!

-¡Esta es más gorda! ¿Quién sino tú estaba de prisa? ¿Quién sino tú me hizo salir de casa a aquellas horas? Lo que te aseguro es que no tenía grandes deseos de encontrarme.

-Aprensiones tuyas.

-¿Aprensiones mías? ¡También es fuerte cosa que para todos has de hallar una disculpa siempre, menos para mí!...

-Eso te probará que no la mereces.

-Pues juzga tú misma la oportunidad con que se la aplicas ahora a tu amigo. Figúrate que, cansado de esperarle en la caballeriza y de pasearme por la acera de la calle y de mirar hacia todos los puntos por donde pudiera asomar, me acordé de que a aquellas horas solía hallársele en el bazar de su joyero haciéndole la tertulia con otros desocupados como él. Deseando concluir de una vez el enojoso asunto que me sacaba de casa, me voy en aquella dirección, llego a la joyería... y ¡te aseguro que tenía que ver aquello cuando yo entré!

Al decir esto cambió de tono el marqués, adoptando un airecillo de maliciosa reserva; pero tan desgraciado, que no logró excitar la curiosidad de la marquesa.

-¿Y qué me importa eso? -repuso con el mayor desdén.

-Nada. Pero figúrate, para formarte una idea, que se trataba de cierto aderezo regalado por... cierto prójimo a... cierta mujer de su marido; que esta mujer le irá luciendo esta noche a la recepción de la Rocaverde, y que el podenco del marido irá quizás a su lado tan satisfecho y tan orondo...

-Todos son lo mismo.

-Hasta cierto punto, querida. Cosas hay que el más lince no las ve; pero hay otras tan gordas, que para dármelas a mí por corrientes, muy recio había de tronar.

-Porque tú eres una excepción... Pero, después de todo, ni ese lance tiene nada de raro, ni veo por qué me lo cuentas.

-De raro no tiene, en efecto, gran cosa, por lo que hace al fondo; pero hay algo en la forma que indigna. Bueno que cada hombre tenga un enredo, o diez, o veinte, si por ahí le arrastra el demonio, ya que hay mujeres que se prestan a ello; pero tenerlos de modo que todo el mundo los conozca y con el único afán de darse importancia, como le sucede a ese títere de vizconde... ¡Ay!... ya la solté.

Oírlo la marquesa y dar un brinco como si le hubiera picado un alacrán, fue todo una misma cosa.

-¿Conque según eso se trata del vizconde? -preguntó con ansiedad.

-Ya que lo dije...

-Y bien...

-Pues nada, que, por lo visto, llegó el vizconde a la tienda, que estaba llena de ociosos; pidió un magnífico aderezo, y después de hablar algunas palabras con el joyero, escribió en un papel algunos renglones, se los leyó por lo bajo a varios de los circunstantes, metió el papel en el estuche, puso éste en manos de un dependiente, y le dijo en voz recia: -«A casa de...» y pronunció un nombre muy conocido en Madrid. Después, volviéndose hacia los mismos a quienes había leído el papel, les dijo: -«Al vérsele puesto esta noche, me diréis si mis esfuerzos eran escarceos ociosos, como me asegurábais a cada instante.» En este momento llegué yo, y chocándome estas palabras que cogí al vuelo, traté de que me las explicaran; pero sólo conseguí averiguar lo que te he contado. Ahora bien; como la dama es de copete y el vizconde hombre de ruido, calcula tú el que se armaría en la tienda con semejante suceso.

-Pero no me has dicho el nombre de esa dama -repuso la marquesa echando lumbre por los ojos.

-En cuanto al nombre, hija mía -observó el marqués con la mayor ingenuidad-, no me fue dado averiguarle, por más esfuerzos que hice.

-Pues ¿qué me importa lo demás? -exclamó su dulce mitad en una verdadera explosión de ira.

-Ah, se me olvidaba lo más notable. Parece que el aderezo regalado a esa dama es uno que estaba destinado a la Rocaverde para esta noche.

-Le conozco entonces.

-¡Tú!

-Sí, porque ella me le enseñó en el escaparate al pasar, uno de estos días; pero me aseguró que era ya cosa suya, y en esta cuenta estaba yo.

-Pues ahí verás.

-¡Pero eso es una vileza!

-¡Bah! una de las viejas mañas de ese mozo, y nada más. Desengáñate, el vizconde no busca los triunfos sino por el escándalo, y le importa poco que existan con tal de que el público los acepte como hechos consumados.

-¿Y la honra de una mujer no merece más respeto? -dijo la exmística hecha una furia, como si ella fuese el guardián jurado del honor ajeno.

-Pues, hija mía, de tipos como el vizconde está lleno el mundo.

-¡Buen consuelo!

-Con tal de que os sirviera de gobierno...

-¿Y a mí qué me dices con eso?

-Contesto a lo que preguntas.

-¡Estúpido! -murmuró la marquesa mirando a su marido con gesto despreciativo, y volviéndole la espalda.

-Que se pierda por mala una mujer -pensó el marqués viendo alejarse a la suya-, vaya con Dios, si ese es su destino; pero que se la lleve el diablo, como a ésta, por averiguar lo que no le importa un rábano, no lo comprendo.

Y se quedó tan serio.