Recordación Florida/Parte I Libro IX Capítulo VII

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


CAPITULO VII.

Del modo con que los indios gentiles del contorno deste Valle de las Mesas de Petapa enterraban y honraban á sus difuntos.


La propia naturaleza, sin otros documentos, enseñó & los hombres á usar uniformemente de todas las costumbres que son ó fueron generales á todas las naciones del universo, y en especial en la de enterrar ó quemar los cuerpos de sus difuntos; porque cuando no obligara á ello la razón de la naturaleza, por el amor y recíproca amistad que hay entre los padres, hijos y deudos, y la de haber de esconder á los ojos de los hombres la fealdad, horror y desaseo de los cadáveres, el mal olfato y asquerosidad que en ellos ocasiona la corrupción y el tiempo, les había de compeler y obligar á ello, como sucedería en estos indios de nuestro valle y provincia de Goathemala, ó dimanada esta costumbre del uso de sus mayores que así lo ejercitaban, como parece por la antigua tradición de sus manuscritos[1] que conservan y guardan en nuestras letras, ya que hemos de estar precisamente sin despreciar del todo sus noticias, y más cuando no tenemos otras autoridades que nos guien con mayor certeza á la ciencia y noticia de estas antigüedades. Y aunque por tratar las costumbres de los de Mechoacán el P. Torquemada,[2] debajo de un capítulo correspondientemente con los de Goathemala, pudiera ocurrir á escribir las ceremonias y ritos de sus enterramientos, como los usaban en aquel reino; con todo eso, pareciéndome distar mucho en las observaciones; venerando, con la estimación que merece tan gran sujeto, como lo comprueban las autoridades suyas de que me valgo, habré de describir este capítulo, según lo que reconozco de los manuscritos citados ser más conformes á la naturaleza y estilo del país; valiéndome de la autoridad de este erudito Padre en lo que hallare correspondiente á el estilo que refieren las tradiciones de los indios.

 Es, pues, necesario saber que cuando el rey de Chachiquel ó algún señor natural como el de Petapa, ó cualquiera de los ahaos de los pueblos del Valle enfermaba, y en el aumento de su enfermedad se reconocía peligro próximo de la vida, que luego el hijo, heredero del señorío, daba cuenta á los parientes y señores de su sangre del peligro en que se hallaba su padre; y éstos, con la mayor diligencia y celeridad que podían, con mucho acompañamiento de servidores y súbditos, se ponían en aquella corte ó cabecera á donde eran convocados; trayendo consigo cada uno de estos á su hijo primogénito, para que le reconociese el nuevo rey, señor ó ahau que había de entrar al gobierno, y se sirviese de él si tuviese voluntad y en qué ocuparle. Pero es de advertir, que en estos principales que concurrían á este acto era tan de obligación, por ley y constitución de sus repúblicas, que no podían negarse á semejante concurrencia, pena de quedar privados en el todo de los oficios que obtenían; sin que pudieran recaer en adelante otros oficios de república en el sujeto transgresor. Traían éstos, por última retribución á el señor que se moría, algunas cosas de valor en piezas de oro ó plata, plumas ricas de Verapaz, y mantas labradas con mucho costo, primor y arte de sus labores; en que parece que convenían en lo que el P. Torquemada dice que estilaban en semejantes ocasiones los indios del reino de Mechoacán.[3]

 Pero luego que sus médicos le daban el aviso de su peligro, la primera diligencia que hacía era renunciar el reino en su hijo primogénito; encargándole el buen tratamiento de los súbditos y el premio de sus capitanes y consejeros, que son los que llaman ahaos; y hecha esta diligencia, se quedaba sin otro séquito que el de los familiares y sirvientes de su casa, sin que se permitiese que ninguno de aquellos señores entrase más á saludarle, aunque fuese muy inmediato en la sangre, gustando de morir solo y con tranquilidad; si era posible en quien no asistía la esperanza de ver á Dios: con que, en aquel tiempo que duraba, solos los médicos y los criados eran los que tenían la libertad de tratarle.

 Luego que moria, la primera diligencia á que atendían aquellos principales de su cámara, y destinados para asistirle de cerca, ó como camareros ó como gentiles-hombres, era entregarse de aquel desdichado cadáver, que había sido depósito de una alma maldita, y le bañaban y purificaban con cocimientos de hierbas y flores aromáticas, sin usar de otras ceremonias ni unción que preservase de corrupción el cuerpo: porque no alcanzaron la preparación de los bálsamos, ni el modo de vaciar los interiores y poner la confección aromática para este efecto; que á saberlo, les fuera muy fácil y muy barato, por la abundancia de bálsamo, liquidámbar y otros aromas de que son copiosas estas partes. Vestíanlo después de ropas ricas y labradas, á la manera que usaba en vida, con las mismas insignias de que se ataviaba reinando; y de esta manera le acomodaban en un tablado, sobre paños labrados de colores vistosos de Chuchumite, que son tintas perpetuas y que hasta romperse no faltan. Estaba de esta suerte, con grande guarda de señores y principales, por término de dos días, que era el del llanto de sus mujeres, que estando en torno del cadáver le lloraban á grito herido, y en este tiempo era permitido á todo género de personas entrar á verle.

 Despejaban, á el terminar de los dos días, á el entrar la noche, el Palacio, y en el mayor silencio de las tinieblas se encaminaban con el cadáver á el lugar del entierro; á que asistía gran cantidad de ahaos y principales, seguidos de gran concurso de pueblo. Precedían los hijos de señores con gran atavío, que llevaban á hombros, de oro, plata, cristales y otras piedras, mantas, esteras, que llaman petates, y plumas de quetzal, papagayos, guacamayos y otros pájaros, viandas de maíz y carnes, y no poco carbón para enterrar con el difunto; porque decían era necesario que á un gran señor no le faltase cosa alguna en la otra vida: por lo menos el carbón para el fuego era excusado, que allí hallarían harto estos infelices, y ellos eran el principal carbón. De esta suerte se formaba un numeroso paseo, con muchos de sus Papaces, que eran los que le ponían en el sepulcro. Llegados á el campo destinado para el entierro, con ceremonias y palabras de despedimiento, que hacían los sacerdotes, le ponían en el sepulcro; ofreciéndole, para que le acompañase (él lo tendría en cuidado) á su gran Dios Exbalamquen. Tenían prevenida una gran olla de barro cocido muy firme y durable, que hoy suelen hallarse algunas, y ésta, puesta en el hoyo, que era muy crecido; acomodaban en ella el cadáver y las joyas y plumas, lo demás ponían en torno de la olla y esta tapaban con una laja, y luego cubrían de tierra toda la fosa. Sobre ella levantaban un cerrillo, más ó menos alto según la calidad del difunto, y este se fabricaba de piedra y lodo: de que se ven hoy infinitos por todas las llanuras, de estos excelentes y fecundísimos valles, que llaman cues.

 Fenecida esta función, con grandes ceremonias de cantos muy funestos, tenían labrada una estatua pequeña ó grande del señor que allí enterraban; la cual, con otra tropa de ceremonias ridículas y cansadas por su prolongación, la colocaban con grande veneración en la cima y cúpula de aquel cerrillo, y allí le ofrendaban flores, copal y otras cortezas aromáticas; sacrificándole algunas aves, conejos y tepezquintes: así porque esta ofrenda servia de derechos para la congrua de los Papaces, como porque aquel quedaba por sitio sagrado desde aquel día. En esta forma, si era de rey ó señor natural, el enterramiento era como adoratorio, porque aquella estatua le atribuían deidad; discurriendo que como los había gobernado en vida, cuidaría en muerte de sus conveniencias y buenos temporales. Pero si era sepulcro de ahao ó de principal, quedaba constituído en lugar de refugio, á donde se acogían los delincuentes; discurriendo podían entonces serles padrinos y intercesores para con el rey, como lo eran cuando vivían.

Volvían á el palacio ó á la casa del señor, y allí, después de dar el pésame y la obediencia á el nuevo príncipe, se les ministraba un grande y durable convite, en que todos participaban de aquellas viandas de su estilo; sentados los señores y principales en varias ruedas, que formaban por aquellos patios de las habitaciones: á estas ruedas seguía otra en pie de los criados nobles de aquellos señores, y á la rueda de esta nobleza de criados, otra rueda de criados inferiores de los de la íntima plebe. Los cuales convites se desordenaban y disolvían, con la grandísima y perniciosa embriaguez que tomaban de chicha abundante, de diversos géneros de frutas y raíces de que la fabrican. Y después de ocho días que asistían en aquel pueblo, que era la corte, en continuados sacrificios de animales y aves como dijimos, y nunca de hombres sino era en el Quiché y no en otra parte del Reino, como diremos en la Segunda parte de esta historia, se volvían con licencia del nuevo rey á la residencia de sus casas y gobierno de sus pueblos.

  1. Manuscritos de Pocomán.
  2. Libro XI, cap. xviii, fol. 361.
  3. Libro XIII, cap. xlvi, folio 563.